todas las ilusiones

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Todas las ilusiones 
       
                      Primera parte: Los sueños     
  
El matrimonio Averdeen contemplaban los estragos que las últimas lluvias habían producido en su hogar, dos grandes agujeros en el techo de una de las estancias de la casa dejaban pasar el agua alegremente, caía directamente del cielo al suelo de la casa. La señora Averdeen acostumbrada ya a poner remiendos en todas partes, decidió poner ollas debajo de las cataratas y cerrar otro cuarto más, ya no quedaba ningún caldero libre, había tantas goteras que ni todos los del condado de Lancaster hubiesen sido suficientes para dar abasto a toda el agua que caía por doquier en la mansión. Solo le quedaba rezar para que parasen las lluvias y quitar de las goteras menores los calderos y ponerlos en las mayores.
   Tuvieron que retirar días antes la mesa del comedor a una esquina para que no le cayese agua en los platos, la cama que compartían las niñas ya no sabía dónde ponerla, así que decidió cambiarlas de sitio, ahora dormían en el cuarto de lavandería, uno de los pocos dónde no les llovería en la frente cuando estuviesen dormidas. El pequeño Jamie el menor de sus cuatro hijos dormía debajo de la mesa del despacho del señor Averdeen en un improvisado camastro, Thomas el mayor de los varones tenía la grandísima suerte de que todavía no hubiese goteras en su cuarto y el matrimonio dormía y descansaba rodeado de palanganas con el incesante ruido de las gotas al caer en el agua acumulada.
   Pensaba la señora Averdeen que todavía era septiembre, apenas comenzaba el otoño y rezando a Dios que no fuese un invierno lluvioso y frío, ya no quedaba leña ni dinero con que pagarla, todavía le debían la última que habían comprado al señor Bugle y éste no tenía por costumbre hacer obras de caridad, si no le pagaban la anterior no les vendería la siguiente.
   -Querido esposo, esto es el fin.
   -¿El fin de qué Trinity?
   -No tenemos leña, ni dinero, ni comida, moriremos de frio y de hambre este invierno.
   -Mi querida Trinity todos los otoños dices lo mismo y siempre salimos adelante.
   -Deberías buscar un empleo Leon.
   -Eso jamás, las generaciones de esta familia nos dedicamos a cultivar la mente y el espíritu.
  -Mi querido esposo –la señora Averdeen respiró profundamente antes de continuar− el espíritu de esta ilustre familia está en la más penosa de las ruinas, lo sabe todo el condado y con la mente no se come Leon.
   -Solo me veréis trabajar en mi despacho.
   -Dentro de poco ya ni te veremos, te volverás invisible de tan delgado que estás quedando, Leon tenemos que alimentar a los niños, se pondrán enfermos y no tenemos dinero para pagar ni al doctor ni las medicinas.
   -¿No es suficiente lo que nos da el huerto? ¿Y las gallinas?
   -Querido esposo te diré, por si lo has olvidado, que las gallinas ponen huevos, los que te comes todas las noches y lo que nos da el huerto nos comemos una parte la otra la vendemos para comprar leche.
   -Bien ¿Entonces cuál es el problema querida?
   -¡Oh! Ninguno Leon, no tenemos ningún problema, ya ves, en esta mansión que se cae a pedazos, sin dinero, sin ninguna tierra que vender porque ya las vendimos todas, un huerto que no da para nada y unas gallinas que cada día ponen menos huevos porque tampoco tenemos casi que darles de comer y una cerda que tengo que decidir si come ella o si comemos nosotros, que por cierto no la hemos pagado todavía y cualquier día se la llevan, no tenemos leña para calentarnos y menos para cocinar, ya no quedan muebles que quemar, nos morimos de frío en invierno, aquí entra el aire como si le hubiésemos dado permiso para recorrer la casa a su libre albedrío, vamos vestidos como los más pobres de la parroquia y si caemos enfermos no nos queda más que morirnos, el doctor ya no nos fía, pero tienes razón querido esposo ¿Cuál es el problema?
   -Trinity ¿Por qué eres tan dramática?
   -¡Oh Dios mío dame fuerzas!
   -Ves como lo dramatizas todo querida.
   -Le pido fuerzas a Dios para seguir siendo paciente contigo Leon.
   ¿Dónde se habrían metido las niñas? Evangeline seguramente mirando a los ojos de Albert Lemacks, el hijo del carpintero y Grace en su mundo,  desde   que
se había enamorado estaba en las nubes, suspirando y riéndose como una tonta por nada, Cupido había clavado una flecha en el corazón de su hija y desde entonces vivía en un estado de levitación permanente. Y Jamie el pequeño seguramente persiguiendo bichos diversos para disecarlos y añadirlos en su colección de  naturaleza muerta con ayuda de su padre. A Thomas, el mayor de los varones mejor no pedirle nada, todo lo hacía a regañadientes y mal.
   Cogió una cesta en la cocina, echó migas de pan y granos de maíz y se fue al porche a dar de comer a las gallinas. Vivían en el que un día fue el jardín delantero de la casa, en vez de parterres y flores ahora reinaba un hermoso barrizal con las aves ensuciándolo todo, habían puesto, gran idea de su marido, algunas puertas de la casa a modo de puente hasta la verja de entrada para no ensuciarse los pies al entrar o salir de la mansión que se caía a pedazos y que en otro tiempo fue la más hermosa de Stroud Castle.
   Nada más poner el pie en la madera mojada resbaló y fue a dar con sus posaderas el barro, allí se quedó sentada sin saber si llorar o reír, rodeada de las gallinas comiendo el contenido de la cesta que no se explicaba cómo había salido indemne.
   -Trinity ¿Se puede saber qué haces ahí?
   -¡Oh estoy descansando un rato querido esposo! ¡No se está tan mal aquí!
   -Te noto hoy sarcástica Trinity.
   -¿Por qué lo dices?
   -No sé, quizás sea una apreciación mía, pero creo que hoy no tienes un buen día.
   -Si yo fuera una campesina ¿Sabes lo que te diría Leon? Vete a la mierda.
   -Trinity en mi casa no admito ese lenguaje.
   -¿A qué casa te refieres? ¿A esta? Admiro tu sentido del humor querido esposo, esto ya no es una casa, es una escombrera.
   -Levántate de ahí ahora mismo ¿Qué van a pensar los vecinos si te ven ahí?
   -Pensarán que estoy incubando huevos.
   El señor Averdeen no salía de su asombro ¿Su esposa se estaba volviendo loca? ¿Acaso la abandonaba su buen juicio? Decidió ayudarla a levantarse  estirando la mano para que su mujer pudiera asirla y tirar de ella hacia el improvisado puente de puertas. Allá se fue también el señor Averdeen cayó de rodillas al lado de su muy querida esposa.
   -¿Vas a pedirme en matrimonio Leon?
   -No sé qué te pasa hoy Trinity ¿No estarás embarazada?
   -No sé cómo iba a estarlo, para que una mujer se quede embarazada hay que realizar ciertos actos y tú ya no estás para esos trotes corcel mío.
   -Bien Trinity, se acabó, levantémonos y entremos en la casa.

    Después de asearse la señora Averdeen comenzó a preparar la cena, en realidad no le llevaba mucho tiempo, poner a cocer patatas y nabos no era una tarea costosa, pensaba en un asado con nueces y pasas, un pavo al horno con manzanas y se le hacía la boca agua, y los postres ¡Oh Dios! Los postres, frutas confitadas, tartas de fresa con mucha nata, galletas con chocolate….
   Oyó a las niñas, cómo siempre se reían como locas contándose sus aventuras, por fin habían llegado, las increpó en el pasillo.
   -¿Puedo saber de dónde venís señoritas?
   -De visitar a la señora Allen –dijo Grace−
   -De sellar una carta –dijo Evangeline−
   Las dos a la vez pero con disculpas diferentes, se miraron la una a la otra con cara de haber metido la pata, Grace levantando una ceja y Evangeline torciendo los labios hacia un lado.
   -Si vais a mentirme por lo menos poneos de acuerdo, tenéis carta, Grace te ha escrito el hombre de tu vida y tú de tu padre Evan.
   -Cuando halláis acabado tenéis ropa para lavar, ayer teníais que haber barrido la casa y no lo habéis hecho ¿En qué estáis pensando todo el día? ¿En que se os va el tiempo?
    Se fueron las dos corriendo por el pasillo cada una con su carta,  Grace leería la suya unas veinte veces antes de dormirse con ella entre las manos, calculaba la señora Averdeen.
   Otra vez se quedaría la casa sin barrer y la ropa sin lavar −¡Dios mío dame paciencia!−
   -¡Oh Dios mío Evan! ¡Brian me dice que mis ojos son la luz que ilumina su existencia!−suspiró profundamente con la carta pegada a su pecho−  ¡Nos casaremos cuando acabe sus estudios! Nos iremos a vivir a Londres, él trabajará allí en el bufete de su tío ¿No es maravilloso?
   -Claro que si Grace, te echaré mucho de menos.
   -Te vendrás conmigo.
   -¿Y qué voy a hacer yo allí con vosotros?
   -Vivir en una gran ciudad y no en un pueblucho en una casa en ruinas, tendremos una bonita casa y un carruaje con caballos, criados y podremos comer lo que se nos antoje. Vestidos preciosos para asistir a las fiestas, quizás conozcamos a los reyes y joyas, muchas joyas. Seremos la envidia de Londres.
   El rostro de Grace reflejaba todas las ilusiones que le deparaba el futuro, Brian colmaría todas sus expectativas. No era especialmente atractivo, bajito, miope, una dentadura en perfecto desorden y a sus diecinueve años se estaba quedando calvo, pero Grace no veía ni uno solo de sus defectos, era el hombre perfecto.
   Evan la envidiaba por su felicidad y Grace envidiaba de Evan todo, era preciosa, todas las miradas se volvían a su paso, incluso con sus vestidos zurcidos cien veces estaba hermosísima, había nacido tocada por el hado de la belleza y Grace lo era en menor medida, pero su melena pelirroja y su millón de pecas le daban un cierto atractivo del que ella sacaba el mayor partido posible con sus escasos medios.
   -¡A cenar! –la voz de la señora Everdeen resonó en toda la casa− ¡El que no esté en la mesa en cinco minutos se queda sin cena!
   En cinco minutos estaban todos sentados.
  -¿Quieres bendecir la mesa querido esposo?
  Todos juntaron sus manos e inclinaron la cabeza encima del plato, como siempre una patata cocida, un nabo, un trozo de pan duro y una manzana, la exigua cena de todas las noches.
   -Señor bendice estos alimentos que vamos a tomar…
   -Querrás decir los últimos alimentos que vamos a tomar.
   -¿De qué hablas Trinity?
   -Ya no queda nabos ni manzanas.
   -¿Cómo que ya no quedan nabos?
   -Porque se han acabado, nos los hemos comido, hasta la próxima cosecha no habrá más.
   -Terrible contratiempo.
   -Lo sé querido esposo.
   Los niños seguían en la misma posición, esperando a que los señores Averdeen acabasen sus tribulaciones en torno a los nabos.
  -Bien, Señor bendice estos alimentos ¿Pero tenemos huevos no?
  -Pocos, habrá que racionarlos.
  -¿A qué te refieres con pocos?
  -Leon, me refiero a que son pocos, pocos son pocos.
  -Señor bendice estos alimentos que vamos a tomar…. ¿Cuántos son pocos?
  -Cinco diarios.
  -Pero somos seis.
  -Exacto Leon, tus conocimientos sobre aritmética son asombrosos.
  -Trinity ¿Te he dicho que hoy te encuentro sarcástica?
  -Si querido, dos veces.
  -Bien, Señor bendice estos últimos alimentos que vamos a tomar y concédenos el privilegio de un huevo más diario.
   -Amén –dijeron todos al unísono−
   -¡Bueno, bueno, bueno! –exclamaba el señor Averdeen mientras colocaba la servilleta en su regazo− dime Evan ¿Qué cuenta mi gran amigo Loughty?
   -No vendrá esta Navidad tampoco y yo no podré ir a visitarlo a Londres.
   -Bueno cariño no te pongas triste –le decía la señora Averdeen acariciando una de sus mejillas− todo se arreglará ya verás.
   -Y a ti Grace ¿Qué buena nueva te trae la carta del amor de tu vida? –se interesó su padre−
   -¡Oh! ¡Me dice que está desando volver para verme, no puede vivir sin mí!
    ¡Ay que poco sabía su hija de la vida! Pensaba la señora Averdeen, todos los hombres pueden vivir perfectamente sin sus novias y sus esposas, más si tienen
dinero ¿Y Evan sería la esposa de un carpintero? Teniendo en cuenta cómo vivían ellos la casa de los señores Lemacks debía de ser el paraíso.
    Después de la cena las niñas lavaron los platos, recogieron la cocina, barrieron el comedor y se fueron la despacho del señor Averdeen que hacía las veces de aula del conocimiento, así lo llamaba el señor de la casa que se caía a pedazos.
    Mientras la señora Averdeen cosía los cuatro retoños recitaban poesías y textos en latín, sus hijos eran pobres pero poseían una vasta cultura, su esposo se pasó la vida estudiando geografía, historia, francés y geometría, astronomía, todo lo que fuera susceptible de estudiarse lo hacía el señor Averdeen con ahínco, era su pasión, el conocimiento, educaba  a sus cuatro hijos por igual, no hacía distinciones entre los niños y las niñas, todos aprendían lo mismo, tenía que reconocer que sus hijos eran inteligentes y estaba muy orgullosa de ello.
   A la hora de irse a la cama Trinity Averdeen se despedía de todos con muchos besos para cada uno, aunque a Thomas no le hacía ninguna gracia a sus catorce años se consideraba ya un hombre y esos arrumacos estaban de más.
   Antes de dormirse las niñas hablaban durante horas, a veces las sorprendía el alba, y seguían haciendo planes de futuro, imaginando los maravillosos vestidos que llevarían a las fiestas de la corte, las joyas, como tratar a los criados y hacer reverencias.
   -Mi padre no vendrá a por mí nunca Grace.
   -No digas eso Evan, claro que vendrá.
   -Llevo aquí seis años, me trajo a pasar un verano y no ha vuelto desde entonces. No soy más que una carga para vosotros, ni siquiera me manda un poco de dinero.
   -¿Has pensado Evan que no tenemos dote? ¿Qué van a ofrecerle mis padres a los señores Wilson cuando hagamos la fiesta de pedida de mano?
   -¿En esta casa?
   -Si claro, es la tradición, la pedida de mano debe ser en casa de la novia.
   -Pues no sé Grace, si no tenemos ni para comer ¿Cómo organizamos una fiesta de pedida?
   -No lo sé, lo he pensado mil veces pero no se me ocurre nada.
   -¿Y tú ajuar? No pensarás casarte con las enaguas remendadas y alargadas con un trozo de sábana vieja, tu madre no nos deja levantarnos el vestido ni para subir escaleras para que no se vea lo que llevamos debajo.
   -¿Sabes Evan? A veces pienso si la familia Wilson no me aceptase ¿Qué sería de mi vida? ¿Quedarme soltera para siempre? Tenemos diecisiete años, a nuestra edad la mayoría de las mujeres están casadas ya, incluso tienen hijos.
   -Yo no me casaré nunca Grace, ni siquiera con Albert Lemacks.
   -¿Por qué no?
   -No lo sé ¿Quién puede querer casarse conmigo? No tengo dinero ni tierras,  puedo ser institutriz de una familia o doncella en una casa, no tengo nada más que ofrecer. Nadie se casa con las mujeres pobres, no creo que me acepte ni la familia Lemacks, menos tú que eres muy afortunada.
   -¿Estás loca Evan? ¡Claro que encontrarás un marido!
   -Si mi padre tuviera dinero podría llevarme con él a Londres, quizás allí encontrase uno.
   -En Londres o donde sea Evan, eres preciosa y cualquier hombre estaría dispuesto a casarse contigo ¿Te imaginas que un hombre rico y con título se enamora locamente de ti y te promete el paraíso?
   -¿Qué es el paraíso Grace? ¿Dónde está?
   -No lo sé Evan, solo sé que existe y nos está esperando en alguna parte.
   -¿Habrá mucha comida allí? ¿Pasteles, tartas, asados?
   -En el paraíso hay mucho de todo.
   -Entonces yo quiero vivir allí, además seguro que no hace frio en invierno.
   Se durmieron pensando cada una en sus asuntos y soñando con comida como todas las noches, soñaban con pollos asados, costillas de cerdo con salsa de almendras y tarta de postre ¡Dios! ¿Algún día dejarían de pasar hambre? ¿Algún día dejarían de pasar frío en invierno? ¿Algún día conocerían el paraíso?
   La señora Averdeen no podía conciliar el sueño, demasiados problemas, mientras su esposo roncaba a pierna suelta, ella se devanaba los sesos pensando en cómo ir tirando un invierno más.
    No tenía dinero para alimentar a su familia, y los resfriados constantes de Jamie durante los inviernos empezaban a ser preocupantes, pasaban demasiado
frío, a veces se estaba mejor fuera que dentro de las paredes de su hogar ¿A quién pedir dinero prestado para ir tirando? En realidad ese no era el problema, el problema era cómo devolverlo. Se habían acabado los nabos, quedaba trigo en la despensa para una hogaza de pan, eso era todo ¿Cómo iban a sobrevivir con una patata, un huevo diario y sin pan?
   Su hermana ya no podía prestarle más dinero, su esposo no se lo permitía, se imaginaba a aquel patán que tenía por marido diciendo –que trabajen, que se ganen la vida en vez de vivir de las rentas de un apellido que ya no vale nada, están en la ruina, bien eso es nuestro problema, no le daremos ni un solo centavo más− En el fondo tenía razón, Leon se negó a trabajar siempre, cuando se casaron ya escaseaban los fondos de la casa de Averdeen, después de casi veinte años nada quedaba, la casa con trescientos años de antigüedad empezaba a resquebrajarse sin remedio, no era más que una ruina cayéndose a pedazos y su marido en vez de preocuparse roncaba como un jabalí ajeno a todo lo que no fuesen sus libros, sus experimentos y sus investigaciones.
   Recordaba el día que puso a hervir una poción compuesta de unos extraños líquidos y quemó una parte de la cocina, no se quemó él de milagro ¡Leon! ¡El hombre que le prometió que nada le faltaría! Debería de haberle prometido que le faltaría de todo y aun así se hubiese casado con él, el amor nos ciega, nos atonta y nos confunde −ya me lo decía mi madre, vas a ser pobre Trinity, piénsalo bien, nosotros no somos gran cosa, pero al menos no pasamos hambre−. Ya se habían muerto los dos, el pastor luterano Jonhs y su esposa Grace descansaban en el cementerio de  Stroud Castle para toda la eternidad.
    El poco dinero que le dejaron en herencia desapareció en libros y mapas del mundo, solo le quedaba su hermana pero como si no la tuviera, no se visitaban nunca, su cuñado no pondría los pies en aquella pocilga jamás y tampoco estaban invitados a la suya.
    Se levantó al alba sin haber pegado ojo, se sentó en una silla en la cocina y en menos de dos minutos estaba en el suelo, se le había quebrado una pata, una silla menos y un moratón más.
   La señora Averdeen era una mujer regordeta y de carácter afable, era bondadosa y paciente, con una mirada limpia y unos rizos castaños que domaba
como buenamente podía, siempre se le salían del gorro, claro que el gorro tenía ya sus años y algún agujero. Era optimista por naturaleza, graciosa y de buenos sentimientos, pero últimamente las preocupaciones la entristecían hasta el punto de encerrarse en el cuarto de baño a llorar, luego decía que había estado cortando cebollas para el almuerzo o para la cena.
   Se extrañaban los habitantes de la casa, las cebollas nunca estaban en los platos, es más no tenían cebollas, se habían acabado hacía tiempo.
   Seguía en el suelo mirando la pata de la silla pensando en cómo arreglarla ¿Quizás el carpintero se la pegaría con un poco de cola?  ¿O la echaba  al  horno
para calentar la comida?  Se decidió por la segunda opción, hizo leña con la silla para calentar agua y hervir huevos, un huevo hervido para cada uno era el desayuno que les esperaba hoy, debía una libra al lechero y ya no le fiaba tampoco, primero debía pagar lo que adeudaba y ya vería si le seguía vendiendo a crédito. Gastó los últimos gramos de trigo en hacer un poco de pan, ya no había más, ni dinero para comprarlo.
   Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, la señora Averdeen dio la escueta orden de que fueran al bosque y trajesen leña, entre los cuatro cargarían toda la que pudiesen.
   -¡En marcha! Hoy haréis unos cuantos viajes.
   -Madre, el bosque está encantado.
   -Jamie no digas tonterías.
   -Es cierto, el señor Glass fue un día a por leña y ya no volvió, se lo comieron los ogros.
   -Jamie irás al bosque con tus hermanos, y no temas si ves a un ogro no te comerá, seguramente sea al contrario, tú tienes más hambre que él.
   -¡En marcha!
    Allá se fueron los cuatro, cruzaron el río por la parte que menos cubría saltando de piedra en piedra y pegados unos a otros entraron en el bosque.
   -¿Seguro que no hay ogros?
   -Jamie, cállate quieres, que ogros ni que cuentos.
   -Verás Grace, tú que eres tan valiente seguro que echas a correr la primera cuando los veamos.
   -¿Jamie eres tonto o te haces el tonto?
   -Tú sí que eres tonta de…
   -¿Vais a discutir todo el tiempo? ¡Callaos ya! –Thomas puso orden en la familia−
   Encontraron un buen tronco de un árbol recién cortado, los cuatro calculaban la leña que podrían hacer con aquel trozo de madera, tendrían para una semana. Tenían dos problemas, uno, alguien lo había cortado, luego tenía dueño y el segundo cómo transportarlo, debía de pesar muchísimo.
    Thomas dirigió la operación.
   -Bien dos de nosotros lo cogeremos por delante y otros dos por detrás y rápido antes de que venga el dueño.
   -¿Estamos robando?
   -Si Jamie estamos robando y ahora cállate y agarra el tronco.
   -Pero es pecado.
   -Jamie agarra el tronco si no quieres llevarte una colleja.
   Todos a una agarraron el tronco dejándose el bofe en el esfuerzo de levantarlo y a los veinte metros de recorrido estaban sin aliento. Decidieron hacer una parada, en diez paradas estaban en el río, bien ¿Cómo cruzarlo con el tronco?
   -¿Y si lo dejamos en el agua y lo empujamos hacia la orilla?
   -Se mojará y no servirá como leña –el sentido práctico de Grace, colorada como un tomate por el esfuerzo, les hizo recapacitar− debemos trazar un plan.
   Sentados en la orilla miraban el río y el tronco, a nadie se le ocurría nada, no conseguirían llegar a la otra orilla sana y salva ni ellos ni el tronco. Mientras sus mentes estaban concentradas en buscar una solución un conejo saltó alegremente en la otra orilla, no se lo pensaron dos veces, cruzaron el río y se dedicaron a perseguirlo sin tregua, lo acorralaban y el animal encontraba un hueco por donde escabullirse, pero no cejaron en su intento y por algún milagro Thomas consiguió agarrarlo de la orejas para luego asirlo por las patas traseras, ya tenían cena.
   El tronco seguía esperando al otro lado  que tomasen una decisión y de repente a Evan se le iluminó el cerebro.
   -Iremos a por un hacha y lo cortaremos en trozos más pequeños, así podremos cruzar el río, cada uno con un trozo.
   -Evan menos mal que piensas de vez en cuando.
   -Gracias Thomas – y le enseño la lengua a modo de insulto−
   Los vio llegar la señora Everdeen por la parte de atrás sin leña y tan contentos ¿Los mato? ¿O que hago con ellos? Los esperaba en jarras en la puerta de la cocina. Cuando Thomas sacó de su jubón el conejo los ojos de la señora Averdeen se abrieron desmesuradamente.
   -¡Dios mío! ¡Un conejo!
   -Exacto madre, un conejo.
   -Lo hemos cazado en el bosque –Jamie estaba entusiasmado− ¡Lo perseguimos y Thomas lo alcanzó!
   La señora Averdeen cogió un hacha y se fueron al río, la tarea de cortar el tronco les llevó buena parte del día, pero todo esfuerzo tiene su recompensa, tenían leña para varios días y un conejo para cenar.
   -Gracias Dios mío, gracias –pronunció estas sentidas palabras la señora Averdeen mirando al cielo− gracias por este pequeño milagro.
  
    -Hola Albert.
   Albert Lemacks se dio la vuelta como un resorte al oír la voz de su amada.
   -Eh… hola… Evangeline.
   -¿Puedo pedirte un favor?
   -¡Claro! Puedes pedirme lo que quieras.
   -Un poco de trigo y dos libras, te las devolveré en cuanto pueda.
   -Enseguida vuelvo.
    Evangeline se quedó esperando en la puerta de atrás de la carpintería a que volviese su más rendido admirador ¿Sería ese su futuro hogar? Albert se casaría con ella mañana mismo, pero ella no estaba tan convencida, Albert le gustaba, era guapo, trabajador y amable, pero de ahí a pasar el resto de su vida con él mediaba un abismo.
   Apareció por fin con un saco de trigo y con las dos libras.
   -¡Oh Dios mío Albert! Esto es muchísimo.
   -Sé que lo necesitáis, yo lo llevaré, tú no podrías con él.
   -¿Tus padres no te reñirán?
   -No, mañana compraré otro saco con mi dinero.
   Albert se cargó el saco a la espalda y se fueron caminando juntos hasta la casa en ruinas que hacía las veces de hogar de su preciosa novia, bueno todavía no se lo había pedido, pero lo haría pronto.
   Rodearon la casa y lo dejó en la puerta de la cocina, Evangeline depositó un beso en su mejilla le dio las gracias y se metió dentro cerrando la puerta. Albert permaneció varios minutos con la mano en la mejilla y cara de tonto.
    Por la puerta delantera salió Evangeline con paso firme hacia la lechería del señor Blair, le pagó la libra y llegaron a un acuerdo, cuando consumiesen otra libra se las pagaría y así sucesivamente, el problema era de dónde sacarla pero nada de esto le dijo al señor Blair, quizás Dios obrase un milagro y les llovía el dinero del cielo.
   -¿Este saco de trigo? −preguntaba la señora Averdeen sin dar crédito a lo que veían sus ojos− ¿Es el día de los milagros hoy?
   -Me lo ha regalado Albert.
   -¿Tu no le habrás dado nada a cambio verdad Evan?
   -No, claro que no, sabe que lo necesitamos y ha querido ayudarnos.
   -Esto es un secreto ni una palabra a vuestro padre ¿Entendido? Si sabe que aceptamos limosnas nos rebana el cuello.
   -Entendido –dijeron los cuatro a la vez−
   -¿Entendido?
   -Entendido −repitieron todos otra vez−
   -Si alguien se va de la lengua se la corto y si entera que perseguís conejos y robáis leña os corto las orejas ¿Entendido?
   -Entendido –otra vez volvieron a repetir la palabra entendido−
   -Querida ¿Quieres bendecir la mesa?
   -Gracias Señor por estos alimentos….
   -¿Vamos a cenar una gallina? ¿Qué celebramos?
   -Es un conejo Leon.
   -¿Un conejo?
   -Si querido un conejo, Señor bendice estos alimentos que vamos a tomar….
   -¿De dónde has sacado un conejo?
   -Del bosque querido, si me permites acabaré de bendecir la mesa, Señor bendice estos….
   -¿Habéis ido a cazar al bosque?
   -En realidad querido esposo es una broma, es una gallina ¿De dónde íbamos a sacar un conejo?
   -¡Oh Trinity querida me alegro que hayas recuperado tu sentido del humor!
   -La vida sin sentido del humor es como un vientre baldío como un huerto sin frutos….
   -Perdona que te interrumpa, los niños tiene hambre y se les va a producir torticolis estar tanto tiempo con la cabeza inclinada en el plato.
   -Señor bendice estos alimentos que vamos a tomar, el Rey de la gloria eterna nos haga participes de la mesa celestial. El Señor nos de su paz y la vida eterna.
   -Amén.
   Vaciaron sus platos en un santiamén, mojaron la salsa con pan y se quedaron sin postre, no se podía tener todo.
    La clase después de la cena, una vez repasado los textos que debían aprender cada día, versaba sobre Plutarco como filosofo no como humanista e historiador, al señor Averdeen le fascinaba mucho más la parte de sus escritos dedicados al pensamiento del hombre que ninguna otra de sus actividades cívicas.
   -Si se dedicaba a interpretar los augurios de las pitonisas ¿Cómo lo vamos a tomar en serio?
   -Esta actividad solo ocupaba una pequeña parte de su tiempo Evangeline el resto lo dedicó a pensar y a estudiar a Isis y Osiris, pero si no somos capaces de retrotraernos a ese tiempo apasionante de la historia no conseguiremos comprender lo que quiere transmitirnos.
   -Hubo un tiempo –prosiguió el señor Averdeen con la pasión que le suscitaban estos temas− en que hubo muchos dioses, el dios de la guerra, de los vientos, de
las tempestades, de las cosechas, del vino, de la paz, del amor ¿Cómo convivir con todos ellos?  Nosotros solo conocemos uno, el Dios de todas las cosas, muy sencillo, adorando a cada uno de ellos por lo que significaban en sus vidas, os preguntaréis que religión es mejor, os diré que ninguna, cada periodo de la historia tuvo sus propios dioses y creer en ellos les aportaba la felicidad que buscamos en el nuestro, ningún tiempo fue mejor o peor, sino diferente.
   -Si yo ahora creyese en muchos dioses ¿No acabaría en la hoguera?
   -No Jamie, todavía existen países cuyas creencias son estas y no son mejores que las tuyas, ni tampoco peores, si hubieses nacido en Antioquía tu Dios no sería el mismo y morirías por defenderlo al igual que harías si hubieses nacido en el antiguo Egipto y adorases a Ra, el dios del sol, y lo que no quiero que hagas nunca es dar la vida por tu dios, esa causa no merece la pena, está perdida de antemano.
   -¿Por qué padre? Juana de Arco luchó por lo que ella creía.
   -Querida Grace ¿Qué pasó al final de su vida?
  -La mataron por que iba en contra de los intereses de la Iglesia y de los poderosos.
   -La mató la iglesia en nombre del dios que ella adoraba.
   -¿Quieres decir padre que no debemos creer demasiado en Dios?
   -Thomas debemos creer en Dios pero no en sus representantes en la tierra, son corruptos y avariciosos, no son más que hombres al servicio del poder, mercaderes del templo, si Jesucristo los viese ahora, volvería a expulsarlos de ese templo creado para servir exclusivamente a sus propios intereses.
   -Nosotros pasamos hambre, los papas de Roma no.
   -Creo que lo has entendido Evangeline, la religión católica perdió su esencia cuando convirtieron las enseñanzas de Jesús en un palacio donde se fornica, se miente, se mata, se conspira, eso es lo que ellos han hecho con el catecismo de Nuestro Señor. Bien, es muy tarde, a dormir, mañana continuaremos y debéis hacer la traducción al latín de los textos de Santo Tomás de Aquino que os he marcado.
   Así era la vida en la casa Averdeen, ahítos de cultura y muertos de hambre y necesidades. Pero a pesar de todo eran moderadamente felices, unos  días  más
que otros, pero era lo que les había tocado vivir, a la señora Averdeen le preocupaba enormemente los estudios de Thomas, era un muchacho inteligente y podría ser lo que se propusiera, pero ni un chelín en las arcas de la casa para pagarle nada.
   -Querido esposo, hemos de enviar a Thomas a la universidad de Londres.
   -Sí, irá a la universidad, he escrito algunas cartas y creo que podemos conseguirlo.
   -Será un gran médico Leon pero ¿Cómo vas a conseguirlo?
   -Confía en mi Trinity, todo saldrá bien –le decía mientras acariciaba sus mejillas− sigues siendo preciosa querida ¿Me dedicarás un poco de tu tiempo esta noche?
   -¿Todavía me deseas después de tanto tiempo?
   -Claro que si querida, te amo ¿Lo sabes verdad?
   -Lo sé, a tu manera, pero sí que lo sé.
   El señor Averdeen depositó un beso en los labios de su esposa y se enfrascó de nuevo en su lectura.
  
   -Mira Thomas el huerto del señor Adams, podríamos llevarnos alguna cosa, seguro que no se da cuenta.
   -¿Estáis locos?−Grace estaba indignada− no somos ladrones.
   -Ayer robamos un tronco y Dios no nos ha castigado…todavía –Jamie tenía sus dudas, quizás Dios no le había dado tiempo de castigarlos, estaba siempre muy ocupado−
   -Dios tiene cosas más importantes de que preocuparse ¿Qué prefieres conejo con cebolla o sin cebolla Grace?
   -Thomas no tiene gracia.
   -Pues yo lo prefiero con cebolla –decía Jamie entusiasmado con la idea de la salsa con cebolla− y con zanahorias.
   -Evan te toca ir al huerto y tomar prestadas unas cebollas.
   -Bien lo haré, pero primero tenemos que cazar un conejo.
   -Tienes razón, venga en marcha.
   ¿Dónde se habían metido los conejos ese día se preguntaban todos? No se veía ni uno, decidieron adentrarse un poco más en el bosque, en algún sitio tendrían que estar aquellas criaturas de Dios, no vieron ni uno pero vieron un zorro que los observaba encima de una roca y ese era el motivo para que no avistaran ni un solo conejo, habían huido del enemigo.
   -¿Los zorros se comen? –preguntó Grace−
   -En nuestra casa se come todo, seguro que mamá sabe cocinarlo ¿Pero cómo piensas cazarlo? –Thomas miraba a su hermano con cara de sorna−
   -Yo no pienso hacer tal cosa pero tú si Jamie, con tu honda, acierta entre los ojos y tendremos comida unos cuantos días.
   Antes de que a Jamie le diese tiempo a apuntar con su invento el zorro se había largado, no se fiaba en absoluto de aquellos cuatro personajes.   Pero   no
todo estaba perdido, subidos a la misma roca que la raposa se dedicaron con la mano en la frente a modo de visera a mirar todo cuanto se movía a su alrededor y allí estaba, una madre jabalí con su pequeño jabato comiendo hierba plácidamente en un recodo del bosque.  Thomas les habló despacio y bajito.
   -Si espantamos a la madre podremos coger a la cría. Jamie apunta con la honda a la madre y acierta, cuando eche a correr nosotros correremos en pos de la cría, Evan dame el lazo de tu vestido, se lo ataremos al cuello y podremos conducirla hasta la casa.
    Jamie preparó su honda y la colocó del mismo modo en que lo hacía para cazar pájaros, todos contuvieron el aliento mientras y acertó le dio en el costado y echó a correr con la cría detrás, ellos detrás del jabato que chillaba como un condenado hasta que Thomas consiguió rodearle el cuello con el lazo y tirar de él, no contaban con que la madre se volvería amenazándolos con sus colmillos dispuesta a matarlos si era necesario, soltaron a la cría y echaron a correr hacía el río como si los persiguiese el diablo.
   Llegaron sin aliento a la otra orilla y allí estaba la madre jabalí con su gesto amenazante, decidieron irse lo más lejos posible de la mirada de la fiera en la que se había convertido el animal.
     Bien, la caza mayor no era lo suyo, así que se dedicaron a la menor, pájaros que su madre desplumaba y los metía en el horno con la consiguiente reprobación del señor Averdeen que les había prohibido cazarlos y menos para comer, pero no tenían otra cosa en la despensa de la casa Averdeen para cenar aquella noche. Robaron manzanas del huerto del señor Blair, una rama cargada de hermosas manzanas rojas colgaba al otro lado de la pared de piedra que bordeaba su propiedad, Jamie subido a los hombros de Thomas arrancó doce que Grace y Evan iban depositando en sus vestidos levantados a modo de cesta improvisada.
    Los hijos de la que fuera en otro tiempo la mejor y más reputada casa de Stroud Castle del condado de Lancaster durante cuatro generaciones, robaban para comer. Se habían llevado la cerda unos días antes, todas las ilusiones que habían puesto en Lucille se esfumaron cuando no pudieron hacer frente al pago
de la deuda por la compra del animal. Se quedaron sin jamones, tocino y embutidos, sin costillas y sin filetes. Tampoco tenían recursos para alimentarla, pero aunque no fuese la más gorda del pueblo les procuraría alimentos por un tiempo.
    El señor Averdeen recibió carta de su amigo sir Albert Jameson, le decía que acogerían a su hijo en la ciudad de Oxford y le pagaría los estudios, no podía negarle a su querido amigo Leon el favor que le pedía, estaban en deuda con la casa Averdeen, su padre ayudó al suyo cuando cayó en desgracia, además eran buenos amigos, acogerían él y su familia a Thomas como si de un hijo se tratara.
    La señora Averdeen lloraba emocionada ante la noticia, era un torrente de lágrimas, algo salía bien en aquella familia olvidada de Dios, su hijo Thomas podría cursar sus estudios de medicina, cómo conseguir el dinero para pagarle el viaje y comprarle un traje decente y una muda interior era otra cuestión. Solo le quedaba por vender unos pendientes de perlas y oro de los que juró no desprenderse nunca, eran un regalo de su madre, una hermosa joya que habían lucido las mujeres de su familia por tres generaciones y habían ido pasando de unas a otras. Su esposo nada sabía de esto sino lo hubiese vendido para comparase libros de ciencia.
   Casar a Grace ¿Con qué? Una dote para ella, una quimera, el pastor Wilson y su esposa no estaban de acuerdo con el hecho de su querido hijo se casase con una joven de familia arruinada hasta la miseria, ante la insistencia de Brian no les quedó más remedio que aceptarla, curiosa la vida, una nieta de un pastor se casaba con el hijo de otro pastor de la iglesia protestante de su querida Inglaterra. Quizás eso salvaba a su hija de ser rechazada por la familia de su prometido.
   Hablaría con la familia Wilson, no le quedaba más remedio que contarle las vicisitudes por las que pasaban, absolutamente evidentes, la familia Averdeen. Solo le pidió e Dios que la acompañara en este amargo trago, el de confesar que no tenían ni un chelín para casar a su hija.

   El señor Loughty se enteró que John Alexander Aldridge-Relish undécimo conde de Aldridge estaba en la corte, aquel día,  23 de septiembre de 1.782 cumplía cincuenta años el padre de Evangeline Loughty, sabía que su salud ya no le permitiría vivir mucho más y debía solucionar la vida de su hija, ya que nada tenía para dejarle en herencia por lo menos debía procurarle un futuro, así que se dirigió al parlamento a entrevistarse con el hombre que una vez él le salvó la vida. Nunca le había pedido que le devolviera el favor, no tenía por costumbre el señor Loughty hacerlo, pero esta vez era necesario.
   Charles L. Lougthy almirante de la Armada Inglesa al servicio de Su Majestad, fue en otro tiempo un hombre respetado por su valentía, buen estratega y condecorado varias veces por las batallas ganadas al enemigo desde la proa de su barco de guerra y dirigiendo la flota que estaba a su cargo. Hacía ocho años que una bala de cañón le había dejado la parte izquierda de su cuerpo inutilizado, arrastraba la pierna y su brazo pegado al cuerpo de nada le servía desde entonces, se preguntaban los médicos cómo pudo sobrevivir a semejante carnicería, pero sobrevivió, quedando en un estado lamentable eso sí, no venció en aquella batalla pero si a la muerte.
   -¡Mi querido Alexander! ¿Cómo os encontráis? Un placer veros de nuevo.
   -El placer es mío almirante Loughty ¿Puedo invitaros a almorzar?
    La cálida bienvenida de lord Aldridge era, como siempre sincera. Apreciaba  a aquel marino aguerrido curtido en las mil batallas en el mar y que una vez le salvó la vida arriesgando la suya, le debía al hombre que tenía delante todas las ilusiones, sin él nada hubiese sido posible.
   Lo ayudó a subir a su carruaje y a sentarse, estaba visiblemente enfermo, le costaba respirar y cualquier esfuerzo lo dejaba exhausto, no quedaba ya ni rastro del hombre que fue, lo único que conservaba de sus mejores tiempos era el brillo de sus ojos de un color impreciso del azul al verde, recordaba la primera vez que los presentaron y le llamó poderosamente la atención el color de aquellos ojos rasgados, perfectos.
   Se sentaron a comer en el mejor restaurante de Londres, el precio que pagaría su amigo por la comida y el vino era lo que el cobraba en meses de la corona inglesa.
    -Veréis mi querido Alexander, he de pediros un favor, no es fácil lo que voy a pediros, el favor no es para mí, como veis yo ya no necesito nada, mis días en la tierra están contados, ley de vida querido amigo, el favor que os pido es para mi hija.
   -Almirante haré por vos lo que pidáis ¿Qué puedo hacer por vuestra hija?
   -Evangeline vive en el condado de Lancaster al cuidado de la familia Averdeen, dejé allí a mi querida niña cuando contaba once años y ya no puede seguir manteniéndola, mi evidente ruina  no me permitía ni alimentarla, nunca ahorré ni una libra y cuando caí en desgracia vendí todo lo que tenía para pagar mis deudas de juego. Si querido amigo he dilapidado todo el dinero que ha pasado por mis manos, he llevado una vida licenciosa y decadente pero ya no puedo volver atrás, la familia de mi buen amigo Leon está en la más absoluta ruina, dudo que tengan dinero ni para comer, como veis querido amigo no os cuento más que penas, mi hija es la víctima inocente en todo este juego de naipes que es la vida.
   -¿Necesitáis dinero para ella?
   -Os pido que os caséis con ella querido conde.
   La perplejidad se reflejaba en la cara de su amigo, no daba crédito a la insólita petición que acababa de hacerle ¿Casarse de nuevo? No entraba en sus planes y así se lo hizo saber a su salvador.
   -Veréis querido almirante, no entra en mis pensamientos volver a contraer matrimonio, haré por vuestra hija todo cuanto esté en mi mano, nada le faltará, os lo prometo, pero media un abismo entre ayudarla y casarme con ella y supongo que ella tampoco querrá casarse con un desconocido ¿Sabe vuestra hija los planes que tenéis para ella?
   -Evangeline es hermosa, cumplirá dieciocho años el próximo mes, está sana, es culta y buena, su corazón es tan blanco cómo el pañuelo que portáis en vuestro bolsillo, os dará la alegría de otros hijos mi buen conde, para perpetuar vuestra noble casa y vuestro apellido.
   -Mi querido almirante, mi esposa falleció hace seis años, me dejó un hijo que es mi orgullo, estudia en Londres y será un reputado juez y os diré que mi  matrimonio fue para satisfacer intereses comunes entre la corona y mi casa, como bien sabéis era prima del rey Jorge, nunca hubo amor por mi parte pero si un gran respeto hacia su apellido, mi vida está bien como está ahora, otro matrimonio, insisto, no entra en mis planes.
   -Os lo ruego mi querido conde, os lo pido por favor, debéis conocerla puede que cambiéis de opinión. Nada os he pedido nunca, concededme este favor y moriré tranquilo.
   -¿Me dais un tiempo para pensarlo? Pero he de insistir que nada le faltará a vuestra hija mientras yo viva y la recodaré en mi testamento para que pueda vivir sin que nada le falte el resto de su vida.
   Se despidieron los amigos en la puerta de la casa en la que el almirante Loughty ocupaba un modestísimo cuarto que era todo lo que su exigua pensión de mutilado de guerra le permitía. Quedaron en verse al día siguiente antes de la partida del conde hacía su castillo en el condado de Suffolck.
   No pudo conciliar el sueño el conde Alexander Aldridge en toda la noche, recordaba aquel navío infausto en el que pereció casi toda la tripulación y él hubiese corrido la misma suerte si el almirante Loughty no se hubiese empañado en salvarlo. Su padre en que completase su formación en la Marina Inglesa, que se hiciese un hombre valiente en las guerras que libraba Inglaterra contra España, tenía entonces dieciséis años y la vida por delante, la seguía conservando gracias a un hombre que le pedía que se casara con su hija.
   Estaba en una etapa de su vida con sus treinta años recién cumplidos en que era feliz, su hijo estaba sano, era inteligente y estudioso, su amante Elizabeth Burdock colmaba sus deseos, vivía lo más alejado posible de la corte y sus intrigas, gobernaba las tierras que le pertenecían, no necesitaba nada más y menos otro matrimonio y mucho menos con una desconocida.
   Pero ¿Cómo negarle al almirante este deseo? Le debía la vida, ni más ni menos, todo lo que ahora tenía, lo que disfrutaba, lo que amaba se lo había regalado su salvador, sin él estaría enterrado al lado de sus padres en el panteón del castillo de Eastrock o en el fondo del mar fosilizado junto con el resto del navío hundido.
    Soñó esa noche con el fuego, con los cañonazos chocando contra el barco, con los pedazos que saltaban por los aires de los tripulantes, con una mano firme que lo sacó de allí antes de que se hundiese y pudieran llegar a nado hasta otro barco, el almirante no lo dejó hundirse, lo arrastraba por el mar a costa de su propio esfuerzo, hasta que consiguieron salvarse, no lo dejó morir, su empeño en salvarle la vida casi le cuesta la suya.
   No podía negarle el favor, su nobleza le obligaba a devolverle con creces todo lo que él le había dado con aquel gesto heroico. Pediría permiso al rey para contraer matrimonio con Evangeline Loughty y que fuese lo que Dios quisiera que fuese. La suerte estaba echada.

   -Alea jacta est Evan ¿Te casarás con Albert?
   -No le he dicho que sí todavía, me pidió de rodillas si quería ser su novia ¿Sabes Grace? Le he dicho que lo pensaré pero creo que voy a decirle que sí. Me besó en los labios.
   -¡Oh Dios mío! ¿Te ha besado?
   -Sí, me ha besado.
   -¿Qué has sentido?
   -No lo sé, bueno creo que nada de particular.
   -¿Nada de particular? ¿Sabes lo que siento yo cuando Brian deposita un beso en los míos? Que el mundo da muchas vueltas, se me para el corazón y me siento volar como los pájaros, se me hace un nudo en el estómago y me quedo sin respiración.
   -¡Dios mío Grace! ¿Todo eso en un momento?
   -Todo eso Evan, el mundo es maravilloso cuando Brian me besa.
   -¿Te besa con la lengua?
   -¡Claro que no! No estaría bien, eso solo se debe hacer dentro del matrimonio.
   -¿No te asusta la noche de bodas?
   -No, debemos entregarnos al deseo del esposo, él sabe lo que debe hacer, creo que la primera vez duele mucho y nos sale sangre.
   -¿Niñas dónde estáis? –la voz de la señora Averdeen resonó en el pasillo− ¡He de hacer una visita, ocupaos de las gallinas y la cena! ¿Entendido?
    -¡Entendido!
    La señora Averdeen se encaminó con paso firme hacia la morada de los señores Wilson, con un sombrero pasado de moda, un vestido con varios zurcidos y un paraguas con agujeros.
    Ocupaban la vivienda anexa a la iglesia, delante de la puerta principal la señora Wilson cultivaba un pequeño y precioso jardín.
   -Buenas tardes señora Wilson.
   -¡Oh señora Averdeen! Me alegro de verla ¿Quiere pasar por favor?
   -Gracias señora Wilson, tiene un jardín hermosísimo.
   -Gracias señora Averdeen, este otoño las caléndulas están preciosas, por la lluvia sin duda.
   En el interior de la casa hacía calorcito, las estufas de leña calentaban las estancias chisporroteando alegremente, se sentaron en una pequeña sala al lado de la chimenea, perfectamente ordenada y limpísima, con sus papeles pintados intactos y mullidos cojines en los sillones haciendo juego con las cortinas, un hogar agradable que la señora Wilson cuidaba con un primor exquisito.
   -¿Le apetece té querida?
   -¡Oh sí señora Wilson! Es usted muy amable.
   -Enseguida vuelvo, póngase cómoda.
   La señora Averdeen se moría de envidia, un hogar acogedor, limpio y caliente, sin goteras y té del bueno ¡Dios que bien se estaba allí!
   La señora Wilson apareció portando una bandeja con el juego de té y dos platos, uno con emparedados y otro con galletas, lo depositó en la mesita al lado de los sillones y sirvió el té, olía de maravilla.
   -¿Azúcar señora Averdeen?
   -¡Oh sí! Dos terrones por favor.
   ¡Dios mío azúcar! La señora Averdeen saboreaba el líquido con verdadera fascinación, no recordaba la última vez que había tomado té con azúcar, devoró dos emparedados de queso con jamón, tampoco recordaba ya el sabor del queso y el jamón, ni el sabor de aquellas galletas hechas por la señora Wilson bañadas en chocolate.
   -Imaginará señora Wilson el motivo de mi visita.
   -Supongo señora Averdeen que ha venido a hablarme de nuestros respectivos hijos.
   -En efecto, su hijo ha pedido matrimonio a mi querida Grace y ella ha aceptado, están realmente enamorados. He de decirle señora Wilson que mi hija es una persona de buenas inclinaciones y sabrá hacer feliz a su hijo, Brian es una gran persona con evidentes cualidades, si ella es feliz nosotros  lo seremos también, es la esencia de la vida, si nuestros hijos son felices también lo somos nosotros.
   -Estoy totalmente de acuerdo con usted querida señora Averdeen, Brian acabará sus estudios dentro de seis meses, con una excelente calificación y sus planes son ir a Londres a trabajar en el bufete de su tío el señor Alfred Wilson hermano de mi esposo. Se irá lejos de nosotros y lo echaremos terriblemente de menos, así es la vida, nuestro hijo es muy trabajador y un hombre de fuertes convicciones y creo que su hija sabrá comprenderlo y hacerlo feliz, eso es lo que él quiere y su deseo es el nuestro.
   -Se casarán la próxima primavera y mi pequeña Grace se irá lejos, pero feliz. He de decirle que nuestra situación económica no nos permite pagar su boda, ni darle una dote ni siquiera pagarle su vestido de novia ni mucho menos un ajuar. Lo siento enormemente señora Wilson, comprenda lo difícil que es para mí hacerle esta confesión, pero creo que debe saberlo.
   -Correremos con los gastos de Grace, no se preocupe señora Averdeen, tendrán todo lo que necesiten, nos haremos cargo de todo.
   Las lágrimas acudieron a los ojos de la señora Averdeen, no pudo evitarlo, se levantó del sillón y se despidió de la señora Wilson secándose las lágrimas, justo lo que no quería que viera la futura suegra de su hija lo vio, la vio llorar por tener que confesar que se morían de hambre y necesidades. La señora Wilson sintió lástima por ella, aquella mujer que en otro tiempo era hermosa y alegre, se estaba convirtiendo en su sombra.
   -Señora Averdeen, espere un momento.
   Volvió con un pastel de manzana y mermelada.
   -Está recién hecho, acéptelo por favor.
   -Gracias señora Wilson, muchas gracias por todo, no sé cómo agradecerle todas su atenciones.
   -No tiene que agradecerme nada querida.
   La señora Wilson se quedó mirando a la futura suegra de su hijo, llorando con el pastel en las manos iba desapareciendo de su vista, la pobre señora Averdeen ¡Qué lástima!
   Sus hijos miraban el pastel como si fuese un milagro que les había llovido del cielo ¡Un pastel!
   -No os lo comáis todo hoy, guardad un poco para mañana y ahora voy a acostarme, tengo un terrible dolor de cabeza, niñas preparad la cena. Buenas noches hijos míos.
   Les besó en la frente uno por uno y se retiró a su cuarto, se sentó en la cama y lloró sin descanso durante horas con los pendientes en una de sus manos, al día siguiente los vendería para que Thomas pudiese ir a Londres.
   Todas las lágrimas que no había vertido en años las derramó esa noche, en ese manantial inagotable que salía de sus ojos era por ella, por su marido, por la miseria en la que habían caído y habían arrastrado a sus hijos, por sus niños del alma, por todas las ilusiones perdidas.

   Lord Aldridge visitó al día siguiente de su encuentro al almirante Loughty, lo encontró sentado leyendo un periódico atrasado en una modesta sala de la pensión dónde vivía, intentó levantarse para saludar a su amigo pero todo esfuerzo fue en vano.
   -Por favor no os levantéis almirante.
   Se sentó en un sillón al lado de su admirado señor Loughty, crujieron todos los muelles, se sentó con cuidado pensando en si aquel desvencijado mueble aguantaría su peso.
   -He pensado largamente en vuestra inusual proposición y he de deciros mi querido y admirado almirante que nada puedo negaros, me casaré con vuestra hija, no puedo prometeros amarla, cómo vos bien sabéis, nuestro corazón tiene sus propias normas, pero si cuidarla y respetarla. Podéis estar tranquilo en este punto. Soy un hombre de palabra.
   -Entonces puedo morir en paz querido conde, mi más sincero agradecimiento por vuestro gesto.
   -Nada tenéis que agradecerme. Vos bien sabéis que es al contrario, yo os debo la vida y no hay dinero ni compensación posible en el mundo para devolveros tamaño favor. En estos años nada sabía de vuestra situación, de haberlo sabido os hubiese ayudado no lo dudéis, no hacíais mención en vuestras cartas de esta vida que en absoluto merecéis.
   -Ha sido un placer conoceros lord Aldridge, esta será nuestro último encuentro, sé que qué habéis enviado un doctor y que pretendéis pagarme un alojamiento digno a mi honor como servidor de mi querida Inglaterra, os lo agradezco de corazón, pero no puedo aceptarlo, además ya es inútil, que Dios os tenga siempre en su gloria y os de la vida que merecéis, la vida de los hombres de alma noble como vos.
    El almirante Loughty escribió dos cartas, una para su hija y otra para su amigo Leon Averdeen y su esposa, murió de madrugada en su cama, sin estridencias y pidiendo perdón a Dios por sus pecados.

    Leon Averdeen leyó en alto la carta de su amigo con la única compañía de su esposa. Un telegrama recibido unas horas antes  confirmaba la muerte del almirante Loughty. Debían decírselo a la pequeña Evangeline pero no encontraban el momento.
   Cuando el señor Averdeen acabó de leer las últimas palabras de su amigo miró a su esposa y ella lo miró a él, por las mejillas de su esposo resbalaron las lágrimas, sentidas y conmovedoras, se había ido para siempre uno de los hombres que más había admirado el señor Averdeen en su vida, su amigo del alma, de la infancia y de la adolescencia, de momentos memorables y otros de tristeza, pero siempre amigos, confidentes y marcados por un destino que no sabían si habían elegido o habían elegido por ellos.
   Recordaba sus juegos de infancia, corriendo por los jardines de aquella casa que ahora era una escombrera como decía su esposa, siempre organizando guerras con una espada en la mano, subiéndose a la fuente y diciendo desde allí arriba –¡adelante, izad las velas, todo a babor y cuando estemos delante del navío enemigo, disparad los cañones!− ese fue siempre su sueño y se hizo realidad, cuando partió hacia Dover para alistarse en la escuela de la Armada Inglesa, acababa de cumplir dieciséis años y todas las ilusiones puestas en su futuro, sería un gran marino, y lo consiguió, persiguió su sueño por los mares del mundo y los mares le dieron las condecoraciones que ahora tenía en sus manos, se las enviaba a su hija cómo recuerdo de una vida llena de vicisitudes pero también alegrías.
   El hijo del administrador de la casa Averdeen llegó a ser el mejor marino de guerra de Inglaterra, se lo prometió a sí mismo y a su amigo y cumplió sobradamente su promesa, no podía haber sido de otra manera, él era así, excesivo en todo lo que hacía, hasta las últimas consecuencias. Se casó con una mujer excepcional, Evangeline Fernsby, hermosísima e inteligente que le dio una hija, cuando volvió de la costa de Arabia enviado allí en una misión contra los piratas que saqueaban los navíos ingleses, se encontró con una hija de un año y una esposa muerta dos meses atrás, se había cortado las venas, no dejó ni una carta ni se despidió de nadie, lo que fuera que la empujó a tomar esa decisión no lo sabrían nunca y nada sabía su hija de esta muerte, creía que había muerto por que estaba enferma y así debía de seguir siendo.
   Su amigo se había ido pero dejaba la vida de su hija solucionada con un matrimonio con un noble con mucho dinero, un castillo en Suffolck, tierras de cultivo y una de las más envidiadas cuadras de toda Inglaterra, los mejores caballos y yeguas pertenecían al conde Aldridge-Relish. Cómo había conseguido su amigo concertar este matrimonio era un misterio, le debía un favor decía en su carta y se lo pagaba de esta forma.
   -Mi pobre Evan ¿Recuerdas cuando su padre la trajo aquí? Ya no tenía dinero ni para mantenerla, ni para pagar a su ama, lloró mucho más al despedirse de ella que por su padre la dejara aquí, lloró noches enteras, días enteros por su ama querida, en realidad era como su madre y la crio como si fuese una hija ¡Que día más triste aquel! ¿Verdad Leon? Nuestro querido amigo herido y tullido de por vida y su hija llorando por su ama.
   -¿Cómo crees que se tomará todo esto Evangeline?
   -Supongo que mal, las mujeres somos siempre las grandes perdedoras, no tenemos derechos, estamos indefensas ante el mundo, ante los deseos de las familias y los hombres, solo espero que sea feliz allá donde vaya y que su futuro esposo la trate bien.
   -¿Hablarás con ella?
   -Claro Leon, nos quedamos solos ¿Te das cuenta? Se nos van tres hijos, nos queda el pequeño Jamie y no tardará mucho en irse también ¡Cuánto los voy a echar de menos a todos! ¡Dios mío! ¿Cómo ha podido pasar el tiempo tan rápido?
   Recordaba la señora Averdeen el parto de cada uno de ellos y la alegría que cada uno trajo consigo, había parido tres hijos sanos y fuertes y la pequeña Evan aunque no la hubiese parido la consideraba otra hija más.
   Las oyó reírse en la entrada de la casa, estaban de vuelta. Respiró hondo y allá se fue la señora Averdeen, ¡Que difícil papel le había tocado!
   -Mami ¿A que no sabes que….−dejó la pregunta a medias, la cara de su madre lo decía todo, algo grave había pasado−
   -Evan cariño, debemos hablar.
   Evangeline supo que su padre había muerto.
   -Mi padre ha muerto.
   -Si mi pequeña Evan, así es.
   Evangeline bajó la mirada al suelo, se dio la vuelta muy despacio y fue caminando lentamente a lo largo del pasillo, hasta llegar a su cuarto, cerró la puerta y se dejó resbalar hasta quedar sentada en el suelo.
   -Grace, creo que debemos dejarla sola en estos momentos.
   -Claro mamá.
   Grace se abrazó a su madre ¡Cuánto iba a echarla de menos cuando se fuera! Su madre acariciaba sus cabellos y los besaba ¡Su niña del alma!
    A la hora de la cena Grace fue a buscar a Evan, la encontró sentada en la cama con los brazos rodeando sus rodillas y sin haber derramado ni una sola lágrima.
   La cena fue triste, el señor Averdeen estaba realmente afectado por la muerte de su gran amigo, Thomas y Jamie le dieron su más sentido pésame a su padre y a su casi hermana, las oraciones fueron para el almirante Loughty, para que Dios  tuviera en su gloria al hombre valiente y enamorado del mar y las batallas que ganó para su amado país.
   -Lo siento mucho señor Averdeen, sé que era su mejor amigo, lo siento mucho más por usted que por mí, yo apenas lo conocía, ni él a mí tampoco, pasaban meses y años sin volver a casa, cuando era más pequeña lo esperaba todas las noches mirando por la ventana de mi cuarto convencida que aparecería de un momento a otro, mi ama me decía que mirase las estrellas porque una de ellas, la más brillante era mi padre y me observaba desde allí, antes de dormir rogaba a Dios en mis oraciones que mi padre volviese y las pocas veces que volvió apenas aparecía por casa y otra vez las despedidas, no recuerdo el día en que dejé de esperarlo, di por perdida la batalla de tener una vida a su lado. Yo no le interesaba, él me dejó aquí y siempre tuve la corazonada de que no volvería a verlo, solo fui un estorbo en su vida.
   -No digas eso mi querida Evan, tu padre te quería.
   -No señor Averdeen, eso no es cierto, pero dejándome aquí a pesar de quedarme sin mi ama a la que adoraba, me hizo un favor, tengo hermanos y unos padres que me quieren. Nunca podré  podré pagar todo el amor que me ha regalado esta familia durante estos años.
   -Ha enviado una carta para ti mi pequeña Evan –la señora Averdeen acariciaba su mejilla mientras le hablaba− y no nos debes nada cielo.
   Evangeline leyó aquella noche la carta de su padre, cuando acabó la metió en el sobre y la deposito en el fondo de un cajón.
    Los días siguientes se dedicó a pasear sola, a encerrase en su cuarto horas enteras, el resto de la familia la dejaban tranquila, necesitaba tiempo para digerir todas las emociones que habían soliviantado su espíritu, seguía sin decir ni una palabra respecto a la carta de su padre.
   -Hola señora Lemacks ¿Podría hablar con Albert?
   -Hola preciosa, voy a avisarlo.
   Albert apareció al momento con la cara sonriente y aquel gesto que lo caracterizaba, con la boca torcida ligeramente hacia un lado, era guapo y lo sabía, ella le devolvió la sonrisa ¡Dios la sonrisa de Evan! Con sus hoyos en las mejillas sonrosadas ¿Cómo podía ser tan condenadamente hermosa? Era un pensamiento recurrente cada vez que la veía, su amada Evan.
   -Mi padre ha muerto.
   -¡Oh Dios! Lo siento muchísimo Evan.
   -Gracias Albert.
   -He venido a despedirme, me iré pronto.
   -¿Qué estás diciendo? ¿Irte? ¿Adónde?
   El mundo de Albert Lemacks se vino abajo en un momento ¿Se iba? No podía ser cierto, ahora que por fin se había decidido a pedirle matrimonio y de convencer a sus padres para que la aceptasen, ella se iba, no podía ser cierto, sin duda estaba soñando.
   Todas las ilusiones de Albert se esfumaron en un segundo.
   -Mi padre concertó mi matrimonio, voy a casarme.
   -¿Qué?
   -Si Albert.
   -Pero…. ¿Tú quieres casarte con ese hombre? ¿Lo conoces?
   -No, no lo conozco, pero debo hacerlo.
   -¡Oh Dios mío Evan! No puedes ….−Albert era pura desesperación, se atusaba los cabellos, se metía las manos en los bolsillos, cruzaba los brazos y los descruzaba− No puedes…. Yo te amo Evan y quiero…. Quiero casarme contigo. Huiremos juntos, sí, eso haremos, huyamos juntos.
   -Tú tienes aquí tu vida, tu familia y encontrarás a una mujer para casarte, en el pueblo hay algunas que estarían encantadas de ser tu esposa.
   -¡Pero yo te amo a ti Evan!
   -No puede ser Albert, además no tenemos dinero para ir a ninguna parte ¿Quieres que nos muramos de hambre bajo un puente? No Albert, no puedo hacer eso.
   -Nos iremos a Londres, encontraré trabajo como carpintero y saldremos adelante, no te vayas por favor, no lo hagas.
   -Adiós Albert, lo siento mucho, pero debo irme.
   Se dio la vuelta y se fue corriendo por el camino con las lágrimas asomando a sus bellísimos ojos. No volvería a ver al hombre en el que una vez había depositado la esperanza de una vida mejor.
   Se detuvo y se apoyó en el tronco de un árbol dando rienda suelta a todo el llanto de su alma herida. Entonces decidió huir de un incierto destino, pero sola, no podía arrastrar a Albert a la infelicidad de verse lejos de su familia y su negocio, pronto encontraría una esposa, le daría hijos y sería feliz.
   ¿Adónde ir sin dinero? ¿Por qué su padre la condenaba a un matrimonio que ella no había elegido? ¿A compartir su vida con un hombre del que ni siquiera había oído hablar? ¿Qué vida le esperaba?
   Cayó la noche y ella seguía sentada a los pies de un árbol intentando ordenar el caos de su mente, el mundo era un lugar infausto y el destino su peor aliado. Cuando llegó a casa todos estaban a punto de salir a buscarla.
    La señora Averdeen corrió por las puertas del puente y cuando llegó hasta ella la abrazó y le dio muchos besos.
   -Ven cariño, entra en la casa que hace frío, no llores mi vida, no llores, vamos ven conmigo.
   La cogió de la mano y la condujo hasta el comedor, crepitaba el fuego y allí la obligó a sentarse la señora Averdeen, tiritaba de frío pero no sabría decir qué clase de frío, el que produce el miedo quizás. Puso una manta sobre sus hombros y le dio a beber un poco de caldo caliente.
   -Vamos mi niña, todo saldrá bien, ya verás.
   Después de la cena en la que todos intentaron animar a Evan con sus charlas, fue a su cuarto sacó la carta del cajón y se la entregó a la señora Averdeen.
   -Creo que debes leerla.
   Así lo hizo Trinity Averdeen mientras sus hijos estaban en la biblioteca ocupados con sus clases y sus deberes. Se sentó en una silla al lado de la chimenea y comenzó a leer.

            Londres 25 de septiembre de 1.782

          Mi querida hija Evangeline: quizás pedirte perdón a estas alturas sea demasiado pretencioso por mi parte, el perdón, hermosa palabra, no lo espero ni lo merezco, no supe cuidar de ti, ni siquiera de mí y mucho menos de tu madre, solo he sembrado infelicidad en mi propia familia y en mi vida que ya nada vale, la muerte ronda a mi alrededor, puedo sentirla, viene a llevarme con ella, es hermosa, tentadora y ahora por fin estoy preparado.
   La vida que no puede darte, la familia que no supe mantener unida, todo el cariño que necesitabas te la han dado con creces Leon y Trinity Averdeen, mi mejor amigo y su maravillosa esposa y sus queridísimos hijos. Sé que a pesar de las vicisitudes por las que atraviesa la familia eres feliz con ellos, mi agradecimiento por haber cuidado de ti y haberte educado es eterno. Los amigos siempre están ahí, siempre a tu lado, de tu parte y a pesar de todo.
   No voy a enumerarte ahora todos los errores que he cometido en mi vida, son demasiados, pero quiero que me creas cuando te digo que te he querido muchísimo mi pequeña Evan, y ese es el peor de todos, no saber demostrártelo, merecías el mejor de los  padres y yo no supe serlo.
   He concertado tu matrimonio con el conde John Alexander Algridge-Relish, tendrás a su lado una buena vida, vivirás como la princesa que eres, no debe preocuparte tu futuro, serás feliz en tu nueva casa, nada te faltará nunca mi querida hija.
     Te deseo una larga y próspera vida llena de salud y felicidad

                                                 Tu padre
  
Eso era todo. La señora Averdeen dobló la carta y volvió a meterla en el sobre y la depositó encima de la cama de Evan. Nada le faltaría, le decía su padre, cómo si la vida estuviese compuesta solamente de bienes materiales. Los hombres que extraña raza, no los entendería así viviera mil años.
  
Al día siguiente un caballero se detuvo ante la verja de la casa, observaba los cristales rotos en los que se habían ido poniendo remiendos, la pintura desconchada, las tejas rotas y en vez de un jardín una bonita escombrera donde las gallinas tenían su reino y un curioso puente de puertas viejas que conducía desde la entrada hasta el porche desvencijado para no embarrase los pies. Aquella mansión que se caía a pedazos era el hogar de su futura esposa. La miseria era evidente en una casa que en otro tiempo debió conocer el esplendor y la riqueza. La decadencia de un apellido se mostraba ante él en forma  de la más absoluta ruina.
    Se apeó de su montura y dio la orden a dos de sus guardias personales que lo acompañaban de esperarlo fuera. En ese momento se abrió la puerta de la casa y una mujer salió de dentro, dio un paso los vio, se llevó una mano la corazón y se quedó convertida en estatua de sal.
   -Buenos días ¿La señora Averdeen? Soy Alexander Aldridge, un placer conocerla.
   El hombre que estaba al otro lado de la verja impresionó sobremanera a la señora Averdeen, un caballero bien vestido, de porte impecable, alto, fuerte le hablaba, por fin reaccionó la atribulada señora de la casa.
   -¡Oh Dios mío! Discúlpeme milord.
   Se dirigió a él haciendo equilibrios sobre las puertas y consiguió llegar sana y salva hasta la verja para abrirla.
   -Pase por favor lord Aldridge, disculpe mi torpeza, no lo esperábamos.
   -Ruego acepte mis disculpas por haberme presentado sin avisar.
   Besó la mano de la señora Averdeen la siguió por el puente levadizo hasta el interior de la casa, lo hizo pasar a una salita helada y con un gesto de su mano lo invitó a tomar asiento. Crujieron los muelles bajo su peso, no se atrevió a ponerse cómodo, temía acabar en el suelo.
   -¿Le apetece un té?
   -Si gracias muy amable señora Averdeen.
   -No hay de qué milord, avisaré a mi esposo de su llegada, los niños volverán enseguida, han ido a por leña al bosque.
   Perfecto, pensó el conde, mi futura esposa recogiendo leña en el bosque, echó un vistazo a la estancia, los papeles de la pared en otro tiempo debieron de tener dibujos, un caldero en una esquina recogía el agua que se colaba por el techo, la mesa de centro tenía una pata atada con cuerdas, el aparador con un trozo de madera calzando una de sus patas y un enorme mapamundi tapando un desconchón de la pared.
    A la señora Averdeen le temblaba el pulso mientras ponía agua a hervir y preparaba el poco té que le quedaba, no tenía azúcar, un enorme contratiempo, salió corriendo de la cocina hacia el despacho de su esposo, entró como una exhalación.
   -¿Qué ocurre Trinity?
  - Lord Aldridge está aquí.
   -¿Dónde?
   -En la sala de la entrada ¡Oh Dios mío Leon! ¡Oh Dios mío!
   -¿Quieres tranquilizarte por favor? Enseguida voy.
   La señora Averdeen salió como un rayo hacia la cocina y comenzó a preparar la bandeja, eligió la taza con menos desperfectos, la servilleta menos remendada y sacó brillo a una cuchara con su vestido. Cuando el agua comenzó a hervir coló el té y lo echó en la tetera, hacía tiempo que la tapa se había roto.
   Cuando volvió a la sala su esposo charlaba con lord Aldridge sobre su gran amigo el almirante Loughty.
   -¿Te apetece una taza de té querido? –si dices que si te mato, pensó para sus adentros la señora Averdeen−
   -No gracias querida.
   Un suspiro de alivio salió de los pulmones de Trinity Averdeen. Sirvió el té, le ofreció la taza al invitado y se sentó en sillón que quedaba libre. Lord Aldridge bebió un sorbo de su taza y se quedó de piedra, era el peor té que había probado en su vida.
   -¿Puedo preguntar qué planes tiene milord?
   -He venido a conocer a Evangeline Loughty, cómo ya sabrán va a convertirse en mi esposa, les supongo informados de este hecho.
   -Si querido milord, mi gran amigo me lo hizo saber en su última carta, supongo que sabréis que ha fallecido.
   -Lo sé si, murió al día siguiente de mi última visita. Mis más sinceras condolencias señores Averdeen, sé que lo apreciaban enormemente.
   -Gracias milord, era una gran amigo y un gran hombre.
  La señora Averdeen observaba disimuladamente al invitado, sus manos grandes de largos dedos, su pelo negro perfectamente cortado, sus facciones, tenía una boca hermosa, una nariz aguileña que no le restaba ni un ápice de belleza a aquel rostro anguloso coronado por unos preciosos e intensos ojos  azules. Era un hombre bello, muy masculino en sus gestos y seguro de sí mismo.
   Oyó pasos y voces en la parte de atrás de la casa, sus hijos habían vuelto.
   -Discúlpeme milord, iré a buscar a Evan, ya están de vuelta.
   Con paso decidido se encaminó al encuentro de sus hijos, allí estaban muertos de risa en la cocina recordando su última aventura en el bosque, no quería saber que les haría pasado, conociéndolos cualquier cosa. Por fin oía la risa de Evan, volvía a ser su niña alegre.
   -Evan lord Aldridge está aquí.
   Enmudecieron todos, se miraban unos a otros como quien acaba de oír las campanas de la iglesia a las tres de la mañana.
   -Vamos cariño acompáñame, arréglate un poco el pelo y el vestido, te espera.
   Evan miró a la señora Averdeen con el miedo reflejado en sus ojos. La cogió de la mano y la condujo hasta la sala, le parecía a Evan que todo era un sueño del que se despertaría y la vida volvería a ser como antes, le daba la sensación que sus pies no tocaban el suelo, tampoco de daba cuenta que las lágrimas rodaban por sus mejillas.
   No se imaginaba ni por asomo que la hija de su salvador fuese tan absolutamente hermosa, había heredado los ojos de su padre, unos generosos y perfectos labios, esbelta, con su pelo rubio escapando de su gorro y las lágrimas resbalando por sus mejillas. Era sencillamente preciosa.
   -Un placer conocerte Evangeline.
   -Igual…mente  señor…milord.
   Lo miró por primera vez a los ojos y sintió que le faltaba la respiración, no lo imaginaba tan alto, ni que se encontraría con un hombre excepcional. Tomó su mano y la besó con delicadeza. Creyó desmayarse en ese momento.
   -¿Podemos hablar a solas?
   -Por supuesto milord.
   El matrimonio Averdeen abandonó la sala cerrando la puerta al salir, se encaminaron a la cocina dónde esperaban sus tres hijos con los ojos abiertos de par en par esperando noticias de la inesperada visita.
   -Bien Evangeline, no tengo mucho tiempo así que te daré claras instrucciones  de lo que debes hacer, dentro de una semana un carruaje vendrá a recogerte y te llevará a Ipswich permanecerás en casa de mi tía hasta el día de la boda, ella te procurará lo que necesites, nos casaremos dentro de dos meses en la abadía de dicha ciudad, mientras tanto toma este dinero y procúrate ropa nueva. Vendrás tú sola. Siento la muerte de tu padre, era un gran hombre.
   -Gracias señor….milord.
   -Bien, hasta la próxima.
   -Le diré a los señores Averdeen que vengan a despedirse de vos.
   Sin mirarlo siquiera se dio la vuelta y salió de la sala en dirección a la cocina, allí la esperaba toda la familia reunida esperando a que les contase que le había dicho, pero no dijo ni una palabra, se fue a su cuarto, cerró la puerta y empezó a contar el dinero que había en la bolsa. Suficiente para empezar una nueva vida en otra parte. No se casaría con aquel hombre ni con ningún otro, no quería volver a sentir lo mismo que sintió cuando miró a los ojos a milord, miedo a un futuro incierto, desconcierto, intimidación.
   -Ha sido un placer conoceros milord.
   -Igualmente os digo señor Averdeen.
   -¿Puedo hablaros un momento milord?
   -Por supuesto señora Averdeen, decidme.
   -Veréis milord, Evan es muy joven, sabe muy poco de la vida, os lleváis un corazón puro y bueno, solo os pido que cuidéis de ella, la queremos cómo a una hija y …. Disculpad mis lágrimas milord es un duro momento para mí, cuidad de mi niña querida.
   -Así lo haré señora Averdeen, nada le faltará os lo prometo a vos como se lo prometí a su padre.
   Lo vio alejarse a lomos de su espléndida yegua seguido de sus guardias, aquel hombre se llevaría a su querida Evan, rezaría por ella todas las noches y todas las mañanas, para que Dios y milord le dieran una buena vida.
   -¿Sabes cuánto dinero hay aquí Grace? Cien libras.
   -¿Quéeeeee? ¡Por Dios de los cielos! ¡Déjame verlo! ¡Nunca he visto tanto dinero junto!
   Vació la bolsa encima de la cama y las dos miraban las monedas con los ojos abiertos cómo platos.
   -¿Sabes lo que significa esto Grace?
   -Sí, mucho dinero.
   -Que podré escapar y empezar una nueva vida en otra parte.
   -¿Te has vuelto loca? Tendrás la mejor vida que nunca has soñado y ¿Quieres escapar? Definitivamente has perdido el juicio ¿Dónde vas a ir tu sola? ¿Quieres fregar  suelos de rodillas veinte horas al día por un plato de comida? Porque el dinero se acaba, además traicionarías los deseos de tu padre y no puedes hacer una cosa así Evan, es pecado.
   -¿Y los míos Grace?
   -Las mujeres no decidimos, considero mi caso una excepción.
   -No quiero casarme con lord Aldridge, me da miedo.
   -¿Miedo? ¿Miedo de un hombre rico, conde y guapo? Lo vi por la ventana cuando hablaba con mi madre.
   -No sé si es él lo que me da miedo, o la vida que me espera ¡Os echaré tanto de menos Grace!
   -Vamos Evan no llores, si tu lloras me harás llorar a mí. Te echaré mucho de menos, pero esto no será una despedida, volveremos a vernos, nos visitaremos y nos escribiremos todas las semanas y te dejará volver aquí de vez en cuando.
    Se fundieron en un abrazo, su querida Grace, amiga, casi hermana, compañera, le dolía en el alma despedirse de todos ellos, en especial de su queridísima Grace, ese era el favor que le había hecho su padre, separarla a lo largo de su vida de todo lo que amaba. Primero de su ama, de su casa en  Londres y ahora de la única familia que había conocido, arruinados pero unidos y felices en la medida en que su vida les permitía serlo.
   -Mañana tenemos muchas cosas que hacer, has de hacerte un vestido y un abrigo, comprarte unos zapatos nuevos y un sombrero, mejor dos vestidos, no vas a ponerte el mismo todos los días, necesitarás un camisón y una bata, medias, enaguas y un armador. Debemos ir a Lancashire en este pueblo no encontraremos todo eso.
   -Podemos comprar las telas en el mercado y que los haga la señorita Jones, solo tenemos una semana.
   -Bien, eso haremos entonces ¡Oh Dios Evan! ¡Un vestido nuevo! ¡Oh y un abrigo! ¡Zapatos nuevos! Y tú pretendes renunciar a todo eso, estás loca.
   Esa noche en la casa solo conciliaron el sueño los varones, las mujeres permanecieron despiertas toda la noche, cada una enfrascada en sus propios pensamientos, la señora Averdeen pensando en todo lo que le había deparado el día, en su querida Evan que se iba, Grace pensando en las telas y los zapatos nuevos y Evan pensando en cómo sería hacer el amor con un hombre, que se sentiría entregándose a los deseos de su futuro esposo.
   Al día siguiente se encaminaron las tres al mercado de Stroud Castle con una bolsa llena de dinero dispuestas a gastarlo en un vestuario nuevo para Evan, los puestos de telas del señor Malik comerciante árabe eran los más visitados, los dividía en tres partes, los tejidos más baratos, los que no lo eran tanto y los más caros, se preguntaban los habitantes de la comarca de dónde habrían sacado el dinero las mujeres Averdeen para gastarlo tan alegremente aquella mañana.
   Eligieron una tela de organza con el fondo azul oscuro y las flores bordadas en un tono más claro, las tres estuvieron de acuerdo en que era la más bonita de todas, un paño azul claro para el abrigo, tela de algodón fino para la ropa interior, medias y unos zapatos abotinados en un tono parecido al del vestido, luego compraron telas para un vestido nuevo para Grace, otro para la señora Averdeen, telas para un traje nuevo para Thomas y lana para confeccionar ropa de abrigo para Jamie y para el señor Averdeen. No habían gastado ni la cuarta parte del dinero de lord Aldridge.
   -Bien ahora compraremos zapatos nuevos para todos.
   -Evan el dinero es para ti, no para que te lo gastes en nosotros.
   -Trinity no creo que me pida cuentas, hoy vamos a gastar dinero.
   Y se dedicaron a gastarlo, compraron un costillar de ternera, cebollas, ajos, harina, mermelada, naranjas de España, pan recién hecho, tocino, aceite, caramelos, almendras todo lo que se les iba antojando lo compraban y para pasmo de los comerciantes lo pagaban.
   -Niñas, esta noche rezaremos para que Dios nos perdone por habernos gastado el dinero de lord Aldridge tan alegremente –la  conciencia de la señora Averdeen habló por ella−
   Las tres hicieron la señal de la cruz y siguieron gastando libras en sombreros para todos.
   Llegaron a la casa de la señorita Jones cargadas como mulas, no daba crédito la costurera a lo que veían sus ojos, las mujeres Averdeen cargadas de telas y alimentos, sin duda estaba soñando.
   Pasados los primeros momentos de terrible confusión en la mente de la señorita Jones comenzó a entender lo que querían pero ya el colmo de todos los colmos, estaban dispuestas a pagar a tocateja el trabajo ¿Habían recibido una herencia tal vez? Se preguntaba la afable y diligente costurera.
   -¿Una semana nada más? ¡Eso es muy poco tiempo! ¡Tendremos que trabajar día y noche mis ayudantes y yo misma!
   -Pues hágalo.
   -Pero eso significa que tendré que cobrarles más.
   -Pues cóbrelo.
   Estas dos escuetas frases las pronunciaba Evan cómo si aquello fuese algo normal en su vida.
   Tomó medidas a las tres, en seis días tendría listo el pedido de Evangeline los otros tendrían que esperar, era mucho trabajo para tan poco tiempo y la señorita Jones no estaba acostumbrada a las prisas, en su carácter reposado no cabía la urgencia en ningún acto de su vida. Seguramente por eso se había quedado soltera.
    Se les olvidaba un detalle importante, el vino, una cena cómo aquella sin vino era cómo un jardín sin flores. El señor Averdeen las vio desde la ventana de su despacho, observaba la fina lluvia que estaba empezando a caer ensimismado en sus elucubraciones científicas. No daba crédito a lo que veían sus ojos ¿Las mujeres de la casa se habían vuelto locas? Sí, así debía de ser, no cabía otra explicación.
   -No me mires así Leon, lo hemos pagado todo y si te preguntas de dónde lo hemos sacado es de lord Aldridge para Evan.
   -No me lo habías dicho Trinity.
   -¡Oh perdona querido! Sin duda lo he olvidado.
   Cuando se esposa contestaba de aquella manera tan peculiar era mejor no seguir intentando hacerle preguntas por qué no iba a responderlas, así que decidió volver a lo suyo.
   Dejaron el vino fuera para que estuviese fresco, Trinity Averdeen les dijo que lo metieran en la casa, hacía más frío dentro que fuera, adobaron la carne y la metieron en el horno, prepararon una tarta y pastel de verduras, patatas con cebollas, salsa de almendras para acompañar la carne, reinaba en la casa un olor delicioso que ya casi ni recordaban que atrajo a todos a la cocina y acabaron llenos de harina  compartiendo la risa y los juegos. Disfrutaban de los últimos momentos de Evan en la casa y ella su familia tan querida y pensando cuanto los echaría de menos.
   Pusieron la mesa lo más bonita que pudieron con dos jarrones de margaritas y amapolas que Jamie recogió en el campo, copas de vino que estaban enteras del poco uso que se le daba y se sentaron alrededor de semejante festín.
    -Señor bendice estos alimentos que vamos a tomar y bendice a nuestra pequeña Evan que nos dejará en unos días, cuida de ella y de todos nosotros.
   -Amén.
   -Muy bonita la oración querido esposo, esta noche reinará la alegría en esta casa, un brindis.
   Todos levantaron la copa y las unieron en el medio de la mesa.
   -Por el futuro, por nuestros hijos y porque Dios nos de mucha salud a todos, por mi querida familia.
   -Salud –dijo la familia Averdeen a la vez−
    Fue una noche de felicidad compartida, de risas y alguna lágrima, de cantos y bailes, con un poco de vino en las venas se baila mejor decía la señora Averdeen y se canta peor decía el señor Averdeen.
  
   Evan contaba las monedas que quedaban con todo lo que habían gastado todavía le quedaban cincuenta libras, podría pagar el viaje de Thomas a Londres y dejarles el resto del dinero, ella no lo necesitaría. Haría caso a Grace e iría a Ipswich, no sabía ni como se llamaba la tía de lord Aldridge ¿Sería una mujer agradable? Seguía teniendo la misma sensación cuando pensaba en el hombre con el que iba a casarse, un extraño vértigo se producía en su estómago, subía hasta sus pulmones y se quedaba sin respiración.
    La señora Averdeen no tuvo que vender sus pendientes, el cielo había bajado a la tierra, más concretamente a su casa en forma de lord. Observaba a Evan enfrascada en sus pensamientos mirando por la ventana de la cocina con la mirada perdida en algún punto del horizonte.
   -¿En qué piensas cariño?
   Evan bajó de la nube, respiró hondo y decidió sincerarse con su “madre”.
    -Tengo miedo, miedo a lo desconocido, de un marido que no conozco, de no ser feliz, de no comprender los deseos de un hombre, de que nadie me quiera allá dónde voy.
   -Mi pequeña Evan, ven sentémonos, verás el matrimonio no es una tarea fácil, en nada nos parecemos los hombres y las mujeres, a nosotras nos toca la peor parte, pero también la mejor, parir y educar a nuestros hijos.
   -¿Cuál es la peor?
   -Bueno, quizás haya cosas de tu marido que no te gusten pero tendrás que convivir con ellas, los hombres son libres pequeña y nosotras no, la convivencia entre dos personas diferentes nunca es perfecta querida Evan, tendrás que ceder a veces pero aprenderás a no ceder otras, las mujeres tenemos armas para defendernos, solo es cuestión de aprender a utilizarlas. Cuando tu marido quiera poseerte lo conseguirá, pero tú a cambio conseguirás otras cosas, eres inteligente Evan, sabrás hacerlo, es cuestión de tiempo, acabarás conociéndolo.
   -¿Qué se siente cuando un hombre te posee?
   -Muchas cosas, cuando un hombre y una mujer que se aman y se desean yacen juntos, no importa que el mundo acabe si estas en sus brazos y si no es así, no lo sé. Tuve la suerte de casarme con el hombre que amaba. Pero todo saldrá bien querida, ten fe, todo saldrá bien.
   -Tu padre dejó tu vida solucionada, ya ves cómo vivimos en esta casa, te ha regalado un futuro Evan, no lo desaproveches.
     La señora Averdeen deseaba ardientemente para Evan y para su querida Grace, que los hombres con los que se casaban las hicieran felices, que no las hicieran sufrir demasiado. Ese era su deseo pero la vida era otra cosa.
    La señorita Jones había obrado un milagro, casi tenía listos los dos vestidos y el abrigo al que por su cuenta había añadido un cuello de piel de zorro y ribeteado las mangas con un bordado de cadeneta, la costurera valía lo que cobraba, sin duda.
   Evan se probó el primer vestido, la transformación que se produjo en ella hizo que todas abrieran la boca para exclamar un ooooh, de un vestido viejo y pasado de moda a un vestido precioso hecho a su medida que resaltaba su busto y el color de sus ojos mediaba un abismo, la costurera colocó el armador para dar forma al vuelo del vestido  y quedó perfecto.
     Dentro de tres días se iría, dejaría atrás una vida para comenzar otra, el dolor que le producía despedirse de la única familia que conocía, que la quería y la aceptó cuando su padre la dejó allí, le partía el alma en dos mitades una se la quedarían ellos para siempre la otra vagaría por el incierto mundo  que  su padre había planificado para ella.
    El nerviosismo de Evan era evidente, apenas comía y no conseguía conciliar el sueño, pasaban horas sin hablar con la mente siempre en otra parte, no prestaba atención a las lecciones del señor Averdeen y no hacía sus deberes. Se le caían las cosas de las manos, se tropezaba con todo lo que encontraba a su paso y a veces lloraba sin consuelo.
    -Cariño debes preparar tu equipaje –la señora Averdeen la miraba con auténtica preocupación ¿Estaría preparada para la vida que le esperaba?−
   A Grace le dio tal ataque de risa que no podía parar, intentaba hablar pero no podía, tuvo que ir corriendo al aseo para no orinarse encima, la oían reír desde la cocina, la señora Averdeen y Evan se miraban sin entender nada, regresó Grace y seguía riéndose como una loca, acabó por contagiar a las dos mujeres, acabaron riéndose las tres a carcajadas sin saber de qué se reía Grace. Cuando se hubo calmado por fin pudo hablar.
   -Mami me rio de lo del equipaje  −volvió a sufrir otro ataque descontrolado de risa−
   -¿Del equipaje? ¿Qué tiene de gracioso hija mía?
    Tardó un rato en recomponerse y secarse las lágrimas de la risa que salía a borbotones de su garganta.
   -Es que tardará un minuto en hacerlo, no tiene casi nada que guardar y faltan dos días, un vestido y un camisón, bueno y una bata ¿El equipaje? –otro ataque de risa se apoderó de Grace− bueno Evan, yo tardaré menos que tú.
   A Grace le dolía el estómago de reírse tanto, por fin iba serenándose su madre estaba ya preocupada, iba a darle algo malo sin duda si seguía riéndose así, al final acabó llorando abrazada a Evan, lloraban las tres.
   Se preguntaba el señor Averdeen si la locura se había adueñado de su casa, las oyó reírse como poseídas por un espíritu maligno y cuando llegó a la cocina lloraban las tres ¡Difícil momento! Se dio la vuelta, prefirió no preguntar, las mujeres eran seres extraños, ya lo decía Aristófanes.
   La noche anterior a su partida el señor Averdeen habló a solas con Evan.
   -Mi querida hija, así es cómo te considero, nosotros siempre estaremos aquí, en lo que podamos ayudarte debes saber que en nosotros siempre encontraras el apoyo y el cariño que mereces, vamos a echarte terriblemente de menos y sé que tú a nosotros también. Si tu padre no confiase en lord Aldridge no hubiese concertado este matrimonio, él no pudo cuidarte, casi ni de sí mismo, sin dinero y sin salud solo le quedó una alternativa, dejarte aquí, sabía que te cuidaríamos como a una hija y eso hemos hecho, no lo odies Evan, sencillamente mi gran amigo era  un hombre diferente. Y ahora descansa te espera un largo viaje, prométeme que nos escribirás con frecuencia y que volverás a visitarnos.
   -Lo prometo señor Averdeen, ha sido y es un orgullo para mí pertenecer a esta familia, mi única y verdadera familia, nunca podré agradecéroslo suficiente.
   -Deseo de corazón que seas feliz allá donde vas querida Evan, pon todo lo que esté de tu parte para procurar tu felicidad y la de los que te rodean y no dejes nunca de estudiar, de leer y de aprender de los libros, de las personas, de los paisajes, de las ciudades, de todo lo que vives, de todo lo que ves. Te deseo toda la suerte del mundo.

 A la mañana siguiente un impresionante carruaje con dos cocheros y cuatro guardias de la casa Aldridge a caballo esperaban en la puerta de la casa a la que sería la esposa de su señor.
   Evan se despidió en silencio de todos con un sentido abrazo, con el corazón encogido, los ojos llorosos y unas terribles ojeras de no dormir en muchos días, despedirse de la señora Averdeen fue la más dura de las despedidas, debía decir adiós a una mujer excepcional, buena, cariñosa, divertida y la mejor de las madres.
   -Adiós cariño, te quiero muchísimo pequeña.
   -Adiós madre.
   Fue el abrazo más largo y más sentido en la vida de Evan, adoraba a aquella mujer que le había dado mucho más de lo imaginaba. Que Dios le diera larga vida a Trinity Averdeen.
   Uno de los cocheros recogió su pequeño equipaje y le tendió la mano para subir al carruaje, ella miraba por la ventana y veía a través de los cristales aquella casa y sus moradores diciéndole adiós con la mano.
   No se movieron de su sitio hasta que perdieron de vista el carruaje con el corazón que portaba dentro.
  Mientras Evangeline dentro del coche de caballos que la llevaba por los caminos de Lancaster, durmiendo a ratos, llorando otros, mirando con inmensa melancolía los campos, los pueblos y las ciudades dónde hacían paradas para dormir y proveerse de alimentos y agua para el largo camino hasta Suffolk travesando los condados de Cambrigeshire y Norfolk por las fronteras, Grace  los días vivía los momentos más amargos de su vida, nada ni nadie era capaz de arrancarla de su profunda tristeza, Evan se había llevado con ella la alegría de los días, las charlas en las noches frías, las de las noches de verano encaramadas en el tejado viendo cómo pasaban las estrellas delante de sus ojos inocentes, soñando con príncipes que venían a rescatarlas, guapos, valientes, rubios, que serían felices y comerían perdices, eso era la vida que imaginaban, la vida real era mucho más amarga, más dura y más cruel de lo que imaginaban, la muerte, el amor, las ilusiones, todo formaba parte de una vida para la que nadie las había preparado, todo fue perfecto hasta que dejó de serlo.
   -¿Qué caminos recorres ahora Evan? ¡Te echo tanto de menos!
   Entonces las lágrimas se apoderaban de Grace y no había consuelo posible para ella, ni siquiera las cartas del amor de su vida podían consolarla, había comprendido lo que significa la ausencia de un ser muy querido, acostumbrarse a vivir sin su presencia, y era terriblemente duro.
    La casa seguía su curso dirigida por su madre, triste también, ahora se iría Thomas, se quedarían solos los cuatro hasta que ella finalmente se casase y volaría lejos del nido, pero nada sería nunca lo mismo, acababan de dejar atrás la infancia para adentrarse en el mundo de los adultos, de las preguntas sin respuesta, de las conclusiones equivocadas, de los errores cometidos que no se enmiendan en una sola vida.
    Aquel invierno sería muy duro, pero su madre no dejaría tiempo para la tristeza, no llorarían por los que se fueron lejos, aunque luego ella llorase noches enteras, se levantaba por las mañanas con el optimismo y su alegría pintada en su cara, entendía Grace por qué su padre amaba tanto a Trinity Averdeen, era la alegría, el sol, quería ser cómo ella, inasequible al desaliento, la diosa de su casa, la mejor madre para sus hijos ¡Ojalá Dios no se la llevara antes que a ella!

Evangeline leía cuando el carruaje se detuvo en un camino, miró por la ventanilla preguntándose el motivo de aquella parada inesperada, un árbol había caído impidiendo el paso de los viajeros, se bajó, los hombres intentaban sin éxito retirarlo, pesaba demasiado, otro coche de caballos se había parado también, transportaba al obispo de Cambridgeshire y su escolta hacia Norfolk,  no podían rodear el camino ni retirar el árbol, una carreta con verduras se paró detrás, su conductor un hombre de aquellas tierras los puso sobre aviso, podía tratarse de una trampa de los salteadores de caminos.
   Tenía razón, sin apenas darse cuenta estaban rodeados, le pidieron gentilmente que vaciaran sus bolsillos, las joyas, y los equipajes, a pesar de las advertencias del obispo y los dos curas que lo acompañaban de que se condenarían en los infiernos, siguieron con su tarea.
   -¿Y vos quien sois preciosa?
   El hombre que le hacía esta pregunta la miraba con verdadera curiosidad y ella lo miraba con el espanto dibujado en sus ojos. Contestó por ella un cochero.
   -Es la prometida del conde de Aldridge.
   El hombre acarició sus cabellos, pasó los dedos por su rostro hasta sus labios, los entreabrió y siguieron su camino por la garganta hasta el nacimiento de sus senos.
   -¡No os atreváis a tocarla! –la voz del obispo sonó cómo un trueno−
   Evangeline era incapaz de moverse, el miedo había paralizado todos y cada uno de sus músculos, solo sus ojos se movían buscando auxilio, pero cada hombre tenía una pistola apuntando a su sien.
   -Señor obispo, si la toco ¿Iré la infierno? ¡Ya os gustaría tocarla vos! Debe de saber a chocolate.
   Pasó la lengua por su cuello.
   -Ummm lo que os decía señor obispo sabe a chocolate.
  -¡Dejadla señor o la ira de Dios caerá sobre vos!
   -Tenéis gracia señor obispo ¿Por qué creéis que nos dedicamos a este oficio? ¿La ira de Dios? Nosotros somos la ira de Dios y vos un desgraciado que se dedica a predicar en un púlpito con la barriga llena después de fornicar con vuestras criadas rodeado de lujos que seamos buenos cristianos ¡Al infierno iréis vos y toda vuestra podrida ralea!
   Evangeline lloraba en silencio, no se atrevía a apartar la mano que rodeaba suavemente su cuello. La indignación del obispo iba en aumento.
   -¿Cómo os atrevéis a insultar a la iglesia?
   -Vos no sois la iglesia, no sois más que un atajo de indeseables, a la iglesia, mi querido señor obispo, no la representáis vos, solo la utilizáis para vuestros espurios intereses. Y aquí acaba esta conversación obispo o os meto una flecha por el culo, que es exactamente lo que estoy deseando hacer, no me deis motivos.
   Los salteadores se habían hecho con un buen botín, joyas, dinero, ropas y armas.
   Se despidió de Evangeline besando sus labios despacio varias veces.
   -Hasta la vista preciosa.
   Desaparecieron en un momento, entonces dio rienda suelta a todo el miedo acumulado, comenzó a respirar con dificultad, vomitó el contenido de su estómago y a llorar como si se hubiese apoderado de ella la locura.
    Los hombre de lord Aldridge la levantaron del suelo y la convencieron para que subiera al carruaje, cuando consiguieron retirar el árbol siguieron su camino, ya no tenían para pagar la comida ni el alojamiento y les quedaba mucho camino por recorrer todavía.
   Antes de partir su Ilustrísima Señor Obispo de Cambridgeshire se acercó al carruaje y pronunció estas palabras a una Evangeline presa del pánico.
   -Mi querida niña, siento haberos conocido en estas circunstancias, ya veis que el mal acecha en todas partes, lo veré colgados a todos en la plaza de Cambridge no lo dudéis, pagarán esta afrenta con la muerte, saludad de mi parte a lord Aldridge y tranquilizaos pequeña, ya pasó todo ¡Dios quede con vos!
   No fue capaz de pronunciar una palabra, había enmudecido, por un momento creyó que aquel hombre se la llevaría con él y le haría mucho daño, la convertiría en una prostituta al servicio de toda aquella chusma.
   Los hombres de lord Aldridge fueron negociando en las posadas las cenas y los alojamientos para ellos y para los caballos, guardando las notas y prometiendo en nombre de la casa de Aldridge que se les pagaría lo adeudado dando su palabra de honor.
    Evangeline pidió una espada para ella, casi no podía sostenerla, pero mataría al próximo que quisiera volver a tocarla, el resto del viaje lo hizo más tranquila, a ratos andando al lado de los caballos de su escolta, otros ratos dormitando, leyendo o mirando cautivada los hermosísimos paisajes de Inglaterra.
   Y por fin Ipswich, hubo momentos en los que creyó que no llegaría nunca, pero allí estaban a las puertas de la ciudad, construida en las orillas del río Orwell, majestuosa, imponente, hermosa.
   La casa de lady Ann Mary Stahl era una mansión de tres plantas de piedra rojiza y ventanales pintados de blanco, con balcones y pequeñas galerías, con una escalinata de mármol para llegar hasta la impresionante puerta de la entrada. Esa sería su casa los próximos dos meses.
   La recibió un mayordomo perfectamente vestido y peinado a conciencia despidiendo un ligero olor a lavanda sin duda del jabón que usaba para su aseo, hizo una reverencia e Evangeline ¿Debería devolvérsela? Decidió hacer una leve inclinación con la  cabeza para pasmo del mayordomo.
   -Milady mi nombre es Paul Corton, soy el mayordomo y jefe de servicio de la noble casa de lady Stahl, estoy a vuestra disposición para lo que deseéis.
   -Gracias señor Corton.
   -Un criado recogerá vuestro equipaje, milady no se encuentra en casa, ha ido a oír misa como todas las mañanas a la abadía de Ipswich, no tardará en volver, mientras tanto si me permitís os conduciré a vuestras habitaciones.
   Siguió diligentemente al señor Corton hasta la segunda planta reparando en algunos detalles de la casa, en los papeles pintados y los apliques relucientes en las paredes los cuadros de flores, y las plantas naturales delante de las ventanas con unas cortinas perfectamente recogidas a los lados para dejar paso a la luz y sobretodo el orden y la limpieza que reinaba en la casa.
   Su cuarto constaba de un gran dormitorio con una enorme cama con dosel haciendo juego con la colcha, debajo de una de las ventanas un escritorio con todo lo necesario para escribir y dos divanes con una mesa de centro y una gran alfombra debajo, los cuadros tenían motivos de caza, perros, caballos y liebres. Una sala de baño con la bañera más grande que había visto en su vida, un lavabo y un bidet de porcelana copiado de los baños franceses.
   Lo que más le gustó e Evangeline fue el tocador, tenía de todo, cepillos, peines, polvos de talco, perfume, cremas de color rojo para los labios, cera oscura para las pestañas, polvos rosados para las mejillas, era un sueño.
   Una sirvienta con un uniforme que parecía recién comprado y los cabellos perfectamente recogidos en su gorro de encaje sin salírsele ni uno se presentó.
   -Lady Loughty mi nombre es Lothye, su sirvienta personal, os ayudaré en todo lo que necesitéis si ese es vuestro deseo.
   Otra reverencia ¿Sería así siempre? ¿O solo la primera vez? Un criado apareció en el umbral con su escueto equipaje para pasmo del mayordomo y la sirvienta, hizo una reverencia a Evangeline y se retiró tan silenciosamente como había llegado.
   -Nos asaltaron en el camino, es todo lo que me queda –mintió Evangeline−
   -Sin duda un percance terrible milady, lo siento enormemente.
   -Gracias señor Corton.
  Lothye tardó dos minutos en colocar su ropa en el vestidor, le pidió por favor si podía prepararle un baño caliente y un té. Se sentó en la mullida cama y se dio cuenta del enorme cansancio acumulado a lo largo del viaje, se metería en aquella cama años enteros, olvidarse del mundo, solo quería dormir.
   -Milady en unos instantes tendrá su baño preparado.
   -Gracias Lothye.
   Se quedó sola en su cuarto, se asomó al mirador y miró hacia fuera, la calle bullía de gente en todas direcciones, damas, caballeros, criados, cocheros y el río tranquilo, casi un espejo donde las barcazas dejaban una estela plateada con sus remos, la vida en una gran ciudad, casi lo había olvidado.
    Un carruaje se paró en la puerta de la casa, un criado corrió a ayudar a una anciana a descender por la breve escalera hasta que pudo asirse a su bastón y muy despacio subió por la escalinata hasta la puerta. Lady Stahl acababa de llegar.
   Lothye subió a avisar a Evangeline de la llegada de lady Mary, la esperaba en su salita. Subía con la bandeja del té, la depositó en la mesita diciéndole que cuando quisiera tomarlo volvería a calentar el agua.
   -¡Mi querida Evangeline! ¡Por fin has llegado! ¡Qué alegría tenerte por fin en casa!
   Evangeline se encontró con una anciana de rostro surcado de arrugas, coja y temblorosa, pero con unos ojos vivos, oscuros que en otro tiempo debieron de ser hermosos que seguían manteniendo la curiosidad y el interés por la vida.
    Ella hizo una pequeña reverencia al entrar en su sala y la llamó lady Ann, la anciana besó sus mejillas.
  -Perdona por haberte hecho bajar, hace tiempo que mis piernas se niegan a subir más escalones que los cuatro que hay para llegar a la puerta de mi casa, no sin un gran esfuerzo, tu rostro delata el cansancio del largo viaje, por cierto eres mucho más hermosa de lo que mi sobrino me ha dicho. Bien no te entretengo más, tenemos mucho tiempo por delante para conocernos, claro que en mi caso decir mucho tiempo es aventurarse demasiado, los viejos medimos el tiempo primero en años, luego en meses, después en semanas y por último no hacemos planes más allá del día siguiente, cada día que pasa y  seguimos vivos lo consideramos un regalo de Dios, ahora descansa y mañana será otro día.
   -Un placer conocerla lady Ann.
   -Llámame Ann, simplemente y lo mismo digo querida, considérate en tu casa.
   -Gracias Ann, hasta mañana entonces.
   -Descansa mi querida niña.
    Estuvo metida en la bañera hasta que se enfrió el agua, se lavó los cabellos y se los iba secando al lado del fuego de la chimenea, estaba rendida, miraba su cama y le daban ganas de asaltarla, debía esperar por la bandeja con la comida que le subiría Lothye, tenía hambre.
    Le pidió a la sirvienta que dejara la bandeja en el suelo delante de ella, sentada con las piernas cruzadas y su camisón nuevo le explicó a la atribulada Lothye que no acababa de saber si había entendido bien, mientras comía acabaría de secarse el cabello, le decía Evangeline. Nunca había servido a nadie en el suelo de la casa, su cara de pasmo lo decía todo.
   -Desea …. ¿Desea milady que caliente el agua del té?
   -¡Oh sí! Lo tomaré luego, gracias Lothye.
    Cuando la llamaban milady tardaba un rato en reaccionar, no se daba por aludida, debería acostumbrarse a ese tratamiento, debían pensar que era tonta o algo peor, que su cabeza llevaba cierto retraso respecto a su cuerpo.
   En la bandeja había guiso de carne con patatas asadas, uvas, fruta confitada, un pastel de nata y un vino delicioso, se comió todo menos los dulces, se tomó el té, en su vida había probado un té tan delicioso. Se limpió los dientes y por fin se metió en la cama ¡Dios que momento! Entre sabanas suaves, mantas cálidas  y almohadas se dejó vencer por el sueño.
    Se despertó al amanecer sumida en la mayor de las confusiones y totalmente desorientada ¿Dónde estaba? Tardó un rato en averiguarlo, cuando por fin comprendió dónde se hallaba, volvió a taparse, la gloria debía ser algo parecido a aquella cama.
   Decidió levantarse a su pesar, se aseó y se vistió, después de dar unas cuantas vueltas por fin llegó al recibidor, preguntó a una criada dónde podría encontrar a lady Stahl, la condujo hasta su sala.
   -Buenos días mi querida niña ¿Has descansado? Veo que sí, tu rostro es otro, siéntate a mi lado, supongo que habrás desayunado querida, hace un día espléndido, debemos aprovecharlo, daremos un paseo por los jardines, tienes muchas cosas que contarme ¿Te he dicho ya que eres mucho más hermosa de lo que mi sobrino dice? Eres realmente preciosa, si ya te he contado algo y vuelvo a repetírtelo te ruego me lo hagas saber, se me olvida que ya lo he contado, mi cabeza ya no es lo que era, los viejos solo somos un estorbo, pero nos empeñamos en seguir siéndolo, nunca es buen momento para morir, por mucho que digamos que estamos preparados no es cierto, a veces decimos ¡Que Dios me lleve! Pero al momento estamos llamando al doctor, solo lo decimos cómo un mero formulismo.
   Así era lady Ann, hablaba por los codos, ella preguntaba y ella contestaba, pero era encantadora, generosa en sus afectos y con su dinero.
   -Querida he citado a mi costurera la señorita Anderson, es un prodigio con la aguja, se quedará en la casa hasta que complete tu ajuar, el señor Brandon nos espera esta tarde en su tienda de tejidos en el mercado, vende las mejores telas de Suffolk traídas de Italia, sedas de Oriente y las mejor lana de las ovejas de Norfolk con una excelente gama de tinturas.
   ¿Ninguna costurera se casaba en Inglaterra? Se preguntaba Evangeline ¿Eran incompatibles los hombres con las puntadas y los hilvanes? Lo comprendió nada más verla a la vuelta de su paseo por los primorosos jardines de la casa que ocupaban un buen terreno en la parte de atrás, había hasta un estanque con peces de colores, comenzaban los árboles a perder sus hojas, el otoño podía olerse en los perfectos caminos de aquel jardín, la señorita Anderson era, cómo decirlo, poco agraciada y de mínima estatura, un centímetro menos y se la consideraría enana. Tuvo que subirse a un escabel para tomar medidas de los hombros y el cuello de Evangeline, la costurera media lo mismo que el largo de su falda.
    Eligieron tejidos de satén, sedas, organzas, lanas, finísimo algodón para la ropa interior, medias, diez pares de zapatos que se forrarían a juego con los vestidos, encajes de diversos bordados para los cuellos y las mangas de los vestidos, armiño para una capa corta, una maravillosa lana para una capa larga y  
zorro blanco para ribetearla, guantes de piel en varios tonos. Evangeline se sentía mareada de tantos colores, olores y tanto tiempo de pie, todo esto lo coordinaba lady Ann desde un cómodo sillón dirigiéndolo todo con su bastón de marfil. Llenarían el cuarto de costura de la mansión. Trabajarían sin descanso ocho personas, le había dicho la costurera.
   -Mañana dedicaremos el día a los sombreros querida.
    Pero mañana sería otro día, iría con Ann a oír misa todas las mañanas, hasta el almuerzo darían un paseo, y por las tardes harían las compras, luego cenarían en el comedor principal, se le olvidaba a lady Ann que pasaría horas probándose toda la ropa que cosían para ella.
   Vivía en un mundo irreal, la mujer que habitaba en su cuerpo no era ella, cuando tomaba conciencia de dónde estaba y de su destino, se entristecía, pensaba en la familia que había dejado atrás entonces las lágrimas asomaban a sus ojos inevitablemente, solo habían pasado dos semanas y le parecían meses, cómo si el tiempo hubiese pasado muy deprisa y esos recuerdos fuesen parte de un pasado muy lejano.
    Pero los días pasaban e iba afianzándose su confianza y su cariño hacia lady Ann, no debería hacerlo, debía mantener la distancia con aquella adorable y dicharachera dama, pronto tendría que irse y no quería llorar al despedirse de ella, una despedida más, otra persona más a quien echar de menos.
   Evangeline no podía evitarlo, formaba parte de su noble carácter, adoraba a las personas que le demostraban cariño, que la querían, quizás vivir sin su madre y sin su padre habían marcado su personalidad, lo que más envidiaba de las personas no eran sus bienes ni su status social, envidiaba que tuviesen una verdadera familia, lo que ella nunca tuvo hasta que conoció a la familia Averdeen. Recordaba lo que le había costado a Trinity que confiara en ella, se pasó semanas abrazada a su muñeca llorando por su ama, llamaba a su madre cuando tenía pesadillas por las noches, no comía ni hablaba con nadie, los abrazos y los besos de la señora Averdeen la fueron sacando poco a poco de su mundo infeliz para que volviese a confiar en las personas y ella no pudo evitar quererla muchísimo, a sus hijos, a su queridísima Grace que cuando se quejaba de la pobreza en la que vivían ella le recordaba que pasaban hambre sí, pero tenía una maravillosa familia ¿Algún día tendría ella la suya propia? ¿Viviría rodeada de sus hijos a los que querría muchísimo?
   -Querida Evangeline, bueno te llamaré Evan como tu antigua familia, me gusta, suena bien ¡Oh ese no es el cubierto querida! Es este ¿De que hablábamos? ¡Oh sí! –cenaban las dos en un inmenso comedor un pavo confitado y vino blanco de Italia, a lady Ann le gustaba cuidarse− Hablábamos de los hombres ¡Ah querida! No intentes comprenderlos, fracasarás en el intento, en realidad son seres muy simples, se rigen por unas sencillas normas que ya irás conociendo, si yo te desvelo el secreto dejaría de tener su gracia, me he preguntado toda mi vida cómo siendo nosotras mucho más inteligentes ellos dominan nuestras vidas, el mundo sin duda está al revés, nos debemos a ellos y ellos se deben a todas las demás, te diré querida niña que mi sobrino no es una excepción, adoro su nobleza de espíritu, su altísimo concepto del honor, la lealtad para con su casa y a su apellido, pero es un hombre al fin y al cabo.
   -¿Cómo se hace feliz a un hombre Ann?
   -Buena pregunta para la que no tengo respuesta, es cómo querer recomponer un enrevesado rompecabezas, yo desistí de hacerlo hace mucho tiempo, sencillamente dejé que la vida transcurriese sin sobresaltos. Mi primer marido era muy apuesto  pero un auténtico calavera, tuve que conformarme con los buenos ratos que quería concederme, murió joven, mi segundo marido fue muy rentable, me casé por dinero, así de sencillo querida Evan, me gusta el dinero y la vida de la que puedo disfrutar teniendo una gran fortuna cubriendo mis espaldas, cómo no pienso  llevármelo a la tumba,  he decidido disfrutarlo.
   -¿Eráis pobre?
   -No exactamente querida, digamos que nuestro apellido se le suponía más dinero, por eso mi madre nos procuró a mi hermana y a mí matrimonios ventajosos, mi hermana se casó con el conde Aldridge, falleció un mes después que su esposo, de esto hace cinco años, yo nunca tuve hijos Dios no quiso concederme ese privilegio y la única familia que me queda es mi querido sobrino.
   ¿Cómo podía hablar tanto lady Ann? A veces era difícil seguir el ritmo de sus charlas, pasaba de un tema a otro sin previo aviso, con lo cual a Evangeline tenía que preguntarse de que persona o de que ciudad o de que libro hablaba ahora.
    -¡Ah querida! ¡Deliciosa cena y deliciosa compañía! Mi cocinera es la mejor de la ciudad,  cocina cómo los  ángeles,  en  la última fiesta que di en  esta  casa,  su
guiso de setas fue comentado en todo el condado, era sencillamente una delicia para el paladar.
    -Gracias Ann.
   -Querida llámame tía Ann me hace ilusión, a los viejos nos hace ilusión casi todo ¿Sabes que sueño por las noches? Que soy joven otra vez, pero solo es un sueño, la vida pasa muy deprisa pequeña, no la desperdicies, no llegues a vieja lamentándote de todo lo que hubieses podido hacer y no has hecho.
   -Buenas noches tía Ann.
   -Buenas noches querida, que descanses.  
   -Igualmente.
   Antes de dormirse se preguntaba Evangeline si ya habrían recibido su carta en la casa Averdeen, les contaba su viaje, sin decirles nada del incidente sufrido en el camino, no quería que se preocupasen, les decía que los echaba muchísimo de menos y que estaban siempre en sus pensamientos y que les escribiría regularmente tal como les había prometido. Soñaba con que volvía a casa y que el sueño era la realidad y la realidad un sueño.

    Los acontecimientos se sucedían en su vida sin tregua posible, entre las pruebas de su vestuario, organizar la boda y el banquete, la lista interminable de invitados y por si fuera poco la fiesta del sábado no le quedaba mucho tiempo para pensar en su futuro marido, en realidad no quería pensar en ello, se le hacía un nudo en el estómago y el extraño calambre que recorría su cuerpo cuando se acordaba del hombre que había venido a visitarla a la casa Averdeen.
    Su vestido de novia estaba casi listo, era una maravilla, fue el vestido de novia del primer matrimonio de “tía Ann” tuvieron que alargarlo y estrecharlo un poco, bajar el escote y recoser algunos encajes, la costurera decía que era el vestido más maravilloso que había visto nunca y había visto muchos.
    No se explicaba cómo Evangeline pero ya era viernes por la noche, al día siguiente sería su prueba de fuego ¿Les gustaría ella a todas aquellas personas? Se durmió pensando cómo la doncella de tía Ann organizó la fiesta, la cena, las bebidas, el cuarteto de cámara y al barítono que amenizaría la velada, todo debía estar perfecto y cómo el señor Corton organizó a todo a todos los criados,
quien debería servir que,  a quién y cuándo, dónde colocar las flores, dónde las mesas en la sala de baile y todo esto con la discreción más absoluta, sin que nada de todo esto alterase la tranquilidad de la casa.
    Dormía con los cabellos esparcidos por las almohadas con los brazos alrededor de la cabeza, cuando abrió los ojos el señor la estaba observando, se sentó en la cama en un segundo, uno de sus senos quedó al aire intentando taparlo se descubrió el otro, intentándolo de nuevo se quedó con los hombros al aire y sujetándose la tela con las manos.
   Cuando volvió a mirarlo seguía en el mismo sitio, apoyado en una de las columnas del dosel con los brazos cruzados.
    -Milord –consiguió decir mirándolo y bajando la mirada después−
   -Buenos días ¿Sabes qué hora es?
   -No señor.
  -Las ocho y media. El obispo de Suffolk nos espera a las nueve en la abadía ¿Lo habías olvidado?
    -¿Qué? Yo no … no sabía que …. No.
    -Bien, tienes un cuarto de hora para vestirte, quince minutos ni uno más ¿Entendido?
   -Sí señor.
   Se dio la vuelta y salió del cuarto cerrando la puerta tras de sí, Evangeline se tiró de la cama y llamó a su sirvienta tirando de la cuerda cómo si se le fuese la vida en ello, se lavó la cara y comenzó a vestirse sola, corría de un lado a otro cayéndosele todo lo que tocaba con las manos, el vestido, las enaguas, el cepillo, se enganchó la capa con la puerta del vestidor, cuando llegó Lothye estaba con un sombrero en la cabeza y las enaguas nada más, en diez minutos estaba en el recibidor sin aliento y con los lazos de los zapatos sin atar, ya lo haría en el carruaje.
   Se sentaron uno enfrente del otro, lord Aldridge la miraba con reprobación. Evangeline se ató los lazos de los zapatos intentó arreglarse los rizos que se salían del sombrero, se le caía una media y no estaba muy segura de que Lothye le hubiese abrochado todos los botones del vestido, no se quitaría el abrigo por nada del mundo ¿Qué hacer con la media? Lo primero que se le ocurrió fue subírsela sin que se le viese la pierna, lo intentó por todos los medios.
    -¿Algún problema Evangeline?
   Levantó la cabeza y miró a los ojos al hombre que tenía sentado enfrente, sudaba en ese momento como si estuvieran en pleno estío.
    -No milord.
    -Si lo prefieres miraré a otro lado mientras acabas de recomponerte.
    -Gracias milord, os lo agradezco.
   Miró hacia otro lado, pero veía de soslayo como se subió la media a lo largo de la pierna y se ataba el lazo para sostenerla para volver a bajarse el vestido después, alisarlo con las manos colocarse el abrigo, atarse los lazos de los zapatos y volver a insistir en los rizos que se empeñaban en salirse del sombrero, era preciosa, si, su futura esposa era bellísima, más de lo que nunca pudo imaginar.
   Él cogió uno de sus rizos y lo colocó dentro del sombrero, luego otro y otro más, Evangeline no se movió ni por un momento, miraba al suelo mientras las manos de lord Aldridge intentaba sujetar aquellos cabellos rebeldes entre las cintas del sombrero, lo consiguió, mientras tanto ella sentía que el bello de su cuerpo se erizaba, la turbación que sentía le impedía respirar con normalidad, sus senos subían y bajaban al ritmo de su corazón acelerado.
   -Gracias señor.
   Habían llegado, la ayudó a descender del carruaje y entraron a la abadía, su Ilustrísima los esperaba en su despacho, cuando entraron el corazón de Evangeline no había recuperado su ritmo normal, hicieron una reverencia al Príncipe Obispo de Suffolk, ese era el tratamiento que se les daba a los obispos de los condados de Inglaterra, se les trataba cómo a príncipes, besaron su anillo y con un gesto les indicó que se sentaran.
    -Queridos hijos de Dios, habéis decidido por fin mi querido lord Aldridge volver a contraer matrimonio, obra en mi poder el permiso de nuestro amado rey Jorge III para que pueda llevarse a cabo. Mi querida señorita Lougthy, sois muy afortunada, una mujer debe casarse, entregarse a su esposo en cuerpo y alma y darle muchos hijos, es la ley de Dios y por tanto debéis acatarla, os deseo paz, felicidad y armonía en vuestra unión. Ahora debéis jurar vuestros votos prematrimoniales.
   Así lo hicieron y así lo firmaron.
   Evangeline se pasó el resto del día con la costurera y sus ayudantes hasta que el vestido que se pondría esa noche quedara perfecto, a la hora de la fiesta estaba agotada, todo el día de pie, de vez en cuando pedía permiso para sentarse, no se lo concedían se arrugaría, era de color azul pálido brocado con encajes en tono crudo y un collar de perlas haciendo juego con los pendientes regalo de tía Ann le daban el toque perfecto, un peinado sencillo, polvos en el rostro, los labios pintados de rojo oscuro y un ligero rubor en las mejillas resaltaban su piel perfectamente blanca, estaba sencillamente preciosa.
   Todos los invitados que le fueron presentados uno por uno, se preguntaban de dónde habría sacado lord Aldridge a aquella muchacha con una preciosa cara de niña y cuerpo de adulta.
   A pesar de los exquisitos manjares no pudo probar bocado, estaba demasiado nerviosa, aturdida y confusa, demasiados nombres, demasiados rostros que recordar. Todos los invitados de tía Ann esperaban con verdadero entusiasmo cada plato incluso aplaudiendo la originalidad en la presentación de los faisanes o el cochinillo adornado con manzanas y uvas.
    Se sabía blanco de todas las miradas, ya se lo había advertido la anfitriona de la fiesta, esta noche vosotros seréis los protagonistas a lord Aldridge ya lo conocían a ella no, le daba la sensación de estar expuesta en un escaparate que cualquier gesto lo analizarían cómo si de un animal exótico traído de África se tratase para su estudiarlo a conciencia.
   El brindis de lady Stahl emocionó a los presentes.
   -Por mi querido sobrino y su futura esposa, porque Dios los bendiga con muchos años de amor, salud, felicidad y muchos hijos. Os deseo todo lo mejor. Por vosotros.
   Alzaron todos las copas para brindar con un champagne exquisito, todos al unísono le desearon felicidad y prorrumpieron después en un aplauso. Su futuro esposo besó su mano y le dedicó una encantadora sonrisa que ella respondió con la mejor de las suyas.
    Los esperaba después de la cena en el salón de baile los músicos y el barítono, jamás había oído una voz tan bella, tan absolutamente hermosa como aquella, cerró los ojos y se dejó llevar por los sonidos que salían de la garganta de un hombre de voz tan prodigiosa.
   Cuando abrió los ojos, su futuro esposo la observaba, bajó la mirada para luego volver a mirar al hombre que cantaba cómo los ángeles.
   Luego vinieron los bailes, le encantaba bailar, por fin llegó la verdadera diversión, el champagne a raudales y los divertidísimos bailes de Escocia, Irlanda e Inglaterra y cómo no las danzas francesas tan de moda en la época, pero todos seguían pensando que las irlandesas eran las más divertidas.
   Su futuro esposo bailó con casi todas las damas de la fiesta, con algunas charlaba y bailaba con una sorprendente familiaridad seguro se conocían de algo más que de una simple charla o un baile, se sorprendió a sí misma pensando que algunas de aquellas elegantes damas habían pasado por su alcoba para compartir noches, amor y juegos.
    La fiesta acabó de madrugada, los que se habían excedido con las bebidas dormitaban en los divanes y en los sillones del salón e incluso en las sillas de los pasillos en las posturas más inverosímiles, sus criados o sus esposas intentaban sin éxito convencerlos para que volviesen a casa.
   Se dejó caer en la cama, estaba agotada, le dolían los pies y el champagne había hecho su efecto, Lothye la esperaba dormida en una silla para ayudarla a desnudarse, cepillar su cabello, pasar el calentador por la cama y desearle buenas noches.
   Cuando se despertó no sabía qué hora era le dolían las piernas, estaba casi tan agotada como antes de acostarse, las campanas de las iglesias de Ipswich sonaban todas a la vez, eran las doce de la mañana, bebió agua y volvió a dormirse.
   Lothye subió a la una y media con la bandeja del almuerzo, jamón asado, pan con mantequilla, vino, fruta y un recado de lady Stahl, la esperaba a las cuatro para tomar el té en su sala y luego irían a oír misa a la pequeña capilla al lado de su casa a las cinco en punto.
    Tía Ann la esperaba en compañía de su sobrino, hablaban de la fiesta, de las personas y personajes invitadas al evento y se reían con ganas comentando anécdotas de alguno en concreto.
   -Mi querida niña ¿Has descansado?
   -Si gracias tía Ann, milord –miró a su futuro marido y lo saludó con una inclinación de cabeza−
    -¡Oh querida! Hablábamos de la fiesta de ayer, ven siéntate aquí –le señaló un sillón demasiado cerca de lord Aldridge− fue un éxito, todos los invitados estaban de acuerdo en dos cosas que mis fiestas son las mejores de la ciudad y que tú eres bellísima, las felicitaciones a mi querido sobrino por su elección fueron unánimes incluso me dijo el señor Ivory que si supiera que las hijas de los almirantes de nuestra querida Armada eran como tú se hubiese hecho marino ¿No es gracioso? Sobre todo si tenemos en cuenta el gran parecido de su esposa con una ballena creo que sí,  lo suyo es el mar.
     Lord Aldridge le preguntó si se había divertido, cuando giró la cabeza para contestarle estaban demasiado cerca, se había inclinado hacia su lado en el sillón.
   -Sí milord, mucho, gracias.
   Evangeline tenía la manía que cuando estaba preocupada o una situación le incomodaba o no entendía algo, su labio inferior desaparecía, lo sujetaba con los dientes hacia dentro y solo quedaba visible el superior, los dedos de lord Aldridge corrigieron su mueca, con el dedo pulgar tiró suavemente de su barbilla hacia abajo hasta que sus labios volvieron a su posición normal, su boca quedó entreabierta y sus ojos como platos por la sorpresa y por lo que había sentido, creyó desmayarse.
   Demasiado cerca de su enemigo.
   Después de la misa, el conde se despidió de su tía con una cálido beso en su mejilla y de su prometida con un espero que te portes como es debido y desapareció.
   -Querida cuando mi sobrino dice que espera que te portes como es debido se refiere a que de ahora en adelante se espera de ti que hagas honor al apellido y a la casa de Aldridge. Dentro de cuatro escasas semanas ya no serás Evangeline Lougthy, serás la condesa de Aldridge, lady Evangeline Aldridge-Relish y como tal debes comportarte, es lo que se espera de ti y mi sobrino querida en este punto es inflexible, este apellido y lo que conlleva es lo que más le importa en el mundo y de lo que más orgulloso se siente, su esposa debe estar a la altura de su casa.
   -Entonces deposita demasiadas esperanzas en mi persona, yo no creo que sea la esposa que vuestro sobrino necesita, no  sé por qué  accedió a los deseos  de mi padre, pero dado que no soy noble ni me he educado como ellos ni entre ellos, dudo que las expectativas depositadas en mi lleguen a buen puerto.
   -Querida te subestimas y por otra parte el pacto entre dos hombres de honor es indestructible, sabes perfectamente que mi sobrino no podía negarse a la petición de tu padre por un hecho muy simple que sin duda conoces, mi sobrino le debía la vida.
   -Entiendo, por eso estoy aquí, por una deuda entre dos hombres que no conozco de nada, si me permitís tía Ann, quisiera retirarme.
   -Claro cariño, mañana hablaremos, buenas noches querida.
   -Buenas noches, que descanséis.
   De ninguna manera podría imaginar lady Ann Stahl que Evangeline no estuviera al corriente de este hecho, su sobrino y ella daban por supuesto que Evangeline lo sabía, pero no, se había equivocado, se dio cuenta mientras pronunciaba estas palabras, lo adivinó en sus ojos y en su rostro, le había asestado un golpe en el corazón de una criatura que en absoluto lo merecía, el mal ya estaba hecho, lo más difícil sería intentar repararlo.
   Evangeline tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no salir corriendo de aquella casa y no volver, pero no podía hacerle eso a tía Ann, le debía el favor de haberla acogido y tratarla como si fuese de su propia familia. Su padre le había pedido un favor a Lord Aldridge y éste no había podido negarse, así era, su padre le había salvado la vida, no sabía ni cómo ni cuándo ni por qué pero allí estaba ella, solo era el pago de un favor. Lloró toda la noche, al día siguiente se negó a levantarse de la cama.
   Su padre nuevamente la había traicionado, le había impuesto en pago al favor que el conde Aldridge le debía que se casara, le gustase o no la idea, con su “querida hija” y apostaba lo que fuera que a su futuro esposo no le gustó la idea ni por asomo, la aceptó no por que necesitase una esposa sino porque no pudo negarse. Se sintió tan estúpida, tan ridícula que era superior a ella vencer la vergüenza de ser hija de quien era. Quería morirse.
   Lady Ann la dejó tranquila ese día, escribió una nota a su sobrino dando cuenta de los últimos acontecimientos e incluso pidiendo consejo de cómo tratar tan delicada situación. Mientras ella pensaba en la forma de  convencerla de la necesidad de este matrimonio, era la promesa entre dos hombres de honor y de ninguna manera una mujer podía cuestionar tal decisión, solo acatarla y aceptarla. Lady Ann temía más a un escándalo que al diablo. Quizás no fuera tan difícil manejar a Evangeline.
  
Recibió carta de la familia Averdeen, su corazón dio un vuelco, su querida  familia le escribía. Le contaban los pocos acontecimientos ocurridos en el pueblo, que era un invierno muy lluvioso en Lancaster, la echaban muchísimo de menos, le contaban también que Thomas ya estaba en Londres, el señor Averdeen le decía que no dejase de estudiar y seguir ampliando sus conocimientos, que no olvidase la lectura diaria en francés e inglés, Trinity le deseaba toda la merecida felicidad que le esperaba en su nueva vida y Grace le contaba que su boda se celebraría en primavera, faltaba ponerle fecha y que por supuesto la esperaba ese día, sin ella no sería lo mismo, Jamie le decía que ahora que Thomas se había ido y Grace se había hecho mayor se había quedado sin compañeros de juego. Cada uno había ido escribiendo con su letra un párrafo, al final de la carta le daban muchísimos besos y que les escribiese pronto.
   Lloró toda la tarde.
   A la hora de la cena la sirvienta personal de lady Ann le rogaba de parte de  ésta que bajase a verla ya que ella no podía subir y que estaba seriamente preocupada por su querida niña.
    Evangeline bajó a visitar a tía Ann, la encontró muy triste sentada al lado de los ventanales mirando cómo la lluvia caía sobre el río.
   -¡Oh querida estás aquí! Ven, siéntate a mi lado.
   Así lo hizo Evangeline, tía Ann puso una mano encima de las suyas cruzadas en su regazo y siguió contemplando el río. La doncella de lady Ann entró en la sala portando una bandeja.
   -Es la hora de vuestra medicina milady.
   -Gracias mi fiel Mary.
   -¿No os encontráis bien tía Ann?
   -No muy bien querida, enseguida me retiraré a mis aposentos, el médico dice que debo descansar y que debo evitar sobresaltos, mi viejo corazón podría resentirse.
   -Lo lamento muchísimo, espero que os repongáis lo más pronto posible.
   -Gracias cariño, eso espero.
   -Os acompaño a vuestro cuarto.
   Una vez a solas la doncella de lady Ann la ayudó a acostarse, enseguida le traería la bandeja con la cena.
   -Mary querida, creo que nuestro plan dará resultado.
   -Así lo creo milady, vuestra futura sobrina tiene buen corazón, no querrá sentirse culpable si algo os pasara por su culpa, todo saldrá bien.
   -Eso creo Mary, sí, eso creo.

   -¿Otra vez me abandonáis?
   -Me temo que si querida Elizabeth, he de ir a Ipswich, mi tía me necesita.
   -No creo que os necesite más que yo ¿Algo relacionado con vuestra futura esposa?
   -Eso no es asunto tuyo.
   -¿No podéis quedaros un rato más? ¡Se está tan bien entre estas sábanas con vos!
   -No, no puedo quedarme.
   El señor Aldridge se levantó de la cama y comenzó a vestirse, su amante lo miraba, adoraba su cuerpo terso, musculado a base de practicar esgrima y montar a caballo, su vientre liso, sus piernas largas, el suave bello que las cubría, amaba cada centímetro de aquella piel, de aquellos labios, de aquellos ojos, amaba a Alexander Aldridge por encima de todas las cosas.

Cuando lady Ann abrió los ojos aquella mañana Evangeline estaba sentada al lado de su cama, le sonrió con dulzura y acarició sus manos.
   -¿Os encontráis mejor?
   -Creo que si querida.
   -Hace un día precioso, quizás queráis dar un paseo aprovechando que luce el sol, creo que os vendrá bien.
   -Ven a buscarme en una hora, estaré lista.
   ¡La pequeña y dulce Evangeline! Y ella pensando que quizás se volviera atrás y provocara un escándalo en la buena sociedad de Ipswich, intentando manipular
la conciencia de su futura sobrina haciéndole creer que estaba enferma, no, no había obrado bien, debería confesar su pequeña maldad y cumplir la penitencia que  Dios a través de su confesor quisiera imponerle.
   Pasearon por el jardín ¿Había algo más maravilloso que el sol en invierno? Apoyada en su bastón y del brazo de Evangeline recorría despacio los caminos perfectamente trazados de su pequeño pero precioso jardín. Se sentaron en un banco entre el sol y la sombra para que lady Ann descansara antes de proseguir con el agradable paseo.
   -Mi querida Evangeline, debo pedirte que me perdones, no era mi intención herir tus sentimientos, pero daba por hecho que tu padre te había informado…
   -Si no os importa tía Ann prefiero no hablar de mi padre, sé que vuestra intención no era herirme, os agradezco que me halláis rebelado este hecho.
   -Querida niña, a veces es mejor vivir en la ignorancia, se es más feliz, haz caso a una vieja, sigue el camino que te dicte tu conciencia, dormirás mejor por las noches. En la vida de las mujeres rara vez coinciden los caminos de lo que debemos hacer, de lo que se espera de nosotras con lo que nosotras esperamos de la vida, no somos libres para decidir, para amar ni para siquiera para heredar lo que en verdad nos corresponde, solo nos queda una alternativa, conformarnos con lo que tenemos, intentar disfrutarlo y vivir todo lo que nos dejen. Así es querida, injusto pero así es. No tenemos derechos ni siquiera sobre nosotras, pero hemos aprendido a aprovechar las pequeñas parcelas de felicidad y libertad que el mundo nos ofrece y tú también aprenderás mi querida Evangeline a sacar partido de tu belleza y aprenderás también a conseguir cosas con pequeños chantajes, solo es cuestión de tiempo y de paciencia.
    A la mañana siguiente Lothye le anunció que su futuro esposo la esperaba en el comedor para desayunar, era la última persona con la que hubiese querido desayunar, quería odiarlo con toda su alma pero no sabía qué se lo impedía.
   -Buenos días Evangeline.
   -Buenos días milord.
   -¿Cómo te encuentras?
   -Bien, gracias milord.
   -Me alegro, bien iré al grano, mi tía me ha informado del hecho de que tu padre no te había puesto al corriente del porqué de esta boda, ya lo sabes y quiero que sepas también que no toleraré un escándalo por tu parte en esta familia, no creo que  tu padre lo tolerase tampoco, harás lo que se espera de tí y espero no oír ni un reproche por tu parte, soy fiel a mis promesas, le prometí a tu padre que nada te faltaría y así será, espero que  cumplas tu parte y no arruines el buen nombre de tu padre ¿Lo has entendido? ¿Quieres que te lo explique de nuevo?
   -Perfectamente milord y ahora si me disculpáis…
   -Por supuesto.
   Evangeline abandonó el comedor con los puños apretados, corrió escaleras arriba y se encerró en su cuarto, comenzó a dar vueltas como un animal enjaulado, recorría la habitación de un extremo a otro cada vez más deprisa, respirando con agitación y  con los latidos del corazón martilleando en sus sienes hasta que cayó de rodillas al suelo y empezó a gemir como un perro abandonado a su suerte.
   Los días pasaban más deprisa de lo que a Evangeline le gustaría, faltaban seis días para la boda, su ajuar estaba listo y tía Ann había dispuesto para ella una dote de tres mil libras que serían administradas por su esposo, de la alegría que le produjo el hecho de recibir tanto dinero a la decepción de no poder disponer de él a su antojo. Cada día que pasaba todas las ilusiones de Evangeline se iban diluyendo como el azúcar en el té. Tenía dinero, una habitación llena de vestidos, joyas, algunas regaladas por tía Ann y otras encargadas a los orfebres judíos de Ipswich, los mejores de Inglaterra. En su joyero había collares y pendientes de perlas, un juego de gargantilla y pendientes de zafiros engarzados en oro blanco, anillos de diamantes y lapislázuli, adornos de perlas para el cabello, horquillas de plata y de oro. Todo aquello lo hubiese cambiado sin pensárselo ni un segundo para volver al lado de la familia Averdeen.
  
 Lady Ann había notado un cambio sustancial en la actitud de Evangeline desde la visita de su sobrino, no sabía de qué habían hablado pero desde ese día se mostraba más distante, más pensativa, pero por otro lado más serena, podría decirse que su mirada se había endurecido, todos los intentos que ella había hecho para acercarse a Evangeline habían sido en vano, se mostraba cortés, educada y solícita pero había cerrado la puerta de su corazón y de sus verdaderos sentimientos al mundo.
   La noche anterior a su boda lady Ann organizó una cena para celebrar la Navidad con las personas más cercanas a su círculo y al de su sobrino, así conoció Evangeline a Edgar Miller el más íntimo amigo de lord Aldridge, conoció también a Serena Lowell, viuda de un gran amigo de ambos muerto tres años atrás de enfermedad, a la vizcondesa de Almont gran amiga de lady Ann, a su hijo Harold y a su esposa que ya le había dado cinco hijos, en aquella pequeña recepción empezó la nueva vida de Evangeline, al día siguiente se casaría con el hombre que no le dirigió ni una sola palabra, ni tuvo un gesto hacia ella, ni siquiera una mirada. La ceremonia se celebró en la Abadía de Ipswich el día 26 de Diciembre  de 1.782 presidida por el Príncipe Obispo de Suffolk y seis sacerdotes, Evangeline dio el “sí quiero” a un hombre que había decidido odiar por encima de todas las cosas sin saber exactamente por qué y el conde John Alexander Aldridge-Relish dio el “sí quiero” a una mujer que parecía serle indiferente, ella prometió servirlo, amarlo y respetarlo todos los días de su vida, él  prometió lo mismo y ambos prometieron también que respetarían el acto sagrado del matrimonio.
    Que lo que Dios a unido no lo separen los hombres.
    Durante toda la ceremonia los invitados estuvieron pendientes de los novios, ella bellísima con un espectacular vestido y él muy elegante con el traje de gala elegido para ese momento y como siempre sin peluca, no sabían por qué le molestaba tanto al conde ponerse nada en la cabeza, llevaba siempre el pelo muy corto, con las patillas finas y largas y siempre  perfectamente rasurado.
    Salieron del brazo de la abadía sonriendo a los presentes, lady Ann visiblemente emocionada los besó a los dos y le dio una calurosa enhorabuena y también un suspiro de alivio, todo había salido bien.
    El banquete, la música, el vino y la fiesta duró toda la tarde y parte de la noche, los esposos se sentaron juntos presidiendo la mesa y el conde tuvo la amabilidad de dirigirse a ella de vez en cuando para preguntar si le gustaba un plato determinado o el vino, a lo que ella respondía con un monosílabo y una sonrisa de compromiso. Abrieron el baile se miraron solo una vez a los ojos, el conde le dijo –estás preciosa− ella contestó un gracias sin demasiada convicción. Evangeline se retiró temprano, Lothye la ayudó a desvestirse para luego ponerse un camisón precioso hecho expresamente para esa noche, le cepilló el cabello la dejó sola. Se durmió sin esperar a que su esposo viniera a visitarla, sabía que no vendría.
   Lord Aldridge se quedó un buen rato más con sus amigos, bebiendo y recordando viejos tiempos.
   -¿Qué haces que no estás con tu esposa compartiendo la cama y los placeres?
   -Harold ya sé que tú no le darías una tregua, pero yo sí, todo llegará.
   -Querido Alexander quizás Elizabeth te ha dado de su medicina para unos cuantos días.
   -Serena no bebas más o acabarás diciendo algo de lo que te arrepientas.
   -Harold déjame en paz, puedo decir lo que quiera, otra cosa es que Alexander me responda.
   -Ya te gustaría ocupar el lugar de Elizabeth.
   -Harold eres imbécil ¿Lo sabías? Creo que sí, por eso te salen tan bien las imbecilidades.
   -Bueno haya paz amigos –a Edgard le tocaba siempre poner orden en las reuniones−
   -Harold ¿Por qué acabas siempre faltando al respeto a las personas?
   -Yo te responderé a eso Alexander –Serena estaba indignada− porque este personaje, por no llamarle otra cosa, es incapaz de respetar nada ni a nadie ¡Muérete Harold!
   Las reuniones si Harold estaba por medio solían acabar así, siempre conseguía sacarlos de sus casillas a todos y especialmente a las mujeres.
   -Bien un brindis por la nueva vida de Alexander.
   -Gracias Edgar ¡Salud y larga vida para todos!

   

                   Segunda parte: Los sueños
  
 Llegaron al pueblo de Eastrock al atardecer dos días después de su boda, las casas se repartían por la colina que subía hasta el castillo en pequeñas aldeas rodeados de cultivos, cuadras y silos, los campesinos abandonaban las tierras para volver a casa cargados con sus aperos de labranza, acababa un largo día de duro trabajo, una enorme viña escalonada subía por el lado izquierdo de la colina hasta la cima, todo lo que alcanzaban a ver sus ojos era propiedad de su esposo, a la derecha en un valle estaba el núcleo de población más importante de todas las tierras del señor de Eastrock, allí trabajaban herreros, panaderos, carpinteros que pagaban impuestos por vivir en las tierras de lord Aldridge.
    Todas las mañanas había mercado, la libre circulación de todas las materias primas susceptibles de venderse se daban cita en la calle principal del pueblo, todo esto se lo iba explicando a Evangeline uno de los hombres de su escolta personal mientras ella caminaba al lado del caballo, podía olerse el mar a través de la brisa suave que acunaba el trigo y los árboles del camino mientras ascendían hacía el castillo que se elevaba majestuoso en la parte más alta de la inmensa colina con el sol poniéndose por detrás de las piedras y las almenas de aquella impresionante construcción.
   Las inmensas puertas del castillo estaban abiertas, dentro la actividad era frenética, sirvientes con cestos hacia todas partes, se barría el patio principal, se guardaban los caballos y se regaba el empedrado del suelo, de repente se paró el mundo todos hicieron una profunda reverencia a su señor para dirigir luego todas las miradas hacia ella.
   -Os presento a mi esposa, lady Evangeline Aldridge-Relish −los hombres hincaron una rodilla en el suelo y las mujeres inclinaron la cabeza a modo de saludo, le dedicaron un cálido −bienvenida milady−
   Dos criados vestidos con librea se hicieron cargo de los caballos y los equipajes, enseguida hizo su aparición una parte del servicio, la señora Clawson ama de llaves, el señor Brandon mayordomo del conde, Hope una criada con un perfecto uniforme y la que sería su doncella personal, Alice.
   Después de darle bienvenida y la reverencia de rigor el ama de llaves le pidió que la siguiera, la conduciría a sus habitaciones, sin duda estaría rendida después del viaje. La siguió por una escalinata que daba a una puerta y ésta al interior del castillo, el ama de llaves la conducía por anchos pasillos en los que se encendían las teas de las paredes y las velas de las lámparas, todos los criados cesaban su actividad por un instante para hacer una reverencia a su nueva señora, subieron otra escalinata y casi al final de otro pasillo estaba su dormitorio.
   -Milady me he permitido escoger este dormitorio por que posee una excelente ubicación, creí que os gustaría disfrutar de las magníficas vistas que ofrece esta parte de la casa.
   -Gracias señora Clawson, tiene razón, son magníficas.
   -Alice se ocupará de su equipaje, cómo su doncella personal estará a su disposición día y noche y para lo que la necesite. Su cuarto es el anterior al suyo, esta cinta comunica directamente con ella y esta otra con el servicio general. La cena se servirá a las siete en punto en el comedor de la planta baja, Alice le indicará dónde se encuentra. Le reitero la bienvenida y le deseo todo la felicidad en esta casa.
   -Gracias señora Clawson.
   -Con su permiso milady, estamos a su disposición.
   Se retiró el ama de llaves y observó su nuevo cuarto, una cama con dosel muy antigua presidia la habitación, una chimenea enorme en la que crepitaba el fuego, un escritorio, un tocador, un armario, cuadros de flores, alfombras persas, una cuarto de aseo y la otra puerta estaba llena de perchas, cajoneras, estanterías para los zapatos, sombrereras y bustos de madera para colocar los sombreros o las pelucas que no pensaba usar, todo aquello se llenaría en un momento. Pero lo mejor de su cuarto eran las dos ventanas a ambos lados de la chimenea, se veía el mar chocando contra los verdes acantilados de la costa de Suffolk levantando espuma blanca y el horizonte teñido de rojo al ponerse el sol en un mar que parecía infinito, vería desde sus ventanas el maravilloso espectáculo de la naturaleza, su habitación era cálida y acogedora, pasaría mucho tiempo allí escribiendo y leyendo.
   Llamaron a la puerta, eran dos criados con su primer baúl, le quedaban unos cuantos viajes para acabar su tarea.
     Alice pidió permiso para abrirlo y comenzar a colocar sus cosas en el vestidor, en eso estaba cuando llamaron de nuevo a la puerta, lord Aldridge entró sin esperar a que Alice abriera, al fin y al cabo estaba en su casa.
   -¿Te gusta tu cuarto?
   -Si mucho milord, las vistas son espectaculares.
   -Completamente de acuerdo, te espero a las siete en punto para la cena.
   -Sí señor, la señora Clawson ya me ha avisado.
    Se quedaron de nuevo solas.
   -¿Hace mucho que trabajas aquí Alice?
   -Diez años milady.
   -¿No tienes esposo e hijos?
   -No milady,  tuve esposo pero murió hace tiempo.
   -Lo siento.
   -Gracias milady.
   A las siete en punto Alice la condujo al comedor, el señor esperaba degustando un vino blanco de sus viñedos que a juzgar por su expresión parecía ser de su gusto.
   -Prueba el vino Evan, así es como te llaman tus amigos ¿No es así? Te gustará.
   -Podéis llamarme como vos prefiráis, me es indiferente, incluso odiada esposa, considero que es lo que más se adecúa a vuestro parecer sobre mi persona.
   -¡Vaya! Me sorprendes, es la frase más larga que te he oído pronunciar desde que te conozco ¿Qué te parece el vino?
   -Excelente milord.
   -¿No deberías probarlo primero?
   -No es necesario, si vos así lo creéis de nada valdría ni opinión.
   -Voy a decirte algo Evan, no toleraré de ningún modo las faltas de respeto en tus opiniones ni en tus palabras, cuidado con lo que dices, solo intento ser amable contigo ya que nos hemos tocado en suerte, no me pongas a prueba, para ciertas cosas tengo muy poca paciencia.
    Evangeline probó el vino.
   -Es excelente milord.
   -Así me gusta Evan ¡Salud!
   Alzó su copa y bebió un buen trago, cenaron en silencio, Evangeline mirando al plato y el señor mirándola a ella, observando como las lágrimas de su esposa caían en la salsa de la carne.
   Fue la cena más triste de su vida.
   No pudo dormir en toda la noche, dio tantas vueltas en la cama intentando encontrar la postura idónea para dormir que en su lecho parecía que se había librado una guerra. Se levantó más cansada de lo que se había acostado.
   Lloviznaba en la costa de Suffolck aquella mañana, después de desayunar y vestirse se dedicó a conocer el castillo, recorrió pasillos deteniéndose en los cuadros con personajes que suponía antepasados de la familia, muebles antiquísimos, escaleras que conducían a otro pasillo, había partes reformadas con suelos nuevos de madera y paredes encaladas mientras otras permanecían en estado original, se habían abierto ventanales en las paredes y una muchacha limpiaba los cristales por dentro, le hizo una reverencia y siguió con su tarea. Al fondo de uno de los pasillos una puerta estaba abierta, unas empinadas escaleras conducían a alguna parte, decidió subir, se encontró en los tejados del castillo ¡Qué maravilla! Había pequeñas casitas redondas, escaleras de piedra que conducían a la parte más alta y de allí se subía hasta los caminos donde en otro tiempo hubo centinelas que controlaban a los posibles invasores, se asomó y se quedó un buen rato mirando el mar y luego mirando hacia abajo, los caminos y las casitas de piedra, un castillo en miniatura encima del original con vida propia, comenzó a llover con más fuerza, decidió volver pero alguien había cerrado la puerta, se sentó en la escalera a esperar a que alguien la abriera.

    -Señora Clawson ¿Quiere decir a mi esposa que venga a mi despacho?
   -Si milord, enseguida.
   La buscó por toda la casa, avisó a todo el servicio, tenía que estar en alguna parte, no obtuvieron ningún resultado, el nerviosismo se iba apoderando de la señora Clawson, nadie la había visto salir.
   -Alice ¿Cuándo la viste por última vez?
   -Después de subirle el desayuno y ayudarla a vestirse, cuando volví ya no estaba.
   -¡Por Dios! ¡Tiene que estar en alguna parte! −la señora Clawson estaba empezando a perder los nervios− Bien, volvamos a buscarla.
   Al cabo de media hora seguía sin aparecer, no le quedaba más remedio que decirle al señor que no la encontraban.
   -Milord, disculpe pero no la encontramos.
   -¿Cómo dice señora Clawson?
   -Milord no la encontramos por ninguna parte, no ha salido del castillo, la hubiesen visto los centinelas que hacen guardia en la puerta. Ella no conoce la casa, puede haberse perdido.
   -Señora Clawson tiene diez minutos para encontrarla.
   -Si milord.
   A los diez minutos volvió el ama de llaves.
   -Milord, nuestra búsqueda ha resultado infructuosa, lo siento muchísimo milord.
   -Bien señora Clawson, le daré otros diez ¿Le parece bien?
   -Si milord.
   Lord Aldridge estaba empezando a perder la paciencia, el ama de llaves lo conocía perfectamente y adivinó por su tono de voz que de un momento a otro saldría de su despacho para buscarla él mismo, no estaba acostumbrado a esperar ni le gustaban en absoluto que nadie le planteara inconvenientes.
   Evangeline oyó pasos cerca de la puerta y golpeó la madera con las palmas de las manos y por fin se abrió, un criado la miró como si hubiese visto un fantasma.
   -¡Milady! ¡Estáis aquí! Milord os espera en su despacho.
   -Condúceme hasta allí por favor.
    Llamó a la puerta y oyó un enérgico −adelante− el señor estaba de espaldas mirando por la ventana. Se dio la vuelta, esperaba encontrarse con la señora Clawson para decirle que seguían sin encontrar a la señora.
   -¿Se puede saber dónde estabas? Toda la casa te busca ¿Sabe la señora Clawson que estás aquí?
   -No… no lo sé …milord… yo …
   -Llevan más de dos horas buscándote Evan.
   -Iré a decirle que estoy aquí.
   -No es necesario.
   Tiró de la cuerda y al minuto el mayordomo estaba allí.
   -¡Oh milady! ¡Estáis aquí! Iré a informar a la señora Clawson de este hecho.
   -¿Y bien? – el señor echaba chispas por los ojos−
   -Yo me quedé encerrada en…
   -No me importa en absoluto, lo que no puedes es desaparecer cuando te dé la gana y tener a todo el servicio buscándote, tienen más cosas que hacer.
   -Lo siento milord.
   -Que no vuelva a repetirse.
   Se dio la vuelta con la intención de irse cuando la detuvo la voz del señor.
   -Siéntate.
   Se sentó mirando al suelo con las lágrimas asomando a sus hermosísimos ojos. Lord Aldridge la observaba, se la veía desvalida e infeliz, ella estaba sola, no conocía a nadie, sin amigos y sin una persona de su confianza cerca, no debía ser fácil para ella sobrevivir en aquellas circunstancias, pensaba el señor de la casa. Y aun así estaba preciosa.
   -Bien Evan, hablemos de tu dinero.
   -Sí milord.
   -Tendrás para tus gastos cien libras mensuales de la dote de mi tía Ann, si necesitas más tendrás que justificar en qué lo has gastado y se lo pedirás a mi administrador el señor Tanner. 
   Movió la cabeza en señal de aprobación.
   -Puedes irte.
    Evangeline se fue a su cuarto, lo encontró después de perderse varias veces, se sentó en el suelo delante de la chimenea pensando en que si durante varios meses ahorraba cien libras tendría dinero suficiente para irse al nuevo mundo y dejar atrás la pesadilla que estaba viviendo. En América encontraría la libertad de la que aquí nunca gozaría.
   Con el paso de los días ya conocía a varios sirvientes por su nombre, las costumbres de la casa y a no perderse, pidió permiso para entrar a la biblioteca y el señor se lo concedió, algunas noches cenaba sola, hasta que le dijo al ama de llaves que cuando el señor no viniera a cenar, la suya la subieran a su cuarto, le deprimía estar sola en aquel enorme comedor sin más comensales que ella misma, sin hablar con nadie con la única visión del ama de llaves, con semblante serio, tan delgada, vestida de negro riguroso, y mirándola siempre con cara de reprobación. Ni a ella le gustaba el ama de llaves ni a la señora Clawson le gustaba ella.
   Pasaba las mañanas en la biblioteca siguiendo los consejos del señor Averdeen, traducía un libro antiguo del latín al inglés, copiaba los dibujos, intentaba que las letras fuesen lo más parecido posible y así pasaba horas, aprendiendo, leyendo y traduciendo. Después del almuerzo paseaba por las almenas del castillo, nunca más se volvió a cerrar aquella puerta, observaba el mar y pensaba en Albert Lemacks, en Grace, en la familia Averdeen, les escribía a menudo, a veces no tenía mucho que contarles pero le parecía que así estaba más cerca de ellos, luego observaba a los gatos que pululaban libremente por los tejados del castillo, algunos llevando a sus crías colgadas de la boca, eran preciosos, encontró a uno recién nacido solo, era blanco con manchas marrones y con un espesa mata de pelo, lo cogió y se lo llevó con ella.
   Bajó a las cocinas a buscar un poco de leche, el pasmo de las cocineras era evidente cuando la vieron entrar a su reino.
   -Milady, soy la señora Bread y estas son mis ayudantes Hortense y Gladys.
  -Señora Bread debo felicitarla por su excelente cocina y su chocolate con leche y los bollos de nata, exquisitos, huele de maravilla ¿Qué está cocinando?
   -Asado de costillas de ternera con salsa de cebolla.
   Las tres miraban alternativamente a la señora y al gatito que tenía entre las manos ¿De dónde lo habría sacado? Se miraban también entre ellas, no sabían exactamente qué hacer ante una situación tan inusual.
   -¿Podría darme un poco de leche para el gato?
   -Por supuesto milady.
   Se sentó en un taburete  con el cuenco de leche, el gato lamía con ganas el alimento, tenía hambre.
   -¡Oh Dios mío! ¡Un bebé! Es precioso.
   Descubrió una cuna al lado de la chimenea con un  niño dentro.
   -Es una niña milady.
   Dejó el gato en el suelo y el cuenco de leche y se acercó a la cuna.
   -¡Es preciosa! ¿Cómo se llama?
   -Helen milady, es hija de Gladys.
   -¿Puedo cogerla?
   -Claro milady.
   Cogió en brazos al bebe, que maravilla, juntó su mejilla con la de la niña y la acunaba  y le cantaba muy bajito una canción de cuna, la niña la escuchaba y le sonreía ¡Cómo le gustaría a ella tener una niña así! Tan linda, tan gordita y tan buena. Escribiría un cuento para ella, un cuento de gatos.
   -Sigan con sus quehaceres, no quiero interrumpirlas.
   Se pusieron a ello, cada una con sus peroles y sus salsas sin quitar el ojo de encima a la señora, era mucho más bella de lo que le habían dicho, el por qué el señor no la visitaba por las noches se escapaba a las mentes de los habitantes de la casa, prefería a su amante ¿Ella sabría quién era Elizabeth Burdock? ¿Qué vivían bajo el mismo techo?  
   Lady Evangeline parecía ser buena persona y cariñosa, no entendían así vivieran mil años, que el señor prefiriese a su amante antes que a su esposa.
     Un día se encontró en la biblioteca con una mujer que elegía un libro, vestida elegantemente y muy atractiva aunque ya no era muy joven pero tenía magnetismo, un no sabría decir qué Evangeline la hacía diferente. Se miraron las dos esperando que una de ellas diera el paso de presentarse.
   -Soy Evangeline ¿Y vos?
   -Elizabeth Burdock.
   -Un placer conoceros ¿Familia tal vez de lord Aldridge?
   -No milady, somos amigos.
   -¿Vivís aquí?
   -Sí, ocupo una pequeña parte junto con mi doncella.
   -Disculpadme no sabía de vuestra existencia.
   -He de irme, un placer conoceros milady.
   -Igualmente os digo.
   Elizabeth Burdock salió de allí pensando en que su enemiga ganaría todas las batallas, era demasiado hermosa, demasiado tentadora para que su amante renunciase a ella, además era su esposa, imposible no enamorarse de una criatura como aquella.
   Evangeline se quedó pensando en la mujer que acababa de conocer, vivía en el castillo y nadie le había hablado de ella ¿Quién era?
   -Alice ¿Quién es Elizabeth Burdock?
   Alice palideció, el momento había llegado, demasiado tiempo había tardado en descubrir la existencia de la mujer con la que su esposo se acostaba y mantenía desde hacía años.
   -Es la viuda del capitán de la guardia del castillo, murió hace años y el señor la deja vivir aquí.
   -¿Es con quien el señor pasa las noches?
   -¿Cómo lo sabéis milady? ¿Quién os lo ha dicho?
   -Acabas de decírmelo tú.

   Tomó por costumbre bajar a las cocinas a la hora del té, tomaba entre brazos a la pequeña Helen y le contaba cuentos, tenía cinco meses, sonreía a todo el mundo que le decía algo.
   -Señora Clawson, dígale a mi esposa que venga.
   -Enseguida señor.
   La buscó por toda la casa sin resultado ¿Dónde se había metido? ¿Quizás andaba por los tejados? Alice tampoco lo sabía ¿En la biblioteca tal vez? Nada, se la había tragado la tierra.
   -No la encuentro milord, lo siento.
   -Señora Clawson, esta respuesta se está convirtiendo en una costumbre.
   -Cuando aparezca dígale que venga.
   El señor Brandon, mayordomo del conde presente en ese momento en el despacho se vio en la obligación de hablarle sobre las costumbres de su esposa.
   -Veréis milord, vuestra esposa estará seguramente en las cocinas.
   -¿En las cocinas?
   -Sí milord, baja todos los días a estas horas a tomar el té con la señora Bread y sus ayudantes. La señora Clawson debería saberlo.
   -Id a buscarla Brandon ¿Por qué no se me ha informado de estos hechos?
   -No lo ha preguntado milord, creí sinceramente que no le interesaba, ruego aceptéis mis más sentidas disculpas.
   -Concluyamos Brandon, mi esposa o está en las cocinas, o por los tejados como los gatos o en la biblioteca estudiando con los ratones, me pregunto si no sabe bordar o leer un libro tranquilamente en su cuarto, por cierto ¿Sabe que oímos misa a las seis en la capilla de esta casa?
   -No lo creo milord.
   Lord Aldridge pensaba mientras esperaba que su esposa subiese de las cocinas que ella vivía su vida al margen de las buenas costumbres que se esperan de una mujer de su posición, hacía tres días que no la veía, estas últimas noches cenó en los aposentos de Elizabeth y hacia tres noches también que no dormía en su propia cama.
   -¿Me llamabais milord?
   -Sí Evan, siéntate.
   -Esta noche tenemos invitados, nos visita una prima de mi padre con su hija, de un momento a otro llegará lord Edgar Miller que seguro recuerdas, a pasar unos días en mi casa. La cena es a las siete en punto. Y te recuerdo que a las seis oímos misa en la capilla.
   -Sí milord.
   Ni una sola alusión a Elizabeth Burdock, sabía por ésta que se habían conocido en la biblioteca, a estas alturas Evan debía de saber perfectamente quien era su amante y dónde se alojaba. Lord Aldridge evitaba a su esposa y su esposa a él, vivían al margen el uno del otro, pero a veces haciendo el amor con su amante se preguntaba cómo sería amar a su esposa, besar sus labios, acariciar su piel.
   Llegó tarde a misa, se sentó en la última fila y estuvo rezando un rato, le pedía a Dios que hiciera un milagro y pudiese volver al lado de la familia Averdeen. Luego observó que a los criados, la misa era para quien quisiera oírla, desde los rangos más bajos a los más altos, eso sí, siguiendo un orden en los bancos, los más importantes delante y los menos detrás y el amo y señor en su banco particular.
   Se encontró en el comedor con una desagradable señora, la prima de milord suponía Evangeline, la miró de arriba abajo y cuando llegó abajo la volvió a mirar hasta arriba. El adefesio que la acompañaba debía de ser su hija, no le extrañaba a Evangeline, con un físico así debía resultar difícil ser simpática, el espejo te amargaba la vida.
   -Evan te presento a lady Felicity Relish y a su hija Georgina.
   -Un placer conoceros.
   Ni siquiera contestaron, Edgar la saludó cómo si fuesen viejos amigos, puso un poco de alegría en aquel funeral presidido por las dos mujeres más feas  y más desagradables del mundo.
   Evangeline estaba preciosa con un vestido de terciopelo azul que destacaba el color de sus ojos, el collar de zafiros y los pendientes a juego, sus rizos recogidos atrás y cayendo luego sobre uno de sus hombros. Los labios rojos la piel blanca, inmaculada.
   Las invitadas comieron hasta saciarse, repitieron de todos los platos y por supuesto el postre. Observaban de reojo a Evangeline y lord Aldridge los observaba a todos, las atenciones de su amigo con su esposa, las miradas de sus primas a los dos y luego a él, su esposa y su amigo hablaban de astronomía, Evangeline poseía sobre el tema amplios conocimientos, sorprendiendo a propios y extraños.
   -No es el sol el que gira alrededor de la tierra, el sol siempre está en el mismo sitio, al igual que la luna, es la tierra la que gira alrededor de sí misma con movimiento rotatorio cada veinticuatro horas, está demostrado por la ciencia, la tierra no la mueve Dios, gira sobre su eje. He estudiado las teorías de sir Edmund Halley y como llegó a la conclusión que tres de las estrellas más brillantes del firmamento se movían casi imperceptiblemente pero no estaban fijas en el cielo.
   -En otro tiempo os hubiesen mandado a la hoguera por eso –Felicity Relish hablaba clavando sus ojos de ratón en ella− y también porque vuestra belleza solo hubiese podido ser obra del diablo para hacer caer en la tentación del pecado a los hombres.
    Evangeline se quedó de piedra, pestañeaba intentando encontrar sentido a aquellas hirientes palabras.
   -Querida prima –lord Aldridge le hablaba con calma− Dios crea criaturas hermosas, mirad sino los ángeles, en todas las manifestaciones de Dios la belleza está siempre presente, creo que más bien sería al contrario, os hubiesen quemado a vos confundiéndoos con el diablo.
   -Os diré también querida prima –continuó lord Aldridge sin alterar ni un ápice su tono de voz− que no toleraré de ninguna manera que insultéis de ese modo a mi esposa en mi propia casa, la envidia es un pecado que vos cometéis impunemente y según la ley de Dios ninguno de nuestros pecados debe quedar sin castigo. Aunque creo sinceramente que a vos ya os ha castigado suficientemente, seguro que vuestro espejo os lo confirma cada vez que os veis reflejada en él.
   -Bien, después de esta agradable velada creo que ha llegado el momento de retirarnos. Buenas noches a todos.
   Cada uno siguió su camino, las parientes de lord Aldridge a sus habitaciones, Evangeline a la suya, el señor de la casa y su amigo a los aposentos de la señora Burdock.
   -¡Edgar! ¡Que agradable sorpresa!
   -Lo mismo digo Elizabeth ¿Tienes el champagne preparado? – le preguntó mientras besaba su mano−
   -Por supuesto está en su punto.
   Compartieron el champagne, las risas y las confidencias, hablaron de sus aventuras de mujeres y de hombres, acabaron con las bebidas y durmiendo en los divanes de su sala.

    Evangeline y Alice habían desarrollado durante los casi dos meses que ella llevaba en el castillo más que una relación de señora y doncella, de compañerismo, sin olvidar quien era quién fuera de las paredes de la habitación de Evangeline.
   Por ella sabía la vida de Elizabeth Burdock, eran amantes desde hacía años, antes de morir su esposo y antes de morir también lady Catherine la primera esposa del señor, ella murió de fiebres puerperales, no sobrevivió a su segundo parto, su hijo nació muerto y ella lo siguió dos semanas después. El esposo de Elizabeth murió de tifus, ella lo cuidó hasta el final, no sabían los habitantes de la casa si el marido de ella estaba al corriente de la relación de su señor con su mujer, ni si la esposa de lord Aldridge lo sabía.
    Se instaló allí al enviudar y allí seguía, viviendo como una reina con el dinero del señor. No se relacionaba con casi nadie en la casa ni apenas se la veía, su doncella era la que la mantenía al día de todo cuanto acontecía en el castillo y fuera de él. Sus habitaciones estaban en el ala sur, un salón, una sala de aseo, un vestidor y un dormitorio, esos eran sus dominios, no entraba nadie que no fuese su doncella o el señor, era un territorio prohibido dentro del castillo. También le contó que el hijo del señor, Thomas Alexander, solamente venía en las vacaciones de verano el resto del tiempo permanecía en Londres estudiando en el prestigioso colegio “Nuestra Señora de Eton” y bajo la tutela del rey Jorge, esta última Navidad la pasó en Windsor invitado por los hijos y a la vez compañeros de Thomas Alexander.
   -¿Cómo era lady Catherine?
   -Caprichosa y estúpida ¡Que Dios me perdone y la tenga en su gloria! Pero así era, nada estaba nunca a su gusto, protestaba constantemente por todo, por las comidas, por la limpieza, por el orden, sus ropas no estaban jamás bien planchadas, ni bien colgadas ¡Dios era una tortura! Nunca he corrido más en mi vida que cuando ella vivió aquí, se permitía pegarnos y hablarnos a gritos, creo que toda esa rabia era porque el señor no la quería y ella lo amaba más que a su vida. Se casaron porque a ambas familias les convenía, pero con una diferencia, el señor no la soportaba, se acostaba con ella porque necesitaba herederos y ella se moría por él.
   -Afortunadamente vos no sois así, cuando nos enteramos que el señor volvía a casarse nos echamos a temblar, rezamos cuanto pudimos para que no fuese otra lady Catherine y Dios escuchó nuestras plegarias. Vos sois todo lo contrario, ella por exceso y vos por defecto.
   -Supongo que todo el mundo sabe que el señor no me vista por las noches y que soy tan virgen cómo el primer día que llegué aquí.
   -Sí milady, aquí todo se sabe. Lo que no nos explicamos, si me permitís que me tome esta licencia, es el por qué, quiero decir, sois una mujer bellísima, joven, preciosa y el señor prefiere a su amante, podría teneros a vos y no necesitar nada más en el mundo, pero no lo hace, no adivinamos el motivo.
   -Pero seguro que tenéis una opinión al respecto.
   -Pues he de deciros que en realidad no, el señor es un hombre extraordinariamente atractivo, es guapo, alto, educado, culto, vos sois la criatura más hermosa que ha caído por estos parajes, sois un pastel de chocolate y nata como dice la señora Bread, nadie se explica que falla en vuestra relación ni mucho menos que prefiera a su amante antes que a vos.
   -Está muy claro Alice, a ella la ama y a mí no. Me casé con él porque mi padre me obligó no porque yo quisiera, ni él tampoco me eligió a mí, nos tocamos en suerte. Una larga historia.

    -¿Cómo está vuestra esposa?
    -Ya te he dicho que no quiero que hablemos de ella.
   -Permitidme Alexander que os de mi opinión respecto a vuestra esposa, poneos en su lugar, os arrancan de vuestra familia, os casan con alguien que no conocéis de nada, llegáis a una casa dónde nadie os habla, sin amigos, siempre sola, con un esposo que solo os da órdenes, no os visita por las noches, ni una palabra de cariño por parte de nadie ¿Seríais feliz?
   -Tampoco es fácil para mí, intento acostumbrarme a mi nueva situación, no la visito por las noches porque no quiero obligarla a nada que ella no quiera hacer y decirte que a veces no sé cómo tratarla.
   -Es preciosa Alexander, eres un hombre afortunado.
    El señor hizo el amor con su amante con verdadera furia, furia contenida, no era con ella con quien deseaba hacer el amor sino con su esposa. La amaba desde el primer momento en que la vio. Jamás la obligaría a acostarse con él contra su voluntad, era ella quien debía pedírselo, mientras esperaría, había sido un mal comienzo, se equivocó rechazándola creyendo que así vencería a su propio orgullo. No le gustaban las imposiciones, pero no podía decir no a la proposición del almirante Lougthy pero su hija no tenía la culpa de nada, solo era una víctima de su padre primero y después de él. Le partía el corazón verla llorar. Debería seducir a su propia esposa, despacio, concediéndole todo el tiempo que necesitase, como si tardaba una vida entera. Ella finalmente vendría.
   Su amante sabía que no podía ganar la batalla a su esposa, lo conocía suficientemente para saber que desde que volvió a casa después de su matrimonio nada volvió a ser como antes.

    Evangeline y Edgar daban largos paseos mientras charlaban de mil cosas, gran amante de los caballos le enseño a distinguir entre una raza y otra, a hablarles y a montar, más de una vez tenían que refugiarse debajo de un árbol por que la lluvia los pillaba desprevenidos, se reían y se disputaban el uso de la palabra cuando discutían sobre filosofía o historia, le enseñó también a interpretar las primeras notas en un piano. Ella encontró en él un amigo, él en ella el amor.
   Se fue Edgard dejando a Evangeline sumida en la tristeza, se había acostumbrado a tener a alguien a su lado, un compañero en su vida solitaria. Aunque sabía que las fiestas las preparaba para ellos Elizabeth ella nunca sería invitada, no le importaba, tenía un amigo.
   Esa noche en la cena estaban solos, sentados cada uno en una punta, ella triste y él preocupado por el rumbo que había tomado la relación entre ellos, su amigo se fue triste y sin dar explicaciones y ella había llorado.
   -Dentro de unos días iré a Londres, espero no tener ninguna queja a mi vuelta sobre tu comportamiento.
   -Sí milord.
   -No quiero que salgas sola del castillo, ni andando ni a caballo ¿Está claro Evan?
   -¿Podría milord ir a visitar a mi antigua familia?
   -¿Es que acaso tienes otra?
   -No señor.
   -En ese caso, no, no puedes.
   -¿Puedo preguntaros por qué? Aquí no me necesitáis.
   -Mi respuesta sigue siendo no. Esta es ahora tu casa y aquí permanecerás.
   -No  lo es, es vuestra casa, yo solo soy un estorbo en vuestra relación.
   -Mi relación como tú la llamas no es asunto tuyo.
   Evangeline bajó la cabeza y siguió comiendo, con su matrimonio su padre había sellado su prisión.

    Por las noches adquirió la costumbre de sentarse en la alfombra delante de la chimenea y allí con las piernas cruzadas y el camisón puesto escribía cuentos para la pequeña Helen, cartas y leía. Era su rincón favorito, en el silencio de la noche, sin que nadie la molestara encontraba un rato de felicidad y disfrutaba de un poco de la libertad que tanto ansiaba. Allí nadie la vigilaba ni reprobaba sus actos.

    El señor se fue y Evangeline respiró más tranquila, siguió bajando a las cocinas a tomar el té, a montar a caballo sola, a pasear por el camino que bordeaba los acantilados a oler el mar y dejarse llevar por la brisa, a ir al mercado del pueblo con la señora Bread a elegir pescados, carne, verduras, frutas, vino blanco, iban acostumbrándose los habitantes de Eastrock a ver a la señora sola por los caminos, los pescadores a verla pasear por los acantilados, los campesinos a verla pasar al trote encima de su yegua casi tan hermosa como ella.
   El mes de marzo trajo con él los días más largos, las cosechas, los árboles en flor, el olor a tierra mojada y los pájaros. Y también la esperanza al corazón de Evangeline, ya quedaba menos para el verano y tal vez el señor la dejaría visitar a la familia Averdeen.
   Por las tardes antes de la cena subía a las almenas por aquella pequeña ciudad y miraba el mar largo rato, a veces acordándose de su padre que lo amó por encima de todas las cosas y casi siempre de Grace y la familia Averdeen, ella enviaba puntualmente cincuenta libras para ellos y Trinity le daba las gracias cien veces en cada carta, Leon Averdeen ni siquiera preguntaba de dónde salía el dinero, sencillamente no era asunto suyo.
    Cuando iba a retirarse vio a Herbert un criado de la casa que se ocupaba del servicio de comedor, ponía, servía y recogía la mesa, se encargaba también de la plata, de las vajillas y las cristalerías, de encender las lámparas por las tardes y apagarlas por las mañanas. Salía de una de aquellas pequeñas casitas de piedra con un ventanuco a toda prisa y arreglándose la ropa, no la vio, cuando bajaba por la escalera pensando que Herbert debía de tener allí su nido de amor oyó un lamento dentro de la casita, un hombre joven al que no reconoció salió corriendo y se precipitó escaleras abajo como si el diablo le pisase los talones.
    ¿Quién sería aquel hombre? ¿Es que acaso Herbert mantenía relaciones con otro hombre? Decidió olvidarlo, no era asunto suyo.
   Cenó en su cuarto y después acabó el cuento de Helen.

   -Milady esta tarde se casa mi primo y me gustaría asistir a la fiesta.
   -¿Una fiesta? ¿Dónde?
   -En el pueblo.
   -Te dejo ir con una condición, que me lleves contigo.
   -¡Milady vos no podéis venir, es una fiesta de campesinos!
   -Me da igual, una fiesta siempre es una fiesta.
   -Pero milady…
   -O me llevas contigo o tú no vas.
   -Milady si se entera el señor os reprenderá seriamente.
   -No tiene por qué enterarse, además si no es por esto me reñirá por otra cosa ¿Aceptas el trato?
   -De acuerdo, si se entera la señora Clawson que os he llevado conmigo me quedaré sin trabajo.
   -No pienso permitirlo, creo que tengo más autoridad que ella, a no ser que sea amante del señor también.
   -¿La señora Clawson? Perdonadme milady pero debe ser lo mismo que hacerlo con el palo de una escoba.
   Se rieron a carcajadas, solo imaginarse al señor desnudando a la señora Clawson les provocaba un nuevo ataque de risa.
   A Alice no le quedó más remedio que llevarse con ella a su señora, el orgullo de los novios por tan distinguida invitada se comentaría durante mucho tiempo, la señora condesa les hizo el honor de asistir a su fiesta de bodas.
   Bailó toda la tarde, comió con las manos y bebió whisky, hizo un brindis por los novios y siguió bailando y bebiendo, estaba atardeciendo y Alice empezó a preocuparse, deberían irse ya.
   -Milady debemos irnos.
   -¿Ahora? ¿En lo mejor de la fiesta? ¡Espera un poco por favor!
   -Milady por favor, debemos irnos.
   -Un baile más y nos vamos.
   -Por favor milady ¡No bebáis más!
       El señor llegó de Londres a media tarde, preguntó por su esposa y la señora Clawson le dijo la consabida frase de –“No la encuentro milord, lo siento”−. Bien, cómo siempre a su esposa se la había tragado la tierra, él mismo la buscó en la biblioteca, en las almenas, en su habitación, su mayordomo le informó que había salido con Alice y suponía que estaba en el pueblo ¿En el pueblo? –Me temo que sí milord−
   Las vio venir a las dos riéndose y dando tumbos, con el cabello revuelto y el vestido recogido a un lado mostrando unas botas altas sin tacón que no sabía de dónde las había sacado. Definitivamente se había casado con las antípodas de una condesa.
   La señora Clawson las esperaba en la entrada.
   -Milady vuestro esposo os espera y Alice ya hablaremos sobre esto.
   Se miraron las dos ¡No podía ser! El señor había llegado.
   -¡Mierda!−dijo Evangeline, la señora Clawson levantó una ceja−
   -Sí, mierda milady –la señora Clawson levantó la otra ceja al oír las palabras de Alice−
   Prorrumpieron las dos en una sonora carcajada, Evangeline doblada agarrándose el estómago y Alice tapándose la cara con las manos, olían a alcohol desde una distancia considerable. El señor la observaba desde el descanso de la escalera, era la primera vez que la veía reírse, los hoyos de sus mejillas y una fila perfecta de dientes blancos quedaban al descubierto, parecía que había atravesado un vendaval y había descolocado su vestido y revuelto sus cabellos que  tapaban parte de su rostro y allí seguían riéndose sin poder parar con la señora Clawson mirándolas sin dar crédito a lo que veían sus ojos y sin saber exactamente qué hacer.
   -Hola Evan, veo que te has divertido −la voz del señor les cortó la risa de cuajo−
   Evangeline se puso derecha y en este intento dio un traspiés tuvo que agarrarse a un mueble para mantener el equilibrio. Allí estaba el señor con los brazos cruzados mirándola demasiado serio. Bien, esta vez la encerraría en un convento una buena temporada, es lo que hacían los esposos con sus mujeres cuando se convertían en una molestia.
    Apoyadas la una en la otra comenzaron a subir la escalera hacia su habitación intentando no caerse, llegaron al descanso, el señor no había variado su postura, el labio inferior de Evangeline había desaparecido. 
   -Señora Clawson ¿Quiere acompañar a Alice a su cuarto?
   La señora Clawson agarró a Alice cómo pudo y a punto de caerse las dos por la escalera desaparecieron de la vista de Evangeline. El señor agarró por un brazo a su esposa y la llevaba casi en volandas por las escaleras y por los pasillos hasta su cuarto, en cuanto la soltó se cayó de rodillas, se puso de pie no sin cierto esfuerzo agarrándose a un sillón.
   -Bien Evan, mañana hablaremos, ahora duerme la borrachera, eres todo un ejemplo a seguir en esta casa.
   Evangeline durmió vestida encima de la cama, cuando se despertó por la mañana se quería morir, iba a estallarle la cabeza y se bebió la jarra de agua sin dejar ni una gota, llamó al servicio y al momento apareció la señora Clawson.
   -Buenos días milady.
   -¿Dónde está Alice?
   -Me temo milady que ya no se encuentra en esta casa.  
   -¿Se lo teme señora Clawson? ¿Lo habéis conseguido verdad? Separarme de ella, señora Clawson ni yo os gusto a vos ni vos me gustáis a mí, de ahora en adelante no volváis a dirigiros a mi jamás, evitadme si nos encontramos en los pasillos y ni se os ocurra interferir en ningún asunto que concerniente a mí y ahora llamad a una sirvienta y desapareced de mi vista para siempre.
   Así lo hizo la señora Clawson, lo que menos se esperaba en el mundo eran las durísimas palabras que su señora le había dirigido, no las merecía, en los veinte años de trabajo en el castillo Aldridge jamás la habían humillado de esa manera. Por primera vez se mostró visiblemente emocionada ante el resto del servicio.
   Doris apareció si aliento en la habitación de Evangeline.
   -Milady.
   -Prepárame el baño y necesito algo para el dolor de cabeza.
    -Enseguida milady.
    Por fin agua caliente, cerró los ojos y se dejó acariciar por el agua, así estuvo un buen rato, cuando abrió los ojos el señor estaba apoyado en el dintel de la puerta observándola, cogió un taburete y se sentó al lado de la bañera. Evangeline no sabía si taparse o quedarse como estaba, se incorporó y cruzó los brazos.
   -Quédate como estabas, me gustas más.
   Despacio y sin dejar de mirarlo volvió a recostarse en la bañera con los brazos apoyados a cada lado de la bañera, su cuerpo era perfectamente visible dentro del agua. El señor paseó sus ojos por todo el cuerpo de Evangeline, su labio inferior nuevamente desapareció en el interior de su boca. Lord Aldridge metió una mano en el agua y con un dedo recorrió el cuerpo de su esposa desde el cuello pasando por su escote, el vientre, una pierna hasta el tobillo para volver empezar por la otra pierna hasta su barbilla para dejar al descubierto su labio. Evangeline estaba empezando a quedarse sin respiración, otra vez el vértigo, otra vez la sensación en su piel que parecía quemarse.
   -Sospecho que hoy no tendrás un buen día.
   El señor le sonrió ¡Por Dios! ¿Qué significaba todo aquello? La mente de Evangeline trataba de pensar a la velocidad de un rayo, pero su cerebro no le obedecía. Quería morirse allí mismo.
   -¿Estás asustada?
   Acertó a mover en la cabeza en señal de afirmación, sus ojos la delataban.
   -El agua está empezando a enfriarse.
   Se puso de pie cogió una toalla la abrió y la invitó a salir del agua, Evangeline se puso de pie y salió de la bañera, el señor la envolvió en la toalla, se quedó de espaldas a su esposo que la abrazaba por detrás y le habló al oído.
   -Cuando estés lista te espero en mi despacho.
   Tardó un rato en volver a respirar con normalidad, a que su corazón recuperase la normalidad en sus latidos, a dejar de sentir el vértigo de caer en picado por un abismo y a entender lo que había pasado en su sala de baño. Esto último se le escapaba.
   Cuando estuvo lista se armó de valor y se dirigió al despacho del señor, tardó un rato en decidirse a llamar, finalmente tocó con los nudillos la puerta. Un −adelante− la invitó a entrar.
   -Siéntate.
   Se sentó despacio mirando al suelo, cruzó las manos en su regazo y se dispuso a esperar. El señor puso los codos sobre la mesa, juntó las manos y las apoyó en la barbilla, la miraba, pensaba en ese momento que finalmente la habían derrotado las circunstancias de su vida, se la veía vencida, temerosa de las consecuencias de sus actos desesperados a veces, sobrevivía sola en un entorno desconocido para ella, hostil a veces y otras sin comprender el por qué le había tocado vivir una vida que no eligió. No sabía que decisión tomar respecto a ella.
   -Bien Evan, mírame cuando te hablo –levantó sus ojos a punto de saltársele  las lágrimas hacia lord Aldridge− en mi ausencia has hecho todo lo contrario de lo que yo te había ordenado, has salido sola a cabalgar, a pasear cuando te ha dado la gana, yendo al mercado del pueblo que no adivino lo que se te ha perdido allí, vagando sola por las almenas, te diré que ya no tememos que el enemigo nos ataque por mar, puedes dejar tu puesto de vigía, sigues bajando a las cocinas a tomar el té con el servicio, es decir, no has seguido ni una sola de mis indicaciones, no sé si lo haces para fastidiarme o por qué no entiendes las cosas cuando te las digo, esto último lo dudo, no eres precisamente tonta, al contrario, mi paciencia tiene un límite Evangeline y tú lo has rebasado ¿Algo que añadir?
   -No milord.
   -Bien, entonces haremos una cosa, si vuelves a desobedecer ni una sola de mis órdenes, pasarás una buena temporada en el convento de clausura de las hermanas de San Francisco, la vida allí no es precisamente un camino de rosas y menos para una persona como tú, piénsalo.
   -¿Puedo retirarme milord?
    -No, todavía no he acabado, espero que la señora Clawson no tenga que volver a decirme la consabida frase, no la encuentro señor, que parece que pretendes institucionalizar en esta casa ¿Te parece bien llegar de una fiesta del pueblo ebria? Todo un ejemplo a seguir, si quieres beber hazlo dónde nadir te vea. Y ahora puedes irte.
   Evangeline se levantó y se fue, anduvo por los pasillos sin saber muy bien adónde ir, se decidió por la biblioteca, cerró la puerta apoyó la espalda contra ella y se dejó resbalar hasta el suelo y comenzó a llorar sin poder controlarse hasta que acabó acostada en el suelo y se quedó dormida de agotamiento.
   Así la encontró Elizabeth Burdock, se arrodilló a su lado, acarició su mejilla hasta que abrió los ojos.
   -¿Os encontráis bien Evangeline?
   Pestañeó varias veces y comenzó a incorporarse lentamente le dolían todos los huesos y tenía frío, parecía salir de un sueño que no acababa de comprender el significado.
   -Si gracias señora.
   -Estáis helada, deberíais poneros al lado del fuego, os ayudaré.
   La ayudó a levantarse y la condujo hasta un sillón al lado de la chimenea, ella se sentó enfrente y le acarició una mano.
   -Perdonadme si me tomo la licencia de hablaros Evangeline.
   Ella miraba a la amante de su marido cómo si su imagen no fuera real, estaba soñando sin duda.
   -Imagino que vuestra vida aquí no es fácil.
   -Imagináis bien señora, creo que la vuestra es mucho más placentera que la mía. Sois muy afortunada.
   -Os envidio Evangeline.
   -¿Qué podéis envidiarme de mi señora?
  -Sois joven, bellísima, inteligente, tenéis en vuestras manos el poder de hacer que el viento sople a vuestro favor pero todavía no lo veis.
   -Creo que me tenéis en muy alta estima señora y no entiendo por qué, no me conocéis de nada y yo a vos tampoco.
   -Pero esto tiene remedio ¿No lo veis así?
   -Sinceramente señora, no creo que lleguemos a ser amigas, a vos no os conviene ni a mí tampoco, creo que el señor no compartiría vuestra idea, es más no creo que deba saber siquiera que esta conversación ha tenido lugar.
   -No lo sabrá.
   -Gracias señora, ahora he de irme.
  Pasó el resto del día en su habitación sentada en la alfombra delante del fuego escribiendo a Grace y a la familia Averdeen, de vez en cuando tenía que parar por que las lágrimas nublaban sus ojos, le subieron la bandeja con la cena que Doris recogió intacta, le dijo que podía retirarse se desvestiría sola, no la necesitaba.
   Se sentó en su tocador y se miró al espejo, éste le devolvió una expresión triste, unas ojeras oscuras y los ojos hinchados y enrojecidos, en eso se había convertido, en una sombra vagando por un castillo, un fantasma buscando un sitio donde dormitar para toda la eternidad sin molestar a nadie para no recibir un castigo. Mierda.
   Se metió en la cama y su gato con ella, se había convertido en una bola de pelo beige con manchas marrones en el lomo y en un ojo, dormía  cómodamente instalado en una almohada al lado de su cabeza de modo que cuando se daba la vuelta se encontraba con la nariz metida en el lomo de Wools, así llamaba a su gato.
   Llevaba tres días encerrada en su cuarto, nada se le perdía en el exterior, ni siquiera bajaba a la biblioteca, las bandejas volvían sin tocar a las cocinas, por mucho empeño que le pusiera la señora Bread a sus guisos para que su señora comiera, no daba resultado alguno, dieron cuenta de este hecho al señor Brandon empezaba a ser alarmante. El señor Brandon habló con milord  sobre la situación en la que se encontraba su esposa.
   Milord entró sin llamar al cuarto de su esposa, estaba sentada delante de la chimenea en camisón, con el cabello suelto, mirando fijamente las llamas, tenía a su alrededor, cuadernos, libros, el tintero y las plumas en los huecos del escritorio que había decidido trasladar a la alfombra. La habitación permanecía casi a oscuras, solamente iluminada por el fuego y la poca luz que quedaba del día.
   -Hola Evangeline.
   Volvió la cabeza, miró al señor y se puso de pie, se adivinaba su cuerpo al contraluz de la chimenea, sus pezones sobresaliendo ligeramente sobre la fina tela de su camisón, difícil no caer en aquella tentación.
   -¿Has decidido morir por inanición?
   -No tengo hambre milord.
   Se acercó lentamente a ella, otra vez había desaparecido el labio inferior del rostro de su esposa, acarició sus mejillas, tiró suavemente de su mentón hacia abajo tomó su cara entre las manos y acercó sus labios a los suyos, la besó en la comisura, luego en la barbilla, en la otra comisura, en la punta de la nariz, en una sien, en los ojos y finalmente en los labios rojos de su esposa con los suyos abiertos, para continuar besando su labio superior, luego el inferior, pasó suavemente la lengua por el contorno de su boca y le habló al oído.
   -Mañana comerás todo lo que te pongan en las bandejas, si tú no lo haces yo te daré de comer, tú eliges. Buenas noches.
   Y se fue, Evangeline empezó a respirar como si le fuera en ello la vida, se llevó una mano a los labios y otra al corazón que parecía querer salírsele del pecho, no sabía que un beso pudiese hacer sentir que el mundo se desvaneciese a su alrededor, que unos labios cálidos, una boca caliente y una lengua suave y húmeda pusiese a prueba la estabilidad del mundo.
   El señor estuvo durante unos minutos pensando si volver a entrar y poseerla hasta la saciedad, pero no lo hizo, esperaría, no sabía cuánto tiempo podría resistir la tentación, se fue a su cuarto, esa noche Elizabeth lo esperó en vano, como otras muchas últimamente.

    Evangeline tomó parte de su desayuno, lo haría en todas las comidas, más le valía, el señor era capaz de taparle la nariz y hacerle tragar los alimentos. Se había quedado sin Alice, y se lo advirtió si milord se entera de esto me echan a la calle y así había sido, por su culpa Alice se había quedado sin trabajo, se sentía tan culpable que algo tenía que hacer al respecto, rogarle al señor aunque tuviese que hincarse de rodillas que la readmitiera. Así lo hizo, se puso su mejor vestido, se peinó y se echó una gota de perfume de lavanda, sus pendientes de perlas y se fue con paso decidido en su busca.
   Lo encontró en el patio montado en su caballo preparado para salir con sus soldados.
   -Veo que has resucitado.
   -He de hablaros milord.
   -Ve a las cuadras y que ensillen tu caballo, vendrás conmigo, hablaremos por el camino.
   Fue corriendo a su habitación mientras el mozo preparaba a Shelby a coger una capa y en un momento estaba al lado de su esposo preparada para salir. Cabalgaban despacio ladera abajo con los tres hombres armados detrás a una distancia prudente.
   -¿Qué es eso tan importante de lo que quieres hablarme?
   -Es sobre Alice milord, ella no tiene la culpa de mis actos, yo la obligué a llevarme con ella.
   -¿Y bien? ¿Qué le pasa a Alice?
   -Vos la habéis echado por mi culpa.
   -Yo ni echo a nadie ni contrato a nadie del servicio, no es asunto mío, el señor Brandon es el que se ocupa de estos menesteres.
   -Bien entonces hablaré con él.
   -No se volverá atrás aunque seas tú la que se lo pide, cree que no es conveniente para ti una doncella como ella.
   -Y supongo que la señora Clawson está de acuerdo.
   -Ni lo sé ni me importa, te repito que no me ocupo de los asuntos domésticos.
   -¿Y si yo os pido a vos que la readmitáis? Por favor milord, por favor.
   -Lo pensaré o mejor piénsalo tú, la próxima vez que ocurra un hecho semejante no volverás a verla y tú tampoco verás en mucho tiempo otra cosa que no sea la celda de un convento.
   -Gracias milord.
   Cabalgaron juntos por las tierras y las colinas, Evangeline lo miraba cuando él no la veía pensando en cómo sería hacer el amor con su esposo, un privilegio reservado a Elizabeth Burdock, pensaba en su beso y sentía ese vértigo y acelerarse su corazón, su boca caliente, sus labios suaves. Lord Aldridge la miraba cuando ella no lo veía y pensaba en los labios de su esposa, en su cuerpo, en su piel en cómo sería hacer el amor con ella, poseerla en cuerpo y alma, verla entregada al amor y se aceleraba su pulso, el deseo contenido que algún día estallaría en mil pedazos en una cama compartida con su bellísima esposa.
 
    Volvió Alice y con ella a su lado la vida fue más llevadera, no sabía el resto del servicio como lo había conseguido la señora, pero allí estaba Alice de nuevo para descontento del señor Brandon y de la señora Clawson.
   Todos los años el día veinticinco de marzo se daba en el castillo y para todos los habitantes de sus tierras una fiesta para celebrar el cumpleaños de lord Aldridge, era una tradición desde hacía ciento cincuenta años, el único día del año en el que todos se mezclaban, la fiesta era igual para todos. Evangeline estaba muy ilusionada por que vendría su gran amigo Edgar y la casa se convertiría en un lugar más alegre.
    Comenzaron a llegar los invitados, Serena Lowell que había decidido no volver a casarse después de la muerte de su esposo y gran amigo de lord Aldridge, Harold Almont y su esposa Lindsay, Edgar Miller su querido amigo y por último se instaló por unos días Clarence Blumer hijo del pastor anglicano que dirigía la iglesia de Eastrock, lo reconoció al momento, él era el hombre que vio salir de la casita del tejado detrás de Herbert, el joven y guapo Herbert.
       Mientras el servicio se afanaba en preparar la fiesta y atenderlos a ellos, los señores de dedicaron a divertirse, los días previos a la celebración organizaron picnics en el campo llevándose con ellos a los músicos y fiestas todas las noches después de las cenas, bailaban, charlaban, se reían y bailaban. Eran los días más divertidos en la vida de Evangeline desde que había llegado a la casa.
   Empezó a conocer la verdadera naturaleza de todos ellos y ellos la suya, Clarence que parecía vivir atormentado y a veces su espíritu desaparecía y se encerraba en sus pensamientos, gran conversador y culto, siempre vestido de negro con sus enormes ojos negros y unos labios carnosos y bien definidos, poseía una extraña belleza, quizás la tristeza que transmitían sus ojos, su alma,  hacían de él un ser excepcional.
   Serena Lowell que miraba de una manera muy especial a lord Aldridge, a veces se hacían confidencias que no compartían con nadie y se reían brindando por algo que solo ellos sabían, su pasión era la pintura, siempre con sus cuadernos y sus lápices de carboncillo, era capaz de pintarlos a todos en un momento, su destreza era asombrosa, captaba con sus trazos el momento, la luz y el alma de todos ellos.
   Harold Almont y su esposa, una mujer anodina sin nada que decir ni nada que ofrecer, ni siquiera poseía el don de la belleza, su físico era tan vulgar como su espíritu, al contrario que su esposo, divertido, sagaz, cínico a veces y amaba sobre todo el buen vino y a todas la mujeres que no fuesen la suya.
   Y todos compartían una opinión, que su amigo Alexander era muy afortunado, Evan, así la llamaban todos, era todo lo que un hombre podía desear, era maravillosa cuando se reía, sus ojos intensos, su mirada limpia, su modo de ver la vida a través de la filosofía de los clásicos y les encantaba escucharla cuando le narraba los cuentos que escribía para la pequeña Helen, siempre eran historias de animales, de gatos, ratones, caballos, cerdos, gallinas, cualquier animal era susceptible de convertirse en humano y hablar, amar, llorar y ser feliz.
   Alexander Aldridge se dio cuenta que su gran amigo Edgar se había enamorado de Evan, en su forma de mirarla, en aprovechar cualquier momento para estar a su lado y el tormento que a veces veía en sus ojos que parecían debatirse entre la lealtad a su íntimo amigo y el amor que sentía por su esposa, lo que no imaginaba era hasta qué punto la amaba. Se dio cuenta también que Elizabeth y Harold se veían a solas cuando y creían que nadie lo sabía, no dudaba de la lealtad y el amor de Elizabeth hacia él, pero si dudaba de Harold, anteponía sus instintos a cualquier otra cosa, el honor para él no era más que un inconveniente para sus planes y la lealtad un concepto muy relativo, así había medrado en la Corte, visitando camas y deshaciéndose de sus enemigos mediante el chantaje, las mujeres lo adoraban, tenía un arma muy poderosa aparte de ser un perfecto encantador de serpientes, un pene que era la envidia de los hombres y el objeto de deseo de las mujeres.
    Y Evan ajena a la verdadera naturaleza de todos ellos, había adquirido vastos conocimientos con sus estudios pero le faltaba la asignatura del conocimiento del género humano, la risa de su esposa, bellísima, diferente, especial, inocente.
    Serena hablaba sobre el arte de la seducción, opinaba que a pesar de los muchos tratados que existían sobre el tema los hombres seguían sin comprender su significado, seducir a un hombre era muy sencillo, Evan la escuchaba sin pestañear.
   -¿Muy sencillo?
   -Si querida Evan, los hombres no son tan inteligentes como parecen. Si una mujer se empeña en seducir a un hombre dispone de varias armas, si no eres especialmente agraciada, haz que tus senos sean lo primero que vean de ti, si sabes presentarlos el resto pasará desapercibido, deja que hablen por ti, si eres hermosa ya tienes un terreno abonado, pero debes evitar la sosería, ser hermosa pero mojigata resta muchos puntos, saber adornar las palabras con los gestos, la mirada, a veces picara otras de sorpresa aunque nada te sorprenda, otras veces de fingida inocencia, nadie debe saber que la perdiste hace tiempo. Si te preguntas como algunas mujeres han llegado a gobernar un país, siendo amantes oficiales o no de un rey, la respuesta es muy sencilla supieron utilizar inteligentemente el arte de la seducción, sin ser algunas de ellas especialmente bellas, consiguieron tener el mundo a sus pies.
   -Serena ¿Por qué no lo intentas conmigo?
   -Me pregunto por qué eres tan estúpido Harold.

   Al atardecer Evangeline subió a los tejados, necesitaba pasear por los caminos de los centinelas, contemplar el mar desde allí, un momento a solas consigo misma para poner en orden sus desordenados pensamientos, estaba confusa, escuchando a Serena comprendió por qué Elizabeth ocupaba el corazón de su marido, supo seducirlo y seguía haciéndolo, él la necesitaba y ella sabía cómo retenerlo a su lado, seguro que sus caricias eran suaves, sus manos se deslizaban por el cuerpo de su esposo hábiles, besaba su boca y su cuello, se confesó a si misma que ella quería ocupar el lugar de su amante, que deseaba a su esposo, que necesitaba sentir el placer que procura un hombre a una mujer, ella quería caer en aquel abismo.
   Se hizo de noche y seguía contemplando el maravilloso espectáculo del mar batiendo contra las rocas convirtiéndose en espuma blanca, el sexo debía ser algo así, el mar chocando contra las rocas y convirtiéndose en espuma.
   Decidió volver seguro que la buscaban para la cena, al pasar por la casita de piedra oyó gemidos y no pudo evitar la tentación de asomarse al ventanuco, lo hizo despacio, se puso de puntillas y miró hacia el interior apenas iluminado por una vela, dos hombres se amaban con toda la furia de los amantes, se besaban con la boca abierta, chocaban sus lenguas, se revolcaban por el suelo, se acariciaban el uno al otro con un deseo apenas contenido,  Herbert y Clarence se amaban como si el mundo se acabase esa noche.
   Corrió hasta su cuarto, tardó un rato en reaccionar, la imagen de los amantes se quedó clavada en su retina negándose a abandonarla. Se arregló con esmero, una sensación desconocida recorría su vientre y hacia que brillaran sus ojos, se miró al espejo y descubrió que su mirada era diferente y que su corazón latía más deprisa.
   Fue la última en llegar, la esperaban tomando champagne en la antesala del comedor, su esposo le ofreció una copa y ella se lo agradeció con una maravillosa sonrisa, lord Aldridge se quedó impresionado ¿Qué le había pasado a su esposa? Brillaba con luz propia y su sonrisa ¡Dios mío esa sonrisa! Durante la cena cruzaron sus miradas muchas veces. Clarence sonreía para sus adentros, Edgar a duras penas podía apartar la mirada de Evangeline, era preciosa, Harold se estaba emborrachando y Serena los miraba a todos, sobre todo a los esposos Aldridge ¿Qué estaba pasando entre ellos? Y Evangeline no podía evitar mirar a Clarence y recordar lo que había visto, Herbert servía los platos y no podían evitar que sus miradas coincidiesen cuando Clarence  le daba las gracias y le sonreía después de servirse la comida en su plato o cuando llenaba su copa de vino, nadie imaginaba lo que ella sabía.
   Después de la cena lord Aldridge interpretó al piano piezas de Albinoni, no sabía Evangeline que su esposo fuese un virtuoso de este instrumento, miraba como sus manos y sus dedos se deslizaban por el teclado y pensando que a ella no le importaría ser ese piano. La delicadeza de las melodías chocaba con su carácter sobrio al igual que sus ropas, siempre con sus botas y las casacas abiertas sin chaleco, los pantalones anchos sujetos con  cinturones de cuero y las camisas siempre abiertas en el cuello, era un hombre de campo y como tal vestía y se comportaba, no hubiese sido feliz en la rigidez de la Corte, allí no podría permitirse ser él mismo.
   Se retiraron pronto a descansar, debían reservarse para el día siguiente, la fiesta duraría toda la jornada. No supo el rumbo que tomaron los pasos de su esposo, le besó la mano y le deseó buenas noches, suponía que dormiría acompañado.
   Harold la esperaba en su habitación, se llevó un susto de muerte cuando lo vio allí, apoyado en la chimenea y los brazos cruzados.
   -¡Por Dios que susto me habéis dado! ¿Es que ha ocurrido algo?
   -No preciosa, he venido a hacerte una visita, ya que tu marido no lo hace y no entiendo por qué, si fueras mía no te dejaría ni de día ni de noche ¿Conoces el placer? Veo por tu cara que no.
   -No entiendo qué queréis decir.
   -Creo que lo entiendes perfectamente ¿Sigues siendo virgen?
  Iba acercándose a ella con su sonrisa torcida, Evangeline no entendía nada y así lo reflejaba su rostro. Ella daba pasos hacia atrás a medida que él se acercaba.
   -¿Tienes miedo Evan?
   -Yo … os ruego que os vayáis… por favor.
   -No tengas miedo, lo que yo quiero darte es mucho más placentero.
   -Deberíais iros Harold, no creo que al señor le gustase que estéis aquí.
   -¿Y qué le dirías? Me temo que no te creería, nos ha visto bailar y reír juntos, no desconfiaría de un buen amigo ¿Cómo piensas explicárselo? Creo que mi versión de los hechos sería mucho más creíble que la tuya.
   -¿Qué queréis de mí?
   -Muy buena pregunta preciosa.
   -Que te pongas cómoda ¿Te ayudo con el vestido?
   Tuvo los reflejos suficientes para llegar a la puerta y abrirla sin que a Harold le diese tiempo a reaccionar, echó a correr como alma que lleva el diablo por el pasillo, con el corazón desbocado y el pánico reflejado en sus ojos.  Al bajar la escalera se topó con lord Aldridge.
   -¿Has visto un fantasma Evan? ¿Qué te ocurre?
   -Yo… yo … milord… yo…
   -¡Por Dios Evan respira!
   -Yo…
   -Tranquilízate Evan ¿Qué te ha pasado?
   Y comenzó a llorar.
   -Me asustan las tormentas señor.
   -Bien, ven conmigo.
   Era incapaz de moverse, encontró la disculpa perfecta, fuera había comenzado a llover y se oían los truenos lejanos de una tormenta.
   -Vamos Evan, te acompaño a tu habitación, llamaremos a Alice y se quedará contigo.
   La agarró por la cintura y la acompañó hasta su cuarto ¿Y si Harold seguía allí? Quería morirse. Pero no había nadie, se había ido. Evangeline temblaba cómo una hoja a merced del viento. El señor llamó al servicio y pidió una tisana para ella, enseguida llegó Alice.
   -Acompáñala Alice, le dan miedo las tormentas.
   -Por supuesto señor.
   Su doncella la ayudó a desvestirse, se tomó la tisana, poco a poco fue tranquilizándose y finalmente se quedó dormida. Alice la observaba, no creyó ni por un momento que su ataque de pánico fuese por la tormenta, desde que estaba allí no era la primera vez que esto sucedía y jamás había mostrado temor alguno por los rayos y los truenos, algo le había pasado a su señora para que la angustia y el miedo la trastornase hasta ese punto. Y no era lord Aldridge el culpable.
   La despertaron los cañones que anunciaban el comienzo de la fiesta, había soñado con Harold, que la obligaba a desnudarse y que la violaba, le pegaba para que se doblegara a sus deseos y ella quería correr y no podía, cómo si su cuerpo fuese tan pesado que le impidiese hacer movimiento alguno. Se metió en la bañera y Alice la ayudó a vestirse, eligió un vestido con el fondo blanco y pequeñas flores bordadas verdes y rojas, un sombrero a juego y sus botas de cuero, para andar por los caminos y bailar era lo más práctico, pero su mente estaba en otra parte, por más que Alice se empeñase en hacerla sonreír no lo conseguía, se mostraba ausente, cómo si no viviese en este mundo.
   Por el camino que tuvo que recorrer hasta llegar a las puertas de la entrada del castillo miraba hacia todos los lados, temiendo encontrarse con su enemigo, estaban todos preparados para bajar al pueblo, sonrientes y felices y allí estaba Harold con su esposa, la miró e hizo una pequeña inclinación de cabeza, ella no pudo responder a su saludo, solo quería vomitar.
   -¿Te encuentras bien Evan? –la asustó la voz de su esposo, se llevó una mano al corazón−. Estás muy pálida, la tormenta ya ha pasado y hace un día radiante así que vamos a disfrutarlo ¿Preparada?
   -Sí, milord.
   La tormenta no había pasado, al contrario, estaba a punto de estallar, los truenos que la anunciaban estaban muy cerca.
   En el pueblo ya había comenzado el día festivo, sonaba la música, corría el vino y la cerveza, se asaban cochinillos y corderos, aplaudieron a su señor, le desearon una larga vida, el señor levantó su copa, les dio las gracias y les deseó suerte y salud.
   Lindsay no se encontraba bien, estaba de nuevo embrazada, su doncella la acompañó al castillo, necesitaba tumbarse y descansar. Le dejó a su marido el camino despajado para divertirse y bailar con todas la muchachas jóvenes de Eastrock. Evangeline no se separaba de lord Aldridge, dónde iba él ella iba detrás para sorpresa del señor de las tierras ¿Qué asustaba tanto a su esposa para que convirtiese en su sombra aquel día? La tormenta ya había pasado, entonces ¿Que podía pasarle? Harold se acercó a su grupo y Evangeline instintivamente se pegó como una lapa a su esposo, éste la miró y vio el miedo en sus ojos, la asió por la cintura y besó sus cabellos, ella le sonrió sorprendida por su gesto, lord Aldridge se preguntaba a quién o qué había visto que la inquietaba tanto.
   -¿Qué te preocupa Evan? −Clarence le ofrecía una copa de vino blanco mientras le hacía esta pregunta−
   -¡Oh no es nada Clarence! Me asustan las tormentas.
   -Pero ya ha pasado y no creo que vuelva, estás pálida y asustada, lo de las tormentas no es una buena disculpa Evan, deberías buscar otra. Y ahora vamos a divertirnos, beberemos, probaremos los asados que huelen de maravilla y luego a bailar, aquí estás a salvo de lo que sea que te preocupe tanto hasta el punto de robarte el brillo de tus hermosísimos ojos.
   -Gracias Clarence.
   -Puedes confiar en mí Evan y en lo que yo pueda ayudarte, sabes dónde encontrarme, mi puerta siempre estará abierta para ti.
   -Lo sé, eres especial y supongo que por eso te aprecio tanto.
   -Queridísima amiga el aprecio es mutuo.
   Edgar y Serena se reían mirando a Harold cada vez que se acercaba a una mujer ésta acababa con la cara del color de los tomates ¿Qué les estaría diciendo? Lord Aldridge le llamó la atención, algunas de ellas estaban casadas y sus maridos no tenían por qué soportar la vergüenza de ver a sus esposas acosadas por un señorito, el derecho de pernada había quedado atrás hacia mucho tiempo afortunadamente, o se comportaba en sus tierras cómo era debido o él mismo se encargaría de que la fiesta acabase para su amigo. No toleraría ese comportamiento en un hombre que se le suponía educación y buenas maneras cómo correspondía a su apellido y menos siendo su invitado.
   -Vamos querido amigo, todas estas mujeres están deseando tenernos entre sus piernas.
   -Harold, una grosería más y cumplo mi amenaza.
   Evangeline decidió hacer caso a su amigo Clarence y probó los asados, bebió más vino de lo que debería, bailó toda la tarde con todo el mundo, cantó canciones populares, participó en un concurso de esgrima si tener ni idea, pero le gustó el arte de la espada, aprendería a manejarla cómo los hombres y algunas mujeres versadas en este arte cómo Serena que ganó a dos hombres para desconsuelo de éstos.
   Ella ganó el concurso de carreras de sacos junto con Edgar de compañero, lord Aldridge contemplaba a su esposa fascinado, cuando reía, bailaba, bebía y cantaba, el vino había hecho resurgir el color en sus mejillas. Harold dormía la borrachera debajo de un árbol, era hora de volver a casa, la noche había caído. Emprendieron el camino de vuelta cantando, el alcohol había hecho mella en todos ellos, Harold lo llevaba como un fardo colgado en uno de sus hombros un soldado de su guardia, estaba demasiado borracho para caminar.
    Evangeline entró en su cuarto y Alice no estaba, oyó cómo la puerta se cerraba con llave a sus espaldas, Harold estaba allí. No le dio tiempo a reaccionar, el primer golpe lo recibió en la cara y cayó al suelo, cuando quiso gritar una mano tapaba su boca y otra le desgarraba el vestido, consiguió zafarse pero las manos de Harold volvían a alcanzarla, la tiró contra uno de los postes del dosel de la cama y se golpeó en la cabeza, la agarró por el escote del vestido arañando sus senos, le propinó varios bofetones, lo empujó y se golpeó contra su tocador, ella aprovechó para llegar hasta la chimenea y coger el atizador y sin pensárselo dos veces lo golpeó en las costillas mientras él se doblaba por el dolor corrió hacia la puerta, consiguió abrirla y corrió como una loca sin mirar atrás.
   Cuando llegó al final de la escalinata no sabía a donde ir, se le ocurrió bajar a las cocinas, allí no la buscaría, el dormitorio de la señora Bread estaba justo al lado abrió la puerta y la cerró tras de sí. La señora Bread se incorporó en la cama, creyó que un fantasma se había colado en su cuarto.
   -Señora Bread soy Evangeline.
   -¡Milady!
   La cocinera consiguió por fin encender las velas de su mesita de noche y cuando sus ojos se habituaron a la luz se quedó sin palabras, saltó de la cama tapándose la boca para no gritar.
   -¡Por el amor de Dios mi señora! ¿Qué os ha sucedido? ¿Quién os ha hecho esto criatura? ¡Por Dios! Sentaos aquí, voy a buscar agua y un paño.
   -No me dejéis sola señora Bread ¡Por favor no me dejéis sola!
   -Esta puerta de aquí comunica con la cocina, la dejaré abierta, he de curaros milady, esas heridas se infectarán.
   La señora Bread puso agua a calentar, cogió paños limpios del cajón mientras pensaba quién había maltratado así a su querida señora, le habían roto el vestido, le sangraba la nariz y el labio, lord Aldridge no hubiese hecho algo así, no era su modo de actuar y menos con las mujeres.
   -Ya estoy aquí mi querida niña ¡Por Dios! ¿Quién os ha hecho esto? ¡Oh Dios mío milady! ¿Quién ha podido haceros algo así?
   -Me he caído por la escalera, bebí demasiado en la fiesta y perdí el equilibrio.
   -¿Y estos arañazos? ¿Vais a decirme que os los ha hecho Wools?
   -Señora Bread esto quedará entre usted y yo.
   -Si milady pero debería veros un médico.
   -No será necesario.
   -Voy a prepararos una tisana caliente, tembláis como una hoja, ayer os hice otra por el mismo motivo, quien os haya hecho esto debe pagar su castigo ¿Creéis que el señor se tragará este cuento milady?
   -No lo sé señora Bread, pero creo que me encerrará en un convento por mucho tiempo, debo escapar, debo irme de aquí y no volver jamás.
   -Milady esto os ha trastornado.
   Entonces Evangeline comenzó a llorar desconsoladamente mientras la afable e indignada cocinera limpiaba sus heridas, la ayudó a quitarse el vestido y la recostó en su cama, la tapó e intentaba tranquilizarla.
   -Señora Bread ni siquiera Alice debe saber que  he estado aquí, me he caído por la escalera, me juego mi futuro si alguien averigua que no ha sido así. Esconda mi vestido y présteme una bata.
   -Mi querida señora ¿No habréis dicho en serio lo de escaparos verdad?
   -Si no quiero pasarme el resto de mi vida encerrada entre los muros de un convento, he de hacerlo y usted me guardará el secreto. Gracias por todo señora Bread.
   -¿Adónde vais ahora? Estáis muy trastornada milady, quedaos aquí el resto de la noche. Yo cuidaré de vos, tomaos la tisana os ayudará a calmar vuestros destrozados nervios.
   La señora Bread pasó el resto de la noche sentada en una silla, vigilando el agitado sueño de su señora, le había puesto una cucharada más de pasiflora en la tisana, de vez en cuando abría los ojos y pronunciaba palabras incoherentes pero una de ellas no pasó desapercibida a la señora Bread, el nombre de Harold Almont.
   Amaneció un nuevo día y con la luz natural se asustó todavía más la cocinera, tenía moretones en los brazos, en la frente, un ojo morado e hinchado, arañazos en los senos y en la cara, el lado izquierdo de la nariz inflamado y el labio inferior partido por dos sitios. El salvaje que le había hecho eso a su señora no debía quedar sin castigo.
   Sus ayudantes estaban preparando los desayunos ¿Dónde se había metido Herbert que ya debería estar colocando el servicio de la mesa?
   -Buenos días señor Brandon.
   -Buenos días señora Bread ¿Herbert no ha aparecido todavía?
   -Eso me estaba preguntando señor Brandon, se la habrán pegado las sábanas.
   -Iré a buscarlo, Florence pon tú la mesa para el desayuno y rápido ¡Vamos! ¡No pierdas ni un minuto! Esta mañana esta casa es un auténtico desastre.
 
    Alice entró en la habitación de su señora, no estaba ni había dormido en su cama, descorrió las cortinas y vio la sangre en el suelo, en las alfombras, su tocador con todo desordenado y una parte en el suelo, el atizador tirado en medio de la habitación ¿Qué había pasado allí? ¿Y dónde estaba su señora? ¿Con quién había pasado la noche? Demasiadas preguntas, algo no iba bien, un extraño presentimiento recorrió el cuerpo de Alice, la buscaría por toda la casa, en algún sitio tenía que estar y sobretodo algo le había sucedido ¿Y Wools? ¿Dónde se había metido Wools? Un grito salió de su garganta cuando vio a su señora entrar por la puerta.
   -Me he caído por la escalera.
   -¡Oh Dios mío!
   -Alice prepárame el baño por favor.
   -Pero …. Qué…
   -¡Alice por favor!
   -Sí milady, enseguida.
   -Debería veros un médico.
   -No es necesario.
    Alice intentó disimular los moretones de su señora, no lo consiguió pero si se dejaba el pelo suelto cubriría una parte de su rostro, se puso un vestido azul claro y de se cubrió el escote con un encaje de modo que los arañazos no fuesen visibles, se calzó las botas y mandó a Alice a la cocina con la disculpa de que tenía sed y quería agua fresca, abrió un cajón escondido dentro del armario y sacó la bolsa, tenía trescientas libras, suficiente para escapar y poder pagarse el alojamiento y el viaje hasta Dover y de allí a las colonias inglesas en América y empezar una nueva vida.
   Hablaría con Clarence, él la ayudaría a escapar. No tenía otra alternativa, si se le contaba a su esposo la verdad no la creería, Harold diría que lo hizo para defenderse de su ataque, que ella era la culpable de haberlo buscado y al no ceder en sus peticiones, ella había intentado golpearlo. La balanza siempre se inclinaba a favor de los hombres y lord Aldridge no la perdonaría jamás.
   Estaba desesperada.

   -Herbert, ¿Se puede saber dónde te habías metido?
   -Disculpe señora Clawson el señor Blumer requería mis servicios.

   Llamaron a la puerta, era el señor Brandon. Alice abrió la puerta.
   -Dile a lady Evangeline que el señor la espera en su despacho.
   Le dio un vuelco el corazón, intentó controlar el temblor de sus manos, las lágrimas en sus ojos y el dolor de la humillación y de los golpes.
  -¿Qué te ha pasado Evan? –lord Aldridge se puso en pie y fue hacia ella− ¡Por Dios Evan! ¿Qué ha sucedido?
   -Me caí por la escalera señor, perdí el equilibrio y me caí, supongo que tomé demasiado vino.
   -Déjame ver.
   Levantó la barbilla de Evangeline y estudió sus heridas, menos mal que el bulto que tenía en un lateral de la cabeza no era visible, pero el señor puso una mano allí para volver su cara y ver los estragos del otro lado de su rostro  y emitió un quejido, lord Aldridge pudo apreciar el chichón en su cabeza.
   -Debe verte un médico.
   -No es necesario señor, estoy bien.
   -El médico vendrá a verte, no me importa que lo consideres necesario o no, enviaré a buscarlo.
   El doctor Anderson estudió los golpes de Evangeline, la auscultó y se fijó en los arañazos de su escote. Le recetó un emplasto para el golpe de la cabeza y respecto a los moretones se curarían solos, le aconsejó que descansara y que intentara tranquilizarse, los nervios no eran buenos compañeros.
   -Gracias doctor.
   -Observo milady que tenéis un gato.
   -Sí, Wools.
   -Desinfectaos esos arañazos con alcohol y echaos pomada.
   Por cierto  ¿Y Wools? Lo buscó por todas partes, lo encontró escondido entre sus vestidos. Lo cogió en brazos, lo acercó a su rostro y le dio besos.
   -¿Tú también estás asustado verdad?

   -¿Cómo se encuentra mi esposa doctor?
   -Me veo en la obligación milord de hablaros con absoluta sinceridad por la amistad que nos une y por qué cómo médico no debo ocultaros mi preocupación.
   -¿Qué queréis decir doctor Anderson? Me alarmáis seriamente.
   -Vuestra esposa milord no se cayó por la escalera, alguien le propinó esos golpes. Lo sé por experiencia si es lo que os estáis preguntando, la han agredido milord y con auténtica saña.
   Lord Aldridge pasó de la conmoción a la indignación en segundos ¿Quién se había atrevido a cometer semejante acto y por qué? En su propia casa y a su esposa y él ajeno a todo aquel despropósito ¿Quién había hecho daño a Evan? Mataría con sus propias manos al que hubiese cometido tal acto de barbarie.
  
Encontró a Clarence leyendo sentado al lado de una ventana de su cuarto, cuando la vio cerró el libro de golpe se puso en pie de un salto y fue hacia ella, tomó su cara entre sus manos y la miraba perplejo, Evangeline comenzó a llorar como si toda la desesperanza del mundo se hubiese concentrado en su corazón herido.
   La abrazó y la dejó llorar. Fue tranquilizándose poco a poco, el  reconfortante abrazo de su amigo en tan malos momentos le pareció un faro que la guiaba en medio de la tempestad en un mar desconocido.
   -Y ahora vais a contarme que os ha pasado.
   -Harold … él …. ¡Oh Dios!
   -¿Él te ha hecho esto Evan?
   -Sí, anoche … me esperaba en mi cuarto y …. él… intentó…y me pegó … y..
   -Tranquilizaos Evan, respirad hondo y empezad por el principio.
   Le contó todo lo que había pasado, desde el principio, lo que le había dicho y lo que le había hecho, los golpes, las amenazas.
   -Tenéis que ayudarme a escapar Clarence, el señor me echará la culpa de todo y me encerrará para siempre. Creerá a Harold, él es perverso y sabrá salir indemne de todo esto, por eso debo escapar ¿Entendéis Clarence, lo entendéis?
   -¿Escapar Evan? Esa no es la solución, esta es vuestra casa ahora, os encontrará aunque para ello tenga que remover el mundo y entonces será peor.
   -Nada puede ser peor Clarence, estoy perdida.
   -No querida amiga, no estáis perdida, estáis desesperada y he de deciros que esta situación solo os llevará a cometer actos desesperados de los que sin duda os arrepentiréis.
   -Clarence no podéis fallarme.
   -Y no os fallaré, pero debemos reflexionar con calma los pasos a seguir.
   -¡No tengo tiempo! ¿No os dais cuenta? Tengo trecientas libras, suficiente para empezar una vida al otro lado del océano.
   -Yo lo único que sé querida Evan es que podéis confiar en Alexander, contadle la verdad.
   -¿Pretendéis que confíe en un hombre que se casó conmigo porque le debía la vida a mi padre y no pudo negarse? ¿Qué confíe en un hombre que me amenaza con encerrarme en un convento? ¿Qué ni siquiera quiere darme hijos? ¿En un hombre al que le han impuesto mi presencia?
   -Solo os pido que confiéis en él Evan.
   -Bien Clarence, os pido que me guardéis el secreto, que nada digáis de esta conversación, estas palabras nunca las he pronunciado, ha sido un placer conoceros. Confiaba en vos, la decepción, supongo, es mutua.
   -No cometeréis semejante locura.
   -Vos las cometéis por amor y yo por desamor.
   -¿A que os referís Evan?
   -A Herbert.
   Y abandonó a toda prisa el cuarto de Clarence. Él le había dicho que era su amigo, pero solo eran vanas palabras. Se fue a su cuarto cogió la bolsa del dinero y su capa y se fue directa a las cuadras, el mozo ensilló su yegua y con la disculpa de dar un paseo y que no era necesario que la acompañaran, solo pasearía alrededor del castillo, salió la galope y se perdió por las colinas de Eastrock.

    Mientras Evangeline cabalgaba sin descanso, los habitantes de la casa se dedicaban cada uno a sus propios asuntos unos y a sus propias reflexiones  los otros. Harold a salvo de todo y de todos había fingido su borrachera, nadie podía acusarlo de nada, permanecía atento a cualquier capricho de su esposa. Edgar pensando en Evan, la culpable todos sus desvelos pero nada podía hacer, su amor imposible, la mujer que jamás conseguiría. Serena pensando el amor con el que soñaba, Alexander y que nunca podría materializarse ¿O tal vez si?  John Alexander Aldridge-Relish imaginando una venganza contra quien había maltratado y humillado a su esposa de aquella manera brutal y pensando si había llegado a violarla, lo mataría, sí, lo mataría, Elizabeth pensando en que el gran amor de su vida y por el que la daría  sin pensarlo, se había enamorado de su propia esposa.
   Lord Aldridge pasó la mayor parte del día en su despacho sin poder concentrarse en nada de lo que tenía delante, recorrió mentalmente mil veces el trayecto que habían hecho del pueblo hasta el castillo, todo parecía estar en orden, cada uno se dirigió a su habitación y él a la de Elizabeth y una pregunta que le había hecho su amante llamaba su atención, le preguntó si se fiaba de lord Almont, él le había contestado que por supuesto, todos sabían cómo era y cómo actuaba pero no tenía ningún motivo para no fiarse de su amigo. Además estaba demasiado borracho la noche anterior. Hablaría con ella de nuevo.

   -¡Querido Harold! ¡Que inesperada sorpresa! Me honráis con vuestra visita.
   -Mi querida Elizabeth o preferís que os llame la puta del señor de  Eastrock, vais a hacerme un favor, me gusta todo lo que pertenece a mi amigo, sus tierras, su castillo, su puta y sobretodo su virgen esposa. Tiene todo lo que yo deseo.
   -Lord Almont, os ruego que abandonéis mi cuarto, si habéis venido a insultarme no sois bien recibido.
   -No, todavía no mi querida meretriz, antes he de haceros una proposición.
   -¿Qué queréis de mí?
   -Quiero que pongáis a mi libre disposición a Evangeline, la quiero para mí, sabéis cómo hacerlo, sois hábil en este arte.
   -No veo cómo puedo hacerlo y de ninguna manera quiero verme involucrada en vuestros turbios asuntos.
   -Sí que lo haréis, si no cedéis a mis pretensiones vuestros días en esta casa estarán contados, le diré a vuestro querido señor que habéis intentado acabar con la vida de su esposa, los celos os han cegado.
   -Sin duda habéis perdido el juicio.
   -¡Oh claro mi querida puta! Vos no la habéis visto, está malherida.
   -¿Qué le habéis hecho?
   -Bueno, casi nada, unos golpes nada más. Yo estaba demasiado borracho ayer y nadie me creerá culpable, mi coartada es perfecta.
   -¿Por qué había de creeros lord Aldridge?
   -Por qué yo soy su amigo y vos una puta ¿Entendéis la diferencia?
   -No veo cómo puedo ayudaros.
   -Muy sencillo, convencedla, es joven, manipulable, yo estoy dispuesto a darle el placer que su esposo le niega y vos sois experta en este arte, sabréis convencerla. Haceos su amiga, ella está muy sola en esta casa y necesita una persona de en quien confiar y vos vais a convertiros en esa persona, haced que confíe en vos y servídmela en una bandeja de plata para disfrutar de ella.
   -¿Y qué creéis que hará con vos Alexander cuando se entere de que le habéis robado a su esposa?
   -Conmigo nada, con vos lo imagino. Estoy muy cerca del rey, nada puede contra mí. Y ahora he de dejaros querida meretriz, que paséis buen día.
   Elizabeth se dejó caer en el diván, sin duda se trataba de una broma, un juego tal vez, pero si no era así estaba en un grave aprieto, nunca había confiado en lord Almont, siempre le pareció un presuntuoso, un tipo indeseable, pero era amigo de Alexander y ella nunca quiso meterse en las relaciones de su amante, no eran de su incumbencia, además él no se lo hubiese permitido, lo amaba más que a su vida, jamás le perdonaría si se enteraba que ayudó a lord Almont en sus necias pretensiones pero si no lo hacía la acusaría de querer asesinar por celos a la esposa de su amante.
   ¡Dios mío estaba en manos de un miserable! Y sin liberación posible.

   Clarence pensaba en su amiga, en la enorme decepción que le había causado, pero no podía seguirla en sus planes, eran de todo punto descabellados, la huida, la peor de todas las soluciones posibles, esperaba que recapacitase, hablaría con ella ¿Por qué sabía ella de su amor por Herbert? No había criticado su relación, solo le había dicho que debía de entender lo que es hacer una locura por amor, ella lo hacía por desamor.
   Serena y Edgar paseaban ajenos a todo lo que había acontecido en la casa, hablaban de todo un poco, uno sabía que amaba a la esposa de Alexander, era evidente su amor por ella y el otro sabía que siempre había estado enamorada de Alexander por eso se había casado con Steve, para estar cerca de él, pero los dos creían que nadie conocía sus secretos.
    A la hora de la cena se reunieron cómo siempre en la antesala del comedor, estaban todos menos Evan, esa noche no los acompañaría les dijo lord Aldridge, no se encontraba bien, nada importante, solo debía descansar.
Se sentaron a cenar ajenos a la huida de Evangeline, a esas horas ella ya estaba muy lejos de Eastrock.
   Alice preguntó al señor Brandon por su señora, éste afirmó no haberla visto en todo el día, se asomó al comedor y tampoco estaba, entonces la buscó por todas partes, las cocinas, la biblioteca, las almenas y los caminos de los centinelas, envió a un criado al pueblo para que preguntase con la mayor discreción por si la habían visto a lomos de su yegua paseando por las colinas, puede que hubiese sufrido un accidente y estaba malherida en alguna parte, esperó impaciente a que volviese y sí, la habían visto a lomos de su caballo  por la mañana cabalgando a toda prisa hacia el camino que conducía a Ipswich. Lanis, el mozo de cuadras, le confirmó que la señora hacia las diez de la mañana le había pedido que ensillara su yegua, le había dicho que solo daría un paseo alrededor del castillo, comprobó que efectivamente su yegua no estaba.
   -¿Y cómo no te has dado cuenta Lanis?
   -Me he pasado el día ocupado en otras tareas, he vuelto a las cuadras hace un rato.
   -Gracias Lanis confío en tu discreción.
   -Por supuesto Alice.
   Dejó al mozo con cara de no entender absolutamente nada y se dirigió con un extraño temblor en las piernas a hablar con lord Aldridge, había llegado el momento de decirle que milady había desaparecido ¡Y que fuese lo que Dios quisiera! Temblarían hasta los cimientos del castillo cuando el señor se enterase. Dio cuenta de este hecho al señor Brandon que se encontraba en ese momento en las cocinas hablando con la señora Bread del menú para el día siguiente. La señora Bread tuvo que agarrarse a la mesa para no caer y al señor Brandon se le cayó la jarra de agua que tenía en la mano al suelo.
   -Alice es un hecho gravísimo ¿Estás segura?
   -Completamente señor Brandon.
   -¡Que Dios nos asista!
   El señor Brandon entró al comedor y habló a lord Aldridge al oído.
   -Disculpadme amigos.
   Una vez fuera del comedor el señor Brandon respiró hondo e intentando no perder la compostura, habló por fin.
   -Milord, me temo que vuestra esposa ha desaparecido.
   -Esa frase es nueva, normalmente es no la encuentro señor.
   -Se ha ido milord.
   La reunión tuvo lugar en su despacho, Alice con los nervios destrozados dio cuenta al señor desde el principio de todos los hechos acontecidos hasta su partida. Le dijo también que estaba muy asustada y lo que había encontrado en su cuarto, la sangre, el desorden y el atizador y que no había dormido en su cama.
   -Bien, eso es todo, pueden irse y confío en su absoluta discreción.
   Lord Aldridge comenzó a dar vueltas por su despacho intentando encajar el golpe que acababan de propinarle con la declaración de Alice, le había prometido a su padre que la cuidaría y ese era el resultado, su esposa había huido asustada y sola ¿Dónde estaría ahora? Demasiadas preguntas sin respuesta ¿Qué asustaba tanto a Evan para tomar la decisión de huir? ¿Quién y porqué había actuado contra ella con tanta saña? Inútil salir de noche en su busca, partiría al amanecer con cuatro de sus mejores escoltas. Le llevaba muchas horas de ventaja, la encontraría aunque tuviese que poner Inglaterra entera patas arriba.
 
 Evangeline se encontraba en la habitación de una posada, al amanecer partiría y calculaba que llegaría a Ipswich al mediodía, todos deberían estar buscándola a esas horas, había sido tan estúpida como para confiar en que todo iría bien, tendría hijos y podría disfrutar de la tranquilidad de una vida que no había elegido, pero una vida al fin y al cabo, creyó encontrar amigos que no lo eran, un esposo que mantenía a su amante dentro de su casa que no tenía ni la más mínima intención de acercarse a ella, se sentía una apestada, y Harold le había infligido una humillación difícilmente perdonable sin que nadie se enterase, sin que a nadie le importase, esperaba sinceramente no volver a ver a ninguno de ellos en su vida. Pensaba en la familia Averdeen en que nunca debería haber salido de su casa, allí nadie le pegaba ni la hacían de menos ni nadie intentaba hacerle daño. Sabía también lo que podía pasarle en los caminos que le quedaban por recorrer, pero siempre sería mejor que vivir encerrada el resto de su vida. Prefería morir libre que vivir prisionera. Todas sus ilusiones habían ido tornándose en decepciones.
 
 Lord Aldridge bajó al salón donde sus amigos tomaban vino y jugaban a cartas, Lindsay tumbada en un diván con las manos en la tripa y los pies en alto se reía de una ocurrencia de su esposo. Los miró a todos, ajenos a lo que iba a contarles, Edgar partía para Ipswich al día siguiente, Serena se quedaría unos días más y viajaría a Londres con Harold y su esposa y Clarence volvería a sus estudios de botánica encerrado en una habitación de la casa de su padre y suponía que preparando su viaje a los países de América del Sur para estudiar de cerca la inmensa variedad de plantas que ofrecía la selva.
   -Evangeline ha desaparecido.
   Todos se volvieron hacia lord Aldridge con cara de no saber de qué diablos estaba hablando, todos preguntaron a la vez.
   -¿De qué estás hablando Alexander?
   -Ha huido y cómo sé que la siguiente pregunta va a ser si estoy seguro la respuesta es sí, estoy seguro. Al amanecer partiré en su busca.
   Las reacciones ante tal hecho fueron diversas, Clarence se aflojó la camisa, Serena se bebió el resto de su copa de un solo trago, Edgar se prestó para acompañarle, Lindsay profirió un grito y Harold suspiró largamente.
   -Iré solo gracias Edgar y ahora si me disculpáis he de preparar un viaje.
   Los dejó a todos sumidos en la perplejidad, reinaba el silencio en la sala, se miraban unos a otros hasta que Serena decidió plantear una pregunta.
   -¿Por qué?
   -Anoche se cayó por la escalera, está malherida.
   -Clarence que yo sepa ese no es un motivo para huir.
   -Eso es lo que ella dijo, la realidad es que alguien la ha agredido.
   -Si eso es cierto ¿Quién puede haberle hecho daño?
   -Eso mismo me pregunto yo Harold –Clarence clavó su mirada en él−
   -¡Esto es inaudito! –Edgar salió de su asombro para pasar a la indignación− ¡El culpable no debe quedar sin castigo!
   -Querido Edgar ¿Cómo piensas encontrarlo?
   -No lo sé Harold, pero tarde o temprano se descubrirá él solo.
   -O ella.
   -Harold ¿Qué quieres decir? –Serena miró a Harold−
   -¿Ella? ¿Qué quieres decir Harold?
   -Tiene una enemiga dentro de la casa.
   -Harold ¿Te refieres a Elizabeth?
   -Puede ser.
   -¿Sabes una cosa Harold? También podías haber sido tú.
   -Clarence ¿Me crees capaz de hacer una cosa así a la esposa de un gran amigo?
   -Era una broma querido amigo.
   A Harold no le pareció que bromease ¿Sabía algo Clarence? Imposible, ella no  lo hubiese confesado a nadie. Pero había algo en el tono de la pregunta de Clarence que no le gustó en absoluto.
   -Bien, buenas noches.
   Edgar se puso en pie y abandonó la habitación, Serena lo siguió, Harold ayudó solicito a su esposa para irse a su cuarto y Clarence se encerró en la biblioteca. Lord Aldridge hablaba con Elizabeth.
   -Alguien la agredió Elizabeth y ahora se ha escapado, tiene miedo de alguien, a saber porque caminos anda ahora sola y asustada, la culpa es mía por no haberme preocupado por ella lo suficiente, se lo prometí a su padre y no he sido capaz de cumplir mi promesa. Si a ella le pasa algo no  podré perdonármelo.
   -¿Qué tipo de agresión Alexander?
   -Tenía tantos golpes y arañazos que perdí la cuenta, según el doctor no se cayó por la escalera como ella quiso hacernos creer ni los arañazos son de Wools, alguien sabe algo, estoy seguro y no quiere hablar, cómo me entere de quien oculta información sobre este caso tomaré represalias contra él y tengo por costumbre cumplir mis amenazas.
   A Elizabeth le asustaba el tono de Alexander cuando hablaba levantando la voz, mejor callarse, estaba realmente indignado.
   -¡A mí y en mi propia casa! ¿Quién se cree con derecho a hacer esto? ¡En mi propia casa! ¡Delante de mis propias narices! ¡Esto no quedará así! ¡Por Dios que no va a quedar así!
   -Deberíais tranquilizaros Alexander.
   -¿Qué me tranquilice?
   Salió de la habitación dando un portazo que hizo temblar los cimientos del castillo y Elizabeth comenzó a tener mucho frío temblaba sin poder controlarse y comenzó a llorar ¿Qué estaba pasando? Todo se había venido abajo en un momento, Harold los manipulaba a su antojo, el hijo de puta lo había conseguido, los tenía bajo sus botas.
    Esa noche varias personas no pudieron conciliar el sueño en la casa, la señora Bread, Alice, lord Aldridge, Elizabeth y Clarence, todos se sentían culpables por lo que callaban, entre todos habían decidido la suerte de Evangeline, nadie quiso dar el paso necesario para que ella no cometiese aquel acto desesperado.

 Al amanecer el señor partió hacia Ipswich al galope con sus hombres, en el mismo momento en que Evangeline se montaba en su yegua y continuaba su camino a la ciudad y de allí a Londres.
   Procuraba no galopar muy lejos de los viajeros que como ella se dirigían a la ciudad, por fin vio las torres de Ipswich asomar entre las colinas, la primera etapa de su viaje había concluido, debería pensar en la segunda en cómo llegar hasta Londres y por qué medios. Se apostaría a la salida de la ciudad y allí viajaría con las caravanas que iban a vender sus mercancías a los mercados de la capital del reino. Eligió una posada a las afueras y esperó en su cuarto al día siguiente.
   El dueño de la posada le había dicho que los barcos que zarpan de Southamptom navegan directamente hacia el Nuevo Mundo, cuando llegase a la ciudad le aconsejó ir al puerto y enterarse de cuando zarparía el siguiente, Evangeline le dio las gracias y una propina. El dueño se permitió darle un último consejo, que no viajara sola, los caminos no eran seguros para una dama sin compañía.
   Se quedó el hombre pensando que hacía una mujer rica, sus ropas así lo demostraban y su espléndida yegua viajando sola, era sin duda la mujer más bella que había visto en su vida ¿De dónde había salido?
    Tardaría cinco días en llegar a Londres viajando a buen ritmo, se puso en marcha, llevaba varias horas de adelanto sobre lord Aldridge, no tenía tiempo que perder.
   Lord Aldridge conocía los atajos y esa era la ventaja que llevaba sobre ella, por el camino que conducía a Londres encontraron varias caravanas, preguntaron por ella y en la segunda encontraron la respuesta, hacía unas dos horas que una mujer los había adelantado conduciendo un espléndida yegua, llevaba una capa azul, de cabellos rubios y ojos muy azules, no sabía que le podía haber pasado, tenía varios golpes en la cara y un moretón alrededor de uno de sus ojos −una mujer muy bella señor−. La habían encontrado.
   Comenzaba a oscurecer, encontró una posada en un pequeño pueblo al lado del camino, se habían detenido allí dos carretas y las mulas que las conducían bebían agua en un abrevadero, encontró habitación, se ocupó de Shelby en las cuadras, le dio agua fresca, forraje, la cepilló, comprobó el estado de sus herraduras, y la dejó descansar, se llevó su silla de montar con ella, demasiado valiosa como para dejarla en cualquier parte.
   Durmió toda la noche con la satisfacción de hallarse lejos se su enemigo, el peligro había pasado, por fin podía descansar tranquila. Soñó que volvía a su antiguo hogar y que la estaban esperando en la puerta para abrazarla y darle la bienvenida, Grace vestida de novia y la señora Averdeen con un enorme pollo asado en una bandeja y les daba a todos muchos besos ¡Qué alegría volver a casa! Se despertó al amanecer con una enorme tristeza en su corazón, no podía volver a casa.
   Pagó la cuenta, ensilló su yegua y la salir de la cuadra con se encontró con lord Aldridge esperándola montado en su caballo, su reacción fue soltar a Shelby y correr como una loca con el corazón desbocado rogando a Dios en voz alta que la salvara, corría oyendo los cascos del caballo detrás hasta que se topó un muro de piedra, apoyó las manos contra él y de dejó caer de rodillas sin aliento, bajó la cabeza y comenzó a gemir, un sonido parecido a la desesperación mezclada con el dolor de la derrota, oía la respiración del caballo pegada a ella.
   -Hola Evan.
   El señor se apeó de su montura y se agachó a su lado.
   -¿En serio creías que podías escapar?
   -No voy a volver señor –hablaba entrecortadamente con los ojos, con la boca, con el corazón herido− matadme, os lo ruego, envainad vuestra espada y dadme muerte ¡Os lo pido por favor señor! ¡Matadme! No me encerraréis lo que me queda de vida ¡Matadme por favor señor!
   -No pienso hacer tal cosa Evan, vamos a volver a casa.
  -¡No es mi casa!
   -Sí los es y ahora volvamos.
   La obligó a levantarse, la herida de su labio había vuelto a abrirse y sangraba, sacó su pañuelo y la limpió, ella lo miró con los ojos llenos de desesperanza, perdida en sus propios miedos −¿Qué te hemos hecho contigo Evan? ¿Por qué hemos tenido que llegar hasta aquí?− Lord Aldridge se sentía tan culpable de la desdicha de su esposa que en absoluto merecía, que tardaría tiempo en perdonarse.
   -No voy a volver señor.
   -Bien Evan ¿Entonces que propones?
   -Que me dejéis seguir mi camino.
   -Le prometí a tu padre…
   -¡Oh sí, lo olvidaba señor! Le prometisteis a mi padre cuidar de mí,  y lo habéis hecho, creo que ha llegado el momento de romper vuestra promesa, yo cuidaré de mi misma, no debéis preocuparos más por mí. Os libero de mi indeseable presencia.
   -Evan no lo entiendes, eres mi esposa.
   -Seguro que el rey os concede el divorcio. Además este es un matrimonio no consumado, os será mucho más fácil conseguirlo. Solo quiero seguir mi camino.
   -Me temo Evan que nuestros caminos son los mismos. Así lo juramos ante Dios. Y ahora debemos irnos.
   -No pienso hacer tal cosa.
   -Lo harás.
   -No… podéis obligarme… no … −las lágrimas le impidieron continuar−
   -Evan estás agotando mi paciencia.
   -¿Queréis que vuelva a vuestra casa para que vuestro amigo pueda intentar violarme de nuevo y pegarme? –no había acabado de decirlo y ya se había arrepentido, de ninguna manera debería haber dicho aquello−
   -Nadie volverá a hacerte daño Evan, tienes mi promesa, y ahora vas a decirme quien te ha hecho esto.
   -Vos no sabéis lo que significa la humillación y el dolor, no tenéis ni idea, no me creeríais, él se ha encargado de buscarse una coartada.
   -¿Quién ha sido Evan?
   -Si os lo digo me arruinará la vida más de lo que ya lo ha hecho.
   -¿Quién ha sido?
   -Harold Almont señor, no estaba borracho, solo se montó una escena de teatro para que no recayese sobre él ninguna sospecha.
   Evangeline lloraba en silencio, sus amargas lágrimas resbalaban por sus mejillas mezclándose con la sangre que brotaba del labio, lord Aldridge la vio perdida, atemorizada, sola. Su preciosa Evan, entre todos la habían derrotado. Pero el amigo del que hablaba, moriría sin remedio, haciendo daño a Evan había firmado su sentencia de muerte.
   Cabalgaron todo el día, las riendas de Shelby las llevaba lord Aldridge, ella era cómo un reo que llevan al cadalso para cortarle la cabeza, tal era su expresión, desde aquel día y aquella noche sus vidas cambiaron para siempre.
   Esa noche compartieron habitación con dos camas pegadas la una a la otra, le enseño la llave y se la metió en un bolsillo.
   -A no ser que saltes por una ventana…
   Ella lo miró muy sería y se encontró con su sonrisa, se volvió de espaldas y comenzó a desabrocharse el vestido, luego se quitó las enaguas, las botas, las medias y se quedó con su camisa interior, se lavó en un aguamanil, la cara, el escote, las manos y se secó con un paño, se soltó el pelo y se lo peinó con los dedos recogiéndolo a un lado y se metió en la cama.
   -Hermoso espectáculo.
   Se tapó  e intentó cerrar los ojos, pero no pudo, el señor comenzó por quitarse las botas, la camisa, los pantalones, la ropa interior y se quedó completamente desnudo, ella lo veía de perfil, lavándose, el agua resbalaba por su cuerpo, su espalda ancha, sus hombros cuadrados, sus nalgas, su vientre liso, su vello púbico, se fijó en sus piernas largas, en su pene, se mojó el cabello para luego secarse su magnífico cuerpo.
  Se metió en su cama, se acomodó y le dio las buenas noches, ella respondió casi sin aliento, a esas alturas de su vida comprendía el significado del deseo, el sentimiento desbocado que provoca. Y ella acababa de experimentarlo en toda su dimensión ¿Y si…? No, si la rechazaba, que sería lo más probable, ahondaría en una herida abierta que ella no era capaz de cerrar.
   Tardó en dormirse, pensaba en lo que le había dicho al señor sobre su amigo y que no hizo ninguna pregunta, ningún comentario al respecto, nada, no sabía si era porque no le había dado la menor importancia o por que no la creía, era cómo si no la hubiese oído.
   Pero el señor si la había oído y tenía sus propios planes.
   La despertó al amanecer después de contemplarla un rato abandonada al sueño, tapada hasta la nariz y con sus cabellos desparramados por la almohada, su ojo que pasaba del morado al violeta y sus golpes que estaban empezando a cambiar de color y aun así era preciosa, su preciosa y dulce Evan. Le acarició una mejilla y ella abrió los ojos, el señor le sonreía y le hablaba bajito.
   -Es la hora de levantarte preciosa.
   Ella se incorporó despacio muerta de sueño, se frotó los ojos, retiró las ropas de la cama y se puso en pie, el señor comenzaba a vestirse, se acercó a ella y bajó la camisa de Evan hasta que sus pezones quedaron al descubierto y observó los arañazos en los que empezaban a caerse las costras, ella lo miró y se tapó, no se lo permitió, la desnudó y observó su cuerpo, tenía un moretón en un costado, dos en la espalda, uno en un muslo y varios en los brazos, fue recorriendo con los dedos cada golpe, suavemente, Evangeline miraba al suelo, su vello iba erizándose a medida que sentía los dedos de su esposo deslizarse por su piel, otra vez ese extraño vértigo en su estómago y una sensación que no sabría explicar en su vientre, le faltaba la respiración, el aliento, el calor en sus mejillas, el deseo en sus labios rojos, lord Aldridge recogió la camisa del suelo y se la puso, entonces la besó en la mejilla, tan cerca su boca del cuello de un hombre que despertaba en ella un instinto que no sabía que existiera, el poder del deseo.
   Aparte de los golpes observó sus nalgas redondas, su piel perfecta, suave sus piernas largas y rectas, su vello púbico, sus dos lunares juntos en la espalda y otro al lado del ombligo, sus pezones que ya conocía, sus senos ¡Dios era maravillosa!
   -Bien, en marcha. Dime Evan ¿Vas a intentar escapar?
   Ella lo miró muy seria, no le dio ninguna respuesta, no podía, no tenía ya aire en los pulmones.
   -Hagamos un trato, tú me prometes que no intentaras escapar y yo te prometo que no te encerraré en un convento.
   -También tenéis mazmorras o la llave de mi cuarto –consiguió decir después de soltar un largo suspiro−
   Lord Aldridge profirió una sonora carcajada.
   -De acuerdo Evan, no te encerraré en ninguna parte jamás.
   -¿Me dais vuestra palabra de caballero de honor?
   -Te doy mi palabra.
   -Yo os doy la mía.
   Se estrecharon las manos. Su pacto era indisoluble y para siempre.
   Se tranquilizó el espíritu de Evangeline, pero no podía evitar un nudo en el estómago cada vez que pensaba que debía volver a ver a Harold Almont −hijo de su puta madre− le escandalizaron sus propias palabras, debería confesarse, había cometido un pecado.
  
 Pero el pecado de lord Almont era mucho peor que el suyo y no tenía intención alguna de confesarlo. Se sabía impune ante sus amigos y ante Dios, las mujeres solo servían para una cosa, para dar placer  a los hombres cuando a ellos les conviniese. Pero Evangeline era diferente, no quería compartirla con nadie, quería que fuese solamente suya. Se la arrebataría a Alexander ¡Oh sí, el gran John Alexander! ¡El triunfador! El no tuvo que hacer nada para ser uno de los favoritos del rey, Su Majestad lo apreciaba por su sentido del honor y del deber, consiguió a las mujeres que quiso incluso se permitió el lujo de despreciar los favores de algunas de ellas, el rey Jorge le permitía vivir en sus tierras y no en la Corte, con su primer matrimonio había conseguido mucho dinero del que disfrutar, el triunfador, el bello Alexander, que se permitía la vida que le daba la gana sin tener que rendir cuentas a nadie, libre como el viento y ahora tenía aparte de Elizabeth una esposa bellísima que ni siquiera visitaba por las noches, que vida tan diferente a la suya, llevaba toda la vida arrastrándose para conseguir sus propósitos, uniéndose al enemigo, pisoteando sus principios una y otra vez jurando para luego abjurar, aliándose con los traidores para luego delatarlos y llevarse las medallas, matando incluso para llegar dónde estaba ahora, sentado a la derecha de Su Majestad, con todos los privilegios y honores. Todo el mundo lo reverenciaba, pero cuando Alexander estaba presente él desaparecía pasaba a un segundo plano, el copaba todas las atenciones y los honores, lo odiaba, lo admiraba, lo envidiaba.
   Edgar estaba triste ¿Qué rumbo había tomado el destino de Evan? ¿Quién podía haber hecho daño a la mujer que amaba? Había hablado con Clarence y éste le había explicado la triste aventura de su amiga, alguien le había golpeado con saña y seguramente intentado violarla, alguien de su entorno ¿Pero quién y por qué? Y ahora había desaparecido, solo le encontraban una explicación, estaba asustada y desesperada. La frialdad con la reaccionó Alexander ante la noticia de su desaparición no se correspondía con su carácter, alguien había osado desafiarlo y en su propia casa ¿Con qué fin? Clarence lo sabía y callaba, Edgar nada sabía y hacía todo tipo de conjeturas, Serena Lowell interrogaba a Harold y contestaba ella misma las preguntas, Lindsay se quejaba todo el día de sus dolores y sus vómitos y Elizabeth tenía los nervios de punta, pensaba que lo mejor es que Evangeline no volviese nunca, se ahorraba traicionar a su amante, su amor, su vida.
   El ambiente y la tensión en la casa se cortaba con un cuchillo, habían venido a divertirse y la fiesta se había convertido en un funeral. Todos esperaban noticias y las horas pasaban lentas, los días en interminables jornadas, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

    Lord Aldridge, su esposa y sus hombres bordeaban Ipswich, el cansancio empezaba a hacer mella en todos ellos, sus caballos estaban exhaustos y hambrientos, decidieron hacer noche en una casa de huéspedes a las afueras de la ciudad.
   -Señor no es necesario que compartamos habitación, os he hecho una promesa.
   -No hay suficientes, siento disgustarte pero hemos de compartirla de nuevo, pero no temas soy inofensivo.
   -¿Lo sois con las demás mujeres?
   -Tú no eres cómo las demás mujeres y ahora vamos a cenar, me muero de hambre.
   Lord Aldridge iba comprendiendo el carácter de su esposa, si se la trataba con cariño, razonando los porqués se conseguían las cosas, suponía que la familia Averdeen la había educado así, recordaba la primera vez que la vio, mal vestida, mal alimentada en medio de una casa en ruinas, ella brillaba con luz propia en medio de la más absoluta decadencia, los señores Averdeen eran agradables y se les veía unidos en medio de la pobreza, así debía ser aquella familia, se querían, se respetaban y encontraban el medio para ser felices aunque viviesen en la indigencia. Y así se había criado Evan, le habían dado mucho cariño y ella lo consideraba suficiente para ser feliz.
   Comía un trozo de pollo asado con las manos, lo miró y le sonrió, la preciosa sonrisa de Evan, a veces la miraba y no podía evitar recordar que había sentido viéndose atacada, recibiendo los golpes, defendiéndose sola de un brutal ataque, entonces inconscientemente cerraba los puños, apretaba las mandíbulas y una enorme rabia recorría todas las fibras de su ser. Pero conocía a su enemigo, estaba condenado, pero él no se mancharía las manos de sangre, otros lo harían por él, lo vería en un cadalso rogando por su vida, como todos los cobardes, moriría sin dignidad tal cómo había vivido.
   Su padre le había enseñado que las personas de honor no tienen por qué tener un título nobiliario ni más o menos dinero ni posesiones, a vivir con dignidad y a morir con ella se aprende desde la cuna, un hombre que renuncia a lo que es, a sus principios y a sus más férreas convicciones por pura conveniencia, independientemente de si es campesino o señor, no vale nada, ese es el verdadero tesoro de toda persona, el más preciado de todos, la dignidad, un hombre sin ella es menos que nada.
   Después de cenar se retiraron a descansar, Evangeline consiguió papel y pluma y dibujaba en un pequeño escritorio, fuera había comenzado a llover a mares, el señor se sentó en una butaca con un libro que lo acompañaba siempre, su libro de cabecera suponía Evangeline, intentaba dibujar un cerdo por detrás mirando la luna reflejada en un charco, el cerdo se llamaba Porky y era huérfano, a sus padres ya se los habían comido y él había decidido dejar de comer para no ponerse gordo y que se lo comieran también, le pedía a la luna todas las noches que lo dejara libre en el campo que encontrase una cerdita hermosa y compartiesen su vida y tuvieran muchos cerditos, pero el dibujo por más que lo repetía le salía fatal, no acababa de parecerse a un cerdo.
   -Milord ¿Sabríais dibujar un cerdo?
   -¿Dibujar un cerdo? ¡Vaya! Sorprendente pregunta.
   -Es que no lo consigo, no se parece a un cerdo.
   -¿Y a qué se parece?
   -Pues no sabría deciros, yo creo que se parece más a un jabalí.
   -Bueno no son muy diferentes.
   -Lo sé, pero el personaje de mi cuento es un cerdito no un jabalí, los jabalíes son muy feos.
   -¿Consideras a los cerdos animales hermosos Evan?
   -¡Oh sí milord! En la feria de Stroud Castle hay un concurso todos los años, a las cerdas las bañan les ponen lazos y a los cerdos condecoraciones y algunos llevan aros en la nariz, son hermosos.
   -Bueno en la Corte hay muchos así.
   La carcajada limpia y sincera de Evan era contagiosa, acabó por reírse lord Aldridge.
   -¿Y cerdas con lazos señor?
   -Muchas también.
   Volvió a reírse con ganas. Lord Aldridge pensaba al verla que en su corazón herido todavía quedaba sitio para la alegría.
   -Bien, veamos ese cerdo.
    Se levantó y se inclinó detrás de ella, podía oler el cabello de Evangeline, olía como el campo, a espliego y a tierra mojada.
   -¿Y dices que se parece más a un jabalí?
   -Sí señor.
   -Pues yo no reconocería a ninguno de los dos a no ser por el rabo, es lo único que te ha salido bien.
   Evangeline notaba el aliento cálido de su esposo en su cuello, demasiado cerca de la tentación de volver la cabeza y dejar que la besara, cogió la pluma y con trazos rápidos dibujó un cerdo.
   -¿Te gusta así?
   -¡Ooooooh es maravilloso!
   -¿Qué le pide a la luna?
   -Que lo libere de su cuadra, quiere ser libre en el campo que no se lo coman como a sus padres y a sus hermanos, por eso se niega a comer, cree que así no les servirá de alimento y no lo sacrificarán.
   -¿Qué le pide a cambio la luna?
   -Nada señor.
   -Eso no es posible, incluso en los cuentos, que siempre acaban bien, tu cerdo tendrá que hacer alguna concesión a cambio de su libertad. La libertad jamás es gratis.
   Volvió un poco la cabeza, veía sus labios sonreír, su olor a cuero y a campo, le costaba respirar, el vértigo subía hasta su garganta, hasta las sienes después y llegó hasta su corazón.
   -No lo sé… bueno… yo…
   -¿Qué le darías a la luna a cambio de tu libertad?
   Evangeline intentaba pensar pero a duras penas podía, sus pensamientos estaban lejos de la luna y su cerdito, estaban muy próximos a la cama que tenía delante y si…
   -No lo sé, quizás…
   -Quizás la luna es Mefisto y a cambio debes darle tu vida cuando te la pida, él consigue para ti lo que más anhelas y tú a cambio le venderás tu alma, desde ese momento le perteneces pero el problema es ¿Sabrás disfrutar de lo que te ha concedido sabiendo que en cualquier momento vendrá a buscarte? El engaño es perfecto.
   Puso una mano sobre su rostro y la giró suavemente hacia él, besó sus labios.
   -El gran Mefistófeles, el cazador de las almas dubitativas.
   Y volvió a besarla, Evangeline cerró los ojos y dejó que su cuerpo sintiera el placer que provoca conseguir un deseo, quería más y no sabía cómo pedirlo.
Ella acercó su boca a la de lord Aldridge esperando una respuesta, sus labios entreabiertos, húmedos, tentadores.
   Lord Aldridge la puso de pie suavemente y besó sus ojos.
   -¿Necesitas ayuda para quitarte el vestido? −le susurró al oído−
   Ella dijo sí con la cabeza, se puso detrás de ella y las manos del señor comenzaron a desatar las cintas de su vestido lo dejó resbalar por los hombros y cayó al suelo, acarició sus brazos desnudos, su cuello cálido, la piel suave y caliente de Evangeline, lo besó deslizando su boca hasta los hombros, ella respiraba con todo el deseo concentrado en su vientre, el señor le dio la vuelta tomó su rostro entre las manos y la besó con toda la pasión del mundo, le besó la boca con la lengua, recorrió los labios de Evangeline con los suyos, se agachó delante de ella y comenzó a subir las manos por sus piernas, desató los lazos que le sujetaban las medias, no llevaba nada más debajo de la camisa que su piel ¡Dios la piel de Evan! Sus labios, su mirada, hizo una coleta en sus cabellos con una de las cintas de las medias y dejó resbalar la camisa hasta la cintura, acarició sus senos con el dorso de las manos y Evangeline quería morirse, él comenzó a desnudarse despacio, la tumbó en la cama, se besaron una y otra vez, sintió sus manos subir por los muslos hasta las caderas y sus dedos acariciar su sexo, caliente, húmedo, le gustaba, lo deseaba, lord Aldridge jadeaba de deseo, el pene del hombre con el que su padre la había casado entró en ella, le dolía y le gustaba, lo deseaba  y le dolía, hasta que algo se rompió dentro de Evangeline y gritó, el semen de su esposo se derramó dentro de ella.
    La besó con infinita ternura.
   -Solo duele la primera vez.
   Se durmieron abrazados en una cama deshecha y así amanecieron, entre las sábanas manchadas de sangre y semen, una cama que Evangeline jamás olvidaría.
   Se asearon y se pusieron en marcha.
   -Señor iré andando.
   -¿No es un buen día para montar eh?
   Ella negó con la cabeza, le dolía el sexo, hasta le costaba caminar. Intentaba no mirarlo, lo que había pasado entre ellos la noche anterior le daba cierta vergüenza. Ahora entendía porque le gustaba tanto a los hombres y a las mujeres compartir el placer y no imaginaba que el señor fuese tan apasionado, se excitase tanto acariciándola, besándola y poseyéndola.
   El señor tampoco imaginaba que ella se entregase sin reservas, dulce y preciosa, era como un bollo recién hecho, calentito, suave y delicioso. Sí, ella era un bollo de relleno de nata bañado en chocolate.
   -¿Vas a ir andando hasta Eastrock? Ven sube.
    La sentó en su caballo entre sus  brazos con las piernas juntas hacia un lado y así llegaron al castillo al anochecer, cabalgando juntos, pegados el uno al otro disfrutando del momento de sentirse tan cerca mientras contemplaban los campos, los almendros y los álamos, volvía a casa y a medida que se acercaban el temor se apoderaba de ella.
   -No temas nada Evan, yo te protegeré, desde esta noche dormirás en ni cuarto.
   -No me dejéis sola por favor.
   -No lo haré Evan, tienes mi palabra.
   -Gracias milord.
   Sus amigos cenaban, se levantaron todos a la vez cuando vieron aparecer a lord Aldridge.
   -¡Alexander! ¿Qué ha pasado? ¿La has encontrado? −Serena fue la primera en preguntar−
   -¡Querido amigo! ¡Qué alegría volver a verte! Por tu cara veo que traes buenas noticias –Harold le dio un abrazo−
   Clarence y Edgar esperaron su turno para saludar a su buen amigo.
   -¿La traes contigo?
   -Sí Edgar, la he encontrado.
   -Esto se merece un brindis ¿Cómo está Evan?
   -Cansada querido Clarence pero bien, afortunadamente.
   Todos respiraron aliviados, la aventura de Evangeline había acabado y se encontraba bien.
   -Bien amigos estoy hambriento y tengo sed de vino ¿Nos sentamos?
   -¿Evan no cena con nosotros?
   -Ahora vendrá Harold.
   Alice lloró de felicidad cuando vio de nuevo a su querida señora, nada pudo decirle en un rato, la emoción del momento no se lo permitía. Ya sabía toda la casa que lady Evangeline había vuelto sana y salva, a la señora Bread le flaqueaban las piernas y le temblaban las manos, su señora estaba bien, creyó que no volvería a verla. Y a Elizabeth  su doncella le dio la peor noticia, ella estaba de nuevo en casa.
   Evangeline se lavó y se cambió de ropa, ensimismada en sus pensamientos no parecía enterarse de que Alice por fin le hablaba. Se puso un vestido de terciopelo granate y las joyas a juego, se recogió el cabello y se fue al comedor con pasos indecisos.
   -Bienvenida milady.
   -Gracias señor Brandon.
  Cuando entró al comedor todos se la quedaron mirando, Serena y Edgar los únicos que no la habían visto después de su caída por la escalera, se quedaron de piedra, los estragos eran todavía visibles en su rostro pero algo en su expresión había cambiado, su mirada no era la misma, algo… algo había cambiado en el bellísimo rostro de Evan.
   Durante la cena nadie hacía preguntas, Evangeline parecía estar en otra parte, alejada de las conversaciones y de los comentarios, comía y bebía sin mirar a nadie, se retiró después de la cena, estaba cansada, dio las buenas noches a todos y desapareció.
   Lord Aldridge fue a visitar a Elizabeth, la encontró desmejorada.
   -¿Te encuentras bien?
   -¡Oh sí Alexander! ¡Me alegro tanto de volver a veros! ¿Cómo está vuestra esposa?
   -Bien.
   -¿Os quedareis esta noche conmigo?
   -No Elizabeth, me voy a mi cuarto.
   -¿Ella os espera?
   -No es asunto tuyo, ya sabes que no discuto contigo mi vida privada.
   -Perdonadme, os lo ruego, no quería incomodaros.
   -Buenas noches Elizabeth.
   -Buenas noches Alexander.
   Había perdido aquella maldita partida, amaba a su esposa, lo supo desde el primer momento en que volvió a verlo después de su boda, sus noches ya no eran como antes, ni sus exigencias a la hora de pedirle sus favores sexuales, sencillamente hacía el amor con ella por una pura y simple necesidad fisiológica, nada más. Aquellas noches de amor y excesos habían pasado a la historia, ya no la necesitaba ¿Qué sería de su vida de ahora en adelante? Solo le quedaba una salida, confesarle los planes de Harold y que fuese lo que Dios quisiera.
  
   Edgar se fue a Ipswich debía volver a ocuparse de sus asuntos, Evangeline tuvo que prometerle que no haría más locuras, que le escribiría con frecuencia y que lo visitaría en la ciudad. Clarence volvió a enfrascarse en sus plantas en casa de su padre, se debían una conversación, ella seguía sintiendo un cariño muy especial por su amigo atormentado, llegaría el tiempo de hablar.
   Paseaba a Helen en brazos mientras le contaba un cuento por el patio del castillo cuando oyó la voz de Harold a sus espaldas.
   -Hola preciosa Evan.
   Se volvió y se retiró tres pasos hacia atrás.
   -No os acerquéis a mi señor.
   -Observo que ahora compartes la cama con tu esposo pequeña zorra.
   -Iros señor o empezaré a gritar.
   -No harás tal cosa, solo harás lo que yo te diga.
   -Si volvéis a acercaros a mi os mato.
   -¿En serio?
   -Por supuesto que hablo en serio señor.
   -Me gusta el reto ¿Llevas un cuchillo escondido en las medias?
   Evangeline abrazó a la niña y se fue con paso rápido de allí, lord Aldridge vio desde una ventana la escena que acababa de suceder, el miedo de su esposa y la sonrisa de cerdo de su “querido amigo”.

   Esa noche lord Aldridge desnudó a su esposa y recorrió con la lengua el cuerpo de nata de Evangeline, con la boca besó todos los rincones de la piel  de una mujer que deseaba más que a nada en el mundo, la invitó a hacer lo mismo y ella lo hizo para deslizarse luego entre sus piernas y oír los gemidos del pan recién hecho confundidos con los suyos, hasta que se sacudió el cuerpo de Evangeline en medio de un placer que no sospechaba que existiera, tuvo su primer orgasmo y no sabía que eso se llamaba así, que tenía un nombre y que secaba la boca y que llenaba las venas, los músculos, el corazón y el alma de espuma blanca del mar cuando choca contra las rocas.
   -Eres preciosa Evan.
   -Gracias milord.
   Seguía estremeciéndose sin poder controlarse, era algo superior a ella lo que le había ocurrido, besó al señor con la lengua.
   -¿Puedo besaros cuando quiera?
   -Podemos hacer lo que quieras cuando tú quieras.
   La sonrisa de Evan, un privilegio, una inmensa suerte, el placer después del placer, la vida y la muerte, el cielo y la tierra. Por fin había conseguido que su esposa viniese a él libremente, ya no podría vivir sin ella.

   -Mi querido amigo Harold, voy a echarte de menos.
   -Y yo a ti Alexander, pero nos veremos pronto, ahora debo volver a Londres, tengo asuntos pendientes en la Corte, el rey me espera.
   -Serena, hasta la próxima, cuídate.
   -Lo haré querido amigo. Adiós Evan y recuerda que me prometiste una visita.
   -Lo haré Serena, buen viaje y hasta pronto.
   Harold se acercó a Evan, cogió su mano y la besó.
   -Adiós preciosa Evan, mejor un hasta luego, nos veremos pronto.
   La reacción de Evangeline fue de alivio, un suspiro se escapó de sus labios cuando se despidió del cerdo que tenía delante. Ojalá sus caminos no volvieran a cruzarse jamás, si se atrevía a volver a tocarla lo mataría sin importar las consecuencias.

   La vida volvió a la calma, a la rutina de los días y a la pasión de las noches, a veces se sorprendía a sí misma sonriendo, o sonrojándose cuando se acordaba de ciertos detalles y entonces una agradable sensación se apoderaba de todo su cuerpo, de su alma enamorada. Sí, la vida podía ser un buen lugar para refugiarse cuando llovía y el mar, las olas, el campo, el hogar perfecto para compartir las ilusiones.
   Así acababa aquel verano cálido, de brisas suaves que traía el mar hasta su alma, los días eran ya más cortos, las noches más frías, pero aquellos vientos favorables le reportaron la belleza que se escondía dentro de ella como una revelación que lord Aldridge iba descubriendo en una mujer que le había regalado el destino, Evangeline, el pan caliente, el alimento de sus días, el calor de sus noches, el amor de su vida.

Escribía una mañana en la biblioteca una carta a su querida familia Averdeen, les preguntaba si habían recibido las doscientas libras que les había enviado,  les contaba que vivía tranquila y feliz en su nueva casa, que no había sido fácil adaptarse y que todavía la maternidad no había llamado a sus puertas, pero estaba convencida que un día u otro les daría la feliz noticia, lo deseaba ardientemente verse en el futuro rodeada de sus hijos y quererlos muchísimo, tal como había aprendido de ellos. Deseándole toda la buenaventura del mundo se despedía de su querida familia prometiéndoles que se verían pronto.
   -Buenos días Evangeline.
   Se sorprendió al ver en el medio de la estancia a Elizabeth, no la había oído entrar.
   -¿Interrumpo vuestra tarea?
   -No.. buenos días… lo siento no os he oído entrar.
   -Hace un día precioso.
   -Sí, cierto.
   -¿Puedo hablaros Evangeline?
   -Sí.
   -Veréis el asunto del que voy a hablaros es sumamente delicado, os preguntareis sin duda el porqué de mi decisión de relataros ciertos hechos, lo hago solamente por un motivo, para que sepáis quien es vuestro enemigo y hasta dónde puede llegar. Me refiero a Harold Almont.
   -¿Por qué querríais ayudarme?
   -Por dos razones, por vos y por mí. Espero que guardéis este secreto, confío en vos Evan. No os conviene que vuestro esposo lo sepa, no de momento.
   -No… no entiendo…
   -Lord Almont, que por cierto conozco hace tiempo, me ha pedido un favor muy especial, que yo os convenza para que os entreguéis a él, si no lo hago me acusará de haber intentado mataros y tiene poder para hacerlo creedme cuando os digo que su inmunidad y el poder del que goza en la Corte harán que mi cabeza ruede por un patíbulo. Guardaos de él querida Evan, es el diablo.
   -¿Esto no lo sabe Alexander?
   -No, por supuesto que no, por eso debéis guardarme el secreto, si llega a oídos de lord Almont que os lo he dicho mis días estarán contados.
   -¡Oh Dios mío!
   -Se lo que os hizo y os diré otra cosa, su deseo de teneros para él, de arrebatarle a Alexander lo que es suyo no lo detendrá ante nada, debéis ser más lista que él, hacedle creer que sois suya y podréis ganarle la partida. Y ahora si me permitís he de retirarme, pensadlo bien y si me necesitáis ya sabéis dónde encontrarme.
   -¿Por qué me prevenís Elizabeth?
   -Porque Alexander os ama y es mi amor por él lo que hace que intente protegeros, no sería feliz sin vos y yo no sería feliz si él no lo es.
   Evangeline se quedó en el mismo sitio toda la mañana intentando encajar las piezas de un puzzle envenenado, Harold le había pedido que la convenciera para que se entregase a él y le aconsejaba que así se lo hiciera creer, un juego peligroso y con un final incierto ¿Algo se le escapaba? ¿Por qué la amante de su marido la prevenía? Si ella le hacía creer a Harold que sería suya dejaba la puerta abierta a las dudas si Alexander se enteraba de su juego perverso, podía creer que era cierto y sería su cabeza la que rodase en un cadalso, así lo tendría siempre para ella.

    Esa noche lord Aldridge tardó un buen rato en subir a su habitación, lo esperó hasta que se quedó dormida y cuando se despertó por la mañana él ya se había levantado, no sería madre todavía, su regla puntual cada veintiocho días se lo anunciaba. Mejor así, no era un buen momento.
   -Milord permitidme que os diga que vuestra esposa ha gastado mucho más dinero del que su asignación le permite.
   -¿Cuánto más señor Tanner?
   -Ha gastado trescientas libras milord.
   -Gracias señor Tanner, podéis retiraros.
   -Milord.
   Lord Aldridge suponía en que se gastaba el dinero su esposa, no lo gastaba en joyas ni en caballos ni en vestidos, con lo que tenía para ella era suficiente, ese dinero iba directamente a la familia Averdeen, les estaba procurando una vida mejor, se lo debía. Y era su dinero.
   -Señora Clawson dígale a mi esposa que venga.
   -Enseguida milord.
   Evangeline había descubierto que en la torre de vigilancia que daba al norte, subiendo las empinadas escaleras de madera se llegaba al punto más alto del castillo, allí se asomaba apoyando los codos en el alfeizar de la ventana esculpida en la piedra, el espectáculo era soberbio, era como hallarse en la cima del mundo con el mar a sus pies, los acantilados verdes, infinitos de la costa de Suffolck aparecían debajo de sus ojos en todo su esplendor, toda la belleza y el viento acariciando su rostro y sus cabellos, cerraba los ojos y soñaba que el mundo era un lugar mejor en el que nada pasaba, solo el transcurrir de los días tranquilos.
   -No la encuentro milord.
   -¿En serio señora Clawson?
   -Si milord, siento decírselo.
   -Bien, puede retirarse.
  Se había producido un cambio es su esposa, volvía a encerrase en sí misma, exactamente igual que al principio de su llegada, vagaba sola por las almenas, horas enteras en la biblioteca a veces la encontraba abrazando a su gato con los ojos llorosos y la respuesta a su pregunta era siempre la misma –nada milord− y no era capaz de arrancarle el por qué se su pena. Demasiado sola tal vez, suponía que la agresión que había sufrido y que él no volviese a hablar del tema la preocupaba, pero no iba a contarle sus planes, en eso y sin que el uno supiera lo que el otro pensaba estaban de acuerdo en una cosa, con paciencia e inteligencia ganarían al enemigo. La astucia era sin duda el mejor aliado para salir vencedor de una contienda, se lo había enseñado el almirante Lougthy. Quizás debería hablar con ella de todo esto, pero no quería estropear sus ratos a solas, hablaban de mil cosas a veces estaban de acuerdo otras no y como no amarla desnuda, entregada a él, preciosa, excitada entregándole sus labios, su boca, haciendo el amor encima de él, con la cabeza hacía atrás, sus pezones rosa subiendo y bajando al compás de sus movimientos, sus abrazos después, su aliento cálido, su olor a campo y a mar, su pan recién hecho, su bellísima Evan.
   -¡Vaya estás aquí!
   La encontró por los pasillos del castillo admirando un cuadro que representaba una escena de caza,  los perros con las perdices entre los dientes y los cazadores en sus monturas con el mar al fondo.
   -¿Puedo preguntar, si no es indiscreción por mi parte, dónde estabas?
   -Contemplando el mar señor.
   -¡Oh claro! ¿Desde tu torre de vigía? Sabes Evan, contigo está segura toda Inglaterra, si los españoles, los franceses o los portugueses decidieran atacarnos tú serías la primera en saberlo, salvarías muchas vidas, deberían condecorarte por el gran servicio que prestas a la patria. Sígueme.
   Llegaron a su despacho y le hizo una seña para que se sentara, así lo hizo Evangeline, cada vez que el señor la sentaba delante de su mesa nunca era para nada bueno. Cruzó las manos en el regazo, bajó la mirada, respiró hondo y se dispuso a escuchar la reprimenda correspondiente.
   -Me dice el señor Tanner que has gastado mucho dinero últimamente ¿En qué exactamente Evan?
   -Se lo he dado a la familia Averdeen. Todo lo que he gastado de más no lo pediré hasta que esté al día en mis cuentas ¿Puedo irme ya milord?
   -No, segunda cuestión ¿Qué te ocurre exactamente Evan? Y no admito un nada milord por respuesta.
  Evangeline se quedó callada mirando sus manos que se retorcían nerviosas en su regazo.
   -Te he hecho una pregunta y mírame cuando te hablo.
   Levantó la mirada y se encontró con la de su esposo, dura, implacable.
   -No ocurre nada milord.
   -Evan si vas a mentir aprende primero a hacerlo, esa frase “no ocurre nada milord” cuando en realidad sí te ocurre algo, tú sabrás por que no quieres hablar de ello ¿Qué te preocupa Evan?
   Lord Aldridge esperó impaciente la respuesta de su esposa.
   -¿Te he hecho una pregunta Evan?
   Respiró hondo, levantó la mirada y comenzó a hablar.
   -Creo que vos no lo entenderíais milord.
   -¿Por qué no lo intentas? Puede que te sorprendas.
   -Yo… veréis milord… no entiendo… bueno yo no entiendo…
   -¿Qué es lo que no entiendes?
   -Vuestra relación con Elizabeth, ella os ama y sé que la visitáis algunas noches, vais a decirme que no es asunto mío, pero sí lo es, yo debo compartiros con vuestra amante bajo el mismo techo y nunca he dicho nada al respecto pero …
   -¿Pero?
   -Ella… ella es… os ama… y yo no sé qué lugar ocupo en todo esto.
   -El tú has querido ocupar Evan, yo no te he obligado a nada.
   -No os entiendo milord.
   -Yo a ti tampoco ¿Qué quieres? ¿Qué eche a Elizabeth de esta casa?
   -Sé que no lo haríais, antes que ella supongo que sería yo la que tendría que irme, no quiero vivir entre personas que no comprendo.
   -¿Qué es lo que no comprendes? No me gustan las adivinanzas, habla claro.
   -No comprendo porque vuestro amigo quiere que sea suya a cualquier precio, que vos no le halláis dado importancia al hecho de que me agrediese e intentase… que vuestra amante lo sepa, lo respalde y que yo acceda a los deseos de un hombre abominable para que ella pueda quedarse con vos y dejarme a mí fuera de su territorio, que todos jueguen conmigo como si fuese una marioneta y que a vos no os preocupe en absoluto. Yo solo pretendo vivir entre personas que me quieren, no entre manipuladores y juegos sucios.
   -Bien Evan, puedes irte.
   Se levantó y se fue, lord Aldrdige se levantó también y se acercó a la ventana, miraba fijamente el mar pensando en lo que pasaba en su casa, hablaría con Elizabeth, ella tenía muchas cosas que contarle.

 Evangeline fue a despedirse de Clarence, pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a verse, preparaba un viaje a la selva del Amazonas tardaría un año más o menos en volver, se iba en busca de plantas e insectos raros para estudiarlos.
   -Clarence debo pedirte perdón.
   -No querida Evan, nada tengo que perdonarte.
   -Tú me dijiste que confiase en Alexander y no te hice caso, tenías razón, estaba tan asustada, desesperada que no atendía a razones, te aprecio muchísimo, quiero desearte lo mejor en tu viaje y en la vida, voy a echarte de menos ¿Me escribirás alguna vez?
   -Claro que sí, cuídate mucho y no hagas locuras ¿Me lo prometes? ¿Me prometes pensar las cosas a conciencia antes de hacerlas? ¿Qué analizarás las consecuencias de tus actos?
   -Lo prometo.
   -Yo también te echaré de menos, dejo aquí a mis amigos por un tiempo y a mi querido Herbert, si algún día necesitas algo confía en él.
   -Lo haré, te deseo la mejor de las suertes en tu viaje.
   -Voy a darte las señas de un buen amigo en Londres, cuando vayas a la ciudad vete a visitarlo, no te arrepentirás, es todo un personaje, llévale esta carta de mi parte y lo que necesites no dudes en pedírselo, es un hombre generoso en sus afectos.
   Se dieron un cálido abrazo.

Lord  Aldridge no bajó al comedor, Evangeline cenó sola y triste en aquella mesa enorme, cuando acabó se retiró a su cuarto, se sentó en la alfombra delante de la chimenea y se quedó mirando el fuego pensando en que las consecuencias que tendría para ella el haberle dicho a su esposo la verdad sobre lo que la inquietaba, aquel tiempo de felicidad para ambos había acabado, así lo creía firmemente Evangeline, lo que Elizabeth le había dicho ahora y no antes tenía una explicación, se daba cuenta que perdía a Alexander y decidió jugar su última baza, retirar a Evangeline de la partida.

Alexander Aldridge cenaba con su amante, pero no fue una velada agradable para ninguno de los dos.
   -Dime Elizabeth ¿Crees sinceramente que soy estúpido?
   La pilló por sorpresa, la expresión de su rostro lo decía todo.
   -En absoluto Alexander, me sorprende vuestra pregunta.
   -Y a mí tu respuesta. No me subestimes Elizabeth, saldrás perdiendo.
   -Lo sé Alexander, los que aman siempre salen perdiendo.
   -¿Qué pretendéis exactamente Harold y tú con respecto a Evangeline? ¿Cuándo y por qué te has aliado con un indeseable? Habla claro Elizabeth, esto no es una broma, en mi casa mando yo y me gusta estar enterado de lo que ocurre a mi alrededor y creo que tú sabes muchas cosas que debería saber y no sé. Empieza por el principio.
   Y Elizabeth empezó por el principio, no se dejó nada en el tintero.
   -¿Por qué no me lo dijiste a mí y por qué se lo cuentas a Evangeline? ¿Para ponerla sobre aviso de qué y sobretodo con qué intención Elizabeth? ¿Por qué ahora?
   -Estaba asustada, tenía miedo de que no me creyeseis entonces Alexander, los insultos y las amenazas que profirió contra mí iban en serio, mi vida estaba en juego. Pero ahora es diferente, sé que pronto iréis a Londres como todos los años, solo quería ponerla sobre aviso de las intenciones de Harold, está dispuesto a conseguirla a cualquier precio, arrebatárosla y triunfar sobre vos.
   -No se lo permitiré jamás, pero eso él no lo sabe.

Evangeline contemplaba el mar embravecido chocar contra los acantilados con tanta fuerza que parecía querer derrumbarlos, se reflejaban los rayos de la tormenta en el horizonte no sabría decir Evangeline si salían del mar o acababan hundiéndose en él.
   -Hola Evan ¿Vigilando desde tu atalaya?
   -¡Oh milord! No os he oído llegar.
   -Dentro de una semana partimos a Londres. No te preocupes por nada Evan, estarás a mi lado, no dejaré que nada te pase. Te amo, no lo olvides nunca.
   -Yo os amo milord, con tanta fuerza que a veces me duele, os deseo y os necesito, no me dejéis nunca, no me abandonéis a mi suerte, sin vos la vida no tendría sentido.
   Se amaron en medio del viento y de la tempestad, ella sentada encima de su esposo, medio desnuda, con los cabellos a merced del aire cargado de sal del mar, preciosa, apasionada y feliz.

Partieron hacia la capital del reino de Inglaterra, volvía a su ciudad natal después de ocho años, cuantos recuerdos, buenos algunos y no tan buenos otros. Se le ocurrió preguntar a su esposo dónde se alojarían y su respuesta fue un alivio, en una casa en el centro de la ciudad heredada de su abuelo, la cuidaban a diario dos personas y se encargaban de contratar el servicio mientras él permanecía en Londres. No era muy grande pero muy acogedora.
   Llegaron por fin, después de un largo y lluvioso viaje a su ciudad querida, había cambiado mucho en tan poco tiempo, se había convertido en la capital más poblada del mundo, había rebasado en número de habitantes a París e incluso a Constantinopla, setecientas mil almas compartían aquel pedazo del mundo.
   Le encantó a Evangeline la casita, era coqueta y acogedora, estaba caldeada y perfectamente cuidada y ordenada, estaba situada en la calle Thames, muy cerca de la torre de Londres, flanqueada por dos edificios más altos de construcción más reciente y en la parte de atrás tenía un pequeño jardín rodeado de muros de piedra dónde crecía la hiedra y pegado a otro edificio más alto que pertenecía a una dama francesa, según le explicaba el señor Brandon mientras le iba mostrando su nueva casa.
   Por fin pudo darse un buen baño y dormir en una cama caliente y mullida, Alice que también había viajado con ellos, no podía creer que por fin iba a dormir una cama como Dios manda le decía a su señora, porque si ellos dormían en camas de dudosa comodidad durante los viajes, los sirvientes corrían peor suerte.
   Evangeline dedicó el día siguiente a recorrer las calles de su infancia, su antigua casa que ahora la habían remodelado y pintado, parecía otra, cuantos recuerdos y que lejano le parecía aquel tiempo con su ama esperando siempre a un padre que nunca venía ¿Seguirían colgados de las paredes los lienzos que su madre pintaba? ¿Los poemas de su madre  estarían todavía en aquella carpeta verde dónde ella los guardaba? ¿Dónde quedaba el tiempo de una infancia solitaria? ¿Y qué habría sido de su ama, la mujer que la cuidó y la quiso como una hija?
   Comenzaba el mes de noviembre y con él las sesiones del Parlamento, se requería a todos los nobles de Inglaterra para tomar las decisiones que afectarían a todos los habitantes del reino. Fue a visitar a Thomas, se estaba convirtiendo en un hombre con un asombroso parecido a su padre, se notaba en la pasión con la que hablaba de sus estudios y a los que dedicaba muchas horas al día, que llegaría lejos, se convertiría en un excelente profesional de la medicina. Le dio un dinero para sus gastos, sabía que se lo gastaría en libros, en eso también se parecía a su padre. Le fascinaban los tratados sobre medicina antigua. Se visitarían a menudo mientras ella permaneciese en Londres. Tenían muchas cosas que contarse y muchos recuerdos que compartir.
   Y la mejor de las visitas, a su querida Grace, lloraron las dos, se abrazaron mil veces y otras mil veces volvieron besarse, hablaron durante horas, se hizo de noche y allí seguían las dos, hasta que Brian interrumpió la charla cuando llegó a su casa.

   Alexander estaba todo el día en el Parlamento. Pertenecía a los tories, seguidores de la reforma del parlamento llevado a cabo por Robert Peel que en 1.834 llevó a cabo una reforma social conservando los aspectos positivos de los derechos de los terratenientes, conservadores o tories, dos términos con un solo significado. Eran tiempos convulsos para Inglaterra, la enfermedad del Rey lo mantenía apartado de los asuntos de la corona, en su lugar el primer Ministro sir Alfred Dunkeld ocupaba el lugar del monarca. Intentaban evitar una guerra contra España, después de haber perdido las colonias en América, no querían arriesgarse a perder las que les quedaban en el resto del mundo. Otra guerra podía ser devastadora para los intereses del reino de Inglaterra.

   Su primera fiesta fue en casa de Bradley Foster, el amigo de Clarence que resultó ser un vividor, se dedicaba a gastar dinero y a divertirse. Hijo de un diplomático de la corte del rey Jorge II, abuelo del actual rey y de una acaudalada dama irlandesa había nacido en Paris, su padre ejerció su cargo durante años en la capital de Francia, vivió en la ciudad del Sena hasta los trece años y allí perdió la inocencia y ganó en sabiduría sobre la vida cortesana, la enfermedad de su padre los hizo volver antes de lo que a él le hubiese gustado.
    Ocupaba una enorme vivienda en la calle Oxford, la casa era herencia de su padre y el dinero de su madre le regalaba una vida que vivía intensamente, conocía a todo el mundo que tuviese algo que contar, actores, poetas, escritores, parlanchines divertidos, mujeres inteligentes y cultas, pintores y hasta malabaristas. Su casa era un enorme teatro en la que tenía cabida una buena parte de la vida social y cultural londinense.
   -Querida Evan, tienes pinta de mojigata, quizás en tu pueblo seas la reina pero aquí nos gustan las mujeres un poco más atrevidas.
   -¿En qué sentido?
   -En todos los sentidos querida, vivir o morir de aburrimiento, tú eliges, eso sí, si decides seguir el camino recto el aburrimiento está garantizado, si decides vivir en la senda de los pecadores quizás vayas al infierno de cabeza pero habrás conocido todos los placeres incluso los que no sabes que existen.
Quédate esta noche y comprobarás lo que hay más allá de tu pueblo.
   -Le enviaré una nota a mi esposo.
   -No creo que a él le gusten mis fiestas, así que cuanto menos sepa mejor, digamos que aquí vas a conocer la otra cara del mundo, mi amigo Clarence me dice que todavía te queda mucho por ver y aprender. Y aquí querida Evan los escotes son un poco más atrevidos, enseña un poco más de tus encantos, sin miedo querida. Conozco a un sastre que hará que tus vestidos sean la envidia de toda la cuidad ¡Que digo de toda la cuidad! ¡De toda Inglaterra! Mañana lo visitaremos.
   En aquella velada conoció a los más diversos y dispares personajes, actores de teatro, intelectuales, artistas, mujeres inteligentes y divertidas sin ninguna norma de comportamiento al menos entre aquellas paredes, decían lo que se les antojaba sin sonrojarse, cada cosa que se decía era digna de un brindis, Evangeline se estaba divirtiendo como nunca en su vida pero le faltaba por conocer al personaje por excelencia, Margueritte du Mercier, condesa de Fortescue.
   -Queridos amigos, sois un atajo de cabrones, pero os adoro.
   Todos alzaron sus copas y saludaron a la mujer más extravagante que había visto en su vida.
   -¡Larga vida a tus queridos cabrones!
   Evangeline miraba fascinada a aquella mujer, sus ropas, su peluca, el maquillaje, si todo eso de lo ponía cualquier mujer parecería incluso vulgar pero en ella era simplemente excepcional, como su persona. Hablaba perfectamente inglés con acento francés, mezclaba en sus frases expresiones francesas que todo el mundo parecía entender. Era mágica y a pesar de no ser ya muy joven cualquier hombre moriría por ella, por su compañía y sobre todo por la sabiduría que la que hacía gala y se vanagloriaba de ello. Una mujer que había vivido con todas las consecuencias.
   -¡No me lo puedo creer Bradley! Tienes sentada a tu mesa a mi nueva vecina, te he visto en el jardín, la parte de atrás de mi casa da a tu pequeña parcela verde querida, si algún día necesitas huir de algo o de alguien trepa por el muro, dejaré siempre una ventana abierta. Imagino que eres la nueva esposa de mi apuesto y bellísimo vecino.
   -Sí madame.
   -Decidle de mi parte que tiene un gusto exquisito.
   -Gracias madame.
   -Llámame Margue querida y bájate ese escote, no querrás parecer una monja ¿Puedo preguntar qué extraño azar te condujo hasta esta casa?
   -Tenemos un amigo en común querida Margue, Clarence Blumer –Bradley levanto su copa a la vez que le explicaba el porqué de la visita de Evangeline−
   -¡Por Clarence Blumer y sus extrañas plantas!
   -¡Por la botánica!
   Aquella noche Evangeline probó el cannabis otra extraña planta que se fumaba y que producía una sensación de bienestar y le parecía flotar en el aire, perdió la noción del tiempo, representaron una obra de teatro y a ella le tocó el papel de cortesana, se rio tanto interpretando, por cierto fatal, a una mujer tan diferente a ella que acabó arrodillada en el suelo agarrándose el estómago con las manos sin poder contener las carcajadas. No se había divertido tanto en su vida.
   Llegó a casa tardísimo, lord Aldridge la esperaba preocupado.
   -¿Puedo preguntar de dónde vienes a estas horas y en este estado?
   -De la fiesta en casa del amigo de Clarence. Estoy bien milord.
   -Lo dudo Evan, no eres capaz de andar en línea recta y tus ojos brillan como si fueran dos lámparas de aceite.
   Tuvo que ayudarla a quitarse el vestido, ella no era capaz, se metió en la cama con el collar y los pendientes puestos, también tuvo que quitárselos lord Aldridge y las horquillas de sus cabellos, ella abrió los ojos y se quitó la camisa, se destapó y le ofreció su cuerpo, cada caricia que su esposo le regalaba a lo largo de su cuerpo parecía multiplicarse el efecto por cien, su piel absolutamente sensible a los dedos de lord Aldridge la excitaban como nunca, acabó con un orgasmo interminable y absolutamente placentero con los dedos de su esposo dentro de su vagina. Ella supo compensárselo, recorrió con la lengua su pene, se lo introdujo en la boca hasta que sintió el semen resbalar por su barbilla.
   -Evan, creo que deberías de ir más a menudo a las fiestas de tu nuevo amigo. Pero tienes que volver así siempre.
   -Os lo prometo milord.
  Y se quedó profundamente dormida, desnuda, preciosa, abandonada al sueño con una sonrisa en su rostro. No sabría explicar Alexander Aldridge cuanto y de qué forma amaba a la mujer que le había regalado el destino. Mataría por ella y por supuesto moriría Harold Almont, para llevar a cabo su plan solo necesitaba dos cosas: paciencia e inteligencia. Y en este caso le sobraban las dos cosas.

 Evangeline conoció la ópera, el teatro, la vida de Londres, disfrutaba paseando por las calles atestadas de gente, de bullicio por el día y las noches de fiestas, vino y cannabis. En la Royal Opera House de Londres se representaban las mejores óperas del mundo, las voces de los castrati italianos, maravillosas, estremecedoras, que hacían sentir que la sangre corría por las venas cargada de sentimientos hasta que la piel se erizaba y emocionaban todos los sentidos hasta el paroxismo, sí, el mundo era un lugar lleno de emociones, de vida, de sentimientos. Y ella tenía el inmenso privilegio de vivirlos.
   El teatro, ese espacio donde todo era posible, que se podía construir un mundo en unos metros cuadrados, actores capaces de hacerte reír, llorar, sentir, transportarte en el tiempo y devolverte al mundo real al final de cada función mientras aplaudía emocionada.
   Su vida había cambiado en unas semanas, ya nada volvería a ser como antes, había conocido la libertad para ser ella misma sin imposiciones, a disfrutar de todo lo que le ofrecía el mundo, para ese mundo que tanto le gustaba. Si en ese momento su vida se acabase, podría decir que había vivido. Pero le quedaba mucho tiempo todavía para seguir viviendo, muchas emociones y muchos retos que afrontar.

 Se daba una gran fiesta en el palacio de Saint James, residencia oficial y ceremonial de los Reyes, la reina Carlotta de Mecklenburgo- Strelitz repuesta ya del parto de su hijo número quince presidiría, en ausencia del rey que no se había repuesto todavía de su depresión (la primera de todas las que vendrían después), la gran fiesta de aniversario de la entronización de Jorge III como rey de Inglaterra, Escocia en Irlanda. Estaban invitados todos los nobles y los aristócratas del reino.
   El sastre amigo de Bradley, otro de los personajes más curiosos que pululaban por la ciudad, francés y muy amanerado, como muchos de los amigos de Bradley y de sus sirvientes, sabiendo que los hombres como ellos, los invertidos o como se les llamaba despectivamente, sodomitas, eran castigados con la pena de muerte si se probaba que tal hecho era cierto, parecían dar la espalda a la sociedad que podía condenarlos y parecía que habían decidido vivir su condición como si nada pudiera pasarles. Una apuesta y un reto que decidieron pasar por alto y vivir intensamente el tiempo del que disponían.
   A Evangeline le pareció un tanto atrevido el vestido, dejaba los hombros al aire y una buena parte de sus senos, pero acabó por convencerla el sastre, los ingleses eran tellement aburridos vistiendo y ya iba siendo hora de cambiar algunas cosas.
   Le llevó horas arreglarse para la fiesta, entre el peinado, colocarse el vestido y ajustarlo perfectamente y dar algunas puntadas maestras, empolvarse la piel que quedaba visible, el color perfecto en los labios y un discretísimo rubor en las mejillas, creyeron no acabar nunca, las joyas que eligió para la ocasión fueron perlas, un collar de vueltas que llegaba la más larga hasta la cintura, era lo que mejor le iba con los colores del vestido, amarillo pálido y con flores bordadas en tonos dorados. Había merecido la pena el esfuerzo, estaba sencillamente espectacular.
   -Estás absolutamente maravillosa Evan.
   -Gracias milord, no sabía que tuvieseis tantas condecoraciones, estáis realmente elegante, creo que seré la envidia de muchas mujeres esta noche. Como también supongo que algunas os conocerán, como decirlo ¿Íntimamente?
   -Eso no es asunto tuyo mi querida y preciosa Evan.
   -Lo sé señor, pero estoy segura de que es así.
   -¿Celosa?
   -Sí señor.
   Sonrió a su esposa y ella le devolvió la sonrisa.
   -Te amo Evan, no lo olvides nunca.
   -No lo olvidaré señor y no me olvidéis nunca vos a mí.
   -Eso es imposible.
   -Os amo señor, ahora y siempre.
   -Llegaremos tarde y eso es imperdonable.
   La besó en los labios con especial ternura, ella le dedicó una mirada llena de agradecimiento por tanta felicidad. Estaban locos el uno por el otro, quién lo supondría viendo como comenzó su matrimonio, pero lo habían conseguido, amarse desesperadamente y con todas las consecuencias. Sus almas estaban unidas para siempre por lazos que nadie podría romper, pasase lo que pasase.
   Evangeline miraba absolutamente extasiada aquel palacio, con los suelos de mármol, las estatuas, los cuadros, las interminables alfombras, las lámparas con cientos de velas encendidas, los centros de flores, las frescos de los techos y las paredes, iba parándose a cada paso para admirar el enorme y maravilloso espacio que la rodeaba, lord Aldridge tiraba de ella agarrándola por la cintura y diciéndole que ya tendría tiempo después de mirarlo todo.
   Un lacayo con un uniforme perfecto los anunció en la entrada del salón.
   -El conde John Alexander Aldridge-Relish y su esposa.
   Y dando un sonoro bastonazo en el suelo los invitó a pasar.
   Lo primero que exigía el protocolo era saludar a la reina que esperaba a sus invitados sentada en su trono, rodeada de sus hijos mayores, el príncipe heredero a su derecha a su izquierda una retahíla de príncipes y princesas de todas la edades.
   Efectivamente la reina no era muy agraciada, pero había conseguido que el rey y ella llevasen una vida doméstica tranquila, a Su majestad no se le conocían amantes, parecía haber encontrado en su prolífica esposa la paz y el reposo que tanto necesitaba.
   Hicieron una profunda reverencia ante ella, hasta que les dio permiso para acercarse.
   -Encantada de volver a veros querido lord Aldridge.
   -Lo mismo os digo Majestad –besó ligeramente su mano, lo mismo hizo Evangeline−
   -Sois mucho más hermosa de lo que me habían dicho. Os felicito milord, habéis hecho una buena elección.
   Los dos le dieron las gracias y caminaron hacia atrás unos pasos y con otra reverencia desaparecieron entre los invitados. En aquel salón habría unas doscientas personas, o personalidades, perdió la cuenta de todas las personas que le fueron presentadas, a las que felicitaron a su esposo por haber elegido a una mujer de tan exquisita belleza y las mujeres que la felicitaron a ella por haber tenido la inmensa suerte de casarse con un hombre como él. Evangeline fue la reina de la fiesta, le quedaban todavía dos sorpresas, en el salón más impresionante que vería en su vida, lord Almont, que todo el cinismo del que fue capaz, felicitó a Evangeline por haberse convertido en el personaje del que más se hablaba en Londres, a algunas de aquellas personas ya se las habían presentado en la ópera o en el teatro, pero el resto había oído hablar de ella, y precisamente ella fue la última en enterarse.
   Su amiga Margue fue contándole en los ratos en los que coincidían, las vidas, obras, amantes y milagros de algunos hombres y mujeres ilustres que ocupaban el salón, no podía ser cierto ¿Aquella mujer compartía su cama con aquel otro personaje? ¿Sin saberlo su marido? ¿Y cómo es que lo sabía todo el mundo y su esposo no?
   -Porque los esposos son siempre los últimos en enterarse, es más algunos no se enteran nunca.
   -¡Ah mi querido lord Dunkeld! Os presento a Evangeline Aldridge.
   -Evangeline te presento al Primer Ministro de Inglaterra.
   -Un placer conoceros milord.
   -No querida Evangeline, el placer es mío y solo mío. Confieso que ya os había visto en la ópera, pero veros de cerca es un enorme privilegio, alegráis la vista de quien os contempla.
   -Gracias milord, sois muy amable.
   Evangeline se sentía intimidada por el personaje que tenía delante, era un hombre alto, delgado, atractivo y lo sabía y sobre todo poderoso, en sus gestos, en su voz, en sus ademanes transmitía el poder que ostentaba, el poder que le daba ser el hombre más importante de Inglaterra incluso por encima del Rey.
   -¿Me dedicáis unos minutos de vuestro tiempo Evangeline?
   -Por supuesto milord.
   -Entonces bailad conmigo ¿Nos disculpas querida Margue?
  Fue durante el tiempo que duró ese baile objeto de todos los comentarios, lord Dunkeld no bailaba jamás, ni dedicaba más tiempo del necesario a otra mujer cuando su esposa le acompañaba, aquella noche hizo una excepción, miraba embelesado a una mujer que no era la suya, aun sabiendo que su amante de turno se encontraba en la fiesta y que apenas saludó por supuesto, no tenía por costumbre dar que hablar delante de nadie en ese sentido, con Evangeline rompió las reglas. Y ella no supo qué hacer cuando le pidió un segundo baile.
   -Decidme simplemente sí.
   -Desde luego milord.

La transcendencia de este acto tuvo sus repercusiones, sobre todo cuando lord Dunkeld mandó llamar a su despacho a lord Aldridge para darle un cargo en el Parlamento, decirle que no era demasiado arriesgado, decirle que sí significaba vivir en Londres, renunciar  a su vida en Eastrock para vivir entre cortesanos ambiciosos, especuladores y traidores, justo la vida que odiaba. Y suponía también que Evangeline había sido decisiva en este cargo que el Primer Ministro le ofrecía y que nadie rechazaría, quería estar cerca de su esposa ¿Qué podían hacer para escapar del yugo de un hombre poderoso? De momento nada.
   No haría nada sin conocer las reglas del juego, sin sopesar los pros y los contras, sin saber cómo se movía el enemigo, debía estudiar con calma las posibilidades que tenía, de momento aceptaría el cargo, tenía un asunto pendiente con su amigo Harold y quizás el Primer Ministro le estaba brindando la oportunidad de llevar a cabo su venganza.


                               Tercera parte: Los sueños


  
  
          
  
  

  
   El nuevo cargo de lord Aldridge lo mantenía sentado delante de la mesa de su despacho muchas horas al día, a veces incluso una buena parte de la noche, llegaba exhausto a casa y la mayoría de las veces Evangeline dormía, tenía que quitarle un libro de las manos, ella lo esperaba horas hasta que el sueño la rendía. Entonces la contemplaba durante un largo rato antes de apagar las velas e intentar dormir él también. Solo llevaba un mes en su nuevo cargo y le parecían una eternidad, apenas comía, dormía poco y mal, a pesar de tener dos secretarios para ayudarle en su nuevo cargo, cada día la tarea que le habían encomendado era más pesada, él debía decidir si las peticiones que se hacían al rey por parte de la nobleza, debían considerarse o no, rechazarlas o tramitarlas, llevarlas al Parlamento o desecharlas, toda la responsabilidad era suya y de nadie más, esto le granjearía enemigos y nuevos amigos. A pesar de las felicitaciones de palabra o por escrito por el enorme privilegio de ostentar su nuevo cargo en vez de alentarlo surtían el efecto contrario, odiaba con todas sus fuerzas cualquier trabajo en la Corte, no era su medio, nunca lo fue y ahora allí estaba, envidiado y alabado a partes iguales y de sobra conocido por sus ideas a cerca del honor y la palabra dada, todos estaban de acuerdo en que su buen criterio le hacía merecedor de la confianza que el Primer Ministro había depositado en él.
   Un dardo envenenado, pero eso solo lo sabía de momento Alexander Aldridge.
   Evangeline atendía a las invitaciones de sus amigos y de las nuevas amistades que querían sentarla a su mesa, por ella y por el cargo de su esposo, les convenía adularlos y agasajarlos, por si tenían que pedirle un favor en un momento dado. Ella no entendía todavía que significaba vivir en la Corte. Esa tarde estaba invitada a casa de Margue du Mercier, una velada intima, le decía en su nota.
   El champagne la esperaba y para su enorme sorpresa lord Dunkeld también, Margue tomó una copa con ellos y los dejó solos, entonces Evangeline si antes no entendía el porqué de la cita, ahora mucho menos.
   -Estaba deseando volver a veros mi querida Evan.
    ¿Evan? ¿Por qué sabía que sus amigos la llamaban así? Su mirada reflejaba la perplejidad de se había apoderado de su alma. Estaba empezando a entender que Margue le había hablado de ella y no sabía por qué ni para qué.
   -Bien Evan, nada tenéis que temer, solo deseo conoceros, leo en vuestros ojos la desconfianza. Solo pediros una cosa, nadie debe saber de este encuentro, ni siquiera vuestro esposo.
   -¿Puedo preguntaros milord por qué no debe saberlo mi esposo?
   -Porque yo no quiero que lo sepa y eso debe ser para vos suficiente.
   -Creo … creo que…debo irme milord.
   -Todavía no querida Evan, así que sois hija del almirante Lougthy, un gran hombre sin duda. Este país estará siempre en deuda con él. Ganó grandes batallas para mayor gloria de Inglaterra. Debéis estar muy orgullosa.
   -Sí milord, un gran marino pero un mal padre y me temo que peor esposo, no tuve la oportunidad de conocerlo mucho, siempre estaba fuera de casa.
   Evangeline hablaba nerviosa con los ojos muy abiertos y dudando de lo que debería responder.
   -¿Y con quien os criasteis entonces? Vuestra madre murió cuando  erais un bebe.
   -Me crio mi ama hasta los once años, después una familia de Lancaster amigos de mi padre, no volvía a verlo jamás. Veo milord que sabéis de mi vida.
   -Siempre me intereso por la vida de las personas que me importan y en vuestro caso me importáis muchísimo.
   -No os comprendo milord.
   -Veo que sabéis muy poco del mundo querida Evan y eso me complace enormemente. Vuestra inocencia me desarma, espero que no la perdáis nunca.
   Se levantó de su sillón y paseó por la habitación hasta que se paró delante de una ventana. La presencia de aquel hombre la intimidaba mucho más de lo que ella le hubiese gustado.
   -Acercaos Evan.
   Así lo hizo, cuando estuvo a su lado, él cogió su mano y la besó con delicadeza, luego acarició su rostro con los dedos y sin darle apenas tiempo a reaccionar sus labios se posaron en los suyos. Retrocedió varios pasos asustada.
   -Os ruego milord que dejéis que me vaya.
   -Os dejaré marchar hoy, la próxima vez espero que no tengáis tanta prisa y no olvidéis que nadie debe saber de nuestro encuentro, ni de este ni de ningún otro que se produzca en el futuro y os advierto que el futuro puede ser mañana.
   Se fue de allí sin darse cuenta que sus pies pisaban el suelo y por supuesto sin notar la presencia de un hombre tullido y vestido con harapos que la seguía desde el primer día que llegó a Londres.
   -¿Cómo os ha ido querido Alfred?
   -Está asustada, no entiende lo que pretendo de ella Margue, todavía no, pero acabará por entenderlo.

Esa noche Alexander Aldridge estaba invitado a una cena privada en casa de un viejo amigo, viudo y vividor, divertido y locuaz y sobre rendido admirador de todas las mujeres. Hablaron de política, de la Corte, del Rey y de su Primer Ministro. Sir Anthony Martins sabía más por viejo que por diablo, valía mucho más por lo que callaba que por lo que decía, su excelente vino y la sorpresa que le tenía reservada de  fin de fiesta acabaron por convencer a lord Aldridge que debía quedarse, una pelirroja de físico rotundo le procuró aquella noche  la vía de escape que necesitada, una masturbación entre sus generosos pechos  lo dejó exhausto y dormido en una cama tan ajena como el mundo que ahora habitaba.
   Evangeline lo esperó toda la noche hasta que las primeras luces del alba la sorprendieron  dormida en un diván del salón de su casa. Comprobó que su esposo no había venido a dormir ¿Le habría pasado algo? Iría a verlo al palacio de Buckingham dónde tenía ahora su despacho. Después de asearse se encaminó con paso decidido por las calles de Londres y con una creciente preocupación ¿Dónde había pasado la noche su esposo? Y sobre todo ¿Con quién? ¿Alguna antigua amiga le había dado cobijo?
    La condujeron hasta su despacho y allí estaba su esposo trabajando, ojeroso y con un enorme cansancio reflejado en su rostro. Le pidió a sus secretarios que los dejasen solos.
   -¿Os encontráis bien señor?
   -Estoy cansado, demasiado trabajo, por cierto esta noche he dormido en casa de un amigo, fui a cenar y me quedé dormido en su salón.
   -Estoy preocupada por vos señor, habéis adelgazado, dormís poco y apenas os alimentáis y por cierto podíais haberme enviado una nota.
   -¿Algo más Evan?
   -No milord.
   -Entonces debo continuar con mi tarea, si me permites tengo mucho trabajo.
   Se levantó y se fue sin despedirse, todo se estaba torciendo, lo que tanto trabajo y tantas lágrimas le había costado conseguir se desmoronaba como un castillo de naipes. Decidió hablar con Bradley, él le daría buenos consejos.
   -¿Qué me estás diciendo Evan?
   -Lo que oyes Bradley.
   Bradley daba vueltas por el salón de su casa con las manos cruzadas atrás intentando encajar lo que su amiga acababa de contarle, se paró delante de la ventana unos instantes para seguir dando vueltas otra vez, Evangeline lo seguía con la mirada ansiosa esperando a que le diera su opinión.
   -Bien Evan, creo que …. bueno…. creo que…
   -¿Si Bradley? –los ojos de Evangeline reflejaban ahora ansiedad por saber la respuesta a las elucubraciones de su amigo− Por favor te ruego que seas absolutamente sincero.
   -Creo que estás atrapada, como creo también que lo está Alexander, el Primer Ministro te quiere para él, si dices que no, os destruirá a los dos, puede hacerlo con solo mover un dedo, acusaros de traición y condenaros a morir en una celda o que os corten la cabeza a los dos, supongo que tu esposo aceptó el trabajo por qué decirle que no sería condenarse, así os tiene cerca Evan, a tu esposo esclavizado con su trabajo y a ti en su cama.
   -¡Pero yo no quiero ser su amante!
   -No se trata de lo que tú quieras o no, se trata de lo que quiere él y te quiere a ti, si quieres que tu esposo conserve su título, sus tierras, su honor y su cabeza, no te queda más remedio que aceptar sus condiciones.
   -¿No hay nada que yo pueda hacer?
   -Me temo que no querida  amiga, al menos de momento.
   -¿Qué quieres decir con al menos de momento?
   -Exactamente lo que he dicho, al menos de momento, da tiempo al tiempo, aprende a jugar tus cartas y espera, ten paciencia Evan, dale lo que quiere y espera…no tienes otra opción de momento, pero todo llega y cuando llegue ese día estarás en condiciones de pedirle lo que quieras y te lo concederá por qué serás imprescindible en su vida, deja que te ame y saca provecho de ello.
   -¡Pero yo no sé si sabré hacerlo!
   -Aprende Evan, no te queda más remedio.
   Su amigo le dio un abrazo y le deseó toda la suerte del mundo y que por supuesto contase con él para todo lo que quisiera, las puertas de su casa siempre estarían abiertas para ella. Bradley sabía lo que significaba un amigo cerca en los malos momentos, el agua que nos refresca y nos quita la sed, la mano que nos ayuda a levantarnos, el hombro en el que lloramos, el abrazo que nos tranquiliza, la voz que nos conmina a seguir adelante, eso era para Bradley un amigo y quería ser todo eso para su querida amiga Evan. Lo necesitaba y no iba a fallarle.
   También sabía Bradley que nada se puede hacer contra los poderosos y menos una mujer, si lord Dunkeld la quería para él tenía ella tenía dos opciones: dejarse querer o morir. Así era la vida.
   Evangeline vagó sin rumbo por las atestadas calles de Londres, sumida en sus pensamientos, abatida y muerta de miedo, un miedo a no sabía qué y ese miedo tenía un rostro impreciso, como una presencia que sabemos que está ahí pero no podemos verla ni tocarla, pero que podemos sentirla, nos envuelve y nos impide respirar normalmente, nos oprime el pecho y acelera los latidos del corazón, como el vértigo que se siente cuando nos asomamos al borde de un precipicio y no sabemos si una mano negra nos impulsará a saltar al vacío.
   ¿Por qué Margue se había prestado a ese juego perverso? Quizás porque tampoco podía decir que no. Se dirigió a su casa, hablaría con ella, quizás podría enseñarle cómo manejar la situación en la que se encontraba.
   -Querida Evan, lord Dunkeld y yo somos viejos conocidos y durante un tiempo algo más y de aquellos tiempos viene nuestra amistad, le debo varios favores y esta es su forma de cobrárselos, él me pidió que te trajera aquí y lo hice, lo que pase a partir de ahora no es asunto de mi incumbencia, es un buen amante si eso te consuela.
   -Solo te pido que me digas como actuar, que debo hacer.
   -Exactamente lo que te pida, sé que amas a tu esposo pero deberás sacrificar tu matrimonio si quieres que a Alexander no le pase nada.
   -¿Qué quieres decir?
   -Quiero decir que el destino de tu esposo está en tus manos. Ve con cuidado Evan, ten mucho cuidado con lo haces y con lo que dices, esto no es una broma ni un juego, es mucho más serio de lo que imaginas.
   -Bien, gracias Margue.
   Margue se quedó pensando un buen rato en la suerte de Evangeline, lord Dunkeld se había encaprichado de ella y era capaz de cualquier cosa tal de tenerla a su lado, en eso residía el peligro, en que era capaz de cualquier cosa y eso incluía a Alexander Aldridge. Suponía, y suponía bien, que Alexander era consciente de este hecho.

   -Mi querido amigo, apenas te veo desde que has decidido vivir detrás de esta montaña de documentos.
   -Hola Harold, tienes razón esta ya es mi casa.
   -He de pedirte un favor, que intercedas ante el Primer Ministro en cierto asunto que concierne a buen amigo, que le des absoluta prioridad y que consigas que la balanza se incline a su favor.  Favorece a lord Berenson  y él sabrá recompensártelo.
   -No pienso hacer tal cosa Harold, tu amigo tendrá que esperar su turno y yo decidiré si el asunto debe llegar o no hasta lord Dunkeld, no hago favores ni distinciones, deberías saberlo.
   -Bien, siento haberte molestado, quiero que sepas que con tu actitud conseguirás ganarte muchos enemigos.
   -Gracias por avisarme Harold pero ya lo sabía, dile a mis enemigos que no les tengo miedo, porque a eso te dedicas de corre, ve y dile de los que pueden auparte en el puesto que quieres conseguir, que era precisamente este, ya ves que la suerte no está de tu parte, soy yo el que está aquí.
   Se levantó y salió del despacho de su ahora enemigo dando un sonoro portazo, se tragaría sus palabras, una por una, sabía cómo hacerlo. Una vez más le había arrebatado por lo que él había luchado tanto, lo odiaba a muerte. Y su máxima satisfacción sería verlo morir y poseer a su esposa encima de su tumba.

Evangeline  esperaba su esposo para cenar, su preciosa Evan, en cuanto lo vio se echó en sus brazos diciéndole cuanto lo echaba de menos. Los dos intentaron disimular sus inquietudes durante la cena, hablaron de muchas cosas mientras daban cuenta del delicioso asado y de sus copas de vino.
    Hicieron el amor aquella noche con una pasión que los desbordaba, como si quisieran fundirse en un solo cuerpo, como si fuese la última noche para ellos. Se dijeron que se amaban mil veces y durmieron abrazados sintiéndose la piel desnuda y cálida de dos amantes satisfechos, la piel que les era tan necesaria, la que tanto deseaban el uno del otro.

   -Hola mi pequeña zorra.
   Harold Almont la pilló por sorpresa unos pasos más allá de la puerta de su casa aquella mañana.
   -No os acerquéis a mí Harold.
   -¿Me tienes miedo eh zorra?
   -No Harold no os tengo miedo, me dais asco, no quiero que volváis a cruzaros en mi camino jamás.
   -¿O qué? ¿Qué pasará si lo hago?
   -Os mataré con mis propias manos.
   -¿En serio?
   -Os lo juro, así como os juro también que no volveréis a pegarme y a intentar violarme jamás.
   -Observo mi querida zorra que te has vuelto muy valiente. Puedo destruirte con solo proponérmelo, pero antes tú y yo tenemos una cita pendiente.
   -Jamás, oídme bien, jamás volváis a acercaros a mí. Sois tan vil, tan cobarde, tan necio que espero y ruego a Dios todos los días que os lleve de este mundo en el que los seres despreciables como vos no deberían tener cabida.
   -Serás mía mi bellísima puta, le arrebataré a Alexander todo lo que posee, pero esta vez será diferente, serás tú la venga a pedirme de rodillas que perdone la vida a tu esposo y entonces harás exactamente lo que yo te diga, nos divertiremos mucho condesa de Aldridge.
   Desapareció entre la gente sin darle tiempo si quiera a contestarle –hijo de puta− dijo casi imperceptiblemente, pero el tullido vestido con harapos que estaba sentado en el suelo justo a su lado oyó hasta eso.
   A los veinte minutos lord Aldridge sabía exactamente lo que se habían dicho su esposo y “querido amigo Harold”. Lord Aldridge dio la orden a uno de sus secretarios de buscar entre el montón de documentos el que concernía al amigo de su amigo, cuando su joven empleado consiguió encontrarlo, lo leyó con mucha atención y comenzó a escribir una orden de prioridad para que fuese firmada por lord Dunkeld e intercediese a favor del aquel caballero que suponía que siendo amigo de Harold sería igual que él, una persona de dudoso honor.
   Antes de irse a casa pasó por la de su amigo, le pidió disculpas, alegando que estaba demasiado nervioso y que lo había pillado en un mal momento, que ya sabía que su carácter a veces le jugaba malas pasadas y que viniese a firmar en nombre de su amigo al día siguiente, ese era el protocolo, debía firmar quien pedía directamente el favor como avalista de la persona a la que se le concedía la gracia del primer Ministro o del Rey.
   -Sabía que al final me harías el favor, eres un buen amigo Alexander.
 
 Al día siguiente redactó con mucho cuidado dos cartas, la primera a favor de lord Berenson y la otra en blanco, la colocó justo debajo de la primera y esperó la visita de Harold Almont, cuando apareció pidió a sus secretarios que los dejaran solos.
   -Bien Harold aquí tienes lo que me pediste, nada puede negársele a un buen amigo ¿Verdad? Firma aquí −le señaló donde debía firmar− y aquí también, es una copia para los archivos –apenas asomaba por debajo de la primera− eso es, bueno pues ya está querido amigo.
   -Gracias Alexander, por cierto ¿Cómo está Evan?
   -Preciosa, como siempre, le daré saludos de tu parte.
   -¿Sois felices?
   -Mucho Harold, soy muy feliz con ella.
   -Me alegro y ahora he de dejarte, gracias otra vez.
   -No hay de qué. Nos veremos pronto.
   Rompió en mil pedazos la primera hoja, jamás llegaría a su destinatario, y en la segunda había firmado su sentencia de muerte.
   Paciencia e inteligencia. Lo había conseguido.
    Rellenó cuidadosamente la página en blanco y se dirigió con paso firme al despacho de lord Dunkeld, le pidió hablar a solas con él sobre un hecho muy grave.
   -Decidme lord Aldridge, os veo pálido ¿Qué os inquieta tanto?
   -Primer Ministro he de deciros que Harold Almont ha firmado una confesión que me pidió que yo redactara, él ni siquiera fue capaz de hacerlo, se acusa de querer asesinar al Rey para que su hijo herede el trono, quitaros a vos de en medio y arrebataros el título de Primer Ministro, sabía que algo lo perturbaba en los últimos días y finalmente conseguí que su conciencia no le permitiera ocultarlo por más tiempo, aquí tenéis su confesión firmada. Si tenía cómplices os diré que no lo dijo, por tanto entiendo que seguramente actuaba solo, quizás no quería tener testigos inconvenientes que en un momento dado pudieran delatarlo. Quiero que sepáis milord que este hecho me ha dejado absolutamente perplejo, como bien sabéis lo consideraba un amigo, pero ya veis que sus intenciones para con nuestro Rey y vos mismo eran sacrílegas, no os pediré que intercedáis por él, debe pagar con la pena con la que se castiga a los traidores, no tengáis piedad con lord Almomt, no la merece.
   -Os lo agradezco infinitamente lord Aldridge, ojalá hubiese más hombres como vos, implacables ante el enemigo.
   -Solo he cumplido con mi obligación milord.
   -Lo sé lord Aldridge, sabré recompensaos este gesto, no lo dudéis.
   -No necesito más recompensas milord, ya lo habéis hecho brindándome vuestra confianza para desempeñar este cargo en la Corte y si me permitís quería pediros que no deseo ningún protagonismo en este asunto.
   -Si vos así lo deseáis dadlo por hecho, tenéis mi palabra.
   Lord Dunkeld sabía cómo se movía en la corte Harold Almont, era un hombre intrigante y falso como el beso de Judas, pero las personas de su calaña también eran necesarias en la política, tenerlos cerca y darles una cierta confianza significaba obtener una valiosa información sobre ciertas personas, era capaza de hacer creer a su peor enemigo que era su amigo más íntimo para luego aprovechar la información que obtenía confidencialmente para seguir trepando, no importaba quién cayese, nadie se había atrevido jamás a desenmascararlo, porque sabían el chantaje al que los sometía sellaba sus bocas para siempre. Pero Alexander Aldridge no le había importado en absoluto este hecho, tenía arrestos suficientes para pasar por encima del bien y del mal, consiguió cazarlo y no quería que se supiera que había sido él, hecho que le honraba, no quería medallas por cumplir con su obligación. Muchas almas respirarían de ahora en adelante mucho más tranquilas y se lo debían a lord Aldridge.
   Lord Almont fue conducido por la guardia real hasta una siniestra mazmorra de la Torre de Londres sin más explicaciones que las que la darían cundo lo creyese conveniente el Primer Ministro. Cuando se vio encerrado y si defensa posible, sin entender por qué estaba allí ni de que se le acusaba, una creciente ansiedad iba apoderándose de su espíritu ¿Acaso se trataba de una broma? Su mente le decía que no, que de ahora en adelante todo se tornaría negro para él ¿Qué había salido mal? ¿Que tenía que ver el Primer Ministro en aquel despropósito? Se dejó resbalar por la pared hasta el suelo y allí se quedó pensando en que su futuro, si es que lo tenía, era más que incierto.

Lord Dunkeld reclamó aquella tarde la presencia de Evangeline en casa de Margue du Mercier, allí estaba esperándola sentado en un sillón bebiendo whisky, se levantó para recibirla y besar su mano, se dio cuenta de que estaba temblando, asustada y con las lágrimas a punto de salir de sus preciosos ojos. Acarició sus mejillas, le sonrió y la invitó a sentarse a su lado.
   -¿Te apetece tomar alguna cosa? Margue nos ha dejado una botella de su excelente champagne, está en su punto.
   -No, gracias milord.
   Se lo sirvió igualmente y depositó la copa en entre sus manos temblorosas.
  -Te sentará bien, vamos bébetelo.
   Así lo hizo Evangeline, se lo bebió y le sirvió otra copa que volvió a beberse sin rechistar.
   -¿Mejor así?
   Dijo que sí con la cabeza sin atreverse siquiera a mirarlo. Lord Dunkel la observaba pensando que era la criatura más hermosa de cuantas habían visto sus ojos y habían visto muchas. Era sencillamente preciosa, la esposa de Alexander Aldridge, la deseaba como jamás había deseado a ninguna mujer, pero sintió lástima por ella en ese momento, parecía una niña desvalida a merced de las tormentas sin encontrar un cobijo donde refugiarse, perdida en medio del campo sin saber hacia dónde dirigir sus pasos.
   -¿De qué tienes miedo Evan? ¿De mí?
   Volvió a decir si con la cabeza pero esta vez con las lágrimas resbalando por sus mejillas sin poder evitarlo.
   -No tienes por qué tener miedo de mí preciosa, no voy a hacerte daño, nunca haría eso Evan, solo quiero quererte, mimarte, que estés a mi lado.
   Evangeline se puso de pie y comenzó a desabrocharse el vestido, si eso era lo que quería de ella, que fuese cuanto antes y que la dejase marchar. Solo quería correr, huir de allí y no parar hasta que le faltase el aliento.
   Se levantó y fue hacia ella, tomó el rostro de su preciosa Evan entre sus manos y la besó despacio, saboreando los labios del color de las fresas, suave como los melocotones, dulce como las ciruelas maduras, mullidos como las almohadas de plumas. La miró a los ojos y los besó.
   -Ahora vete.
   Lord Dunkeld no supo explicarse por qué la dejó marchar, podía haberla retenido, poseerla, obligarla a que fuera suya, pero no sabía que se lo había impedido, quizás porque  la amaba mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer y por nada del mundo quería despertar en ella un sentimiento de odio hacia él, al contrario quería que ella lo amase también, que fuese mutuo, que ella lo deseara. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguirlo.
   Evangeline se abrochó los botones de su vestido y salió de allí a toda prisa, cuando estuvo en la calle respiró todo el aire que había estado conteniendo, llegó a casa y se encerró en su cuarto y lloró durante horas hasta que se quedó dormida encima de su cama, la cama que olía a Alexander, todo se estaba desmoronando a su alrededor y soñó con los más oscuros presagios, Alexander se iba y la dejaba en manos de su enemigo, ella gritaba pero él no parecía escucharla, se iba con otra mujer, ella le suplicaba pero era inútil, él ya no podía oírla.
   -Evan cariño ¿Te encuentras bien?
   La despertó la voz suave de Alexander, abrió los ojos y allí estaba, se abrazó a él desesperadamente.
   -¿Qué ha pasado Evan? ¿Por qué has estado llorando? Dime preciosa.
   Besaba sus cabellos y la acunaba.
   -¡Os echo tanto de menos señor!
   -¿Por eso has llorado?
   -Sí, señor.
   -Pues ya estoy aquí y ahora vamos a cenar.
   Evangeline colocó su plato y sus cubiertos pegados a los de su esposo de modo que los dos presidian el mismo lado de la mesa, le sonreía, estaba feliz a su lado, no quería que el día acabase nunca, sabía que los momentos que les quedaban juntos estaban contados, lo presentía y debía aprovecharlos. Compartían sin confesárselo el uno al otro el mismo sentimiento.
   Tuvo que decirle lord Aldridge a su esposa varias veces mientras hacían el amor que fuese más despacio, lo amaba con verdadera desesperación, jadeando y pidiéndole que la besara, que la abrazara, que la sintiera como nunca. Y durmieron como siempre, abrazados y desnudos como si nada pudiera separarlos, pero aquel día empezaron a separarlos las circunstancias que harían que sus vidas tomasen rumbos diferentes.
   El destino, extraño compañero de viaje, a veces el mejor compañero y otras la peor de las compañías.

La noticia de la detención de lord Almont acusado de traición al Rey fue la noticia con la que desayunó Evangeline y la ciudad entera aquella mañana, su ánimo pasó por varios estadios, de la perplejidad al desconcierto y de ahí al más puro alivio, se dio cuenta de que pesada carga se había librado, ya no tendría que volver a encontrarse con su cara de cerdo ni mirar hacia todos cuando caminaba por las calles, siempre con miedo de volver a encontrárselo.
   -Alexander ¿Que le pasará a Harold?
   -Le cortarán la cabeza.
    -¿Es cierto que las acusaciones que le imputan?
    -No.
   -¿Entonces?
   -Es lo que tú y yo queríamos, verlo morir ¿De verdad creíste ni por un momento que lo que te hizo quedaría impune? ¿Que en mi propia casa intentase violarte? ¿Qué te pegase? No Evan, no lo consentiría jamás, solo tuve que esperar una oportunidad y supe aprovecharla.
    Evangeline se quedó de piedra, Alexander había arruinado la vida de Harold para vengarse por el daño que le había hecho a ella.
   -No entiendo vuestro mundo, me refiero al mundo de los hombres.
   -Mejor así.

Comenzó un nuevo año y con él vinieron tiempos inciertos, de dudas, rencores que dieron paso a odios incomprendidos, tiempos de desesperación y traiciones. El mundo perfecto que habían creado dos personas enamoradas se acabó por que alguien ajeno a ellos así lo quiso. Aquel invierno frío heló las calles de la cuidad y las almas de Evangeline y Alexander Aldridge.
   Una tarde cuando volvió de su visita a casa de Bradley se encontró su equipaje en la entrada de su casa, sorprendentemente su esposo estaba esperándola a una hora tan temprana, no era frecuente.
   -¿Volvemos a casa? –preguntó una emocionada Evangeline−
   -No Evan, te vas de esta casa.
   -¿Qué queréis decir? –se le borró la sonrisa del rostro en un segundo−
   -Que te vas, el cochero te espera fuera para llevarte a ti y tu equipaje a tu nueva casa.
   -No…entiendo…
   Dio la orden al cochero y los criados llevaron el equipaje de Evangeline hasta el carruaje y lo colocaron en la parte de atrás.
   Ella no daba crédito a todo lo que estaba sucediendo ante sus ojos, miraba a su esposo con ojos asustados, preguntándole con su mirada que estaba pasando, que significaba todo aquel despropósito.
   -Adiós Evan, espero que seas feliz allá donde vas.
   Evangeline se agarró desesperada al abrigo de su esposo, él la soltó, cayó de rodillas a sus pies rogándole que le dijera el porqué de todo aquello. Se agachó y tomo su rostro entre sus manos.
   -Escúchame bien Evan, no puedo evitar que te vayas, tienes que entenderlo, nos jugamos la vida en esto, espera, ten paciencia y ganaremos, ahora debes irte.
   La metió en el carruaje y dio la orden al cochero de iniciar la marcha, ella golpeaba el cristal de atrás desesperada, lord Aldrdige no podía oír las palabras de súplica de Evangeline, cuando desapareció de su vista se dio la vuelta entró en su casa, se encerró en su cuarto, se emborrachó solo y se durmió pensando en su bollo de pan recién hecho, se la habían arrebatado.


Lord Almont recibió la  primera y última visita desde que estaba encerrado y hundido en la desesperación en aquel oscuro y sucio rincón olvidado del mundo.
   -¡Oh Dios mío Alexander! ¡Gracias a Dios que estás aquí!
   -Tienes mal aspecto querido amigo.
   -¿Has venido a sacarme de aquí cierto amigo?
   -No, he venido a decirte que se te ha sentenciado a muerte, dentro de dos días te cortarán la cabeza, espero que sepas morir con la dignidad que no has demostrado en tu vida. No tienes derecho a un juicio por que firmaste tu confesión.
   -¿De qué estás hablando? ¡Yo no he firmado nada! ¡Esto es una terrible confusión! ¡Sácame de aquí Alexander! ¡Por Dios sácame de aquí!
   -No voy a sacarte de aquí y sí que firmaste tu confesión, en mi despacho firmaste dos papeles, en el segundo me diste carta blanca para escribir lo que se me antojase.
   En la mente de Harold Almont se hizo la luz, se dejó caer al suelo y con él sus cadenas, miró a su amigo con la mirada nublada por la ira, la rabia, lo había traicionado.
   -¿Por qué Alexander?
   -¿Creíste ni por un momento que tus acciones quedarían impunes? Entonces es que no me conoces. Viniste a mi casa, intentaste violar a mi esposa, le pegaste, chantajeaste a Elizabeth, intentaste manejarnos a todos y yo te hice creer que no me daba cuenta de tu sucio juego, solo tuve que esperar mi oportunidad y me la brindaste amigo y aquí estás, justo dónde debes estar.
   -¡Todo es una sucia mentira!
   -No Harold, no lo es y lo sabes, has perdido, resígnate a tu suerte y reza para que Dios se apiade de tu alma corrupta y negra. Londres respira tranquila por fin, se va sin honores y cubierto de mierda un gran hijo de puta.
   -¿Todo esto por una mujer?
   -Tú solo has cavado tu tumba, yo ayudé a dar el empujón que te hará caer en ella. No has conseguido nada con tus manejos Harold, ni a Evan ni mi cargo, ni mi título, ni mis tierras, eres un perdedor.
   -Te he envidiado toda mi vida, te he odiado por lo que representas porque eres todo lo que yo he querido ser y por te casaste con la mujer más hermosa que he visto nunca, por la que yo daría la vida y tiene su gracia, voy a morir por ella.
   -Es un buen motivo para morir.
   Se arrastró por el suelo hasta los pies de lord Aldridge suplicando perdón, suplicándole que no lo dejase morir, que lo perdonase, que haría lo que fuese, lo que le pidiese, pero que no lo dejase morir.
   -Así es cómo quería verte Harold, suplicando a mis pies, arrastrando tus cadenas de reo condenado, gracias por darme esta satisfacción.
   Y se fue dejándolo sumido en una desesperación sin límites, dándose con la cabeza contra las paredes y llorando a gritos.
   John Alexander Aldridge-Relish solía conseguir lo que se proponía, era implacable, muy duro a veces consigo mismo y con los demás, un superviviente en el complejo mundo en el que le había tocado vivir, una parte de sus planes de venganza se habían cumplido, le faltaba la otra, mucho más delicada, pero acabaría por ganarle la partida a lord Dunkeld. Paciencia e inteligencia.

Dos días más tarde mientras Evangeline seguía sumida en su desesperación, subía al cadalso Harold Almont, toda la cúpula de la Corte ocupaba sus asientos para ver la ejecución, no fue capaz de pronunciar sus últimas palabras, ni siquiera pudo ejercer ese derecho de todo reo a decir lo que quisiera o encomendarse a Dios, tuvieron que obligarlo a arrodillarse y sujetarle la cabeza para que pudieran cortársela de un tajo certero, ni siquiera fue capaz de morir con dignidad y honor, como todos los hombres que no tuvieron ninguna de las dos cosas en vida tampoco la tenían en la hora de su muerte.

Los días pasaban lentos en la nueva casa de Evangeline, ocupaba ahora una vivienda en un elegante edificio de la plaza de  Piccadilly Circus, nadie parecía acordarse de ella, nadie visitaba la casa. Se negó a comer, solo lloraba día y noche abrazada a su almohada con el corazón destrozado.
  
    Evangeline apenas pudo probar bocado, callada y con el miedo reflejado en sus ojos, a duras penas conseguía enterarse de la animada conversación durante la cena pensando en lo que pasaría después.
   Cuando todos se habían ido ya, Evangeline subió su cuarto y esperó de pie al lado de la chimenea intentando acompasar los desordenados latidos de su corazón con el tic tac del reloj que escuchaba a sus espaldas. No se atrevía a moverse, atenta a los pasos que de vez en cuando oía en el pasillo y cuando pasaban de largo un enorme suspiro de alivio recorría su cuerpo de arriba a abajo, eran los criados apagando las velas de las lámparas, hasta que uno de aquellos pasos se pararon en su puerta y vio como giraba el picaporte, instintivamente se llevó una mano al corazón, iba a salírsele del pecho.
   -Hola mi querida Evan, al fin solos tú y yo. Creí que no llegaría este momento.
   Se acercó a ella y besos sus labios, saboreándolos como un delicioso dulce.
   -Estaba deseando volver a verte –le susurró al oído− ¿Sigues teniendo miedo de mí?
   -No…no lo sé… milord.
   -Ven conmigo.
   Y la llevó hasta la cama y la ayudó a costarse en ella. Comenzó a desatar las cintas de su vestido y se lo quitó, los zapatos, sus enaguas hasta que solo quedaron las medias. Cada trozo de piel que iba descubriendo mientras la desnudaba lo acariciaba con sus manos, dejaba deslizar sus dedos por aquella piel tan suave como la seda, sus senos redondos, sus pezones del color de las rosas del jardín de su casa.
    Evangeline cerró los ojos, no quería verlo, jadeaba de miedo y de incertidumbre y se preparó para que la penetrase. Cuanto antes acabara mejor. Y así lo hizo lord Dunkeld después de saborear su cuerpo, de besarlo y amarlo como si fuese el más exquisito manjar, se desnudó y la poseyó con una pasión que ni él mismo sabía que era capaz de sentir.
   -¿Ahora os iréis milord?
   -No, voy a quedarme toda la noche a tu lado, esta y todas las demás.
   Evangeline permaneció toda la noche despierta rodeada por unos brazos de los que solo deseaba liberarse, con el sexo dolorido por unas embestidas que no deseaba y las lágrimas resbalando silenciosas por sus mejillas, pensando si esa sería su vida de ahora en adelante.

    Seguía lloviendo en la ciudad, una lluvia silenciosa mojaba las calles y traía recuerdos de tiempos mejores hasta el diván dónde Evangeline contemplaba el ir y venir de paraguas en la testada plaza, escribía una carta para Alexander diciéndole que viniese a buscarla, que huyesen juntos, que no la dejase allí.
   Pero los príncipes solo rescatan  de las torres a las princesas en los cuentos, en la vida real no existían ni los príncipes azules ni las princesas de interminables trenzas, ni las hadas madrinas que con su varita mágica transformaban la realidad en un sueño, en la vida real sucedía al revés, el sueño se tornaba en una realidad oscura e incierta.
   La carta llegó a manos de Alexander Aldridge, la leyó con la emoción contenida en lo más profundo de su alma, cogiendo papel y pluma escribió una carta que la arrancaría del sueño y la dejaría a merced de los vientos que azotan las costas en los temporales. Tuvo que elegir y eligió, pero algún día todo cambiaría para ellos, esperaba de todo corazón Alexander Aldridge que para entonces no fuese demasiado tarde. Había renunciado a la mujer que amaba sin poder hacer nada para evitarlo, podían huir pero esa no era la solución, se quedaría y esperaría con la paciencia de un marino a que los vientos se tornasen favorables.

Evangeline leyó aquella carta, cuando acabó se puso en pie y comenzó a caminar sin rumbo por la casa, hasta que sus piernas ya no pudieron sostenerla, cayó de rodillas y comenzó a gritar su dolor infinito.
   Dejó de creer en el mundo, en las personas y hasta dudó de Dios. Desde ese momento debía caminar sola por el incierto mundo al que la habían destinado sin haberle preguntado siquiera que quería ella, la habían convertido en una marioneta en las manos de todos. Bien, si eso era lo que se esperaba de ella, lo haría, sí, no los decepcionaría, sería lo que ellos quisieran que fuese. Pero le habían asestado una puñalada certera en el medio del corazón, habían destrozado su vida, recogería los pedazos y con ellos construiría un muro infranqueable que nadie volvería a traspasar jamás.
    Se arreglaba todas las mañanas como si fuese a acudir a la mejor fiesta de Inglaterra, se ponía las joyas que mejor se adecuaban a sus vestidos, se maquillaba y se peinaba como si fuese una reina, se obligaba a comer y estar en plena forma, con su maestro de esgrima conseguía que sus músculos estuviesen tersos, montando a caballo mantener una envidiable forma física, que su piel estuviese siempre perfecta, brillaba con luz propia, aprendió a tragarse las lágrimas, a desnudarse para un hombre con el que nada sentía y le hacía creer que era el mejor amante del mundo, los engañó a todos y se engañó a sí misma para sobrevivir al dolor.
   Lord Dunkeld la amaba más cada día que pasaba, la necesitaba más que al aire que respiraba, Evangeline secuestró sus pensamientos, todos los minutos y los segundos del día y de la noche, secuestró sus sueños, reinaba en su corazón y en sus actos. Mataría por ella, moriría por ella. Nada podía compararse al inmenso placer de poseerla, de contemplarla, durmiendo, despierta, comiendo, bebiendo, disfrutando de su cuerpo como si fuese la nata de un suculento pastel que se derretía en su boca ¡Oh Dios! Evan era la mujer que toda su vida había estado buscando y el destino se la había regalado.

   ¿Cómo, de qué manera, cuándo había comenzado su extraña vida? ¿En qué momento se había torcido todo? Obligada a ser la amante de un hombre por qué él así lo había decidido, renunció a Alexander por qué así se lo habían impuesto, aquella carta, prefería no pensar en eso, le dolía en lo más profundo de su ser, su extraña relación con Margue que hacía las veces de protectora, celestina y guardiana de su destino que intentaba que fuesen amigas y confidentes, pero Evangeline había interpuesto entre ellas un muro infranqueable, era amable con ella y eso fue todo lo que Margue consiguió de Evangeline.
   Entre todos la habían convertido en una marioneta a merced de los hilos que la mueven según le conviniese a propios y extraños, ella se había perdido en el laberinto de los deseos de otros y no encontraba la salida, su esposo había decidido sacrificarla para no perder ni su dignidad ni los honores de su familia, ni sus tierras, todo eso valía mil veces más que ella, le habían reservado el papel de meretriz que debía doblegarse a los intereses de los hombres que gobernaban su vida, ella nada tenía que decir, solo obedecer, a eso la habían reducido, a nada. Una muñeca de trapo en manos de todos, de su padre primero, de su esposo después, de Harold Almont, de lord Dunkeld ahora.
   Pero lejos de rendirse, aunque algunos días el abatimiento más profundo se apoderaba de ella, al día siguiente resucitaba, ella también libraba batallas y se acercaba el momento de presentar armas, el combate sería duro, ganase o perdiese moriría luchando por la dignidad que le habían arrebatado.
   Su nueva casa estaba muy cerca de la de su querido amigo Bradley, la única persona que la consolaba en aquellos tristes momentos, lo abrazó con la necesidad que tienen los náufragos después de años en una isla desierta de volver a sentir el calor de los amigos.
   -¡Mi querida niña, estás preciosa!
   -Gracias Bradley.
   -Bien y ahora cuéntamelo todo.
   Le contó su vida, llorando a ratos, desesperándose otros y tranquilizándose cuando su amigo secaba sus lágrimas, cogía sus manos y las besaba, dándole el calor que tanto necesitaba.
   -Debo decirte mi querida amiga, mi hermana pequeña, que Alexander está con otra mujer, creo que debía decírtelo, las noticias vuelan y acabarías por enterarte, todo el mundo sabe que papel ocupas ahora, aprovéchalo Evan, veo en tu mirada que a veces te embarga el sentimiento de venganza, no lo hagas, no reportará en tu vida más que amargura, estás en condiciones de pedir a tu amante lo que quieras y te lo concederá, pero ten cuidado con lo que le pides, puedes arrepentirte el resto de tu vida, deja que la vida fluya, espera, abre los ojos y los oídos y espera Evan, espera, ten calma y verás como el día que menos te lo esperes, el destino y las circunstancias estarán de tu parte y cuando dudes, te sientas sola, necesites una mano amiga, yo estaré aquí para ti, ahora y siempre.

En efecto, Alexander y lady Mary Thompson eran amantes y no lo ocultaban ni se ocultaban de nadie, ella había enviudado apenas un año antes, era una mujer atractiva y elegante, se decía de ella que tenía un don especial, entendía a los hombres, sabía darles lo que necesitaban y ellos se dejaban querer.
En su nueva casa encontró un rincón donde esconderse del mundo, en un ventanal colocó una mesa y un sillón, allí pasaba horas escribiendo cartas a su familia ¿Cuánto tiempo tardarían en enterarse de su nueva situación? Sentía profundamente darles ese disgusto. Por fin volvió a encontrarse con su querida Grace, la visitaba todos los días y la ayudaba a poner en orden su nueva y modesta casa, de momento era lo que podían permitirse, recordaban sus sueños en las noches de Lancaster, parecía que habían pasado mil años desde entonces. Grace sabía lo que todo Londres y en poco tiempo Inglaterra entera sabría también, la favorita del Primer Ministro, en eso habían convertido a su querida Evan, para otras mujeres sería el mayor privilegio al que podían aspirar, Grace sabía que para Evan era lo peor que le podía ocurrir. Pero estaban juntas y era muy importante para las dos, el enorme consuelo de tener a Grace y a Bradley alegraba los días más tristes de su existencia. Grace intentaba hablar con Evangeline sobre Alexander, nada conseguía, se negaba a hablar de él, entendía Grace que quizás era demasiado doloroso para ella.
   -¿Puedo pediros un favor milord?
   -Puedes pedirme lo que quieras Evan.
   -Veréis, me pregunto si podéis ayudar al esposo de mi hermana Grace, es abogado y tiene un trabajo modesto, es un hombre de gran valía.
   -Dile que hable con mi secretario personal, encontrará un buen puesto para él. Sabes que no puedo negarte nada.
   -Gracias milord, os lo agradezco mucho.
   -Ven, siéntate a mi lado, deja que te mire, con tu sola presencia me haces olvidar que el mundo existe más allá de tus ojos, de tus labios, de tu compañía, te amo mi preciosa Evan, más de lo que imaginas, más de lo que yo mismo quisiera.

La primera noche que Alexander Aldridge y Evangeline cruzaron sus miradas fue en la ópera, lo acompañaba su amante y parecían estar encantados de haberse conocido, las miradas, las sonrisas, los gestos de complicidad que se prodigaban daban la sensación de ser una pareja feliz, lord Dunkeld había acudido con su esposa, y ella con Grace, que no podía creer que ella estuviera rodeada de lo más granado de la nobleza y la aristocracia de Inglaterra y por supuesto Margue, su guardiana. Era un acontecimiento social de primera magnitud, se inauguraba la temporada de ópera y con ella los bailes y las fiestas, comenzaba el invierno y como siempre, lleno de acontecimientos. Y Evangeline inauguró sus diecinueve años. Su mejor regalo de cumpleaños fue la pequeña fiesta que organizó Bradley en su casa, con Grace y sus peculiares amigos, acabaron emborrachándose y cantando como si el mundo se hubiese vuelto loco, el regalo de lord Dunkeld fue una tiara de diamantes valiosísima que ella depositó en un cajón con el resto de sus joyas.
   Los días siguientes no pudo apartar de su mente la imagen de Alexander, feliz con otra mujer, los imaginaba haciendo el amor y deshaciendo las camas por dónde pasaban, otra mujer gozaba del privilegio de tener en sus manos el cuerpo que ella no había podido dejar de amar y desear, el cuerpo poderoso de un hombre bello, inteligente, apasionado. A pesar de todo, a pesar de sí misma, a pesar del daño que le había infligido con sus palabras a través de una escueta carta, no podía dejar de amarlo. A veces lo odiaba tanto que se desesperaba, pero aun así si en ese momento entrase por la puerta caería rendida a sus pies suplicando que la amase ¿Cómo podía albergar en su alma dos sentimientos tan contrarios? Eso era lo que no podía entender, no podía entender la esencia del alma humana.

Alexander Aldridge decidió que nadie lo señalaría como el esposo despechado porque le habían arrebatado a su esposo, al contrario, se buscó una amante que le conviniese para pasearla de su brazo por cualquier acontecimiento social que se preciase, haciendo ver que era un hombre feliz al lado de una mujer que lo adoraba, la sociedad londinense lo admiraba profundamente, lejos de agachar la cabeza, consiguió salir airoso de su  nueva condición, desarrollaba un impecable trabajo en la Corte, el Rey lo felicitó públicamente, le concedió el título de Barón de Aldridge, cuando todos creían que caería en el desconsuelo por su suerte de hombre despechado y soportando el peso de la infidelidad impuesta de su esposa, los sorprendió a todos, con la cabeza bien alta, sin importarle sus circunstancias personales, al lado de otra mujer, rodeado de los más altos cargos del Parlamento y la Corte, un hombre admirado y envidiado a partes iguales, siempre amable, con su mejor sonrisa, haciendo gala de su excelente educación y de su buen hacer como hombre de confianza del Rey había triunfado por encima de cualquier expectativa de fracaso en su vida personal y pública. El hombre invencible, el hombre perfecto.
   Cuando se quedaba a solas, se quitaba la máscara y daba rienda suelta a su dolor, el dolor de perder, por que un hombre así lo había decidido, a lo que más amaba en el mundo, Evangeline, obligado por las circunstancias renunció a ella, no volvería a su casa humillado, ni lo verían claudicar ante nada, ni consentiría que le arrebatasen lo que era suyo, su patrimonio y su condición de hombre noble, jamás les daría esa satisfacción. En eso consistía el juego, un hombre que anteponía sus caprichos por encima de sus obligaciones, que no le importaba destruir las ilusiones y a las personas para que sus deseos se cumpliesen, no merecía ni el pan que lo alimentaba, pero tenía el poder de destruirlo con solo proponérselo y esa fue su amenaza una tarde en su despacho.
   -Lord Aldridge si queréis conservar todo lo que tenéis incluido vuestra dignidad, renunciad a vuestra esposa y seré benévolo con vos. No me desafiéis, tenéis mucho que perder.
   Así de sencillo, así de doloroso.
   Imaginaba la vida de Evangeline, las veces que no había podido evitar mirarla y ella le devolvió la mirada, vio el miedo y la soledad en sus ojos, era víctima de un destino que ella no había trazado, conocía sus ojos y lo que expresaban en cada momento y con cada mirada parecía preguntarle ¿Por qué? ¿Por qué no luchaste por mí? ¿Por qué no nos escondimos en el fin del mundo? Algún día le daría la respuesta, de momento, solo cabía esperar.
   Con el recuerdo de Evangeline se dormía todas las noches y se despertaba todas las mañanas, con los labios rojos que tanto deseaba, con su piel cálida y suave, con el sabor en la boca del pan recién hecho.

A finales del mes de octubre nevó en Londres, el espectáculo de los tejados blancos, de las calles nevadas, los árboles y los jardines cubiertos de un manto blanco, dio a Evangeline la oportunidad de dormir en casa de Margue aquella noche, las calles se habían vuelto intransitables y lord Dunkeld no pudo acudir a la cena de cumpleaños de su amiga.
   Esperó a que todos en la casa estuviesen dormidos, se puso una gruesa capa encima del camisón, abrió la ventana de la biblioteca y se descolgó hasta que sus pies tocaron el muro de piedra de la casa de enfrente, se sentó en el muro y de allí saltó al jardín, cayó de rodillas en la nieve, se incorporó y caminó hundiendo los pies descalzos en el mullido manto blanco y hasta llegar a la puerta de atrás de la casa de lord Aldridge, giró el pomo, estaba abierta, una vez dentro con pasos sigilosos llegó al dormitorio de su esposo, no sabía si estaba solo o en compañía de su amante, si era así se iría y si estaba aprovecharía el momento. Pegó una oreja a la puerta, no se oía nada, miró a ambos lados del pasillo, nadie, abrió la puerta y comprobó que estaba solo. Cerró la puerta tras de sí, se acercó a la cama y se quedó contemplando el cuerpo de Alexander, lo iluminaba el pequeño fuego de la chimenea, dormía desnudo, boca arriba con la cabeza ladeada y los brazos echados hacia atrás reposando en las almohadas, las ropas de la cama le cubría hasta el ombligo y una pierna doblada estaba fuera del cobijo de las mantas.
    Así estuvo mucho rato, oyendo su respiración acompasada, vigilando el sueño del hombre que odiaba, observando con detenimiento cada palmo de piel que quedaba a la vista. Dejó caer al suelo su capa mojada, y así con un ligerísimo camisón, que dejaba uno de sus hombros al descubierto y los cabellos sueltos la vio Alexander Aldridge cuando abrió los ojos, volvió a cerrarlos y los abrió al tiempo que se sentaba en la cama de un salto con cara de haber visto un fantasma que lo apuntaba con una pistola.
   -Podría haberos matado mientras dormíais y nadie descubriría jamás al asesino.
   -¿Qué te ha impedido hacerlo?
   -No lo sé.
   -¿Cómo has entrado?
   -Saltando por una ventana de la casa de Margue y entrando en vuestra casa por la puerta de atrás, estaba abierta. No temáis nadie me ha visto.
   -¿Sabes lo que nos pasaría si lord Dunkeld se entera de que estás aquí?
   -A mí nada, a vos no lo sé.
   -Debes irte Evan, vete por favor.
   -No voy a moverme de aquí hasta que haya conseguido de vos lo que pretendo.
    -¿Y qué pretendes Evan? ¿Qué me corten la cabeza?
   -No, la cabeza no, que os corten la lengua que paseáis por el cuerpo de vuestra amante, las manos para que no volváis a tocarla, el pene para que no podáis penetrarla. Decidme otra vez que me vaya y me iré, pero no sin antes deciros que os odio con toda mi alma.
   Agarró una de sus manos y tiró de ella en un segundo estaba tirada en la cama con lord Aldrdige sentado encima, le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza, se miraron unos segundos y sin mediar palabra se amaron con la locura del deseo más intenso, con los ojos y con los gestos, con el placer infinito de poseer a la persona a la que se ama, con la prisa de los fugitivos, con la ansiedad de quien bordea un precipicio.
    Evangeline le ofrecía su boca para besarla, no hacían falta las palabras, y así se dejó llevar hasta el orgasmo, sintiendo la vagina caliente y acogedora de la mujer que adoraba, besando sus labios y sintiendo la lengua húmeda de Evan dentro de su boca.
   Ella desapareció tan sigilosa como había venido, pero olvidó algo en el cuarto de lord Aldridge, olvidó llevarse con ella su olor a campo, olvidó entre las sábanas varios cabellos rubios, largos y ondulados, los guardaría para siempre y para no olvidar que lo que había ocurrido esa noche no era un sueño guardó la pistola en un cajón, estaba tirada en el suelo.
   El domingo en la catedral de Saint Paul después de la misa vio de lejos a Alexander con su hijo, no había tenido la oportunidad de conocerlo y le hubiese gustado, era la viva imagen de su padre, contaba ya con once años de edad, su padre lo llevaba agarrado por el hombro y hablaban distendidamente, en un momento dado algo dijo su hijo que el padre se rio de buena gana y luego lo atrajo hacia él con ternura. No lo había pensado, no había pensado en que tenía un hijo y que quizás en su decisión de abandonarla había pesado Thomas Alexander Aldridge, la condena que recibiera su padre la recibiría también su hijo, se convertiría en una víctima inocente de los actos de otras personas y su herencia no sería más que el descredito y la vergüenza y eso jamás lo permitiría el padre, ni por él ni por su hijo. Así debía forjarse el carácter de los hombres, un niño que creció sin madre y alejado de su padre en un colegio que su premisa era la disciplina, podían pasa dos cosas, que saliese como Bradley o como Alexander Aldridge ¿Qué los diferenciaba? Suponía Evangeline que su modo de ver y vivir la vida, ninguna era mejor que la otra, sencillamente eran diferentes.
    Aquel invierno frio e implacable trajo consigo muchas sorpresas, la primera fue que el Rey parecía recuperado de su crisis y volvió a la vida activa de la Corte y a presidir el Parlamento, todos echaban de menos un rey que se había ganado el apodo de “Jorge el granjero” por sus modales simples, sin florituras ni adornos, que se expresaba claramente y sin retoricas inútiles, profesaba a su esposa una fidelidad absoluta, conseguiría durante su largo reinado grandes cosas para su amada Inglaterra, perdió las colonias inglesas pero a cambio ganó las guerras napoleónicas, hizo grandes avances en la industria, creo la real Academia para la difusión de la cultura y llegó a crear un poderoso imperio hasta que sus crisis nerviosas acabaron por tornarse en locura y su hijo primogénito heredó el trono.
   Pero antes de que todo esto sucediese y pasasen los años, Alexander Aldridge fue acercándose poco a poco al Rey, con cautela y sin que se notase demasiado, aquel invierno de grandes acontecimientos e importantísimas firmas y ratificaciones de tratados, el más importante fue sin duda el reconocimiento de los nuevos Estados Unidos por Inglaterra después de la pérdida definitiva de las colonias, esto significaba que el Parlamento debía dictar nuevas leyes y a expensas del Rey se votó con la mayoría ostentada por lord Dunkeld “La ley de Indias”, Alexander Aldridge votó en contra pero no porque no estuviese de acuerdo sino porque sabía que el monarca era contrario a esa ley y la caída del Primer Ministro era inminente, Jorge III dijo en el Parlamento que consideraba enemigo personal a todo aquel que votó dicha ley y lord Aldrdige estaba en el otro lado, aprovechó las circunstancias porque supo esperar, escuchar y posicionarse al lado del Rey, el día diecisiete de Diciembre de 1.783 lord Dunkeld era destituido fulminantemente y expulsado de su cargo y lord Aldrdige tuvo mucho que ver. Dejó que se equivocara, que abusase del poder que le concedía la mayoría del Parlamento, pero había olvidado lo más importante, contar con el Rey, esa fue su condena, creerse el rey del universo, intocable y ejerciendo un poder absoluto. Alexander Aldridge fue en esos momentos quien puso al Rey al corriente de los manejos de su Primer Ministro, pero esto quedó en absoluto secreto entre los dos. Ahora estaba en posición de pedir al Rey que le devolviese la libertad perdida.
   Así funcionaba la política, el poder y las ambiciones personales, caminar en la cuerda floja de este complejo mundo tenía sus riesgos y lord Dunkeld no supo medirlos.
    Esa noche lord Aldridge dio por terminada su relación con lady Mary, pero ella todavía no lo sabía, debía tener el suficiente tacto para romper con ella, la había utilizado pero sería muy doloroso para Mary descubrirlo, se iría sin hacer demasiado ruido y sin herirla innecesariamente.
    Hacía seis meses que vivía sin Evangeline que sus caminos se habían separado y ahora volvían a unirse, se sentía feliz, la paciencia nunca había sido su punto fuerte, hasta que las cosas le importaron demasiado, entonces supo esperar con toda la paciencia que no sabía que tuviese y dio sus frutos, por fin podía recuperar su vida y a Evangeline.

Evangeline esperó dos días a que lord Dunkeld viniese a la casa, había hecho su equipaje, se iba, pero no sin antes decirle al hombre que había secuestrado su vida que se alegraba de su fracaso y que por fin había justicia para ella. Se iría a vivir a casa de Bradley y allí pensaría tranquila y alejada de todos los ruidos y los escándalos que todo esto suponía, qué hacer con su vida. Por primera vez en mucho tiempo era la dueña de sus decisiones, o quizás no lo había sido nunca, pero eso era el pasado, su futuro comenzaba ese mismo día.
   -¿Me abandonas Evan?
   -Voy a visitar a mi familia, los echo de menos y hace tiempo que no los veo.
   -Yo no puedo vivir sin ti, te amo más que a mi vida.
   -Ahora debéis volver con vuestra esposa y vuestros hijos.
   -No puedes irte Evan, te necesito más que nunca.
   -Volveremos a vernos milord.
   -Vuelve pronto Evan.
   Evangeline se despidió por un tiempo de lord Dunkeld, debería de haberle dicho:
   -Me obligasteis a abandonar a mi esposo, hicisteis de mi vuestra meretriz, a a acostarme con vos sin preguntarme si yo lo deseaba, hicisteis de mi vida un infierno y sí, os abandono ahora y para siempre, tendréis que matarme si pretendéis que me quede. Mi vida, gracias a vos, no vale nada ¿En qué posición me dejáis? ¿Lo habéis pensado? No, claro que no, voy a decíroslo, no soy más que la puta de un hombre que ha perdido el poder para decidir sobre mi vida. Y ahora con o sin vuestro consentimiento me voy.
   Pero no lo hizo, no de momento, empezaba a entender que la prudencia era vital para sobrevivir en el circo del poder, no sabía dónde estaría mañana lord Dunkeld y según se decía en Londres era cuestión de horas o días que volviese a ostentar el cargo.

Durante aquellos días convulsos en los que una noticia suplantaba a otra en cuestión de horas, de que los parlamentarios de ambos bandos se hablasen a voces sin ponerse de acuerdo hubo un claro triunfador, lord Dukeld apoyado por la mayoría de la Cámara volvía a ostentar su cargo con más honores si esto era posible, Evangeline se dedicó a divertirse con Bradley y sus amigos ¿Cuánto tiempo hacía que no se divertía? Que no era libre para hablar, para pensar, para expresar sus opiniones, para beber lo que le dice la gana y para fumar cannabis, para reírse y para llorar a veces de risa y otras no tanto.
   Pero algo había cambiado e todos ellos, Alexander tenía una espada de Damocles encima de su cabeza, lord Dunkeld había perdido una batalla, la había perdido a ella y Evangeline había perdido la inocencia, el mundo le había hecho abrir los ojos de golpe y tuvo que aprender a defenderse sola, a usar sus armas y a ser implacable con el enemigo, era una cuestión de supervivencia, o los otros o ella.
   Si a Alexander Aldridge le había salido bien pasearse la lado de su amante por las fiestas y los actos sociales ella también lo haría reaparecería del brazo de lord Dunkeld, más bella que nunca, triunfante y representando el papel de una mujer feliz. Y así lo hizo, saludó cortésmente a Alexander en la ópera.
   -¿Os acordáis de mí milord?
   -No ¿Quién sois?
   -¡Oh! La puta del Primer Ministro ¡Que cosas! Él vuelve a ser quien era y yo también.
   Y desapareció entre la gente dejando a lord Aldridge sumido en el desconcierto. A la salida y aprovechando que no estaba con lord Dunkeld decidió seguirla, solamente la acompañaba Grace, la dejó en su casa y el cochero siguió hasta la casa de Bradley, allí se bajó y se metió en el portal, antes de que le diera tiempo a cerrarlo, él ya estaba dentro. Le tapó la boca para que no gritara del susto.
   -¿Que hacéis aquí?
   -Seguirte.
   -Pues ya podéis iros, como veis he llegado sana y salva.
   -No voy a irme sin que me escuches.
   -¡Escuchadme vos a mí! No quiero tener nada que ver con un hombre como vos, firmareis el divorcio y ese día romperemos por fin el único lazo que nos une.
   -No te lo concederé jamás.
   -Lo haréis, no os queda más remedio, no se trata de lo que vos queráis sino de lo quiero yo ¿Lo entendéis señor? Lo firmareis, yo me encargaré de que lo hagáis. Tendréis noticias mías. Buenas noches lord Aldridge y ahora volver al lado de vuestra amante de turno, estará deseando teneros entre sus sábanas.
   -Es a ti a quien quiero entre mis sábanas.
   -Mis servicios son muy caros señor, no creo que podáis pagarlos.
   -Evan no te consiento que hables así.
   -Hablo tal como me lo exige la condición a la que me habéis relegado, yo elijo a mis clientes.
   Una bofetada cruzó la cara de Evan, cayó de rodillas, se puso en pie con toda la dignidad que le fue posible, lo miró a los ojos, se acercó a él y le devolvió la bofetada. Pero lord Aldridge paró la siguiente, le agarró la mano antes de que llegase a la otra mejilla.
   -¡Os odio! ¡Os odio señor! ¡Os odio!
   Evangeline lloraba sin remedio y seguía diciendo os odio ¿Qué habían hecho de ella entre todos? Ella intentaba empujarlo, estaba fuera de sí ¿Por qué, qué lo había impulsado a agredirla? Sus hirientes palabras, todos estaban demasiado nerviosos, demasiadas emociones contenidas, demasiado daño infligido y todo esto ¿Por qué? ¿A dónde los conducía todo aquel cúmulo de despropósitos? Le daba la sensación a lord Aldridge que habían comenzado un camino de no retorno y que nadie saldría vencedor en aquella contienda. Todos tenían mucho que perder y la cabeza era lo de menos ¿Para qué quería conservar la cabeza sobre los hombros si en su vida no estaba ella?
   Ella no opuso resistencia cuando la besó, cuando mordió su boca, ni cuando desabrochó su vestido y dejó sus senos al aire y los lamió como si fuese el néctar de la vida y ella lloraba y se dejaba hacer, esa forma tan suya de dejarse querer, la locura de poseerla, de amarla, la levantó y la poseyó contra la pared y acabaron en el suelo sin aliento, ella diciéndole sigo odiándote y él yo sigo amándote.
   El amor y el odio confundido en un momento único para ellos, imposible odiarse, imposible amarse, ese era su sino. Podían haber sido felices pero no sabían en qué momento se habían perdido el uno al otro. La vida no les concedía ninguna tregua y la necesitaban, tanto como el agua en el desierto, como el pan del hambriento.
   Evangeline se recompuso las ropas como pudo y se fue escaleras arriba, Alexander Aldridge recompuso como pudo sus pantalones, su jubón desabrochado y se perdió en la noche. Ninguno de los dos se acordaba de lo que habían soñado aquella noche cuando consiguieron conciliar el sueño, mejor así.

La primera noticia que tuvo Alexander Aldridge después de varios días de Evangeline fue a través de lord Dunkeld, o firmaba el divorcio o debía atenerse a las consecuencias.
   -¿Y cuáles son las consecuencias Primer Ministro?
   -Deberíais saberlas milord, no tendré piedad con vos.
   -Ni yo tampoco lord Dunkeld, ni un ápice de benevolencia hacia vos, no firmaré el divorcio, no os concederé esa gracia, ni a ella ni a vos.
   -Ateneos a las consecuencias, no me desafiéis lord Aldridge, puedo destruiros con solo proponérmelo.
   -Hacedlo milord pero os aconsejo que midáis las consecuencias, no me veréis jamás arrastrarme ante vos ni ante nadie, cuidado con lo hacéis milord, os advierto que seré implacable, será una lucha a muerte pero la diferencia entre vos y yo es que sabré morir si me vence el adversario pero vos me temo que no.
   -Bien lord Aldridge podéis retiraros.
   -Milord, a vuestros pies siempre.
   Hizo una exagerada reverencia y salió de la estancia, el reto estaba servido, pero había mucho en juego, demasiado, pero no se dejaría vencer tan fácilmente, maldecía el día que decidió viajar a Londres y dejar su casa, el lugar dónde era feliz, desde que habían puesto los pies en la ciudad todo se había torcido, el motivo no era otro que un hombre que se creía con derecho a decidir sobre la vida de todos, sin importarle absolutamente nada más que si mismo, se cruzó en su camino. Y Evangeline era la que más sufría, estaba desesperada. La amaba, mucho, muchísimo, su preciosa Evan, su amor, su vida.

Lord Dunkeld comenzó por destituirlo de su cargo, cuando el rey preguntó por qué la respuesta fue muy sencilla.
   -Majestad, no está a la altura de su cargo.
   -Hasta hace dos días lo estaba ¿Qué os ha hecho cambiar de opinión? ¿Su esposa quizás?
   -Disculpadme majestad pero no sé a qué os referís.
   -Yo creo que sí lo sabéis, bien lord Dunkeld no sé si os habéis parado a pensar en las consecuencias de vuestros actos, medidlos bien, es un consejo, no adivino todavía vuestro juego, pero me da la sensación de que vais a perder. Y ahora a lo que nos ocupa ¿Qué asuntos discutiremos hoy?
   
Evangeline preparaba su marcha, volvería a su casa al menos por un tiempo, estaba cansada, necesitaba alejarse de todo y de todos. Bradley tuvo una larga conversación con su amiga.
   -¿Sabes que significa el divorcio Evan? Creo que no lo sabes, tu petición será expuesta en el Parlamento, tendrás que admitir que eres adultera y serás repudiada por todos, a nadie le interesa la amistad de una mujer que ha decidido romper sus vínculos matrimoniales, no lo hagas Evan, ni por ti ni por Alexander.
   -Alexander … ¡Qué gran fracaso Bradley! Yo le amaba.
   -Y todavía lo amas, es más creo que no dejarás de amarlo nunca ni él a ti tampoco, si no somos capaces de luchar por el amor ¿Qué nos queda Evan? No te rindas jamás, no le des esa satisfacción a tu enemigo, eso es exactamente lo que espera de ti, que te rindas y tenerte a sus pies ¿No lo entiendes? Ya no tendrás otro sitio dónde ir ¿Dónde te esconderás cuando seas repudiada por todos? En su cama hasta que se canse, luego Dios dirá.
   -Estoy muy cansada Bradley.
   -Lo primero que vas a hacer es decirle a lord Dunkeld que no quieres el divorcio, se ponga como se ponga Evan, no transijas ni un ápice, amenázalo, no sé, haz lo que sea pero no le consientas que pida al Parlamento la disolución de tu matrimonio.
   -Alexander lo permitirá y yo no puedo hacer nada.
   -No lo conoces en absoluto, no conoces al hombre con el que estás casada, jamás hará nada que te perjudique porque si lo hiciera te perdería y eso es en lo último que piensa.
   -¿Entonces por qué me dejó en las manos de lord Dunkeld? ¿Por qué no luchó por mí? ¿Por qué me dejó sola y se fue con otra mujer? Dime Bradley ¿Por qué?
   -Eso ya te lo ha explicado pero no quieres entenderlo, tiempo querida Evan, te ha pedido tiempo, dáselo y habrás ganado la guerra, él libra las batallas por ti ¿Le has preguntado alguna que tuvo que ver él en la condena de Harold Almont? Pues deberías, empieza por ahí ¿En serio crees que los actos que cometió ese hijo de puta contra ti quedarían impunes? Te lo digo en serio Evan, no conoces a Alexander Aldridge.
   -¿De qué lo conoces tú?
   -Buena pregunta, digamos que conozco a gente que lo conoce, por ejemplo Clarence. Y por lord Pierce, amigo íntimo de sir Anthony Martins, Laurent Pierce y yo fuimos amantes y de aquella pasión quedó una buena amistad, por supuesto esto es un secreto y tú sabes guardarlos. La relación entre sir Anthony Martins y tu esposo se remonta a muchos años atrás, el padre de Alexander y él eran muy amigos, sir Martins fue su mentor en la Corte cuando su padre lo envió a Londres, era un adolescente entonces, es como un padre para él, el hombre en quien confía, el que le enseño los secretos de este complicado mundo de prohombres que se mueven alrededor del poder.
Habla con Alexander, confía en él Evan, dale tiempo al tiempo, ten paciencia y ganarás.
   Las palabras de Bradley consiguieron que Evangeline reflexionase largamente y desde el principio sobre todos los acontecimientos de su vida desde que vio a Alexander Aldridge por primera vez y tenía razón, ella se había dejado vencer, el primer consejo que le dio su amigo fue que aprendiese a jugar sus cartas pero ella se dejó vencer por unas circunstancias que no entendió entonces pero que ahora iba encontrándoles sentido. Todas las piezas iban encajando en su mente. Bien había llegado el momento de mover las piezas del ajedrez y una de las piezas clave de este juego es la figura que representa a la reina.
   Envió una nota al palacio pidiendo audiencia a la reina a través de su secretario personal, era un asunto privado, si no lo conseguía así entonces hablaría con sir Anthony Martins para que la ayudase a llegar hasta ella. Al día siguiente tenía la contestación, la reina la recibiría esa tarde a las cinco en punto en las habitaciones del palacio de Saint James.
   -Majestad.
   No se levantó del suelo y ni levantó la cabeza hasta que esta le dio permiso, pidió a sus damas que las dejasen a solas y que cerrasen las puertas.
   -Levantaos Evangeline, he de deciros en primer lugar que hace tiempo que esperaba vuestra visita y en segundo lugar que seguís siendo hermosísima a pesar de vuestras circunstancias.
   -Gracias majestad.
   -Sentaos querida, creo que tendremos una larga charla ¿Sabéis Evangeline? Mi vida y la vuestra coinciden en varios puntos, yo conocí a mi esposo el día de mi boda, me arrancaron de mi casa, de mi país, del amor de mi madre y mis hermanos, nada sabía de la vida entonces, pero aprendí a sobrevivir en un entorno que me era hostil, a manejar mis emociones, a calcular, con frialdad incluso, los pros y los contras de mis acciones y he conseguido tener una buena vida, amo a mi esposo y juntos hemos vencido los obstáculos que a veces se han cruzado en nuestro camino, tenemos una vida en común e hijos que nos dan muchas alegrías y todo esto querida Evangeline no consigue ni en un día ni desesperándonos, conozco a vuestro esposo y es un hombre de honor, no traicionaría jamás aquello en lo que cree firmemente y eso hace de él una persona de gran valía. El Rey yo misma lo tenemos en muy alta estima y por lo que va llegando a mis oídos vais a cometer el error más grave de vuestra vida,  divorciaros de vuestro esposo, supongo que habréis calculado los daños que este hecho origina para vos, no sucumbáis al chantaje querida Evangeline, vuestro esposo no lo hará, seguid su ejemplo.
   -¿Qué puedo hacer contra las amenazas Majestad? Lord Dunkeld puede, con solo mover un dedo, arruinar su vida y la de su hijo. Todo por lo que ha luchado puede arrebatárselo en un momento.
   -¿Y vos no queréis eso cierto querida? Bien, un hombre ha impuesto su poder para conseguiros, esa es vuestra baza, él ha conseguido lo que quería de vos y ahora estáis en disposición de conseguir lo que vos queráis de él. Las mujeres, querida Evangeline, disponemos de muy pocos recursos para desperdiciarlos, es el momento de poner vuestras cartas encima de la mesa, enseñadlas y venceréis, ya sabéis las cartas que manejan los otros y eso os da una enorme ventaja, sé que sabréis aprovecharla. Contad conmigo Evangeline y mantenedme al corriente de vuestros avances, encontrareis en mí una aliada, creo que juntas conseguiremos arrebatarle a nuestro común enemigo lo que más aprecia, el poder y vuestro esposo conseguirá arrebatarle lo que más desea, que volváis a su lado. Yo me encargaré de limpiar vuestro nombre, por una sola razón por que nunca debió de ser ensuciado, no lo merecéis, de vez en cuando querida la justicia está de nuestra parte.
   -¿Cómo agradeceros Majestad vuestra confianza en mí?
   -No tenéis nada que agradecerme, veo reflejada en vuestros hermosísimos ojos el alma que os habita, blanca y atormentada, cansada. Os diré que al final de nuestras vidas seremos juzgados por nuestros actos, si permanecemos fieles a nuestras convicciones, la balanza se inclinará a nuestro favor y podremos morir con la conciencia tranquila.  
   -Gracias de todo corazón Majestad.
   -Por supuesto ni lord Dunkeld ni vuestro esposo deben saber que esta conversación  ha tenido lugar, no de momento.
   -Por supuesto Majestad y os reitero mi eterno agradecimiento, os deseo una larga vida.
   Besó la mano de la reina que tan generosamente le había tendido, hizo una reverencia y se retiró con el corazón lleno de esperanza.
   La reina Carlotta meditó durante un buen rato sobre la vida de Evangeline, su belleza la había condenado a pagar un peaje excesivo, el que ella nunca quiso que le pidieran, solo quería ser feliz al lado de su esposo y una mano negra, presuntuosa, anteponiendo su poder a los sentimientos de ella, la hizo suya bajo veladas amenazas, a eso se exponían las mujeres con la ley siempre en su contra, pero estaba dispuesta a sentar un precedente con el caso de Evangeline Aldridge, que en su reinado no se volviese a repetir tamaña injusticia con ninguna otra mujer que no lo mereciese.

Lord Aldridge pidió consejo a su amigo sir Anthony Martins. Era una situación muy delicada y debía actuar sobre seguro, no se podía permitir ni un solo error.
   -Bueno, bueno, bueno, querido Alexander, estamos en buen lío pero nada que no pueda resolverse si actuamos como los zorros, esperando el momento propicio y en silencio para saltar sobre nuestra presa. En este caso nos enfrentamos a un enemigo poderoso, pero… querido amigo, él no sabe que yo se algo que él no sabe que yo sé y puedo demostrarlo, sigue conservando tu puesto en el Parlamento, yo te diré cuando debes decir lo que sabrás a su debido tiempo.
   -Sigo pensando lo mismo de ti, eres el mejor Anthony.
   -Lo sé querido Alexander, por eso he llegado a viejo.

Evangeline envió una nota a lord Dunkeld diciéndole que quería verlo, se verían en la casa que él le había comprado. Se arregló con esmero, se puso su mejor vestido, azul turquesa y un collar de zafiros haciendo juego con los pendientes, se recogió los cabellos atrás y luego dividió sus rizos en dos mitades que dejó caer por sus hombros, le gustó el resultado.
   -Mi queridísima Evan, estas preciosa, no imaginas la alegría de verte aquí, de que finalmente hayas decidido quedarte ¡Oh Dios mío Evan! Déjame que te vea, eres preciosa y eres mía ¿Qué más puede pedir un hombre?
   La abrazó con fuerza, besó su frente y sus labios, le dijo cien veces te amo. Ella respondió a su abrazo.
   -No podía abandonaros milord, os necesito, os amo.
   -Eres lo mejor el mejor de los regalos, no dejaré que te vayas, no te irás nunca de mi lado.
   Estaban desnudos sobre la cama, él acariciaba la piel que amaba, después de haber poseído con un ansía que lo desbordaba a la mujer que yacía a su lado, nada podía compararse a ella, nada tan gratificante como ese momento en que se dejaba acariciar y le sonreía. El mundo se concentraba en ella, el cielo era ella, las estrellas y el firmamento eran ella.
   -¿Qué opina sobre mí la gente milord?
   -Que eres preciosa.
   -Me refiero a …
   -Sé a lo que te refieres y no debería importarte.
   -Pero me importa milord ¿Pensáis en mi alguna vez?
   -Constantemente.
   -No os creo, si lo hicierais os daríais cuenta de que si firmo el divorcio me dejáis en la peor de las posiciones ¿Queréis compartir vuestra intimidad con una mujer repudiada? Me temo que no, no querríais por nada del mundo verme así, lo sé milord, dejad las cosas como están, soy feliz a vuestro lado, no dejéis que nada perturbe nuestra felicidad, no quiero que nadie me señale, quiero seguir siendo quien soy, nos conviene a todos y a vos el primero, quizás permanecer al lado de una mujer divorciada perjudique seriamente vuestros intereses políticos, no quiero ser una mancha en vuestra impecable carrera, pensadlo, no os pido nada más.
   -Si tú así lo quieres, así será.
   -¿Tenéis hambre? ¡Ummm! Yo sí, traeré algo de comer.
   Saltó de la cama y se fue desnuda, con sus cabellos sueltos, en ese momento lord Dunkeld la miraba pensando en le concedería lo que quisiera con tal de tener el privilegio de poseer para siempre aquel cuerpo que adoraba, los labios que deseaba, los ojos que amaba.

   -Lord Aldridge ¿Seguís negándoos a conceder el divorcio a vuestra esposa?
   -Por supuesto lord Dunkeld.
   -Bien, de acuerdo, no lo hagáis, no voy a forzaros a hacerlo.
   -Me alegro de vuestra decisión milord.
   -Pero a cambio quiero que desaparezcáis de Londres, volved a vuestra casa y a vuestras tierras y olvidaos de Evan, ella ya no os pertenece. La decisión es suya y sus deseos son órdenes para mí.
   -De acuerdo milord, así lo haré ¿Tengo vuestra palabra de que nada haréis contra mí ni ahora ni el futuro?
   -Tenéis mi palabra de honor.
   -Gracias de nuevo milord.
   Bien, tenía su palabra de honor pero él no le había dado la suya. En esta ocasión lord Dunkeld no había sido tan listo.
   Tenía una conversación pendiente con su esposa.
   -Hola Evan.
   -¿Qué hacéis aquí?
   -He venido a verte, Bradley me ha dejado entrar.
    -Bien señor, si el dueño de la casa os ha dejado entrar, no puedo echaros, pero puedo irme yo.
   -Solo te estoy pidiendo un poco de tu tiempo Evan.
   -¿Qué queréis de mí?
   -Me dice lord Dunkeld que tú le has pedido que me vaya de Londres, que vuelva a Suffolck ¿Es cierto? A cambio no tenemos que disolver nuestro matrimonio, supongo que es por que a ti no te conviene.
   -Exacto a mí no me conviene, respecto a que os vayáis de Londres no es cierto que yo se lo haya pedido por una sencilla razón, me da igual dónde estéis.
   -¿Y tú Evan, estás dónde quieres estar? ¿Estás con quien quieres estar?
   -Eso no es asunto vuestro. No voy a hablar de mis sentimientos con vos.
   -Sí eres asunto mío Evan, creo que los dos perseguimos lo mismo, ver caer a lord Dunkeld y que esta vez no vuelva a levantarse nunca. Ayudémonos y luego decide tu camino.
   -Ya he decidido mi camino, vosotros seguid el vuestro, no haré nada que os perjudique, nunca lo he hecho ni lo haré jamás.
   -Yo tampoco Evan, al contrario todo lo que hago es por ti, espero que algún día lo entiendas.
   -Supongo que no os han seguido.
   -No, no temas nadie sabe que estoy aquí.
   -Bien mejor así, buenas tardes lord Aldridge.
   -Te amo Evan.
   -¡Por supuesto milord! ¡Faltaría más! No os preocupéis no se lo diré a nadie, os guardo el secreto.
   Se dio la vuelta y se quedó mirando por la ventana, las lágrimas asomaron a sus ojos. Lord Aldrdige se acercó a ella.
   -Perdóname por lo de la otra noche, no volverá a suceder jamás, perdí los nervios oyéndote hablar así, supongo que soportamos demasiadas tensiones, pero eso no es una disculpa, lo siento de verdad. Nunca te haría daño Evan, ni nadie que te lo haga quedará sin castigo. Se lo prometí a tu padre y me lo he prometido a mí mismo.
   -Iros milord, por favor.
   -No sin que me hayas perdonado.
   Tomó el rostro que amaba entre sus manos.
   -No me odies Evan, por favor, no me odies.
   -Lo intento todos los días y debo deciros que algunos lo consigo.
   Besó sus labios y se fue. Bradley la encontró arrodillada en el suelo, llorando y respirando con dificultad, desabrochó los botones de su vestido.
   -¡Vamos Evan respira por Dios! Esto no puede ser, tiene que acabarse Evan, todo esto tiene que acabar. Te pondrás enferma mi niña.
   Se arrodilló junto a ella en el suelo, la abrazó y la dejó llorar.

   -Majestad.
   -Levantaos sir Martins, creí sinceramente que me habíais olvidado ¿A que debo el honor?
   -El honor es mío.
   -Bien viejo amigo, repartamos el honor entonces, la mitad para cada uno.
   -He de hablaros de Alexander Aldridge.
   -Me encanta vuestro sentido práctico, vais al grano sin rodeos, creo que por eso os guardo tanto cariño. Con vos no tengo que oír una perorata infinita de  estupideces para adularme, solo les falta decirme lo guapo que soy, probad este whisky irlandés, es excelente, debo reconocer que estos monjes católicos saben hacer bien estas cosas, las otras lo dudo, pero esto se les da bien.
   -Excelente majestad, buenísimo.
   -Pues tomad otra, si tengo que llamar a un sirviente para que nos las sirva tardaremos casi tanto tiempo en beberlo como los monjes en fabricarlo. Demasiada parafernalia para todo querido amigo, a veces cuando la comida llega a mi plato está fría de tantas manos por las que pasa y el vino se ha avinagrado de tanto tiempo que lleva fuera de la barrica. Recuerdo mi visita a Versalles antes de que les cortasen a todos la cabeza, no sabría exactamente las veces que perdí la paciencia esperando por un simple té, desde que estaba en la mesa hasta que llegaba a mis labios se había macerado. Pero decidme que es eso de lo queréis hablarme.
   -Lord Dunkeld quiere alejarlo de Londres.
   -Supongo que su bella esposa tiene algo que ver, me refiero a la lord Aldridge, de la otra no podemos decir lo mismo.
   -Suponéis bien Majestad.
   -¿Pero?
   -Pero ahora nos es necesario, tanto vos como yo deseamos ardientemente verlo caer para no volver a levantarse y Alexander Aldridge nos brindará esa oportunidad. Me refiero exactamente a que él dirá en el momento adecuado lo que lord Dunkeld no sabe lo que nosotros sabemos.
   -Bien ¿Qué es lo que nosotros sabemos? Soy todo oídos querido amigo.

   -Primer Ministro he de daros una buena noticia, por fin he logrado convencer a lord Aldridge para que permanezca en la Corte, casi he tenido que amenazarlo para que se quede, intentó por todos los medios que lo dejase volver a su casa. Un hombre valioso del que no debemos prescindir en estos momentos, sé que estáis totalmente de acuerdo.
   -Por supuesto Majestad, me alegro de que finalmente lo hayáis convencido.
   -Sabía que esta noticia os alegraría enormemente, y ahora ¿Qué asuntos hemos de tratar hoy?
   En este complicado entramado de intereses unos tenían mucho más que perder que otros y lord Dunkeld era plenamente consciente de que la posición en la que estaba ahora era complicada y más si lord Aldridge seguía en el Parlamento rodeado de buenas amistades. El que más preocupaba al Primer Ministro era sin duda sir Martins, amigo personal del rey, consejero en muchas ocasiones aunque estuviera retirado de la vida activa y hombre de su absoluta confianza, Alexander Aldridge era como un hijo para él y siempre se posicionaría de su parte, si sir Martins lo apoyaba significaba que el rey también. Cualquier error por nimio que fuese lo aprovecharían para derrocarlo definitivamente, no tendría una segunda oportunidad.
   Un juego peligroso en el que perdedor no volvería a levantar la cabeza. El ostracismo era su condena. Tantos años de trabajo, de sacrificios por su país, de noches enteras sin dormir buscando soluciones a los conflictos y a las guerras, intentando encontrar el dinero para financiar las campañas bélicas sin que Inglaterra entera se muriese de hambre mientras tanto, sangrando las arcas de los comerciantes y de los nobles, subiendo los impuestos, imponiendo al pueblo enormes sacrificios y todo para mayor gloria del reino de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Todo ese trabajo, ese esfuerzo de años, podía irse al garete en minutos. Ya lo había comprobado una vez, la siguiente no tendría tanta suerte. La política era un trabajo ingrato.

   -¿Sabes Bradley? Yo no imaginaba que el amor doliera tanto y que cuando se acabara nos dejaría un poso de tristeza infinita con la terrible sensación de que no nos curaremos jamás.
   -¡Ah el amor Evan! ¿Cuántas páginas se han escrito a lo largo de la historia sobre el amor? Miles querida amiga y otras tantas sobre el desamor, cuantos poetas han sublimado este sentimiento que nos hace poderosos, felices, invencibles y aprender a vivir sin él cuando se acaba es una dura prueba, quizás la más dura de cuantas tenemos que aceptar a lo largo de nuestras vidas.
   -Yo no quería enamorarme de Alexander, pero creo que me enamoré de él desde el primer momento en que lo vi, vestida con harapos, en una casa que se cae a pedazos en medio de un salón que los únicos muebles que quedaban estaban más ruinosos que la propia casa y mírame ahora, con estas joyas podría comprar el condado de Lancaster entero. Pero esta vida de lujo no me satisface en absoluto, yo solo quería vivir en un rincón del mundo, tener hijos y ser feliz con lo poco o mucho que tuviera, he pasado hambre y todas las necesidades que imaginas, pero a cambio era feliz, daría todo lo que tengo ahora para volver a encontrar la calma de aquellos días cuando la vida no me había enseñado todavía que puede ser tan ingrata, tan difícil y tan amarga.
   -Oyéndote hablar se diría que no has sido feliz desde entonces y no es cierto, si lo has sido y volverás a serlo, la vida es así Evan, a veces injusta, a veces maravillosa ¿Quieres volver a ser feliz? Claro que sí, tú no eres pesimista, ni aburrida, ni victimista, solo estás pasando por unas circunstancias difíciles, pero no hay mal que cien años dure me decía siempre mi madre, las tormentas se van y vuelve la calma, sale de nuevo el sol.
   -¿Tú eres feliz Bradley? ¿Cuál es tu secreto?
   -No necesito nada más de lo que tengo, creo que ese es el secreto de la felicidad. Y un buen amante, no puedo pedir más.
   -No sé cómo llegué hasta aquí, lo pienso y no me lo explico ¿Por qué caí en esta trampa? ¿Soy acaso una estúpida?
   -En absoluto Evan, nada más lejos de la realidad, caíste en la trampa por que no sabías cómo funcionaban las cosas, ahora ya lo sabes, puedes jugar con ventaja.
   -Ya lo he hecho y sí, da resultado.
   -¿Sabes lo que necesitas Evan? Una noche de amor con Alexander, te quedarás como nueva. Sigue mi consejo, pero esa noche tiene que ser absolutamente especial, que no la olvide nunca, que prevalezca  el recuerdo en su memoria sobre muchas otras.
   -¿Por qué?
   -Hazlo Evan y verás los resultados, sabes que nunca te daría un consejo que te perjudicase, hazlo, espera y habrás ganado la batalla definitiva, la que hará que ganes la guerra.
   Evangeline escribió una nota a lord Aldridge, necesitaba verlo esa noche, volvió el mensajero con otra que decía que sí, que esa noche la visitaría en casa de Bradley.
   -Perfecto Evan, esta noche no habrá nadie en la casa, ni el servicio ni yo, toda vuestra.
   -Gracias Bradley.
   Evangeline se bañó con sales perfumadas, se untó la piel con aceite de almendras, se la frotó suavemente con una toalla hasta que quedó suave como la seda, se lavó los cabellos y se los dejó sueltos, se puso un vestido con ligeras transparencias sin nada debajo y descalza, se maquilló discretamente, se miró al espejo y esperó a que llamasen a la puerta.
   Alexander Aldrdige estuvo un rato observándola antes de traspasar el umbral, por fin entró cerrando la puerta tras de sí. El espectáculo que ofrecía su esposa lo había dejado sin palabras.
   -Estás sencillamente maravillosa Evan.
   -Gracias señor, no os hecho venir para hablar de nada en concreto, esta noche  quiero amaros nada más.
   -¿A qué debo este enorme privilegio?
   -Os concedo la oportunidad de ganarle una batalla a vuestro enemigo, de convertiros por una noche en el amante furtivo de vuestra esposa.
   -Te prometo aprovecharla.
   Lord Aldridge la siguió hasta el dormitorio y ella cerró la puerta y allí contra la puerta comenzaron a besarse, ella a quitarle la ropa, él a acariciarla por encima de la tela de su vestido, la levantó en el aire la llevó hasta el tocador y la sentó allí, se colocó entre sus piernas, volvió a levantarla y la apoyó contra la chimenea, acabaron desnudos en la cama volviéndose locos de deseo, rodando por la cama, acariciándose el sexo, la puso a cuatro patas y la penetró, la agarró por el cuello y la atrajo hacia él, rodeó su cintura con un brazo y con la otra mano acariciaba sus senos, su sexo, sus muslos, Evangeline gritó cuando un orgasmo agitó su cuerpo, intenso, maravilloso, lord Aldrdige se dejó ir entre los espasmos de su esposa, fue sencillamente el mejor momento de su vida.
   -Te amo Evan, te amo ¡Por Dios! Te amo, dime que me amas, miénteme Evan, necesito oírtelo decir.
   -Os amo señor.
   -Bésame y dímelo otra vez.

John Alexander Aldridge-Relish, barón de Aldridge por cortesía del rey Jorge III, se prometió a sí mismo que lord Dunkeld no volvería a poseer a su esposa jamás, no volvería a acariciar su piel, ni a besar sus labios, no sería suya nunca más, no lo permitiría. Desde el momento en que lord Aldridge tomó esa decisión se precipitaron los acontecimientos. Ahora si estaba en posición de acabar con él, había llegado por fin el momento, quizás estaba arriesgando demasiado pero Evangeline era razón más que suficiente para luchar a muerte por ella. No podía apartar de su mente la noche más deliciosa de su vida, quería muchas más como aquella, con ella, siempre con ella. Evangeline su tesoro más preciado, su amor, su anhelo, su esposa.

 Lord Dunkeld envió una nota a Evangeline a la que no contestó, nadie abrió la puerta de la casa, estaban dentro pero esa era la consigna, ponerlo nervioso, ni abrieron la puerta al día siguiente, por la noche se vieron en el teatro, lord Dunkeld llevaba del brazo a su esposa que dirigió una breve pero intensa mirada a Evangeline, lord Aldridge acudió con su amigo sir Martins y ella con Bradley y lady Stela Surrey viuda de un primo del rey y que compartió su cama con lord Aldridge  alguna noche y una siesta, pero de eso hacía ya tiempo. La noche de las miradas, todas puestas en Evangeline que brillaba con luz propia con su vestido de terciopelo azul y las joyas a juego con sus ojos. Evangeline no pudo evitar mirar más de una vez a su esposo y éste a ella, lord Dunkeld no podía evitar volver la mirada hacia Evangeline y sir Martins observaba como se miraban todos. Comprobó que el Primer Ministro estaba absolutamente enamorado de la esposa de su amigo, su mirada no dejaba lugar a dudas, lo comprendía perfectamente, era difícil no enamorarse de aquella mujer bellísima y comprendía también que Alexander no quisiera perderla e intentara vengarse del hombre que utilizando el chantaje y todo el poder que le confería su cargo para arrebatarle a su esposa. Y pensaba también en ella, la victima de todo aquel juego perverso ¿Alguien se había molestado en preguntarle que deseaba? Debía de sufrir mucho, le habían arrebatado lo más importante para una persona, su libertad ¿Cuántas veces a lo largo de su vida había oído quejarse a las mujeres de que nadie las escuchaba, nadie les pedía su opinión, su absoluta indefensión ante la ley? Siempre en manos de los hombres que la mayoría de las veces ellas no habían elegido, siempre obedientes, siempre calladas y con la amenaza de ser repudiadas e incluso vendidas como si de una mercancía  se tratase.
   A la salida del teatro sir Martins se acercó a Evangeline, besó su mano, se presentó y la invitó a comer a su casa al día siguiente, sus credenciales fueron más que suficientes, aceptó su invitación, aquel caballero seguro que tenía cosas muy interesantes que decir. Lord Aldridge saludó cortésmente a la esposa de lord Dunkeld.
   -Un placer volver a veros milady.
   -Igualmente lord Aldridge, tenéis una esposa preciosa.
   -Gracias lady Catherine, vuestro esposo también es muy afortunado teniéndoos a vos.
   -Sois muy galante milord, de sobra sabréis de que está hablando todo el mundo en este momento, la esposa engañada públicamente departiendo con el esposo de la mujer que lord Dunkeld le ha arrebatado. Lo siento por vos, creedme cuando os digo que así es, no me digáis que lo sentís por mí, ese es mi papel aguantar sin agachar la cabeza y he de deciros que nadie tiene nada que reprocharme, interpreto mi papel tan bien como los actores que han representado esta noche una excelente obra de teatro.
   -Milady, disculpad mi atrevimiento al formularos la siguiente pregunta ¿Qué hubieseis hecho vos si estuvieseis en el lugar de mi esposa?
   -Nada, porque nada podría hacer, no tendría elección. En sus manos estaría el poder de destruir a mi esposo y todo lo que representa. No lo haría jamás, en eso vuestra esposa y yo nos parecemos, ella se sacrificó por vos, espero sinceramente que sepáis agradecérselo.
   -No lo dudéis milady.
   -Os deseo buena suerte lord Aldridge.
   -Igualmente para vos y vuestros hijos.
   Lord Dunkeld se acercó a Evangeline.
   -¿Por qué no contestas a mis notas?
   -¿Qué notas milord?
   -¿Es que acaso ya no vives en casa del señor Foster?
   -Claro que sí, no habría nadie en la casa.
   -Mañana por la noche nos vemos en nuestra casa y no admito un no por respuesta.
   -Por supuesto milord, yo también estoy deseando volver a veros, creí que me habíais olvidado.
   -Eso es imposible mi preciosa Evan, sabes que estoy loco por ti.
   Estas últimas palabras las oyó lord Aldridge y apretó los puños, lo hubiese matado allí mismo aunque le cortasen la cabeza por ello pero no volvería poner ni un dedo encima de su esposa.

   La comida en casa de sir Martins fue toda una sorpresa.
   -Perdona querida Evangeline esta pequeña encerrona.
   -Si la comida es buena y la charla agradable os perdonaré sir Martins.
   -Entonces estoy perdonado. Sentémonos a la mesa.
   Una vez sentados comenzó sir Martins la conversación.
   -Voy a hablarte con absoluta franqueza Evangeline, conozco a la familia Aldrdige desde hace muchos años, el padre de Alexander y yo fuimos muy buenos amigos siempre, conozco a tu esposo desde el día en que nació y lo quiero como a un hijo. Me unen lazos indestructibles a esta honorable familia y por nada del mundo permitiría que nadie ensuciase su apellido y lo que representa. Te preguntarás porqué te cuento todo esto, Alexander me lo ha pedido, a él no quieres escucharlo ¿Me permites que hable en su nombre?
   -Continuad sir Martins –Evangeline pensaba en ese momento que era cierto, Alexander no se rendía nunca− ¿Le habéis preguntado por qué no quiero escucharlo? O mejor incluso, preguntádmelo a mí.
   -Te lo pregunto Evangeline, sé que tienes mucho que decir.
   -Os lo resumiré en pocas palabras ¿Querríais escuchar vos a quien os ha traicionado? Me temo que no, como me temo también que no entendéis que se siente cuando solo se es moneda de cambio, yo te doy a mi esposa y tú no me quitas ni uno solo de mis privilegios, no tenéis ni idea de lo que sentí entonces ni de lo que siento ahora, no os atreváis a pedirme que perdone y olvide.
   -Quizás si escuchas los motivos que han llevado a Alexander a obrar como lo hizo, puedas comprenderlo mejor. Solo te pido que escuches Evangeline.
   -Adelante sir Martins pero no intentéis manipular los hechos, os ruego que no me consideréis una estúpida.
   -Sé que no lo eres por eso estás aquí, siento enormemente todo lo que ha pasado, en absoluto lo merecías.
   -¿Vais a decirme que soy una víctima necesaria? Ya que la franqueza preside esta mesa, voy a serlo, yo tengo que acostarme con un hombre que así lo ha decidido mientras mi esposo se pasea del brazo con sus amantes, ajeno al drama que supone para mi tener que aceptar las imposiciones de un hombre al que detesto, nadie me preguntó jamás lo que yo quería, ni mi esposo luchó por mí, ni mucho menos quiso enfrentarse a un hombre poderoso que podía con solo proponérselo arruinar su vida, prefirió arruinar la mía, pero algo he aprendido de todo esto, yo tampoco voy a agachar la cabeza, soportaré estoicamente lo que la gente diga de mí y sé lo que dice, se lo debo a Alexander Aldridge ¿De qué queréis convencerme sir Martins?
   -De que los pasos que ha seguido Alexander para libraros ambos de vuestro enemigo no han sido en vano, como no lo fue el tiempo que tuvo que esperar una oportunidad para acabar con Harold Almont, si querida Evangeline fue él quien lo mandó la cadalso, de ninguna manera hubiese consentido que los actos que cometió contra ti quedaran impunes, como tampoco quedarán los de lord Dunkeld, Harold merecía morir, el Primer Ministro morirá poco a poco, desacreditado y alejado de la Corte para siempre, la reina os ayudará a limpiar vuestro nombre Evangeline, sí, lo sé, no me mires así, ella confía en mí. Cuando todo esto acabe podrás elegir tu camino.
   -¿Y cuándo acabará sir Martins?
   -Muy pronto Evangeline si me permites te diré otra cosa, no dudes ni un momento de Alexander, es un hombre íntegro, respecto a su amante, solo representaba un papel necesario en este juego, si le hacía ver que le eras indiferente cesarían  sus amenazas contra él, iban en serio Evangeline, lo cobarde hubiese sido huir y Alexander no lo es, su hijo no merece vivir el descredito de su padre ni el de su familia.
   -Bien sir Martins, vuestra comida y vuestro vino es excelente, ahora debo dejaros.
   -Para lo que necesites, estaré aquí.
   -¿Sabéis lo que necesito? Calma, paz en mi vida, olvidar e intentar volver a ser feliz, sola.
   Aquella noche Evangeline envió una nota a lord Dunkeld, no se encontraba bien, tenía fiebre y la ha visitado un médico recomendándole guardar cama. Por supuesto no era cierto, solo era una forma de librarse de él, al menos durante unos días. Reflexionó largamente sobre las palabras de sir Martins, Harold Almont finalmente cayó en su trampa y por lo que pudo dedujo de sus palabras es que lord Dunkeld también caería. Si finalmente así era la habría liberado de sus cadenas, por eso lo hacía, por ella y por su honor por supuesto. Se metió en la cama por si a lord Dunkeld se le ocurría venir a visitarla.
   No volvería a verse a solas con lord Dunkeld nunca más, se negaría rotundamente, ni con él ni con ningún otro hombre que ella no quisiera, ni a decir lo que no pensaba, ni  a ser una hipócrita, ni volver a fingir lo que no sentía. Por fin la pesadilla había acabado. Y por supuesto dio por finalizada cualquier relación con su esposo. Demasiado doloroso para ella pero el tiempo haría que el dolor fuese atenuándose y quizás volver a encontrar la felicidad.

La tensión que se vivía esos días en el Parlamento entre las diferentes facciones, el Primer Ministro por otro lado intentando conseguir el mayor apoyo posible para que se firmasen las leyes de “Indias” y los acuerdos con Francia y el rey intentando imponer su criterio por encima de todos ellos, no hacía más que aumentar, es cómo si Inglaterra fuese a explotar de un momento a otro, tardó tres días en estallar la tormenta política que todos veían avecinarse sin remedio.
   El Primer Ministro fue tajante respecto a la ley afirmando categóricamente que él jamás firmaría una ley que perjudicaba a Inglaterra y las colonias que todavía permanecían bajo la bandera inglesa y mucho menos dar acceso a Francia a las aguas de Terranova.
   Lord Aldridge consiguió hacerse oír por encima de todos los demás.
  -¡Eso no es cierto lord Dunkeld! Vos ya lo firmasteis traicionando a esta Cámara y al rey –sacó un papel del bolsillo de su chaqueta− ¡Aquí está vuestra firma!
   El pataleo y el abucheo fue general ¿De dónde había sacado lord Aldridge aquel documento? Lo entendió en un instante, sir Martins, era la única persona que sabía de su existencia, lo había firmado para no perder la gracia del rey después de su primera destitución, había caído en su propia trampa, consiguió convencerlo que lo firmara para apoyar sus intereses en un momento en que eso era lo que le convenía, pero el viento había cambiado de dirección, lo que un día lo salvó ahora lo condenaba sin remedio. Sir Martins sabía que los hechos sucederían de ese modo, solo tuvo que esperar el momento idóneo para acabar con él, lord Aldrdige le había ganado la partida.
   Lord Aldridge y sir Martins lo celebraron por todo lo alto al igual que los reyes y como otras muchas personas en la ciudad esa noche y más de la mitad de Inglaterra a medida que fuera extendiéndose la noticia. Evangeline lo celebró con Bradley y sus amigos, fue una noche memorable.
   A la mañana siguiente envió una nota a lord Dunkel con unas escuetas palabras: “Adiós para siempre milord, por fin me libro de vos”.

La reina Carlotta organizó una cena en su palacio unos días después, estaban invitadas todas las personas importantes de la política, las artes y la ciencia de Londres o residentes en la cuidad. Evangeline era su invitada de honor y como tal la trató, a la vista de todos y que quedase claro su aprecio hacía ella, lord Aldridge supo en ese momento que la había perdido, su mirada no le dejó lugar a dudas.
   El brindis de la reina fue muy emotivo.
   -Por mi querida amiga lady Evangeline, para que ninguno de los aquí presentes, ni el rey ni yo misma, volvamos a permitir que un hombre abusando de su poder y bajo amenazas vuelva a secuestrar la vida de una mujer, ni a robar todas sus ilusiones. No podemos permitirlo, no debemos permitirlo jamás.
   Todos se pusieron en pie, alzaron sus copas y brindaron por el honor de las personas que lo poseen, un tributo ganado a pulso. El compromiso de todos fue firme.
   Después de la fiesta se despidió de la reina.
   -Adiós Majestad, no imagináis lo que vuestra ayuda ha significado para mí, nunca podré pagároslo, tenéis mi eterno agradecimiento, que Dios os bendiga y os de una larga y dichosa vida.
   -Lo mismo os digo querida amiga, no olvidéis escribirme, sé que volveremos a vernos, volveréis a Londres y cuando volváis presentadme a vuestro hijo, si querida he tenido quince hijos y sé mucho al respecto, mis felicitaciones por tan bello acontecimiento en vuestra vida.
   Se dieron un cálido abrazo, las lágrimas de Evangeline fueron tan sinceras como su corazón.
   -Que Dios os guarde Majestad.

Evangeline sospechaba que podía estar embarazada, empezaban a producirse algunos cambios en su cuerpo, le costaba abrocharse los vestidos y hacía un tiempo que su regla, puntual como los mejores relojes, la había abandonado.
   El médico confirmó sus sospechas, la reina tenía razón, estaba esperando un hijo. En la soledad de su cuarto acarició su vientre apenas abultado, sonreía, tenía un motivo más que suficiente para seguir adelante, procurarle a su bebe la mayor felicidad posible.

Tomaron caminos diferentes, lord Aldrdige con la venia del rey y por los servicios prestados le concedía el favor de dejarlo volver a sus tierras y Evangeline volvería a Lancaster, con su querida familia Averdeen, crecería en una casa donde todos lo querrían muchísimo.
   -Vuelve conmigo a casa Evan, empecemos de nuevo, al fin somos libres.
   -No señor, no volveré con vos, seguiré mi camino y nada podréis hacer para convencerme de lo contario, adiós, os deseo suerte.
   -Adiós Evan, te amo, no lo olvides nunca.
   Evangeline lloró toda la noche, por el amor perdido, por lo que no pudo ser, por el hombre que seguía amando a pesar de todo. Había hecho por ella todo cuanto estuvo en su mano, se lo agradecía enormemente, pero demasiado daño, demasiado dolor.
  Vendió sus joyas, con todo el dinero que le habían dado por ellas tenía más que suficiente para vivir holgadamente y el que le había dado lord Dunkeld para que nada le faltase si a él le pasaba algo, tendría para comprarse una buena casa y todavía le sobraría mucho. Se despidió de Bradley arrancándole la promesa de que iría a pasar el verano a Lancaster y sin saber cómo agradecerle su amistad, su apoyo y su cariño.
  
La primavera llenaba de mil colores el paisaje de su querida Inglaterra, de olores y de recuerdos, los árboles de los que iba memorizando sus nombres  empezaban a mostrar sus hojas rojas, amarillas, ocres, verdes y un tibio sol calentando el espíritu de los bosques. Desde la ventanilla de su carruaje contemplaba y disfrutaba del maravilloso espectáculo de la naturaleza.
   Los ríos discurrían tranquilos entre los campos y las arboledas, Evan escuchaba las aguas y cerraba los ojos, a veces sonreía y otras veces lloraba, pensando en que así era la vida, cómo el discurrir de las aguas, unas veces mansas, otras veces revueltas y otras desbordadas.
   Así había sido su vida hasta entonces.
  
La casa Averdeen seguía como siempre, bueno, un poco peor, una parte del techo se estaba hundiendo por un lado. Allí seguían las puertas haciendo las veces de puente y las enredaderas trepando a su aire por las paredes sin orden ni concierto, parecía una casa abandonada muchos años atrás, dio la vuelta y entró por la puerta de la cocina, Trinity desplumaba un pollo sentada en una silla. Se quedó con el pollo en el aire intentando encajar la sorpresa de ver a su querida Evan delante de sus ojos.
   -¡Oh Dios mío bendito! ¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios! ¿Eres tú mi pequeña princesa?
   Se agachó a su lado, cogió su mano y se la llevó a una de sus mejillas.
   -Soy yo mi querida Trinity ¡Cuánto te he echado de menos!
   Trinity comenzó a llorar, unas lágrimas silenciosas recorrían el rostro que tanto amaba Evangeline.
   Cuando se recuperó de su sorpresa le dio tantos besos y tantos abrazos, se rio y lloró tantas veces que cualquier persona que no la conociera diría que estaba loca.
   -¡Leon! ¡Leon!
   -¡Por Dios Trinity! ¿A qué viene este escándalo?
   -¡Mira quién está aquí!
   -¡Mi querida Evan!
   Abrazó a Evangeline visiblemente emocionado. El gran Leon Averdeen, el único padre que había conocido y del que tan orgullosa se sentía.
   La casa Averdeen se llenó de baúles y de alegría.
    -Como ves nos hemos quedado solos, hemos enviado a Jamie a estudiar a Cambridge con el dinero que nos enviaste y otro poco se lo hemos dado a Thomas. Pero todos vendrán en verano ¡Esta casa se ha quedado tan vacía Evan! Somos un par de viejos añorando a nuestros hijos ¿Cuántos días te quedarás?
   -He venido para quedarme, voy a tener un hijo y quiero que crezca aquí, rodeado de cariño y del maravilloso paisaje del condado de Lancaster, que no imaginé que echase tanto de menos.
   -¡Oh Dios mío Leon! ¡Vamos a ser abuelos! ¿Y tú esposo Evan?
   -No salió bien.
   -¿Sabe que vas a tener un hijo?
   -No, todavía no, quizás algún día.
   Lo primero que hizo Evangeline al día siguiente de su llegada fue junto con Trinity dedicarse a mirar casas en venta  en los alrededores del pueblo, pero de las pocas que vieron ninguna les convencía, les gustaba la casa del juez Slater, la había cerrado a cal y canto cuando murió su esposa, pero estaba perfectamente conservada, una casa de piedra de dos plantas, rodeada de un hermoso jardín en la parte delantera y un prado en la parte de atrás que llegaba hasta el río, sí, esa era la casa que quería. Además estaba casi en el pueblo, podrían ir andando a todas partes, en las fincas de alrededor se habían ido construyendo casas nuevas a medida que Stroud Castle iba creciendo debido sobre todo al negocio de la ovejas y el comercio de la lana.
   -Convenceremos al juez para que nos la venda, para él esta casa tiene un enorme valor sentimental, pues a eso apelaremos.
   -Evan hay que ver lo que vales hija mía.
   El juez Slater le vendió la casa por un buen precio.
   -¿Puedo saber cómo lo convenciste? Por qué ha tenido muchas y muy buenas ofertas y jamás quiso venderla.
   -Verá señor Averdeen, le dije que sabía el enorme valor sentimental que tenía para él, por eso me gustaba, en una casa donde ha habido mucho amor se queda impregnado en las paredes, en las cortinas, en los muebles y que yo quería que mi hijo creciera una casa dónde la armonía y el cariño habían sido el mayor logro de sus dueños, por encima de los bienes materiales.
   -¿No pretenderéis que deja esta casa verdad? Os lo pregunto a las dos.
   -Te convencerás cuando veas la biblioteca querido.

    Se mudaron unos días después, contrataron a dos mujeres que limpiaron y ventilaron la casa, sacudieron las alfombras, limpiaron la plata, un jardinero segó la hierba y arregló el jardín, compraron leña para el invierno y encendieron las chimeneas y las estufas, se lavaron las ropas blancas y los manteles. Al cabo de dos semanas, la casa parecía otra, con la luz entrando por los ventanales, los suelos encerados y todo en perfecto orden. Era sencillamente preciosa.
   León Averdeen se encerró en la biblioteca el primer día y apenas lo veían, salvo para comer y poco más, contrataron a una sirvienta para limpiar la casa, los servicios del jardinero una vez por semana. Ellas iban al mercado a hacer las compras diariamente, cocinaban y por las tardes cosían al lado de las ventanas de una sala ropita para el bebé, bordaban sábanas para la cuna y cuando se cansaban daban un paseo hasta el río charlando de mil cosas.
   No les importaban en absoluto los comentarios y las habladurías de la gente, cuando preguntaban, su esposo permanecía en Londres, eso era todo, algunos lo creían y otros no, pero eso era su problema. Vivían felices y tranquilos los tres, disfrutando de la casa y de la vida, sin problemas económicos, la calma que tanto necesitaba Evangeline en su convulsa vida la encontró al lado de las personas que la querían y que ella adoraba, dormía tranquila y con los buenos recuerdos, decidió no pensar en los malos momentos, habían quedado atrás.
   Su tripa iba creciendo y con ella las expectativas de cómo sería el bebé que llevaba en sus entrañas, un niño, una niña, seguro que era precioso, lo importante es que estuviera sano y que tuviese un buen parto le decía siempre  Trinity. Los paseos del brazo de su querida madre por la orilla del rio, las risas, los planes y las charlas,  le devolvieron la sonrisa, están más bella que nunca, sus ojos, su rostro, sus labios, su piel habían cobrado luz, había resurgido como la primavera y los días más largos, como el sol que calentaba los campos, como la lluvia que reverdecía los prados y traía consigo el olor a tierra mojada. Sentía moverse dentro de su tripa a su bebé, la vida renacía dentro de ella y ella renacía con los días.
   Todas las mañanas iban al mercado, cocinaban, preparaban mermeladas, y tartas para el postre que tanto le gustaban a Trinity.
    Llegó el mes de julio y trajo con ella a Jamie de vuelta a casa para pasar las vacaciones ¡Cómo había crecido! Llegaron también Grace sin su esposo, su trabajo no le permitía de momento abandonar Londres, y Thomas, la casa se llenó de alegría, otra vez los señores Averdeen tenían a sus cuatro hijos de nuevo en casa.
   Bradley no pudo venir, “un asunto” lo retenía al lado de una persona muy querida. Entendió Evangeline que se había enamorado locamente y que disfrutaba del momento.
   Fue el mejor verano de su vida, las meriendas al lado del rio, las risas, los juegos, las cenas y las fiestas que organizaban con cualquier excusa, las confidencias entre las tres mujeres, las risas en la cocina mientras preparaban tartas de chocolate y frutas recordando cuando no tenían para comer y el frio que pasaban. Volvieron todas las noches al aula del conocimiento, aportando cada uno lo que iba aprendiendo, discutiendo cuando no estaban de acuerdo y descubriendo como era el cuerpo humano por dentro gracias a las lecciones de Thomas, lo escuchaban con verdadero interés. Leon Averdeen estaba orgulloso de aquella pandilla de locos que eran sus hijos que alegraban su vida y su corazón y Trinity tan feliz, tan cariñosa con todos como siempre, sus hijos, su vida.
   Llegaba el otoño, Trinity y ella veían como caían las hojas de los árboles que el jardinero se empeñaba en recoger para que al día siguiente hubiese otras tantas sobre el césped. El fin del verano dejó la casa sumida en un silencio sobrecogedor, se habían ido todos y con ellos se llevaron la alegría de los días de sol y noches cálidas. Empezaba a lloviznar, las gotas salpicaban los cristales mientras las dos habían dejado sus labores y miraban hacia fuera sumidas en la nostalgia.
   -Bueno mi querida niña, dentro de nada seremos uno más en la casa, yo calculo que te quedan menos de dos meses. Dime tesoro ¿Si es niño que nombre le pondremos? ¿Y si es una niña?
   -Pues no lo sé, pero debemos decidirnos, llegará el día de su nacimiento y no tendrá nombre.
   El futuro bebe de la casa Averdeen tenía un ajuar completo pero no tenía nombre, su cuarto amueblado, una preciosa cuna y algunos animales hechos de lanas de colores, conejos, un oso y unos cerditos, cuadros de punto de cruz con motivos infantiles que le había hecho la madre de Brian que las visitaba algunas tardes, merendaban, charlaban y cosían.
   El día 15 de octubre de 1.873 nació después de una larga noche la pequeña Samantha, llegó con las primeras luces del alba para iluminar sus existencias. Era preciosa y exactamente igual a su padre.
    La vida de la casa giraba en torno a la pequeña, si lloraba era porque no había comido suficiente o tal vez había que cambiarle los pañales ¿O le dolería la tripa? ¿Quizás tenía frío?
   Trinity llegó a la conclusión que la pequeña Sam pasaba hambre, no era normal que llorase al rato de haber comido, contrataron a la señora Evans que amantaba a su hijo recién nacido y la pequeña mamaba como si le fuera en ello la vida, ganó peso y dormía como un lirón, la leche que le daba su madre con la mejor de las intenciones no la alimentaba.
   Su abuelo la envolvía en una mantita todas las tardes y la sacaba de paseo mientras le hablaba de los últimos descubrimientos de la ciencia, de tratados de medicina, de arte y literatura, de ciencia y religión. Leon le iba contando también los interminables motivos de la revolución francesa y por qué no sería posible en Inglaterra. Su niña sabía más de Platón y Sócrates, de filosofía e historia que la mejor de las enciclopedias. Ella parecía escucharlo con los ojos muy abiertos y chupándose una mano, el último descubrimiento de la pequeña de la casa.
   Leon regresaba a prisa tapando con su jubón a la pequeña Sam para que no se mojase, volvían de su paseo por el río.
   -Hola, ya estamos aquí, mi princesa se chupa las manos, eso quiere decir que le está saliendo su primer diente, cada día pesa más o yo estoy más viejo.
   -Creo que las dos cosas querido. Respecto a los dientes es muy pequeña todavía Leon.
   Su pequeña Sam en efecto estaba creciendo muy deprisa, la leche con la que la seguía alimentando la señora Evans y que no se cansaba de mamar  daba sus resultados, ni un catarro, ni una enfermedad ni un leve resfriado había pasado por la corta vida de su hija. Era alegre y dormilona, solo lloraba cuando tenía hambre, en este punto era inflexible, primero avisaba con un mohín y si en cinco minutos no tenía su comida se desgañitaba para avisarles de que iba en serio. Le encantaba el agua, pataleaba y se reía, su madre jugaba con ella en su bañera, así la entretenía mientras no llegaba su cena.
  Trinity le contaba todos los cuentos, su madre le daba todos los besos y todo el amor que salía a borbotones de su corazón generoso y su abuelo le daba mucho más de lo que le había dado a ninguno de sus hijos, el cariño y las caricias para su niña, la más guapa, la más lista y la más espabilada del mundo. La pequeña Sam crecía rodeada del amor de todos, por eso se reía tanto, dormía tranquila y comía todo lo que le diesen.
  Acababa de cumplir cinco meses, otra primavera se avecinaba, se olía en el aire, se iba el invierno más feliz de su vida, con sus padres y su hija, en su casa caliente en invierno y preciosa en verano, con todas sus flores y sus parterres perfectamente cuidados por el jardinero y ella misma, había descubierto una de sus pasiones, la jardinería. Todas las tardes a primera hora cabalgaba en su yegua, era su rato de libertad absoluta, se mantenía en forma y disfrutaba del campo y del aire libre. La cuidaba el señor Tyler junto con los suyos en sus cuadras. Evangeline la cepillaba y le daba agua después del paseo, era estupenda.
    Llegó a casa y su sirvienta le anunció que tenía una visita, un caballero deseaba hablar con ella.
   -¿Quién es Holly?
   -No me ha dicho su nombre señora.
   -Bien, dile que iré enseguida.
   La última persona que esperaba ver Evangeline en su vida estaba en su salón mirando por los ventanales el prado, los árboles y el rio. Se quedó en la puerta sin poder reaccionar ante la enorme sorpresa de encontrarse con su esposo.
   Se volvió y se la quedó mirando, su preciosa Evan, más hermosa que nunca.
   -Hola.
   -¿Qué … qué hacéis… aquí…
   -He venido a verte, ha pasado un año desde la última vez que te vi.
   -¿Y qué queréis señor?
   -Verte, nada más.
   -Bien, supongo que no habéis hecho un largo viaje solo para verme.
   -Supones mal Evan, solo por el privilegio de volver a verte aunque solo sea cinco minutos ha merecido la pena el viaje.
   -¿El bebe es tuyo?
    Se acercó a los ventanales y vio como Leon Averdeen paseaba como todas las tardes a la pequeña, volvían del río, el abuelo explicándole a saber qué y ella escuchándolo.
   -Sí, es una niña, se llama Samantha.
   -He venido a escucharte Evan.
   -¿Cómo decís milord?
   -Sí, voy a decirte por qué, porque no puedes pasarte el resto de tu vida callándote lo que llevas dentro, toda la furia, toda esa rabia contenida, no es bueno para ti, ni para mí, jamás me has preguntado lo que yo sentí en todo aquel tiempo que nos arrebató el destino y lo que siento ahora, he tenido que vivir sin ti, y me duele más de lo que imaginas.
   -He aprendido a olvidar los malos momentos, es la única manera que conozco para seguir adelante y mi hija me ha dado una razón para luchar, para seguir viviendo, para ser feliz, ella es lo mejor de mi vida y el matrimonio Averdeen, con ellos y en esta casa he encontrado la paz, la calma que tanto necesitaba. No me interesa lo que os duele o no, lo que necesitáis o no, eso pertenece al pasado y lo he dejado atrás.
   -¿Quién es el padre de la niña? ¿Lo sabes?
   -Eso no importa, es mía.
   Se miraron largamente a los ojos, seguía latiendo entre ellos un sentimiento tan fuerte que ninguno de los dos fue capaz de disimular, a pesar del tiempo, de todo lo ocurrido.
    Trinity entró en la sala y enmudeció por la sorpresa, cuando por fin salió de su pasmo pudo decir algo.
   -¡Lord Aldridge! ¡Que agradable sorpresa!
   -Igualmente para mí señora Averdeen.
   Se acercó a ella y besó su mano.
   -Os dejo solos, siento haberos interrumpido, no sabía que estabais aquí ¿Os quedareis a cenar con nosotros?
   -No creo que a Evan le guste vuestra idea.
   -Yo os digo que sí. Quedaos, os prometo un buen asado.
   Lord Aldrdige miró a Avengeline esperando una respuesta por su parte.
   -No creo que sea una buena idea Trinity.
   -Bien, os dejaré solos, no os vayáis sin despediros milord.
   -Así lo haré señora Averdeen.
    Cerró las puertas tras de sí y se dirigió a la cocina pensando en que antes o después tendría que pasar, él vendría a buscarla. Pero lo que más le preocupaba a Trinity Averdeen era su pequeña Sam, la víctima inocente de las circunstancias de sus padres.
   -Voy a ser sincero contigo Evan, no voy a dejarme nada en el tintero, espero lo mismo por tu parte, aunque sé que vas a decirme que no tienes nada que decirme, no es cierto, creo que ha llegado el momento de sincerarnos.
   -Veréis señor, ahora soy libre, me gusta mi vida, soy feliz aquí, con mi pequeña y sus abuelos, entre estas paredes he encontrado lo que tanto necesitaba. He dejado atrás el pasado, os diré que a veces no puedo evitar que los malos recuerdos me invadan pero he aprendido a espantarlos y los buenos, que han sido mucho, los guardo en mi corazón.
   -Te he amado desde el primer momento en que te vi, lo sabes, no me he arrepentido jamás de haber tomado la decisión de casarme contigo, no podía negárselo a tu padre, le agradezco enormemente que nos haya unido, y ahora te pregunto ¿Qué hubieses hecho en mi lugar? Desde el principio hasta ahora ¿Qué hubieses hecho tú? Piensa y luego contesta, te voy a poner un ejemplo: imagina que tienes que escoger entre la familia Averdeen, tu hija y todo lo que conlleva y yo, elegir entre la ruina de todo lo que te importa, el descredito, incluso la muerte, tú también me sacrificarías sin dudarlo y esperarías la oportunidad de vengarte, yo esperé y aquí estás, libre y feliz. Pero te he perdido en el camino. Sí te preguntas si ha merecido la pena, te diré que absolutamente, tú has ganado mucho más que yo, nadie señalará a mi hijo jamás, ni a tu hija, ni a ti ni a mí, solo lo harán para decir que hemos luchado por lo que nos importa y hemos vencido ¿Hubieses huido dejando a su suerte a tu hija, a tu familia y a tus amigos?  
   -¿Sabes por todo lo que he tenido que pasar yo? ¿Qué crees que sentía cuando te sabía en sus brazos? No lo imaginas Evan, la desesperación, pero seguí su juego maldito, no agaché la cabeza ni permití que nadie me acusara  ni de cobarde porque no lo soy, ni de necio porque tampoco lo soy, solo esperé desesperando muchas veces una oportunidad para salvarnos. A nosotros y a nuestros hijos ¿Qué le hubiésemos dejado en herencia? ¿Te lo has preguntado?
   -Me ha preguntado muchas cosas Alexander y a algunas les ha encontrado respuesta, otras me duelen demasiado. Pero he de admitir que tenéis razón, yo me sacrificaría por mi hija, por todo lo que me importa y me sacrifiqué por vos, ahora ya no nos necesitamos. Vos tenéis vuestra casa y a vuestra amante, yo tengo la mía y vivo rodeada de mis seres más queridos, es cuanto necesito.
   -Bien, respecto a Elizabeth te diré que ha sido mi apoyo y mi amiga durante este tiempo, sabiendo que sin ti no soy feliz, que te necesito más que al aire que respiro, pero siempre ha estado ahí, ha sido mi consuelo muchas veces, no el que imaginas si no el de una verdadera amiga. Al igual que Edgar, al igual que Clarence, ha vuelto, escríbele le hará mucha ilusión, te aprecia de veras.
   -Muchas tardes subo a los caminos de los vigías y me parece que voy a encontrarte ensimismada contemplando el mar que tanto te gusta y me acuesto todas las noches pensando que estás a mi lado, que te abrazo, siempre cálida y con tu olor a campo y a la sal del mar, que duermo con el aroma que amo, que estás allí y que no vas a irte nunca ¿Sabes? A veces me siento viejo, cansado de luchar, demasiados frentes abiertos,  me parece que ha pasado un siglo desde que nací. Estoy cansado Evan.
   Evangeline lo escuchaba y ya no pudo seguir conteniendo la emoción que la embargaba, de sus hermosos ojos brotaron las lágrimas, se acercó a los ventanales y allí de espaldas a su esposo pronunció las palabras más sinceras que nunca pensó que algún día le diría.
   -Debéis iros señor, pero no olvidéis que os he amado más que a mi vida y os sigo amando, ojalá pudiera desprenderme de este sentimiento, hace tiempo que decidí dejar de luchar contra él, solo espero que la distancia lo haga menos doloroso. Ahora debéis iros.
   Y lord Aldridge se fue, se encontró en el pasillo al señor Averdeen, no sabía si estaba más sorprendido Leon Averdeen por encontrarse con el padre de su nieta o lord Aldridge cuando comprobó que la niña que portaba en sus brazos el orgulloso abuelo era la viva imagen de su hijo Thomas Alexander. Él era el padre de aquella niña inocente y preciosa que se chupaba una mano y  que le sonrió con su pequeña boca en la que asomaba un diente.
   -Es una niña muy afortunada señor Averdeen.
   -Sí que lo es lord Aldridge, tiene los mejores padres, es la niña más lista, más risueña y más espabilada que he conocido, la adoro, ella nos alegra la vida cada día, es el mejor regalo para nuestra vejez, verla crecer, es preciosa ¿No lo creéis así milord?
   -Sí que lo es señor Averdeen y tenéis razón, es el mejor regalo.
   Trinity Averdeen acompañó al padre de su preciosa nieta hasta su caballo.
   -Lord Aldrdige, poco puedo deciros de los sentimientos de Evan hacia vos, he intentado mil veces que me confesara lo que siente, lo que piensa, pero ha sido en vano, no he conseguido arrancarle ni una palabra de lo que paso entre vos y ella, puedo imaginar lo que no fue fácil para ninguno de los dos, os considero un hombre de palabra y de honor, pero entiendo que las circunstancias no os han dejado elección, solo os pido que le deis tiempo.
   -Le daré todo el tiempo del mundo, decidle que mi pequeña es muy afortunada teniendo una madre como ella, espero que algún día me dé la oportunidad de conocerla y de que ella conozca a su hermano, quizás quiera saber de su padre, decidle también que estaré esperándolas siempre.
   -Se lo diré milord. Espero sinceramente volver a veros pronto.
   -Ojalá fuera así señora Averdeen.

 Evangeline tomó una decisión, sabía que lord Aldridge se alojaba en la posada de la señora Smith y allí se presentó de noche, subió a su cuarto y abrió la puerta sin llamar, estaba metido en la bañera con los ojos cerrados y los brazos a lo largo del borde. Abrió los ojos y se encontró a Evangeline en la puerta de la sala de baño mirándolo, se quedó absolutamente sorprendido.
   -Buenas noches señor.
   Se levantó de la bañera y comenzó a secarse sin dejar de mirar a Evangeline, ella recordaba perfectamente su cuerpo y cuanto lo había deseado y cuanto lo había disfrutado. Se acercó a él y se quedaron a un palmo el uno del otro, ella dejó resbalar su mirada por aquella piel conocida.
   -¿Qué quieres Evan?
   -Solo deciros adiós, os fuisteis sin despediros.
   -Adiós Evan.
   -Adiós señor.
   Evangeline no sabría cómo explicar el porqué de que se encontrasen sus bocas, ni cómo ocurrió todo lo demás, cómo empezaron los besos, todo aquel deseo contenido, las caricias, que la desnudase y ella se dejara hacer y por qué acabó cabalgando como una posesa encima de lord Aldridge y que él se excitaría hasta el punto de poseerla como si el mundo fuera a acabarse en unas horas y que ella gritó cuando alcanzó el orgasmo y que los jadeos del señor se oyesen seguramente en un amplio radio alrededor de la posada definitivamente no podía explicárselo. Menos mal que la señora Smith estaba sorda como una tapia, sino hubiese llamado a la autoridad diciendo que su casa estaba poseída por la locura de su huésped.
   Estaban tirados en la cama revuelta, exhaustos e intentando volver a respirar con normalidad y que los latidos de sus desbocados corazones se apaciguaran. Evangeline se levantó y empezó a vestirse, lord Aldridge pasó su mano por las nalgas redondas de la mujer que amaba hasta que tocó su sexo mojado y el semen que resbalaba entre las piernas de una mujer bellísima y así siguió un rato, acariciando el sexo suave de Evangeline hasta que ella abrió las piernas y se dejó hacer, luego introdujo en su boca el pene que acababa de procurarle un placer absoluto y acabó a cuatro patas agarrada al cabecero de la cama sintiendo en cada embestida el sabor de otro orgasmo glorioso.
   Él dormía cuando Evangeline abandonó el cuarto, no se habían dicho nada, ni una palabra, solo se miraron después y ninguno se atrevió a decir nada. Había pasado y eso era todo. Pero no era todo, nadie se enteró en su casa de que había salido y que había vuelto a entrar. Su pequeña Sam dormía tranquilamente en su cuna ajena al drama de sus padres. Se sentó en la cama y comenzó a llorar.
   Lord Aldridge se despertó al amanecer creyendo que todo había sido un sueño, pero no lo era, había dejado su olor impregnado en las sábanas y en su piel, el olor inconfundible a campo y a brisa de Evangeline, no quería levantarse de allí, quedarse para siempre entre los recuerdos y los olores que le procuraban una felicidad que no merecía. Su vida se había convertido desde el día que Evan se fue, en un calvario que a veces le dolía como si viviese con el dolor constante de una espada clavada en su corazón cansado.
   Demasiado tarde, demasiado dolor.

Unos días después Trinity decidió hablar con Evangeline, desde que lord Aldrdige los había visitado apenas hablaba, lloraba noches enteras y vivía en una nube. Estaban en la cocina preparando mermelada y la pequeña Sam las acompañaba haciendo gorgoritos y descolocando constantemente la ropa de la pequeña cuna portátil, cuando se daban cuenta tenía las piernas al aire y chupaba las sabanas.
   -¡Pero bueno! ¿Otra vez has deshecho la cuna? ¿Qué vamos a hacer contigo eh? –le reñía Trinity cariñosamente- Tu madre desde que tu padre estuvo aquí no quiere hablarnos, no sabemos qué le pasa ¿Ves  mi pequeña? Ni siquiera se entera que hablamos de ella ¡Evan baja de la nube!
   -¿Qué?
   -Evan deberías ir a visitarlo.
   -¿A quién? −le contestó bajando por fin de la nube−
   -A lord Aldridge.
   -¿Por qué debería visitarlo? ¿Para decirle qué?
   -Que lo amas, o te pasarás el resto de tu vida lamentándolo.
   -Yo no puedo hacer eso, se acabó hace mucho tiempo.
   -Eso no es cierto ¿Por qué fuiste a visitarlo a su posada cuando estuvo aquí y tardaste horas en volver?
   -¿Lo sabías?
   -Sí, lo sabía, lloras todas las noches desde entonces, supongo lo que pasó entre vosotros ¿Por qué no haces tú equipaje y vas a Eastrock?
   -¿Y tú no vas a contarme de que hablasteis cuando lo acompañaste hasta el camino?
   -Me dijo que le gustaría conocer a su hija y que ella conozca a su hermano, no le niegues a tu pequeña a su padre, sería una crueldad por tu parte, deja que lo conozca y que lo quiera, ella no tiene la culpa de nada querida hija.
   -Vete a visitarlo Evan, llévate a la niña contigo y decide qué hacer con tu vida. Sabes de sobra que no serás feliz sin él y él sin ti tampoco. Deja atrás el pasado y se feliz Evan, ya sé que vas a decirme que aquí lo eres, pero lo serías mucho más a su lado. Dale y date otra oportunidad.
   -No podría vivir lejos de vosotros.
   -El vendrá contigo si tú se lo pides. Podéis pasar los inviernos aquí y los veranos en Eastrock, nosotros podemos volver a nuestra casa si queréis  estar solos, sin dos viejos por el medio ¿Para qué nos quieres aquí cuando no seamos más que un estorbo?
   Abrazó a su madre, le dio mil besos y lloraron las dos.
   -No digas eso jamás Trinity, cuando seáis viejos y eso pasará dentro de mucho tiempo, seréis mis viejos más queridos, yo os cuidaré, no os abandonaré nunca. No vuelvas a decirme eso jamás ¿Me lo prometes?
   -Te lo prometo.
   -¿Me ayudas a hacer el equipaje?
   -¡Oh Dios mío! ¡Claro que sí!
   -Sam se queda con vosotros, es muy pequeña para un viaje tan largo.

Llegó a al castillo Aldridge una tarde lluviosa diez días después, para pasmo de los sirvientes que no acertaban a saber si era un fantasma lo que tenían delante o su antigua señora en carne y hueso. El único que acertó a decir algo fue el señor Brandon.
   -Bienvenida milady, le diré a milord que estáis aquí, me alegro enormemente de volver a verla.
   -Igualmente señor Brandon, esperaré en el salón de las visitas.
   No habían pasado ni cinco minutos cuando lord Aldridge apareció en el salón, se la quedó mirando como si fuese una aparición, un espejismo, un sueño.
   -Milord.
   -Llegas a tiempo para la cena, en cinco minutos se servirá en el comedor.
   -Gracias, tengo hambre.
   Cuando la señora Clawson vio a Evangeline sentada en la mesa se le cayó la fuente con el asado al suelo, se llevó las manos a la cabeza y casi se desmaya, tuvieron que atenderla hasta que volvió en sí.
   -Yo no me he desmayado porque mi condición no me lo permite, ya sabes, la hombría manda.
   -¿Y Alice?
   -Se ha casado, vive con su esposo en el pueblo.
   -¡Oh Dios mío que alegría!
   -Bueno esto merece un brindis, por ti  y por mis hijos.
   Hablaron mucho durante la cena y de muchas cosas, estaban felices aquella noche. Después hablaron sus cuerpos y sus deseos, sus lenguas y sus bocas se dedicaron a otras cosas.
   -¿Has venido para quedarte?
   -No, he venido porque os echaba de menos.
   -Evan quédate conmigo por favor, vivir sin ti es la prueba más difícil con la que me ha enfrentado la vida.
   -Necesitamos tiempo.
   -Te concedo todo el tiempo que necesites, pero yo te necesito a ti y a mi pequeña Samantha, el mejor regalo que me has hecho ¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?
   -La última vez que os vi no lo sabía.
   -¿Cómo decirte que te amo Evan? ¿Cómo demostrártelo? ¿Qué he de hacer para que te quedes conmigo? Dímelo y lo haré. El invierno será frío y eterno sin ti.
   -He de volver a mi casa milord.
   -Bésame Evan, dame tus labios para saborearlos el resto de la noche.

   -¡Clarence! ¡Oh Dios mío! –se fundieron en un largo y sentido abrazo− ¡No imaginas cuanto me alegro de volver a verte mi queridísimo Clarence!
   -Lo mismo te digo Evan, te adoro ¿Lo sabes verdad?
   -Estás guapísimo, te ha sentado bien el cambio de aires, tienes que contarme mil cosas.
   -Quédate a comer y te enseñaré todas las cosas que he traído. Mariposas, insectos, dibujos, plantas…
   -Esta noche organizaré una gran cena, tengo muchas cosas que contarte.
   -Lo sé y me alegro infinitamente de que estés aquí, aunque imagino que no por mucho tiempo, tienes una niña preciosa a la que atender.
   -Tienes que conocerla, ella estará encantada de conocerte a ti.
   Pasaron los días volando, maravillosos para todos, vino Edgar para estar con ellos, volvieron a ser los amigos que fueron, felices y encantados de volver a estar juntos, sin sobresaltos, disfrutando de cada momento, de las cenas, el vino y las fiestas, compartiendo recuerdos, risas y la alegría por la vida.
   Esta vez la despedida no fue tan triste, se reunirían dos veces al año, las fiestas de año nuevo en Stroud Castle y en el verano en Eastrock.
   Se fue Evangeline dejando a lord Aldridge sumido en una enorme tristeza, ella se fue con el corazón esperanzado, tal vez tuviesen otra oportunidad. Deberían darse tiempo, las heridas acabarían por cicatrizar.
    Su querida Alice casi se muere de alegría al ver de nuevo a su querida señora, era feliz con su esposo, los días tristes después de todos los acontecimientos que sucedieron después de que ella desapareciera ni los mencionaron siquiera. Eso era el pasado. Se despidieron deseándose la mejor de las suertes.
  
   Pasó el verano y llegó el invierno lluvioso y frío, pero el calor dentro de su casa les hacía olvidar que fuera revoloteaba un viento helado, nunca imagino Evangeline que le gustase tanto un lugar y unas paredes, allí estaba su hogar, su casa, rodeada de sus seres más queridos, no podía pedirle más a la vida. En realidad una cosa más, pero el tiempo diría.
   Trinity y Evangeline hacían mermeladas, pelaban castañas y cocinaban dulce de membrillo para las fiestas que se avecinaban, la pequeña Sam era feliz en su carrito de paseo con su abuelo y a él cayéndosele la baba con la niña que decía que le contestaba cuando le hablaba, Trinity ponía los ojos en blanco y suspiraba ¿De dónde sacaba su esposo semejantes ideas?
   En las últimas cartas a su amigo Bradley lo invitaba a pasar el año nuevo en su casa con la promesa de que se divertirían muchísimo, les aseguraba que no se arrepentirían y que trajesen con ellos a Thomas, por fin habían vuelto los días de las ilusiones y de la felicidad para todos. El tiempo de olvidar los rencores, olvidar a los muertos indeseables y vivir el presente. Cada día era un regalo de Dios para todos.
   Poco a poco fueron llegando los invitados, la alegría de volver a ver a Bradley que revolucionó la casa entera organizando las fiestas y las veladas, vinieron también fieles a sus promesas Edgar, Clarence y Herbert que no vino en calidad de sirviente sino como un amigo más y que resultó ser un excelente bailarín, muy divertido y un gran poeta.
   Y vino también el amor para quedarse a pasar el resto del invierno y a conocer a su hija, estaba absolutamente atractivo, con el brillo en sus ojos siempre puestos en las mujeres de su vida y los corazones de los señores Averdeen siempre generosos, dispuestos a acoger a los más variopintos personajes y a aprender de todos. Entre todos cocinaban, ponían la mesa y la recogían, se pasaban a la pequeña Sam unos a otros de tal modo que a veces no la veía en horas, el que salía a la calle se la llevaba y si se encontraba a la vuelta con el siguiente que salía allá iba otra vez el juguete de la casa con la cabeza asomada por la capota de su carrito para no perderse nada. Todos le daban algo de comer de modo que Evangeline pensaba cada noche que vomitaría todo lo que comía, pero nada más lejos de la intención de su hija que desprenderse de lo que lo sabía tan rico.
   Muchas veces sorprendía a su esposo asomado a la cuna observando a su hija y sonriendo, entonces abrazaba a Evangeline y besaba los labios que más deseaba en el mundo, se decían te amo para luego caer juntos encima de la cama para amarse, para hablar luego, para reírse y para amarse otra vez.
   Lord Aldridge adoraba a aquella niña y la niña empezaba a conocer a su padre, la paseaba en sus brazos y le contaba muchas cosas, le hacía cosquillas y se sentaba en el suelo encima de la mantita de Sam para jugar con ella, Evangeline los oía reírse a los dos a carcajadas, no sabía si la niña se reía de su padre o el padre de su hija, le enseño a dar sus primeros pasos y a tirar besos.
   Empezaba un nuevo año y traía consigo renovadas ilusiones, todas las ilusiones.
   
  
   

    

  

   


  
 
  
  


   



  Todos los personajes de esta novela son ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, no así los hechos históricos en lo que se enmarca la historia, son reales.


                 Doy mis más sinceras gracias a mis lectores, espero haberles hecho pasar un buen rato y me gustaría compartir sus opiniones, aprender de ustedes es la estrella que me guía para seguir escribiendo.

                                                                                 Un beso muy grande.